martes, 1 de septiembre de 2026

No quiero saber otra cosa sino a Cristo Crucificado - 1 Corintios 2, 2 -.

No quiero saber otra cosa sino a Cristo Crucificado - 1 Corintios 2, 2 -

Durante siglos, las Palabras antiguas, aquellas nacidas del aliento del Misterio para guiar los pasos del hombre hacia el Infinito, han estado cautivas de labios impuros.

 

Aquellos que se proclamaban guardianes del Templo las han convertido en mercancía de intercambio, transformando el maná celestial en moneda de cambio.

 

Las palabras que debían abrir de par en par los brazos del Padre se han reducido a papel mojado; es más, se han convertido en palabras diabólicas.

 

Una tergiversación meticulosa, obra de mentes perversas que han erigido barreras de preceptos donde debía haber libertad.

 

Han manipulado lo Sagrado para llenar las arcas del tesoro, conduciendo al pueblo no hacia la luz, sino hacia su propio beneficio.

 

Guías ciegos, mercenarios disfrazados de pastores, que han traicionado el ejemplo para servir al poder.


Pero he aquí que el Misterio se ha hecho rostro, gesto y sangre.

 

Jesús ha venido a dar pleno cumplimiento.

 

Él no ha venido a derribar la antigua alianza, como gritaban los sinvergüenzas del Templo para defender sus propios privilegios, sino a desvelar su núcleo de fuego.

 

A partir de ahora, las palabras sagradas ya no se leen en pergaminos polvorientos, sino en la carne viva del Hijo.

 

Con su estilo inconfundible, hecho de caricias a los leprosos y miradas desafiantes a los poderosos, Él ha arrancado la máscara de la hipocresía.

 

Desenmascarar a los manipuladores de lo sagrado tiene un precio altísimo: la persecución, la violencia, el odio de quienes ven derrumbarse su castillo de mentiras.

 

Jesús aceptó este desafío, sabiendo que el camino de la verdad pasa por la oposición de los corruptos.

 

¡Contemplemos la Cruz!


Allí, y solo allí, las palabras sagradas encuentran su forma definitiva.

 

Ya no hay lugar para tergiversaciones ni malinterpretaciones: el grito del Crucificado es el sello que pone fin a la era de los mercaderes.

 

Es el cumplimiento claro y definitivo que rasga el velo del Templo y devuelve al hombre y a la mujer al Misterio, sin intermediarios dispuestos a lucrarse a costa de la esperanza.

 

La Verdad ya no es una idea que haya que interpretar, sino un Hombre al que hay que seguir.

 

La época de los conceptos y las mistificaciones ha llegado a su fin, y la era de las mentiras está a punto de ser engullida por el abismo que ella misma ha cavado.

 

La verdad ya no es una palabra escrita con la tinta de la sangre de machos cabríos…

 

No es un teorema que demostrar, ni una fortaleza de silogismos tras la que ocultar el vacío del corazón.

 

Hemos transformado lo verdadero en una idea, en un interés, y las ideas se han convertido en ídolos: mudos, fríos, capaces solo de dividir al hermano y a la hermana en nombre de una abstracción, de una mentira.


Pero he aquí que el velo se rasga.

 

La verdad ahora tiene un rostro.

 

Tiene manos que tocan la carne, pies que pisan el polvo, ojos que leen el alma incluso antes de que se abran los labios.

 

La verdad es un hombre.

 

No es algo que se posea en la mente, sino alguien a quien escuchar y seguir.

 

No es una meta que alcanzar al final de un razonamiento, sino un camino que recorrer en el fuego del presente.

 

No se estudia: se sigue.

 

No se analiza: se ama.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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