No quiero saber otra cosa sino a Cristo Crucificado - 1 Corintios 2, 2 -
Durante siglos, las Palabras antiguas, aquellas nacidas del aliento del Misterio para guiar los pasos del hombre hacia el Infinito, han estado cautivas de labios impuros.
Aquellos que se proclamaban guardianes del Templo las
han convertido en mercancía de intercambio, transformando el maná celestial en
moneda de cambio.
Las palabras que debían abrir de par en par los brazos
del Padre se han reducido a papel mojado; es más, se han convertido en palabras
diabólicas.
Una tergiversación meticulosa, obra de mentes
perversas que han erigido barreras de preceptos donde debía haber libertad.
Han manipulado lo Sagrado para llenar las arcas del
tesoro, conduciendo al pueblo no hacia la luz, sino hacia su propio beneficio.
Guías ciegos, mercenarios disfrazados de pastores, que
han traicionado el ejemplo para servir al poder.
Pero he aquí que el Misterio se ha hecho rostro, gesto y sangre.
Jesús ha venido a dar pleno cumplimiento.
Él no ha venido a derribar la antigua alianza, como gritaban
los sinvergüenzas del Templo para defender sus propios privilegios, sino a
desvelar su núcleo de fuego.
A partir de ahora, las palabras sagradas ya no se leen
en pergaminos polvorientos, sino en la carne viva del Hijo.
Con su estilo inconfundible, hecho de caricias a los
leprosos y miradas desafiantes a los poderosos, Él ha arrancado la máscara de
la hipocresía.
Desenmascarar a los manipuladores de lo sagrado tiene
un precio altísimo: la persecución, la violencia, el odio de quienes ven
derrumbarse su castillo de mentiras.
Jesús aceptó este desafío, sabiendo que el camino de
la verdad pasa por la oposición de los corruptos.
¡Contemplemos la Cruz!
Allí, y solo allí, las palabras sagradas encuentran su forma definitiva.
Ya no hay lugar para tergiversaciones ni
malinterpretaciones: el grito del Crucificado es el sello que pone fin a la era
de los mercaderes.
Es el cumplimiento claro y definitivo que rasga el
velo del Templo y devuelve al hombre y a la mujer al Misterio, sin
intermediarios dispuestos a lucrarse a costa de la esperanza.
La Verdad ya no es una idea que haya que interpretar,
sino un Hombre al que hay que seguir.
La época de los conceptos y las mistificaciones ha
llegado a su fin, y la era de las mentiras está a punto de ser engullida por el
abismo que ella misma ha cavado.
La verdad ya no es una palabra escrita con la tinta de
la sangre de machos cabríos…
No es un teorema que demostrar, ni una fortaleza de silogismos
tras la que ocultar el vacío del corazón.
Hemos transformado lo verdadero en una idea, en un
interés, y las ideas se han convertido en ídolos: mudos, fríos, capaces solo de
dividir al hermano y a la hermana en nombre de una abstracción, de una mentira.
Pero he aquí que el velo se rasga.
La verdad ahora tiene un rostro.
Tiene manos que tocan la carne, pies que pisan el
polvo, ojos que leen el alma incluso antes de que se abran los labios.
La verdad es un hombre.
No es algo que se posea en la mente, sino alguien a
quien escuchar y seguir.
No es una meta que alcanzar al final de un
razonamiento, sino un camino que recorrer en el fuego del presente.
No se estudia: se sigue.
No se analiza: se ama.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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