Sabéis que se dijo… pero Yo os digo... - San Mateo 5 -
Hay un camino que atraviesa la historia, un río desbordado que ninguna presa de orgullo humano puede contener.
Es el anuncio del Misterio, el latido profundo del
sentido de la vida: quien tenga los oídos cerrados, que se aparte, pero que no
se haga ilusiones, pues nadie tiene el poder de cortar el hilo de esta Palabra.
Contemplemos al Hombre que atraviesa el polvo de
Palestina.
Camina con la mirada fija en el horizonte Santo, hacia
esa Jerusalén que es destino y plenitud.
Nada lo detiene: ni la dureza de los corazones, ni el
frío de la indiferencia.
Y, sin embargo, es precisamente allí donde más se
invoca el nombre del Misterio donde la sombra se hace más densa.
Es en el recinto sagrado de la sinagoga, entre los pliegues de los ornamentos y el rigor de las normas, donde el Misterio choca contra el muro de la Ley.
Bajo las bóvedas de cedro, allí donde el tiempo se ha
cristalizado en el rigor de las filacterias y en el susurro milenario de los
rollos, ocurre lo inaudito.
Es un choque silencioso pero devastador.
Por un lado, el catálogo de preceptos, la geometría
tranquilizadora de la Ley que todo lo mide y todo lo cuenta.
Por otro, la Irrupción: esa fuerza que no pide
permiso, que no respeta el sábado si el corazón clama, que no se inclina ante
la forma si la sustancia se asfixia.
El Misterio no viene a confirmar la costumbre, sino a
romperla.
Choca contra la Ley no por odio, sino por exceso de
vida.
Porque la Ley es el cáliz, pero el Misterio es el vino
que, al fermentar, rompe el cristal.
Veremos entonces a los guardianes del Templo sobresaltarse.
Veremos a las normas temblar bajo el peso de una
Verdad que no se deja encerrar.
Porque cuando el Misterio decide hacerse Carne, no
busca un pedestal, sino una brecha.
Y en ese punto exacto donde la norma se rompe bajo el
peso de lo Imposible, allí comienza la verdadera adoración.
El muro se tambalea.
El velo se desgarra.
El Misterio ha llegado para reclamar su espacio, más
allá del recinto, más allá del rito, más allá del miedo.
¿Qué terrible paradoja se nos revela?
Los que custodian el umbral son los primeros en cerrar
la puerta con llave.
La religión, cuando se convierte en coraza y no en
rendija, se transforma en la mano que empuña la espada contra los profetas.
Puede matar la carne, pero no puede hacer mella en lo
Eterno.
Acumula doctrinas como polvo que obstruye el alma,
transformando el santuario interior en una cueva oscura donde la Luz ya no
encuentra resquicios.
Que quede claro para todo corazón: la religión que no
ve lo que los pequeños abrazan es un ídolo mudo.
Para avanzar en este camino, no se necesitan pesadas
cargas de preceptos, sino una claridad inquebrantable en las intenciones y una
lámpara encendida en lo más profundo de uno mismo.
El Misterio no deambula, conoce el camino.
No intentemos desviarlo, no esperemos detenerlo.
La única salvación es el paso que se convierte en
seguimiento.
Sigamos al Misterio, pues Él es el Camino.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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