El Espíritu ora por nosotros - Romanos 8, 26 -
Existe un umbral, sutil pero insuperable para la sola razón, en el que el lenguaje humano se queda mudo.
Es el umbral del Misterio.
No un enigma que resolver, sino el abismo luminoso del
que procedemos: hemos sido pensados, deseados y generados por este Amor
desconocido.
El ser humano lleva en sí una nostalgia innata por el Infinito
que ninguna palabra puede colmar.
Con demasiada frecuencia reducimos la oración a un
ejercicio de retórica o a una lista de peticiones.
Cuando la oración se satura en exceso de palabras,
corre el riesgo de perder su centro de gravedad.
En lugar de proyectarnos hacia el Misterio, nos
repliega sobre el sujeto, sobre nosotros mismos: nuestros miedos, nuestras
urgencias, nuestras pretensiones.
De este modo, paradójicamente, intentamos domesticar
el Misterio, situarlo a los pies de nuestras necesidades contingentes.
La verdadera oración exige justo lo contrario: dejarse envolver.
Es un acto de despojamiento en el que el «mío»
cede el paso al «Suyo».
Como se suele sugerir en la espiritualidad del
silencio, orar significa simplemente permanecer en presencia del Misterio.
Es una inmersión total en la que el silencio no es
ausencia de sonidos, sino plenitud de escucha.
Este nuevo estilo no es una teoría filosófica, sino
una práctica encarnada por Jesús.
Los Evangelios lo describen a menudo retirándose a
lugares desiertos, sumido durante horas en la oración.
En esos instantes, Jesús no se limita a recitar
fórmulas; está habitando en su origen.
Es un diálogo hecho de miradas, de respiraciones y de
abandono radical en el Misterio inefable y, por ello, exige delicadeza,
atención, contemplación.
No se entra en la relación con el Misterio de forma
inmediata, sino que se necesita tiempo, paciencia y esa disposición necesaria
para salir de uno mismo, de los propios pensamientos, a fin de crear el espacio
para que el Misterio pueda entrar y encontrar morada en nosotros.
Jesús nos enseña que la oración adquiere su máximo valor espiritual cuando sale de los límites de lo específicamente religioso - entendido como mero deber o ritualismo - para entrar en la dimensión de la existencia.
Es el deseo profundo de conocer y, sobre todo, de
dejarse conocer.
No se entra en la oración por deber, sino por amor.
No se ora para pedir cosas, sino para hacer espacio,
para acoger la sorpresa de la vida.
Orar, pues, es volver a casa. Es reconocer que
procedemos del Misterio y que le pertenecemos.
En este abandono, el miedo se desvanece y florece una
nueva libertad.
Ya no somos nosotros quienes llevamos las riendas,
sino el Misterio el que respira en nosotros.
El secreto de la vida espiritual reside precisamente
aquí: en el valor de callar, para que lo Invisible pueda, por fin, hablar al
corazón.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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