martes, 1 de septiembre de 2026

El Espíritu ora por nosotros - Romanos 8, 26 -.

El Espíritu ora por nosotros - Romanos 8, 26 -

Existe un umbral, sutil pero insuperable para la sola razón, en el que el lenguaje humano se queda mudo.

 

Es el umbral del Misterio.

 

No un enigma que resolver, sino el abismo luminoso del que procedemos: hemos sido pensados, deseados y generados por este Amor desconocido.

 

El ser humano lleva en sí una nostalgia innata por el Infinito que ninguna palabra puede colmar.

 

Con demasiada frecuencia reducimos la oración a un ejercicio de retórica o a una lista de peticiones.

 

Cuando la oración se satura en exceso de palabras, corre el riesgo de perder su centro de gravedad.

 

En lugar de proyectarnos hacia el Misterio, nos repliega sobre el sujeto, sobre nosotros mismos: nuestros miedos, nuestras urgencias, nuestras pretensiones.

 

De este modo, paradójicamente, intentamos domesticar el Misterio, situarlo a los pies de nuestras necesidades contingentes.


La verdadera oración exige justo lo contrario: dejarse envolver.

 

Es un acto de despojamiento en el que el «mío» cede el paso al «Suyo».

 

Como se suele sugerir en la espiritualidad del silencio, orar significa simplemente permanecer en presencia del Misterio.

 

Es una inmersión total en la que el silencio no es ausencia de sonidos, sino plenitud de escucha.

 

Este nuevo estilo no es una teoría filosófica, sino una práctica encarnada por Jesús.

 

Los Evangelios lo describen a menudo retirándose a lugares desiertos, sumido durante horas en la oración.

 

En esos instantes, Jesús no se limita a recitar fórmulas; está habitando en su origen.

 

Es un diálogo hecho de miradas, de respiraciones y de abandono radical en el Misterio inefable y, por ello, exige delicadeza, atención, contemplación.

 

No se entra en la relación con el Misterio de forma inmediata, sino que se necesita tiempo, paciencia y esa disposición necesaria para salir de uno mismo, de los propios pensamientos, a fin de crear el espacio para que el Misterio pueda entrar y encontrar morada en nosotros.


Jesús nos enseña que la oración adquiere su máximo valor espiritual cuando sale de los límites de lo específicamente religioso - entendido como mero deber o ritualismo - para entrar en la dimensión de la existencia.

 

Es el deseo profundo de conocer y, sobre todo, de dejarse conocer.

 

No se entra en la oración por deber, sino por amor.

 

No se ora para pedir cosas, sino para hacer espacio, para acoger la sorpresa de la vida.

 

Orar, pues, es volver a casa. Es reconocer que procedemos del Misterio y que le pertenecemos.

 

En este abandono, el miedo se desvanece y florece una nueva libertad.

 

Ya no somos nosotros quienes llevamos las riendas, sino el Misterio el que respira en nosotros.

 

El secreto de la vida espiritual reside precisamente aquí: en el valor de callar, para que lo Invisible pueda, por fin, hablar al corazón.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -.

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 - Llega el momento en que debemos distinguir la luz que ilumina de la vana gloria que ciega. ...