Hacerse pan para quien tiene hambre
El tiempo de lo superfluo ha llegado a su fin y la hora de lo esencial llama a las puertas de la historia.
No busquemos más allá, no acumulemos ríos de palabras
ni tratados que pesen como piedras sobre nuestras conciencias.
Todo está aquí, y nada se añadirá que no esté ya
escrito en el latido del corazón del hombre.
Llegarán días —y ya estamos en ellos— en los que las
grandes catedrales del pensamiento se derrumbarán en mil pedazos ante un solo
fragmento de humanidad.
El Evangelio no es una doctrina que haya que aprender,
sino un camino de éxodo.
Es la salida forzosa del desierto del egoísmo, el
dominio de ese instinto que nos susurra que sobrevivamos solos, encerrados en
el recinto de nuestros pequeños problemas, ciegos ante el resto.
El Misterio de los Misterios no está oculto en los
cielos impenetrables, sino que está encerrado en un gesto que sacude los
cimientos del mundo: dar de comer a quien tiene hambre.
Miremos al Hijo del Hombre.
Él no mostró su divinidad en el resplandor del rayo, sino en el polvo de la tierra, lavando los pies, abrazando la carne llagada del leproso, convirtiéndose en caricia para el enfermo.
Esta es la profecía que debemos encarnar: el camino de
la humanización es el único y verdadero sendero de la divinización.
No hay Dios sin el hombre, sin la mujer; no hay luz
divina que no pase a través de nuestras manos que se inclinan para acariciar,
lavar, levantar…
He aquí la gran revelación que el mundo no quiere oír:
en cada hambriento que cruza nuestra mirada, en cada perseguido que llama a
nuestra puerta, en el refugiado que no tiene patria y en el extranjero que no
tiene rostro, allí habita el Misterio.
Jesús lo proclamó a lo largo y ancho de su actividad:
«Tuve
hambre, tuve sed, estaba desnudo…».
Cada vez que nos inclinemos ante los excluidos de la tierra, no solo tocaremos carne humana, sino que nos encontraremos con el Misterio.
Y ese encuentro dejará una huella que ningún olvido
podrá borrar.
Abandonemos las teologías sublimes de lo sagrado… y acojamos
la única doctrina que salva: la experiencia del Misterio se produce en la
acogida del pobre.
Que nuestro culto sea verdad, no humo; que nuestras
liturgias sean una escucha que abra el corazón. Porque la verdad de lo que
celebramos en el altar solo se verá en la forma en que caminemos junto a los
más desfavorecidos.
La luz del Misterio habita en nosotros… pero solo
resplandece cuando nos convirtamos en pan para quienes tienen hambre.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




No hay comentarios:
Publicar un comentario