martes, 1 de septiembre de 2026

Hacerse pan para quien tiene hambre.

Hacerse pan para quien tiene hambre

El tiempo de lo superfluo ha llegado a su fin y la hora de lo esencial llama a las puertas de la historia.

 

No busquemos más allá, no acumulemos ríos de palabras ni tratados que pesen como piedras sobre nuestras conciencias.

 

Todo está aquí, y nada se añadirá que no esté ya escrito en el latido del corazón del hombre.

 

Llegarán días —y ya estamos en ellos— en los que las grandes catedrales del pensamiento se derrumbarán en mil pedazos ante un solo fragmento de humanidad.

 

El Evangelio no es una doctrina que haya que aprender, sino un camino de éxodo.

 

Es la salida forzosa del desierto del egoísmo, el dominio de ese instinto que nos susurra que sobrevivamos solos, encerrados en el recinto de nuestros pequeños problemas, ciegos ante el resto.

 

El Misterio de los Misterios no está oculto en los cielos impenetrables, sino que está encerrado en un gesto que sacude los cimientos del mundo: dar de comer a quien tiene hambre.

 

Miremos al Hijo del Hombre.


Él no mostró su divinidad en el resplandor del rayo, sino en el polvo de la tierra, lavando los pies, abrazando la carne llagada del leproso, convirtiéndose en caricia para el enfermo.

 

Esta es la profecía que debemos encarnar: el camino de la humanización es el único y verdadero sendero de la divinización.

 

No hay Dios sin el hombre, sin la mujer; no hay luz divina que no pase a través de nuestras manos que se inclinan para acariciar, lavar, levantar…

 

He aquí la gran revelación que el mundo no quiere oír: en cada hambriento que cruza nuestra mirada, en cada perseguido que llama a nuestra puerta, en el refugiado que no tiene patria y en el extranjero que no tiene rostro, allí habita el Misterio.

 

Jesús lo proclamó a lo largo y ancho de su actividad: «Tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo…».


Cada vez que nos inclinemos ante los excluidos de la tierra, no solo tocaremos carne humana, sino que nos encontraremos con el Misterio.

 

Y ese encuentro dejará una huella que ningún olvido podrá borrar.

 

Abandonemos las teologías sublimes de lo sagrado… y acojamos la única doctrina que salva: la experiencia del Misterio se produce en la acogida del pobre.

 

Que nuestro culto sea verdad, no humo; que nuestras liturgias sean una escucha que abra el corazón. Porque la verdad de lo que celebramos en el altar solo se verá en la forma en que caminemos junto a los más desfavorecidos.

 

La luz del Misterio habita en nosotros… pero solo resplandece cuando nos convirtamos en pan para quienes tienen hambre.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -.

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 - Llega el momento en que debemos distinguir la luz que ilumina de la vana gloria que ciega. ...