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sábado, 15 de agosto de 2026

Tiempo al tiempo.

Tiempo al tiempo 

Miro lo que ocurre en el mundo y me convenzo de que, si la inteligencia humana se refleja en sus acciones… la inteligencia empieza a escasear, mientras que la estupidez, los egoísmos de aquellas prioridades nacionales y el desprecio por los derechos van viento en popa a toda vela… 

Hay una mala conciencia contemporánea: aquella de la anestesia moral de la costumbre. Multiplicado por mil, el dolor del individuo pierde su rostro y se convierte en estadística. El sufrimiento se reduce a ruido de fondo, mientras que la costumbre o la inercia se convierten en la etapa suprema de la deshumanización. La pérdida de humanidad es el verdadero drama de nuestro tiempo. Es la medida de nuestra decadencia ética. 

En las masacres del Mediterráneo o entre los escombros del genocidio en Gaza, o en… el horror compartido anula la singularidad del drama. 

Contemplamos a la multitud que se agolpa contra las vallas de Ceuta, pero no percibimos la desesperación humana, la mujer desplomada o el niño que llora. Vemos cifras, no personas. Es aquella deshumanización indispensable para tolerar lo intolerable. 

La palabra clandestino se utiliza en el discurso público para infundir miedo, evocar amenazas y ocultar rostros. La humanidad en fuga se convierte en «humanidad excedente», aquella que hay que descartar, por decirlo con el Papa Francisco en Fratelli tutti, un llamamiento que hoy no se escucha. 

También el Papa León XIV tiene palabras de fuego contra la deshumanización de la política, pero apenas encuentra eco. 

En este vacío ético echa raíces el virus del soberanismo. La idea de Nación (prioridad nacional y análogos y sinónimos…) se ha transformado en un instrumento para sembrar el odio, un tótem identitario que lanzar contra el extranjero. 

Es la miseria política de los patriotas al mando: un Estado contra otro, una persona contra otra, una frontera moral contra el vecino. Cuando los derechos dejan de ser universales y se vinculan a la ciudadanía o a la fuerza, el derecho se reduce a privilegio. Y el privilegio exige muros. Así es como se está matando a Europa. 

Ante esta locura identitaria, la realidad es más sencilla: la vida es un cruce de culturas, una identidad formada por estratificaciones y migraciones. 

Podemos y debemos acoger sin perder nuestra identidad, porque la acogida no destruye nuestra sociedad, sino que la hace más humana. 

Pero Europa hace lo contrario: cede al miedo, vuelve a abrir la puerta a los viejos nacionalismos identitarios y corre el riesgo de acabar a merced de las derechas más groseras. 

Los migrantes son los invisibles que ponen al descubierto este devastador dislate. Con su presencia, hacen patentes las abismales desigualdades de la globalización: económicas, sociales, políticas y medioambientales. Son el espejo incómodo de nuestra mala conciencia.

Y es aquí donde se forja la ideología de la nueva derecha: convierte la solidaridad en delito. Hoy en día, cualquiera que intente humanizar a estos cuerpos extraños, los migrantes, y reivindique el derecho a la libre circulación para una vida digna es tachado de peligroso subversivo. 

La compasión se convierte en culpa, el derecho internacional en un obstáculo. 

En este clima se produce la erosión de la democracia. Su fuerza no reside en el conformismo impuesto ni en la paz garantizada por el miedo, sino en la capacidad de gestionar la complejidad a través del choque pacífico de ideas. Cuando las derechas sustituyen el debate por el culto a la frontera, la democracia pierde su savia vital. 

Las próximas citas electorales serán una prueba de fuego decisiva para nuestro futuro. Nos dirán si encontraremos el valor para defender nuestros valores fundacionales o si nos deslizaremos definitivamente hacia el oscurantismo soberanista que, como nos enseña la memoria, nunca ha sido defensor de la convivencia pacífica. 

Entonces, no antes, sabré si estas líneas están dictadas por un exceso de pesimismo o por una visión cruda e inevitable de la realidad. 

Pero una cosa parece ya muy clara: la deshumanización del otro siempre acaba deshumanizando a quien la practica… y a quien la tolera. 

Si la indiferencia sigue imponiéndose, la primera víctima real de la caída seremos nosotros. 

Tiempo al tiempo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 16 de abril de 2026

No hay justa guerra.

No hay justa guerra

A estas alturas no sé hay que dedicar tiempo, que es siempre un tesoro, a explicar lo ineficaz que resulta hablar de «guerra justa» tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. 

Uno recuerda aquel párrafo 67 de Pacem in Terris y aquella expresión «alienum a ratione», en la que el Papa Juan XXIII sostiene, de manera inequívoca, que en la era nuclear la guerra ya no es compatible con la razón moral y política, porque sus efectos destructivos superan cualquier posible control proporcional o selectivo. 

Y, con todo, al observar lo que ocurre en esta época de desorden mundial, a veces pienso que no estaría mal recuperar algunas intuiciones relacionadas con la «guerra justa». 

Un concepto antiguo, ya imaginado por Cicerón, iniciado por San Ambrosio y San Agustín, quienes en un mundo cristianizado intentaron conciliar el Evangelio con la realidad de la guerra, y luego sistematizado en la Edad Media por Santo Tomás de Aquino, quien definió sus criterios fundamentales. 

La doctrina de la guerra justa nació como un dique de contención, no como una justificación. 

Es decir, era un intento, quizá ingenuo pero necesario, de imponer límites morales a la violencia organizada. 

Y lo hacía estableciendo condiciones rigurosas: una causa justa, una autoridad legítima, el último recurso, la proporcionalidad. 

No era una luz verde a la guerra, sino una barrera contra su abuso. 

Hoy esa barrera ha sido demolida, pieza a pieza. 

Las guerras contemporáneas rara vez cumplen siquiera uno de esos criterios. 

La «causa justa» se ha convertido en un eslogan elástico, plegado a las conveniencias geopolíticas. 

La defensa se transforma fácilmente en ataque preventivo, la seguridad en expansión de influencia. 

El lenguaje moral sobrevive, pero está vaciado de contenido: sirve más para legitimar que para limitar. 

La autoridad legítima es otro mito en declive. 

Decisiones que en otro tiempo habrían requerido un amplio consenso son tomadas por ejecutivos reducidos, a menudo sin un control democrático real. 

Las guerras se inician sin declaraciones formales, sin responsabilidades claras, en una zona gris que disuelve todo vínculo. 

Aún más grave es la desaparición del principio de último recurso. 

La diplomacia se ha convertido en un trámite formal, no en un intento serio. Las negociaciones son a menudo simulaciones, instrumentos para ganar tiempo o construir consenso interno, mientras que la opción militar permanece siempre sobre la mesa, lista y ya planificada. 

Y luego está la proporcionalidad, reducida ya a una palabra vacía. 

Las tecnologías modernas permiten una destrucción precisa, pero la precisión no equivale a justicia. Zonas enteras son devastadas en nombre de objetivos limitados. Los daños colaterales se prevén, se aceptan, se contabilizan. No se evitan. 

El principio de distinción entre civiles y combatientes es quizás el más abiertamente traicionado. 

Las guerras de hoy se libran en las ciudades, entre las personas, y los civiles se convierten inevitablemente en objetivos. No por error, sino por la estructura del conflicto. Cuando todo es campo de batalla, nadie está realmente protegido. 

La verdad es más incómoda: los vínculos morales no se han superado, se han abandonado. No porque se hayan vuelto obsoletos, sino porque son incómodos. Limitan la acción, imponen responsabilidades, exigen coherencia. Y la coherencia es el primer sacrificio de la guerra moderna. 

Se sigue hablando de valores, derechos, justicia. Pero son palabras que ya no frenan nada. Funcionan como tapadera, no como guía. La distancia entre lo que se dice y lo que se hace nunca ha sido tan grande. 

La doctrina de la guerra justa, con todas sus limitaciones, tenía al menos el mérito de tratar de reconocer que la guerra es un mal que hay que contener. 

Hoy, en cambio, la guerra se gestiona, se administra y se normaliza. Ya no se percibe como la excepción extrema, sino como un instrumento más en la política de los conflictos. De manera brutal, se llega incluso a considerarla una posible —y cada vez más inevitable— solución a las tensiones políticas e internacionales. 

Y cuando la guerra se convierte en un instrumento, los límites desaparecen. No porque ya no existan, sino porque ya no conviene respetarlos.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 2 de febrero de 2026

Hacer la guerra al hambre y alimentar la paz.

Hacer la guerra al hambre y alimentar la paz

Te invito a un momento de silencio escuchando esta canción “La hora del hambre” con sus imágenes y su letra: https://www.youtube.com/watch?v=dp_6TX4hCfg  

 

¿Hay algo nuevo que decir sobre el hambre en el mundo? ¿Algo que aún no se haya dicho?

 

¿Cabe seguir llamando la atención de una política, y probablemente también de una Iglesia, encerradas en sí mismas, sobre una situación planetaria que es intolerable?

 

Me refiero, como hecho intolerable, el dato de que millones de personas en el mundo estén malnutridas o pasen hambre no es una cuestión de mala suerte o de destino, es una cuestión de elecciones y de responsabilidad.

 

¿Se puede calificar de escándalo mundial la muerte por hambre?

 

Cabe mirar hacia otro lado y fingir que esto no existe. Cabe no ser más conscientes de nuestras elecciones alimentarias, que a menudo implican el desperdicio de alimentos y el mal uso de los recursos a nuestra disposición. ¿Todo eso, y mucho más, cabe?

 

El hambre no es un accidente de la historia, sino más bien un producto funcional del sistema alimentario y productivo en el que cada uno de nosotros desempeña un papel y tiene una parte.

 

Seguramente el cambio es radical. Ya no se centra solo en la ayuda que los ricos afortunados deben, por espíritu de caridad, a los hermanos más desafortunados. Porque quizás, con nuestro estilo de vida, somos parte del problema y no solo de la solución.

 

Todo apunta, creo, a que hay comida suficiente para alimentar a todos y que si hay voluntad, lo que tenemos no se acaba. Esa es la cuestión: el hambre es una vergüenza que se puede resolver, que se puede borrar de la historia en un plazo razonable.

 

¿Qué falta entonces? ¿Falta la voluntad política? ¿Falta la masa crítica de la ciudadanía que ponga en marcha el proceso?

 

Para el pueblo judío, las dos calamidades por excelencia eran el hambre y la esclavitud.

 

Para derrotar definitivamente la esclavitud, al menos la legalizada, se tuvo que esperar siglos, e incluso se travesaron períodos en los que la humanidad vivió sin pestañear ante contradicciones evidentes.

 

Como botón de muestra basta pensar en la Constitución estadounidense, redactada en 1787, dos años antes de la Revolución Francesa. Se sancionaba la igualdad de todos los hombres, pero durante casi un siglo, al mismo tiempo que estaba en vigor esa Constitución, en los estados del sur la esclavitud no solo era aceptada, sino incluso regulada.

 

El último estado del mundo en abolirla de su código fue Mauritania, en 1980, más de dos siglos después del nacimiento del movimiento abolicionista.

 

El hambre está siguiendo un camino similar.

 

Las Iglesias cristianas hablan del derecho dado por Dios a todos a tener acceso a una alimentación adecuada. Pero se debe añadir que también el derecho de los hombres consagra este punto firme.


En la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 se dice que «toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado para su salud y bienestar, así como el de su familia, incluyendo la alimentación...». O, por ejemplo, en la Declaración sobre la Seguridad Alimentaria Mundial de 1996 se da un paso más al afirmar «... el derecho de toda persona a tener acceso a alimentos sanos y nutritivos, de acuerdo con el derecho a una alimentación adecuada y con el derecho fundamental de todo ser humano a no padecer hambre».

 

Nadie cuestiona estas, y tantas otras bellas formulaciones, y sin embargo todos convivimos con la conciencia de la existencia de millones de personas desnutridas y que mueren de hambre.

 

Los mensajes de Manos Unidas, como siempre, son una extraordinaria exhortación moral, y deberían incluirse en un debate político que parece haber olvidado la importancia central una realidad que parece ser endémica: el del hambre.

 

El objetivo de acabar con el hambre debe ser una prioridad para todos nosotros, no solo por fraternidad universal, sino incluso por nuestro propio bienestar personal.

 

No podemos ser felices si los demás no lo son, por lo que hasta que no logremos erradicar esta vergüenza no podremos decir que nos hemos realizado plenamente.

 

Si una parte tan grande de la gran familia humana no tiene acceso a la comida, significa que no estamos cumpliendo con nuestro deber como seres humanos: el deber de ser hermanos.

 

En el ejemplo evangélico de la multiplicación de los panes y los peces, y al enterarse de la multitud de personas hambrientas que se habían reunido para escucharlo, Jesús no dudó y envió inmediatamente a sus discípulos a buscar comida para todos.

 

Esta es la cuestión: sin comida, ninguna palabra de salvación tiene sentido.

 

No solamente con motivo de la Campaña de Manos Unidas sino cada día es impensable imaginar futuros posibles, salidas a la crisis mundial, nuevos paradigmas de convivencia,…, si millones de personas no comen.

 

Por eso, el mensaje siempre actual de Manos Unidas es un mensaje de liberación. Debemos sacudirnos el óxido de tantas de nuestras cuestiones miopes para volar alto y afrontar retos verdaderamente trascendentales y fundamentales.

 

Nuestro sistema alimentario muestra cada día sus lados oscuros, desde cualquier punto de vista que se mire.

 

A los muertos por hambre se contraponen los obesos, a los desnutridos los hipernutridos, con la diferencia de que los hambrientos y los desnutridos no son artífices de sus propias elecciones alimentarias, sino que sufren la violencia del sistema inhumano que provoca el hambre de millones de seres humanos.

 

Tal vez, para acabar, qué mejor que hacerlo viendo el vídeo de la campaña de este año 2026 de Manos Unidas que lleva por título “Declara la guerra al hambre”: https://www.youtube.com/watch?v=q-rjdZKJaEw


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 1 de octubre de 2025

Meditación ante el Cáliz.

Meditación ante el Cáliz

En la Última Cena de Jesús no celebramos un trofeo sino un recuerdo vivo: el del Crucificado. El tiempo, que rápidamente borra los nombres de los dominadores, conserva en cambio los nombres de las víctimas, escritos en el llanto de los pobres, en el grito de los inocentes, en el silencio de los últimos. Incluso cuando se nos escapan, Dios los conoce y los graba en sus palmas.

 

«El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,35). No es un lema para un póster, es un puente entre dos orillas. Jesús cruzó ese puente íntegro: entregó su carne y su sangre, venció el miedo y devolvió la libertad a su Autor. No eligió salvarse: eligió donarse. Y la sangre, que los violentos creyeron que era un sello de olvido, se convirtió en voz: una voz que aún predica en las venas de la historia de este mundo.

 

Y que nos invita a confiar en el Evangelio más que en cualquier cálculo, más que en cualquier prudencia. Celebramos la Eucaristía en memoria de aquella cena Última en la víspera de su Pasión. Y contemplamos y gustamos este signo como una invitación a apostarlo todo por la confianza.

 

Hoy, la palabra sangre nos quema. Porque la sangre es un lenguaje que todos entendemos y que nos pide cuentas a todos. La sangre de Jesús se mezcla idealmente con la sangre derramada en Palestina, como en Ucrania y en todas las tierras heridas donde la violencia se cree omnipotente y, en cambio, no es más que ruido.

 

La sangre es sagrada: cada gota inocente es un sacramento derramado. Podríamos recoger en el cáliz del altar la sangre de cada víctima —niños, mujeres, hombres de todos los pueblos— y exponerla aquí para que ningún rito nos absuelva de la responsabilidad, para que la oración sienta el peso de cada herida.


Y, con pudor y con fuego, decir: es la sangre de cada inocente. Porque no existe «otra» sangre sagrada, porque toda la tierra es un único altar. Un rito claro, directo, sin ambigüedades, sin diplomacia.

 

Escucha, Israel: no te hablo como adversario, sino como hermano en la humanidad. Te llamo con el nombre con el que la Escritura convoca al corazón a lo esencial: Escucha. Deja de derramar sangre palestina.

 

Que cesen los asedios que quitan el pan y el agua; que cesen los golpes que destrozan casas e infancias; que cesen las represalias que cambian la seguridad por la opresión, que cese la invasión que ahoga toda esperanza de paz. La seguridad que pisotea a un pueblo no es seguridad: es un incendio que, tarde o temprano, quema la mano que creía dominarlo.

 

Tú, Israel, conoces el peso del duelo que la historia te ha procurado. Las heridas han dejado cicatriz en tu carne y en tu conciencia. Todo terrorismo es un sacrilegio, todo secuestro una sombra sobre lo humano, cada cohete contra civiles un pecado que clama.

 

Te llamo por tu nombre: tú, Israel, detente. Abre los pasos fronterizos, deja pasar las medicinas y el pan, suspende el fuego que no distingue y multiplica los huérfanos. No te pido debilidad: te pido grandeza. La grandeza de quien detiene su fuerza cuando la fuerza profana la justicia; de quien reconoce que la única victoria que salva es la que vence a la venganza.

 

La mentira comienza con las palabras, sobre todo con las ambiguas, las anestesiadas: los drones son fusilamientos por control remoto; los «daños colaterales» son niños sin rostro; un gasto militar que supera al gasto social no es seguridad, sino suicidio colectivo. Esta es la única geopolítica evangélica digna del Cáliz que bendecimos.

 

Digámoslo con la franqueza del Evangelio del Reino: el mal no es una idea, es una realidad. El grito de los pobres y los últimos, la sangre de los niños y el llanto de sus madres, dice a los poderosos de esta tierra, a los gobiernos, a cada mando militar: ¡detengan la espiral!

 

Busquen la justicia antes que las fronteras, los derechos antes que las alambradas, la dignidad antes que los cálculos. La paz no se construye con la muerte de la vida inocente sino con igualdad de derechos, fraterna solidaridad y con misericordia política.

 

La sangre que clama desde los escombros no es un argumento: es una anáfora de Dios que repite: ¿Qué has hecho con tu hermano?


«¿Qué podemos hacer?» nos preguntamos. Es la pregunta de Pedro cuando el barco cruje. La Eucaristía que se nos pide hoy no es la de la sangre, sino la de la coherencia. De la obstinada mansedumbre de quien no se deja comprar. De la paciencia creativa de quien ama sin atajos. De la fidelidad laboriosa de quien sirve a los pobres sin altares. De la sobriedad alegre de quienes gastan menos en sí mismos e invierten en quienes no podrán devolverles nada.

 

Ésta es la Eucaristía de aquella Última Cena, la de la compasión y la de la misericordia, que cuesta la vida. Miremos, pues, al Cáliz. Contemplemos la sangre inocente. No como una curiosidad, sino como un espejo. La sangre del Inocente no es un talismán: es un llamamiento.

 

Cada gota de sangre dice: no traiciones. No traiciones el Evangelio con un culto sin conversión. No traiciones al pobre con una limosna sin opciones. No traiciones la paz con palabras sin proyecto. No traiciones al inocente con el cinismo de la prudencia. No traiciones al pobre, al huérfano, a la viuda, al emigrante.

 

Que la sangre inocente nos dé un valor sin teatralidad y nos haga hacedores de decisiones que no sean noticia pero que cambien la vida de los inocentes. Miremos Palestina, miremos Ucrania, miremos el Sur del mundo: cuántos ya no tienen lágrimas y nos prestan sus ojos.

 

Hagamos que la paz no sea un eslogan, sino una práctica. Hagamos que cada comunidad humana se convierta en una sala de espera de resurrecciones: comedor para los hambrientos, hogar para los sin techo, lengua para los que no saben hablar, compañía para los que no pueden sostenerse solos, patio de juego para los niños…


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 8 de septiembre de 2025

Una esperanza de tres rostros y que cambia la historia: arraigada, audaz, resistente.

Una esperanza de tres rostros y que cambia la historia: arraigada, audaz, resistente

Cada día esperamos algo: sol durante las vacaciones o las fiestas, una vida más tranquila, un trabajo digno, el fin de la precariedad que hace que la existencia sea incierta y obstaculiza los proyectos familiares, la paz en Ucrania, en Oriente Medio, en... casi infinitos lugares de los que apenas se hace mención en los medios de comunicación... 

La esperanza no es un lujo para almas poéticas, sino una presencia silenciosa que atraviesa nuestros días. Y, sin embargo, a menudo la reducimos a un adorno, a un pequeño embellecimiento, como si fuera solo la guinda de un pastel… 

La verdad es que la esperanza es mucho más: es lo que nos permite resistir el cansancio, levantarnos después de una caída, imaginar un futuro diferente. No es optimismo ingenuo, ni consuelo pasajero. Es un motor oculto que puede transformar la sociedad. Pero, como todo motor potente, puede ser manipulado, desviado, falsificado. 

Hay esperanzas que no liberan, sino que anestesian. Lo vemos cuando alguien predica la resignación: «Aguanta, el verdadero premio llegará algún día». Durante siglos, incluso con la complicidad de una religiosidad alienada y poco cristiana, este mecanismo ha frenado a generaciones enteras, impidiéndoles luchar por mejores condiciones de vida. 

Tantas veces la esperanza se convierte en un narcótico - opio la llamó una voz autorizada - que resta fuerza al cambio, haciendo que las personas sean dóciles y estén dispuestas a aceptar injusticias, desigualdades y violencia. 

Hoy en día, estas falsas esperanzas adoptan nuevas formas: la ilusión de que el mercado lo resuelve todo, las promesas políticas nunca cumplidas, la confianza ciega en la tecnología como remedio universal. Son esperanzas tóxicas que apagan la voluntad de actuar. 

La esperanza auténtica no surge de la nada y no se alimenta de eslóganes. Tiene sus raíces en la memoria. No se puede tener verdadera esperanza sin hacer cuentas con el pasado. Pensemos en los crímenes que han marcado la historia: guerras, genocidios, dictaduras, masacres. ¿Podemos decir que las víctimas han sido derrotadas para siempre? 

La esperanza se hace realidad cuando asume el peso del dolor y lo transforma en un impulso hacia el futuro. Ocurre cuando las nuevas generaciones recogen las heridas de sus pueblos y las transforman en compromiso cívico. Es lo que vemos en los familiares de las víctimas: no se limitan a recordar, sino que construyen asociaciones y crean caminos de ciudadanía. La memoria se vuelve así «peligrosa», porque obliga a cambiar, a no resignarse, a revertir la lógica de la opresión. 

En tiempos marcados por crisis continuas, guerras sin fin y desigualdades crecientes, hablar de esperanza puede parecer ridículo. Sin embargo, es precisamente ahora cuando muestra su rostro más auténtico: 

Arraigada: no es un «todo irá bien» circunstancial. Es concreta, está hecha de objetivos, estrategias, pequeños pasos. Vive en el esfuerzo de quienes buscan un trabajo digno, de quienes se enfrentan a una enfermedad, de quienes defienden sus derechos. Es realismo que sabe mirar hacia adelante.

 

Audaz: no es paciente ni sumisa. Es impaciente, provocadora, creativa. Es la que impulsa a los jóvenes y a los activistas a imaginar ciudades sostenibles, barrios sin violencia, relaciones internacionales basadas en la cooperación y no en la guerra. Es la risa que sorprende al dolor, el gesto que rompe la lógica del poder.

 

Resistente: se opone al cinismo de quienes querrían convertir Gaza en un parque de atracciones para ricos o de quienes repiten «ocúpate de tus asuntos, porque nada va a cambiar». No cede ante las falsas promesas de quienes solo buscan el consenso. Es la fuerza de los movimientos que defienden la tierra, de los voluntarios que salvan vidas en el mar, de las comunidades que no se doblegan ante el miedo. 

Si la esperanza fuera solo un pensamiento positivo, no tendría el poder de transformar el mundo. La esperanza auténtica, en cambio, está arraigada en la vida, es audaz a la hora de arriesgarse, resistente frente al mal. Es la que nos impide caer en la resignación, la que nos obliga a imaginar un futuro diferente y a empezar a construirlo de inmediato. 

No es un helado de chocolate, no es un dulce de colores: es el pan de cada día. Es lucha, es memoria, es deseo de justicia. Es lo que nos recuerda que la historia no solo pertenece al dolor, sino también a la posibilidad de redención. 

De mis años de estudiante en la Universidad, recuerdo siempre con gratitud aquellas lecciones que me ayudaron a conocer, y a sintonizar, con la Escuela de Fráncfort. Fue aquella Escuela en la que se postulaba la necesidad de la esperanza para que las víctimas inocentes de la historia pudieran aspirar a un mañana, en la que se apelaba a la esperanza para que el porvenir albergara una promesa utópica

Y es que, si prescindimos de la esperanza, el ser humano solo puede aguardar la nada, el vacío, la fatalidad... y el imperio de la injusticia. 

Hoy, en una época dominada por el miedo y el desencanto, la esperanza es quizás la palabra más revolucionaria que tenemos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 9 de julio de 2025

Gaza: un test moral para la civilización.

Gaza: un test moral para la civilización

Lo que está sucediendo en Gaza es un test moral en dos sentidos, diferentes pero relacionados.

 

En el ámbito personal de cada uno, es una oportunidad para hacer examen de conciencia, porque nos obliga a enfrentarnos a algo que pone en tela de juicio nuestras certezas. Sabemos bien que no es la primera vez que una violencia sistemática y brutal golpea a una población hasta el punto de poner en peligro su integridad e incluso su supervivencia. Sin embargo, es la primera vez que estos actos se producen «ante los ojos» - en directo…, no en diferido… - de toda la comunidad internacional. Esta expresión ya no es una forma de hablar, debemos tomarla en sentido literal. Cualquiera, en casi cualquier lugar, puede conectarse a las redes que difunden imágenes, voces, relatos.

 

Pocos minutos después de un bombardeo, ya sabemos que ese niño o esa niña han sido asesinados junto con su familia, o que ese chico que había salido a buscar comida no ha vuelto porque le han disparado. En muchos casos, vemos en tiempo real, o casi, los cuerpos martirizados de estas víctimas, o asistimos a la agonía desgarradora que es la última parte de su corta vida. Vemos a madres y padres que lloran a sus hijos e hijas, a hermanos y hermanas que se despiden, a niños que llevarán toda su vida las marcas de una violencia despiadada.

 

Todo esto es terrible y provoca en muchos una comprensible reacción de huida. Sin embargo, escapar no apacigua la conciencia. En cierto sentido, faltaríamos al respeto que nos debemos a nosotros mismos como personas dotadas de razón si decidimos ignorar esos cuerpos, apartar la mirada de esos rostros o no escuchar esas voces. No podemos elegir no saber, una vez que hemos sabido. Aunque no estemos en condiciones de salvar a los habitantes de Gaza, porque no tenemos los medios individuales para hacerlo, podemos dar testimonio de lo que les ha sucedido a estas víctimas en la medida en que somos conscientes de ello, resistiendo la tentación de sofocar la consternación y la ira tratando de pensar en otra cosa.

 

El testimonio es esencial, como lo fue en el genocidio armenio y en el Holocausto, pero no es suficiente. También hay que responder a la pregunta de «por qué» está sucediendo todo esto. ¿Puede una atrocidad justificar otra? ¿Puede la sangre de un inocente compensar la muerte violenta de otro inocente?

 

Incluso quienes admiten que hay casos en los que el uso de la fuerza es justificable —por ejemplo, para repeler un acto de agresión potencialmente letal— no podrían responder afirmativamente a estas preguntas. No pueden, porque saldrían del perímetro marcado por el principio supremo de la moralidad: el respeto igualitario que debemos a las personas.


 

Esto nos lleva al segundo sentido en el que lo que está sucediendo en Gaza es una prueba moral: la pública, que tiene que ver con la esfera de las relaciones entre las personas dentro de una comunidad política y entre las comunidades políticas a nivel internacional. En esta dimensión, lo que se pone a prueba no es la conciencia individual, sino la colectiva, que se expresa en la capacidad de razonar juntos sobre lo que está bien y lo que está mal (por eso quienes quieren que la masacre continúe hasta sus últimas consecuencias están tan decididos a impedir que haya una conversación libre sobre las atrocidades cometidas por el ejército israelí).

 

Aquí las preguntas se refieren en primer lugar a las normas. La idea misma de derecho es incompatible con la de doble rasero. Si un acto es contrario al derecho penal internacional, lo es siempre, sea quien sea el responsable. El ataque que el Gobierno israelí, con la complicidad de la mayoría de los países europeos y de Estados Unidos de América, ha llevado a estas normas está cambiando el entorno normativo en el que vivirán nuestros hijos e hijas.

 

Las noticias hasta hacen pensar que nos estamos acercando a la fase final de la destrucción de Gaza, que podría conducir al traslado a otro lugar de lo que queda de la población local.

 

Lo que se consideraba «impensable» vuelve a ser actual. Al afirmar con declaraciones y actos el doble rasero, los gobiernos que se han alineado en defensa de la guerra de Israel contra la población civil de Gaza plantean también una cuestión de moralidad pública de la que no podemos eludir.

 

¿Estamos dispuestos a aceptar el retorno a una mentalidad como la de los juristas del siglo XIX, que reservaban la protección del derecho internacional solo a las «naciones civilizadas»? ¿Estamos dispuestos a asistir sin hacer nada al retorno del privilegio de una «civilización occidental» tras la cual se esconde un supremacismo cada vez más agresivo, ante el cual incluso los «moderados» inclinan la cabeza? Israel «hace el trabajo sucio por nosotros», dijo Friedrich Merz. ¿Queremos que esta frase entregue a la historia lo que hemos sido y nuestro sentido moral?


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 5 de julio de 2025

¡Qué vergüenza!

¡Qué vergüenza! 

Siento vergüenza, ese es el sentimiento que me domina, siento vergüenza por mí mismo, por lo que soy. Siento vergüenza al levantarme cada mañana temprano y descubrir que sigo vivo, con una salud aceptable, listo para alimentar mi cuerpo y mi espíritu con abundante comida y buenas intenciones, mientras el primer noticiario de la mañana me informa de que nada de lo que soy, de lo que hago, de lo que pienso, de lo que proyecto ha movido ni un milímetro la balanza del horror cotidiano a favor de la vida, de una sola vida. 

Lo sé, podría aligerar la carga de mi pena empezando por avergonzarme de ser europeo, provisto de un pasaporte válido y en regla de la Unión; no me costaría nada avergonzarme de la cobardía y la nulidad de lo que queda de la Unión. Me bastaría recordar que desde que la guerra de Gaza se convirtió en masacre, carnicería, matanza de inocentes, ejercicio de sadismo institucionalizado, esta Unión interviene con firme cobardía sugiriendo al Gobierno israelí «moderación», con el savoir faire del distinguido caballero que asiste a una violación en la calle y con garbo invita a la moderación al violador. 

Mientras Donald Trump dicta la línea a Europa. Ese tal Donald Trump, orgulloso de su poder absoluto y déspota, que dicta a la Unión la ley del más grande, del más fuerte, está en otra parte y no sigue, ni de lejos, la antigua enseñanza de aquella figura del arte de la guerra, Sun Tzu, según la cual el único ejército que al final sale victorioso es el que nunca ha combatido, y ¿qué me cuesta avergonzarme de cómo la Unión le muestra su servidumbre servil inaugurando una nueva era de diplomacia esclava del Imperio y sometida a su dictadura? 

Por no hablar de la vergüenza de ver a la ‘crème de la crème’ del progresismo europeo desfilar en procesión ordenada en el Orgullo de Budapest para poner sus cuerpos como barrera protectora del sacrosanto derecho a manifestarse de la comunidad Lgbtq+, sin que se les haya pasado por la cabeza poner sus cuerpos en defensa del sacrosanto derecho a existir del pueblo palestino, ucraniano, … 

Un hecho que no habría pasado desapercibido a los ojos del mundo que aspira a una paz justa y duradera: la alfombra de cuerpos ilustres extendida sobre el asfalto frente a los tanques rusos; y si por desgracia hubiéramos tenido un muerto, ¿qué muerte habría sido más gloriosa, más santa, más acorde con el imperativo de la paz y la justicia? No, todo demasiado fácil, inequívocamente auto-absolutorio. 

Soy yo quien debe avergonzarse, porque todo el horror del mundo me llama, y a mí me pide y me exige una respuesta, a quien se considera un ser humano medianamente intacto en su humanidad. 

La pregunta es: ¿estás dispuesto a vivir en la vergüenza? ¿Estás dispuesto a untar la mermelada en tu rebanada de pan matutino sabiendo que en ese momento hay un niño bajo el fuego de un militar en servicio activo en el ejército de un país democrático, al menos a primera vista, solo porque está tratando de ganarse un pedazo de pan? 

Y esta ni siquiera es la pregunta más incómoda, que es otra y definitiva: ¿eres capaz de vivir en una época de odio, de odio como sistema de gobierno, como herramienta para las relaciones, de odio como religión, de odio como juego social? 

El odio hacia el ser humano y hacia cualquier otro ser que se oponga al dominio del Imperio, el derecho sacrosanto a disponer a la propia voluntad de todo lo que sea reivindicable ya sea un metal, un alma, una vida. El odio que es un regalo de los votantes a su gobierno, el patrimonio de odio entregado por los votantes estadounidenses a su presidente es de una magnitud devastadora. Un odio inflado hacia lo diferente, hacia quien perturba la tranquilidad ministerial, hacia el extranjero, hacia el prisionero, hacia quien pone en duda el orden establecido por el gobierno. 

¿Qué derecho tengo yo a sobrevivir a todo esto, a salvar mi pellejo viviendo de mi vergüenza? No he sido entrenado para vivir este tiempo y de esta manera, no he sido educado en la vileza, y se diría que solo la vileza es el recurso que necesitara para sobrevivir. «Estoy hecha para compartir el amor, no el odio», esta es la voz de Antígona, y Antígona, que no conocía la cobardía, acabó enterrada viva. 

Llegará el momento del juicio, y si no es Dios en persona quien abra el Gran Libro de los destinos humanos, lo hará la Historia. Y la Historia no olvida, no perdona, nunca, y a diferencia de Dios, tiende más a la venganza que a la justicia. 

Cuando se abra el Libro en el párrafo que me corresponde, ¿qué encontraré para cubrir mi vergüenza? ¿Quizás mis bonitos discursos, mis buenas intenciones, mis ofrendas votivas, mi voto, mi X solidaria? 

Me preguntarán cómo he sabido oponerme al odio y yo, ¿qué haré, haré un escrito sobre la convivencia? No se responde al odio con palabras bonitas, sino con el pensamiento, y el pensamiento o se hace cuerpo o no es más que una hoja de parra para ocultar la vergüenza. ¿Dónde he puesto mi cuerpo para que mi pensamiento se convirtiera en acción capaz de influir en el destino de un solo ser humano? ¿En qué llaga, en qué cráter de misil, en qué abuso, en qué mentira? 

Un profeta antiguo, Isaías, diría aquello de dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad la justicia, socorred al oprimido, haced justicia al huérfano, defended la causa de la viuda, ¿y yo dónde estaba? ¿Dónde están las alas de mi pensamiento para que hagan barrera al malvado? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...