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domingo, 19 de julio de 2026

La sabiduría evangélica no es simplista - San Mateo 13, 24-43 -.

La sabiduría evangélica no es simplista - San Mateo 13, 24-43 -

 

«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo». Dios siembra bien. Siempre. En el origen de la creación no hay mal. No hay cizaña. Hay una buena semilla confiada a la tierra. Hay una promesa entregada a la historia. 

Luego, mientras todos duermen, llega el enemigo. El mal suele entrar así: en las distracciones del corazón, en el letargo de la conciencia, en las noches en las que dejamos de velar por la vida. 

Y la cizaña crece junto al trigo. Este es el doloroso descubrimiento del hombre: el bien y el mal habitan el mismo campo. Habitan el mundo. Habitan la Iglesia. Habitan en cada uno de nosotros. Nuestro corazón es un puñado de tierra donde crecen juntos espigas y malas hierbas, luz y sombra, deseo de bien y heridas antiguas. 

Nadie es solo trigo bueno. Nadie es solo cizaña. Y nadie coincide con la peor parte de sí mismo. 

Quien hace el bien se enfrenta al mal. Esto lo sabemos. Más difícil es aceptar otra verdad: el mal no está solo fuera de nosotros. Está dentro de nosotros. Dentro de nuestras relaciones. Dentro de nuestras comunidades. Dentro de nuestro propio corazón. 

Mientras los malos sean los demás, todo parece sencillo. El Evangelio, en cambio, nos obliga a reconocer que el campo es uno solo. El trigo y la cizaña crecen entrelazados. Esta es la verdadera pregunta de la parábola: ¿de dónde viene el mal? Y, sobre todo: ¿qué hacer ante el mal? 

Los siervos ven la cizaña y reaccionan de inmediato. Son, diríamos hoy, intervencionistas en el conflicto que se ha creado: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». La respuesta parece razonable. Identificar el problema. Encontrar al culpable. Eliminarlo. Es la lógica de la manzana podrida. Es la tentación de todos los tiempos. 

Pero la realidad es más compleja. La cizaña nunca tiene solo el rostro del otro. Hay esa zona gris en la vida de todos como ese espacio humano en el que los límites entre el bien y el mal nunca son tan nítidos como nos gustaría. 

El Evangelio conoce bien esta verdad. Por eso Jesús rechaza toda simplificación. Quien divide el mundo en buenos y malos casi siempre acaba dejando de comprender al hombre, precisamente porque su corazón se revela malo. 

El hombre tiene prisa. Quiere intervenir. Quiere corregir. Quiere purificar. Quiere erradicar. Incluso la historia reciente muestra lo peligrosa que puede ser esta impaciencia. Muchas guerras se han justificado como necesarias para eliminar un mal. Muchas intervenciones «preventivas» se han presentado como inevitables. Sin embargo, a menudo han generado males y desórdenes más graves que aquellos que pretendían eliminar (Magnifica Humanitas 182). 

Jesús desconfía de esta lógica. No porque subestime el mal. Sino porque ama el trigo. «Dejad que crezcan juntos». No es indiferencia. Es sabiduría. Es la conciencia de que la violencia, al arrancar la cizaña, puede arrancar también el bien, que aún es frágil. 

También hoy el mal crece a través de relatos simplistas. Amigo contra enemigo. Nosotros contra ellos. 

Los buenos contra los malos. El Papa León XIV observa que los entornos digitales pueden amplificar las polarizaciones, los resentimientos y los miedos, haciendo cada vez más difícil un discernimiento común (Magnifica Humanitas 192). Cuando perdemos de vista la complejidad de lo humano, la violencia parece inevitable. Cuando olvidamos la fragilidad compartida, el conflicto se vuelve aceptable. 

La parábola de la cizaña es una escuela de la mirada. Nos enseña a resistirnos a las simplificaciones. A no reducir a nadie a una etiqueta. A no demonizar al otro, al enemigo, a no identificar a una persona con su error. 

Dios te llama a actuar en el campo del mundo partiendo de la promesa. Tú no eres tus debilidades. Eres tus maduraciones. No eres tu pecado. Eres el bien que Dios sigue sembrando obstinadamente en ti. Ninguna persona coincide con su propio error. El pecado nunca revela por completo a un hombre. Es el bien lo que dice la verdad profunda de una vida. 

Dios mira el campo de otra manera. Los siervos ven la cizaña. Dios ve el trigo. Nos atrae lo negativo. Una sola mala hierba nos hace olvidar cien brotes. Una herida oscurece mil gestos de amor. Un pecado nos impide ver toda una vida que busca la luz. Pero Dios mira de otra manera. 

El bien pesa más. Incluso cuando hace menos ruido, cuando crece lentamente. Incluso cuando permanece oculto. 

Dios no niega el mal. Lo ve. Lo llama por su nombre. Pero se niega a dejarle la última palabra. Por eso sigue suscitando a hombres y mujeres que custodian la vida, protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación (Magnifica Humanitas 211). 

Los santos, los justos ante Dios, no eliminan mágicamente el mal. Lo combaten generando el bien. 

Esta es la estrategia de Dios. No fijarse en las tinieblas. Encender la luz. 

El Hijo de Dios no vino a separarse del campo. Entró en el campo. Asumió nuestra frágil carne. El Papa León XIV recuerda que la Encarnación nos lleva precisamente allí: al llanto de los pequeños, a la fragilidad de los ancianos, al silencio de las víctimas, a la lucha interior de quien combate contra el mal que no querría cometer (Magnifica Humanitas 231). 

Dios salva al mundo desde dentro. Es como la levadura en la masa, como la semilla en la tierra, como el trigo que crece lentamente. El Reino crece en silencio. Por eso el Evangelio no pide, ante todo, arrancar de raíz el mal. Pide hacer crecer el bien. 

¿De verdad quieres restar fuerza a la cizaña? Siembra bondad. Cuida la luz. Protege lo que genera vida. No dejes que se seque lo mejor de ti. La tierra no sigue la ley de la equivalencia. Es generosa. Devuelve mucho más de lo que recibe. 

Dios sabe esperar. La maduración requiere tiempo. Ninguna espiga nace en un día. Como escribe Tolkien —citado por el Papa León XIV—, no se nos pide que gobernemos todas las mareas del mundo, sino que dejemos a nuestros hijos una tierra más sana que cultivar (Magnifica Humanitas 213). 

Nuestra tarea no es convertirnos en jueces del campo. Es convertirnos en tierra fértil. Cuidar la semilla. Dar tiempo a la vida. Hacer crecer lo que genera amor, justicia y mansedumbre. 

¿De verdad quieres arrancar el mal? No te canses de hacer el bien. Porque el mal solo retrocede cuando el bien por fin florece.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 18 de julio de 2026

Nuestros tiempos humanos no son los tiempos divinos - San Mateo 13, 24-43 -.

Nuestros tiempos humanos no son los tiempos divinos - San Mateo 13, 24-43 - 

Este pasaje evangélico se encuentra en el capítulo 13 del Evangelio de San Mateo, el capítulo de las parábolas, de ese Reino que Jesús vino a anunciar y a hacer realidad. Y ésta es una imagen agrícola, una imagen dinámica, viva y en continua evolución. 

Tras la larga parábola del buen sembrador, Mateo recoge la del trigo y la cizaña, seguida de dos breves comparaciones: el Reino de los Cielos como una pizca de levadura o un grano de mostaza. 

Me parece poder ver en los tres relatos un denominador común: el Reino de Dios no es una entidad ya prefabricada, terminada y definitiva, sino algo que nace prácticamente de la nada y crece hasta alcanzar su plenitud; una plenitud que transforma el objeto en cuestión en algo completamente diferente e irreconocible respecto a su origen. 

En el relato del trigo y la cizaña hay una rica serie de antítesis: el dueño del campo y su adversario; el trigo bueno y la cizaña; el tiempo presente de la siembra y el futuro de la cosecha; el granero donde se guardará el trigo y el fuego donde se quemará la cizaña. 

El motivo central de la parábola parece ser el diálogo entre el dueño de la cosecha y sus colaboradores, pero, quizás más exactamente, se quiere subrayar la impaciencia de estos, a la que se contrapone el carácter paciente del Señor. 

Parece que Jesús pretende subrayar que la prisa es enemiga del bien y que la impaciencia siempre se opone a la prudencia. El dueño de la cosecha es prudente: antes de la siega no es posible arrancar la cizaña sin dañar las plantas de trigo. 

Pero el descubrimiento de la cizaña, realizado por los siervos, lleva a estos últimos a expresar su asombro y su desconcierto incluso ante el sembrador. En sus palabras se puede percibir también un atisbo de sospecha o de duda sobre la siembra y, por tanto, sobre el propio dueño. 

Pero la respuesta del sembrador muestra que la presencia de la cizaña entre el trigo no es en absoluto sorprendente, no debe asombrar ni dar lugar a un escándalo. Y así, también nuestra reacción se orienta no tanto a preguntarnos por el origen de la cizaña, sino sobre cómo actuar al constatar su presencia. Y también nosotros nos quedamos desconcertados, como los siervos. 

No arranquéis la cizaña, que, por cierto, también se parece al trigo, sino dejad que ambas plantas crezcan juntas: de hecho, se correría el riesgo de arrancar también las plantas de trigo. La cizaña deberá separarse sin duda del trigo, pero a su debido tiempo. Ahora no. Ahora es el momento de la paciencia. 

Esa gran virtud que es la paciencia, que es ante todo fuerza frente a uno mismo, es la capacidad de abstenerse de intervenir, dominando el instinto que llevaría inmediatamente a «hacer limpieza». 

Pero ésta, lo sabemos, no es la forma de actuar de Dios. 

Dios es paciente, indulgente; Él soporta y aguanta el pecado de los seres humanos. Y esto no es pasividad, ni desinterés, ni laxismo, sino una espera confiada de los tiempos del hombre, de los tiempos de cada uno. Es señal de la fe que Dios tiene en el hombre y de la confianza en el posible cambio que, en cada instante, le concede. 

En la parábola resuena con fuerza la invitación a «dejar»: «Dejad que uno y otro crezcan juntos». Se trata de un no hacer, de un no actuar, de un no intervenir que, en realidad, exige una gran fuerza, pero para actuar sobre uno mismo, para intervenir en uno mismo y vencer el instinto que llevaría a arrancar y extirpar. 

Habrá que soportar el mal hasta el final: ¿es esto lo que quiere decir Jesús? 

Ciertamente, Él había anunciado que el Reino de los Cielos había comenzado por fin; también había realizado aquellos signos prodigiosos que los profetas habían anunciado como indicios de que el fin era inminente. El Maestro de Nazaret había suscitado, por tanto, un clima de espera febril. 

La figura de Juan el Bautista era emblemática, ya que representaba todas las expectativas que muchos israelitas piadosos albergaban respecto al Señor. Pero el trágico y repentino fin del Bautista pareció coincidir con el fin de las esperanzas de liberación de Palestina. 

Jesús tuvo que hacer frente a esta impaciencia mesiánica y lo hizo contando parábolas como ésta; distinguiendo entre el tiempo presente, en el que buenos y malos conviven codo con codo, y el tiempo futuro, el último, de la separación definitiva: una especie de nueva génesis, en la que Dios restablecería precisamente el orden y la armonía, separando el bien del mal, tal y como ocurrió en los albores de la creación. 

Mientras tanto, nosotros —es la parábola la que nos lo enseña— debemos guardarnos de esas formas un tanto maniqueas de distinción feroz entre los buenos por un lado y los malos por otro. 

La distinción nunca es posible, entre otras cosas porque hay algo bueno y algo menos bueno en todos, y cada historia es a menudo —aunque no siempre, claro está— un campo donde crecen el trigo bueno y la cizaña. 

A veces pienso que, si dependiera de nosotros (o de algunos de nosotros), incluso en el Paraíso estableceríamos zonas reservadas… Pero, nos guste o no, Dios piensa de otra manera: sus caminos no son nuestros caminos y sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is 55). 

Pero si incluso el Buen Dios separara ahora mismo en dos el trigo de la cizaña, ¿dónde nos pondría a nosotros? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tiempo al tiempo al crecimiento del Reino - San Mateo 13, 24-43 -.

Tiempo al tiempo al crecimiento del Reino - San Mateo 13, 24-43 - 

El relato evangélico da continuidad al Evangelio del sembrador y, de hecho, sigue muy de cerca su estructura. 

También en este caso comienza con una parábola y termina con su explicación. En medio, otras dos parábolas breves y, de nuevo, justo en el corazón de este relato, una cita del profeta (mejor dicho, de un salmista) sobre el sentido general de hablar en parábolas. 

Jesús habla en parábolas para los «de fuera», aquellos que aún no se han decidido por Él. Pero ¿qué nos dice esta vez esta serie de parábolas? 

En primer lugar, hay dos aspectos que vinculan las distintas parábolas: el Reino y el crecimiento. 

El primero es casi obvio. El segundo, en cambio, nos hace reflexionar, sobre todo si lo relacionamos con el primero. 

La cizaña y la buena semilla deben crecer juntas; la semilla más pequeña, una vez crecida, es la más grande; la levadura hace crecer la harina. 

El Reino de los cielos, por tanto, es algo que crece, que requiere tiempo, que se revela, pero solo a su debido tiempo. Es más, su revelación tiene lugar precisamente en este transcurrir del tiempo. 

El Reino no es la planta más grande, es la semilla que crece; el Reino no es la hogaza ya fermentada, es la levadura que crece en la masa. El Reino es una cuestión de tiempo. Algo así decía el Principito de su rosa. 

¿Y qué tenemos que ver nosotros en todo esto? 

La parábola del trigo y la cizaña también habla de nosotros. Es interesante, al leer la explicación que nos ofrece Jesús, cómo las dos «semillas» sembradas no son algo que esté presente «en nosotros» sino que ya son frutos: los hijos del Reino y los hijos del Maligno. Somos nosotros mismos. Y, sin embargo, también en esta ocasión, no todo está decidido de antemano. Se necesita tiempo, se necesita crecimiento para poder llegar a distinguir unos de otros. 

«Por sus frutos los reconoceréis», dirá Jesús en otro pasaje. Pero aquí no somos nosotros quienes debemos reconocerlos. 

En este caso, de hecho, tanto la buena semilla como la cizaña desconocen la situación. Han sido sembradas y «solo» deben crecer, dando su fruto. Todo lo demás queda en manos del Señor y de sus siervos. 

El Reino se va realizando a lo largo del tiempo y crece, pero al mismo tiempo convive con el mal, que al final, sin embargo, será separado. 

Este puede ser un mensaje para nosotros: el Reino ya se está realizando, y nosotros, hijos del Reino o del Maligno, no somos conscientes de ello. Pero cada uno ya está dando su fruto y, al final, cada uno será separado «como se merece». 

No hay que olvidar que la parábola va dirigida a quienes aún están «fuera». Nosotros, en cambio, hoy somos como los discípulos: también nosotros recibimos la explicación de Jesús. 

No estamos llamados a juzgar ni a arrancar de raíz, sino que estamos llamados a crecer. La pregunta, en todo caso, es: ¿quién nos habrá sembrado? Por lo tanto: ¿cuál será nuestro fruto? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 17 de julio de 2026

Tú también llevas contigo tu sombra - San Mateo 13, 24-43 -.

Tú también llevas contigo tu sombra - San Mateo 13, 24-43 -

Que el mal exista es indiscutible; lo hemos experimentado desde pequeños. 

Lo problemático, en cambio, es que crezca junto al bien, incluso en el mismo terrón de tierra, allí donde no es nada fácil distinguir el trigo bueno de la cizaña, ya que esta tiene un tallo similar al del trigo, pero la espiga está vacía. 

Es como decir una nada revestida de bien: y casi parece que se divierte creciendo sin oposición, aferrándose al trigo bueno hasta el punto de arrebatarle toda su energía vital. 

Esto plantea un problema porque, en el imaginario colectivo, existen terrenos buenos que no pueden dejar de dar buenos frutos, al igual que existen zonas infestadas que no pueden dejar de producir plantas malas. 

Es decir: el bien por un lado, el mal por el otro; por un lado, los buenos; por el otro, los malos. Y todo ello separado por una línea divisoria que no se puede cruzar, salvo que un día te despiertes y te des cuenta de que es la misma tierra la que produce ambas cosas. 

Es obvio que el bien no es el mal y viceversa, pero, sin embargo, están ahí juntos justo cuando habrías apostado a que algo así nunca ocurriría. 

¿Acaso, aunque queramos a alguien, no le hemos herido de infinidad de formas inesperadas y, a veces, incluso incomprensibles? 

¿Acaso no cometemos errores o imprudencias que pueden parecernos pequeñas o insignificantes y que, en cambio, provocan sufrimiento y dolor? 

¿Acaso no sembramos discordia cuando, con extrema ligereza, alimentamos los chismes difamando o calumniando? 

¿Y qué decir de aquellas ocasiones en las que somos autores activos del mal, tal vez con el pretexto de defender a alguien, a nosotros mismos y a nuestros seres queridos? 

¿Qué hacer, entonces? 

Sencillo, repiten los siervos torpes. La cizaña hay que arrancarla y eliminarla: una operación que, a lo largo de la historia, se ha cobrado no pocas víctimas. Por eso el «no» de Jesús suena perentorio: de hecho, está en juego la propia supervivencia del bien. 

Pero ¿qué hay detrás de esa ansia de purga que nos invade a casi todos? 

La estigmatización del mal del otro —quizá evidente, claro está— sirve para no tener que enfrentarnos a esos elementos de cizaña de los que, en mayor o menor medida, todos estamos provistos. Estigmatizar al otro significa exculparse a uno mismo situándose en el rango de los buenos. 

En cambio, parece decir Jesús, hay una carga de sombra que hay que tener en cuenta, porque no siempre es imputable a la responsabilidad de uno u otro. 

Si de verdad te importa el bien, no permitas que el afán por erradicar el mal se cargue en cuenta del bien. El «por principio» no pocas veces acaba siendo solo la tapadera de un mal que a duras penas reconozco y afronto en mi interior. 

Nadie, de hecho, está confirmado en la gracia y no pocas veces somos ora el trigo bueno, ora la cizaña. ¡Y no hay bautismo ni consagración que nos libre mágicamente de una experiencia así! 

Por eso, la invitación que subyace a esta espléndida página es la de no erigirse nunca en juez de nadie, no subirse nunca al pedestal de una supuesta justicia y, con sincera humildad, orar al Padre diciendo: «perdona nuestras ofensas». 

El hombre o la mujer evangélicos es alguien que se equivoca como todos, sabe reconocer sus puntos débiles y que no los justifica como méritos; al contrario, trata de orientar hacia el bien todos sus instintos, tiene una visión acertada de sí mismo y no pretende tener la última palabra en cada situación. No se cree el único que ha salido bien de entre todos los que, por error, han acabado en un mundo que no lo merece en absoluto. 

Ninguno de nosotros pertenece a la clase de los perfectos que pueden examinar minuciosamente las posibles limitaciones y pecados ajenos. 

La cosecha no faltará, pero la tarea de distinguirla no nos corresponde a nosotros, sino a los ángeles de Dios. 

A su debido tiempo, no ahora. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


lunes, 6 de julio de 2026

El Evangelio más allá de la lógica instintiva - San Mateo 13, 24-43 -.

El Evangelio más allá de la lógica instintiva - San Mateo 13, 24-43 -

«El reino de los cielos se puede comparar con…», que debe entenderse como: «Al reino de los cielos le ocurre lo mismo que a…». Es decir, Jesús crea imágenes de la vida, porque sabe que el Reino es una realidad viva, un acontecimiento dinámico que se desarrolla gracias a la acción de Dios.

 

Un hombre siembra buena semilla en su campo. Pero mientras todos duermen, su enemigo viene a sembrar cizaña entre el trigo; así, cuando llega la cosecha, aparecen, inextricablemente mezclados, el trigo bueno y la cizaña. Entonces, algunos siervos celosos se ofrecen a arrancar la cizaña, pero el dueño se opone: «No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la cosecha». Solo entonces dará orden de separar el trigo de la cizaña, recogiendo el primero en el granero y quemando la otra: solo entonces y solo Él, el Señor, llevará a cabo esta acción de separación; ¡ni antes ni nosotros, sus siervos!

 

Dios siembra su Palabra y, con sus energías de vida, trabaja incansablemente para instaurar su Reino. Sin embargo, nos vemos obligados a constatar, junto al bien, la escandalosa presencia del mal, obra del Enemigo, de Satanás: el mal atraviesa a la humanidad, a la Iglesia y —si queremos reconocerlo— también el corazón de cada uno de nosotros. Y a menudo, advierte Jesús, contribuimos a su propagación con nuestra escasa vigilancia, con nuestro dormir…

 

Pero ante el doloroso descubrimiento de esta coexistencia de trigo y cizaña, la reacción errónea es ceder a la tentación de la impaciencia, pretendiendo ejercer nosotros el juicio que corresponde a Dios y al Hijo del hombre cuando venga en su gloria (cf. Mt 25,31-46).

 

Siempre hay en la Iglesia quienes se creen justos y, cegados por sus certezas, desearían una comunidad de puros: ¡pero solo Dios conoce a los verdaderos justos y, en el día del juicio, de la cosecha (cf. Gl 4,13; Ap 14,15-16), los revelará y los acogerá en su Reino! En la actualidad, su paciencia y su visión de conjunto son para nosotros una oportunidad para convertirnos y acoger la salvación (cf. 2 Pe 3,15)…



El Reino —dice aún Jesús— es semejante a un grano de mostaza sembrado en un campo: es una semilla minúscula y, sin embargo, «una vez crecida, es más grande que las demás hortalizas y se convierte en un árbol, hasta tal punto que las aves anidan entre sus ramas» (cf. Ez 17,22-24).

 

Aquí la atención se centra en el extraordinario desarrollo de la semilla, en la diferencia entre su pequeñez inicial y su grandeza final. Lo mismo ocurre con el Reino: en nuestro presente se presenta como una realidad pequeña, pero al final de los tiempos se manifestará su grandeza. El discípulo de Jesucristo debe fijarse en el contraste entre el presente y el futuro, pero también debe comprender que el futuro depende precisamente de la pequeñez del presente.

 

De hecho, su Maestro le ha revelado que los criterios de grandeza y apariencia no deben aplicarse al Reino de los Cielos: la fuerza del Reino no debe confundirse con el encanto de la grandeza, que puede traducirse en cada caso en número, prestigio, poder…

 

Para reiterar esta realidad, Jesús recurre a otra parábola: una mujer echa un poco de levadura en una gran cantidad de harina; es más, el texto dice que la mujer «esconde» la levadura, para subrayar que la presencia del Reino está velada, no se impone. Sin embargo, la fuerza insospechada de la levadura hace fermentar toda la masa.

 

La atención se centra aquí en el poder de la levadura: algo pequeño, pero capaz de provocar una gran transformación. Así es precisamente: la vida de Jesús era algo pequeño, prácticamente desconocida para los historiadores de la época; pero en él, el hombre sobre el que Dios reinó plenamente, se ocultaba el poder del Reino, ofrecido a todos los hombres…

 

Estamos, pues, llamados a la paciencia, a la humildad, al ocultamiento: en vivir con libertad e inteligencia estas realidades reside nuestra posibilidad de acoger el Reino anunciado por Jesús, es decir, de obedecerle a él, grano de trigo caído en tierra y muerto para dar mucho fruto (cf. Jn 12,24). Esta dinámica de muerte y resurrección es ya un primer fruto del Reino, si sabemos asumirla en nuestra vida y dar testimonio de ella en compañía de los hombres.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La divina paciente mansedumbre- San Mateo 13, 24-43 -.

La divina paciente mansedumbre- San Mateo 13, 24-43 -

La mansedumbre de Dios en su actuar con los hombres (Sab 12,13.16-19), mansedumbre narrada por el dueño del campo en la parábola de la cizaña (Mt 13,24-43), constituye un elemento decisivo del Evangelio.

 

La mansedumbre, que forma parte constitutiva de la acción de Dios desde el acto de la creación, es también esencial para los hombres y para la acción eclesial. No se manifiesta tanto como debilidad o impotencia, sino como voluntad y capacidad de dominar la propia fuerza, de gobernarla, de domesticarla y de orientarla.

 

Así como Dios dio muestra de su fuerza al crear, también la demostró al cesar de obrar en el séptimo día y al pedir al hombre, su imagen en el mundo, que realizara la semejanza con él dando muestra de fuerza sobre sí mismo, no sobre los demás: es decir, limitándose a sí mismo para permitir el crecimiento de los demás.

 

Así como la mansedumbre se manifestó en el acto de la creación dando espacio a la alteridad humana, así la mansedumbre humana consiste en dejar que el otro sea lo que es.

 

La mansedumbre de Dios se manifiesta también como paciencia, espera de los tiempos del hombre, confianza concedida al hombre: «Tú concedes, tras los pecados, la posibilidad de la conversión» (Sab 12,19).

 

La mansedumbre se expresa además como no exclusión, no erradicación, capacidad de no emitir juicios definitivos e ineludibles, sino como fuerza inclusiva y capacidad de convivir con lo negativo, tal y como se desprende de la parábola de la cizaña.

 

La mansedumbre, como actitud de poner límites a la propia fuerza, se presenta también como método de convivencia que se opone a la lógica de la sociedad tecnológica, cuyo fin es su propio crecimiento y auto-potenciación, y que considera admisible e incluso obligatorio todo lo que es técnicamente factible.

 

La mansedumbre sigue otorgando sentido al límite como elemento en cierto modo constitutivo de lo humano, mientras que una cultura radical se complace en la erosión progresiva de todos los límites, hasta su abolición, casi como si en ello se manifestara el poder del hombre y el pleno despliegue de lo humano.



El autor del libro de la Sabiduría vincula la fuerza de Dios —y, por tanto, también su mansedumbre— a la compasión y a la misericordia: «Tienes compasión de todos, porque todo lo puedes» (Sab 11,23). Esa compasión que consiste en percibir al otro en su singularidad preciosa y precaria, irrepetible, expresada en su rostro, icono de lo trascendente en la historia, y que invoca respeto y piedad. El Dios al que se dirige el autor del libro de la Sabiduría es también aquel que «cuida de todas las cosas» (Sab 12,13) y, también en esto, se presenta como guía para los seres humanos. ¿No es acaso de una cultura del cuidado de lo que necesitamos, mientras estamos inmersos en una cultura de la guerra?

 

La guerra es exactamente lo contrario del cuidado: el otro es un enemigo al que hay que eliminar, la naturaleza y el hábitat son destruidos, la lógica de la reparación y la custodia se sustituye por la de la destrucción, y la solidaridad se sustituye por el paradigma de la enemistad.

 

Y la mansedumbre se opone a la prepotencia, a la opresión y al abuso, a imponerse sobre el otro por la fuerza. Lo contrario de la mansedumbre es la arrogancia, la soberbia y la prepotencia.

 

Además, la justicia, afirma el libro de la Sabiduría (Sab 12,18), va de la mano de la mansedumbre, mostrando así la dimensión social fundamental de esta última como reguladora de las relaciones entre los seres humanos.

 

Es más, el justo «debe amar a los hombres» (Sab 12,19), ser amigo de los hombres; ser «humano». En definitiva, para el Libro de la Sabiduría, la mansedumbre es la verdadera demostración de fuerza, o quizás mejor dicho, la demostración de la verdadera fuerza, de aquello en lo que consiste la verdadera fuerza de un hombre.

 

En este Evangelio, la mansedumbre está presente en la parábola de la cizaña, de la que Mateo nos ofrece primero el relato (Mt 13,24-30) y luego la explicación (13,36-43).

 

En la parábola se trata de la paciencia y la visión de futuro del «dueño de la casa» (13,27), que impide a sus siervos arrancar la hierba mala que ha crecido entre el trigo y aplaza la operación hasta el momento de la siega, que, por otra parte, no se encomendará a los siervos, sino a otras figuras, «los segadores» (13,30.39): «Dejad que crezcan juntos ambos».

 

La impaciencia sugeriría arrancar las plantas de cizaña y liberar así el campo para que solo crezca el fruto de la «buena semilla», pero esta acción es rechazada por el propio sembrador de la buena semilla, quien además sabe discernir de inmediato que la presencia de la cizaña es obra de un enemigo.



La pregunta que plantean los siervos es la típica pregunta que el hombre se hace ante el mal: ¿De dónde? ¿De dónde viene? Si el Reino de Dios indica la forma de actuar divina, la parábola nos muestra que la presencia del mal es un hecho, por escandaloso que sea, pero que hay que aceptar con realismo.

 

La historia humana, campo en el que se siembra la buena semilla, está impregnada de ella hasta el fin del mundo, cuando el juicio de aquel que escudriña los corazones y los riñones operará el discernimiento entre los hijos del Reino y los hijos del Maligno.

 

Pretender acabar con el mal antes de tiempo es querer anticiparse al juicio y arrogarse una acción que debe dejarse en manos de Dios. Y también es ilusorio. El mal coexiste con el bien, en el corazón de cada hombre, así como en la Iglesia y en la historia. Y tal y como ha sido «sembrado», así puede resurgir siempre en momentos y formas imprevisibles.

 

Existe un perfeccionismo que es enemigo del bien y empuja a actuar basándose en una ilusión, en una ideología. Las palabras del dueño de la casa y del sembrador de la buena semilla, es decir, del Hijo del hombre, al invitar a dejar crecer juntos el trigo y la cizaña, advierten contra emprender acciones que puedan impedir u obstaculizar el crecimiento del bien.

 

Ciertamente, la parábola plantea al lector un escándalo: la «gratuidad» del mal. Es decir, la presencia de personas que actúan mal deliberadamente, con el único fin de causar daño a los demás.

 

Y es interesante observar cómo la acción malvada sabe camuflarse y hacerse parecer con la acción buena: siempre se trata de sembrar una semilla. El tiempo revelará el fruto diferente, pero la única diferencia perceptible de inmediato es que la acción malvada se ha llevado a cabo a escondidas, de noche, «mientras todos dormían».

 

El mensaje tiene también un significado importante para el individuo: en cada uno de nosotros hay una sombra, un enigma, que normalmente intentamos eliminar o ignorar, o que odiamos y desearíamos que desapareciera; pero esa es la forma de concederle poder sobre nosotros y seguir viviendo en dependencia de él.

 

Si, por el contrario, aceptamos reconocer su presencia y dejamos de oponernos con ahínco a ella, ya no le proporcionamos el punto de apoyo para mantenernos como rehenes y podemos empezar a hacer algo con ella, es decir, a ejercer nosotros un poder sobre ella.

 

Si empezamos a amar, en lugar de odiar, esa parte de nosotros que nos parece inaceptable, podemos empezar a amar al enemigo y a obrar el gran milagro: convertir al enemigo en amigo.

 

Sí, porque también existen enemigos internos, no solo externos; es más, el odio hacia uno mismo puede ser mucho más frecuente que el amor propio. Espiritualmente, el perfeccionismo, el no tolerar aspectos oscuros o negativos en nuestro corazón, o el querer borrarlos con la ilusión de alcanzar una condición inmaculada, es una acción insensata y dañina. Además de condenada al fracaso.

 

La mansedumbre se convierte aquí en paciencia hacia uno mismo, en conciencia de las propias carencias y fragilidades, asumiendo, sin embargo, su peso y llevándolo sin negarlo ni echárselo a los demás. Y esta paciencia se convierte en camino hacia la sabiduría.

 

La lógica del Reino expresada en las parábolas no exige, por tanto, una extirpación quirúrgica de las partes «tenebrosas» de uno mismo, ni pide tampoco que se tema a la pequeñez como si fuera sinónimo de insignificancia.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La oportunidad de una mansedumbre paciente - San Mateo 13, 24-43 -.

La oportunidad de una mansedumbre paciente - San Mateo 13, 24-43 -

Jesús habla del Reino de los Cielos. Es decir, de cómo actúa Dios en la historia. De cómo se manifiesta y se despliega el reinado de Dios, es decir, su acción en el mundo y sobre los hombres.

 

Pero los matices y las características de esta acción divina, que se encarnan en el actuar, el hablar, el vivir y el amar de Jesús de Nazaret, el gran narrador de Dios, deben interpelar y moldear también el actuar cristiano y eclesial.

 

Por eso, las parábolas, al tiempo que narran la acción divina con imágenes extraídas de la experiencia cotidiana, se dirigen también a los cristianos y cuestionan sus formas y modalidades de presencia en el mundo. Y tratan de orientar su conversión.

 

Así ocurre también con la parábola de la cizaña entre el trigo (Mt 13,24-30).

 

Jesús sigue narrando a Dios con imágenes tomadas del mundo rural y campesino.

 

Si la parábola del sembrador (Mt 13,3b-8) se refería al momento de la siembra y a la receptividad o no del terreno que permitía o no que la semilla germinara, creciera y madurara hasta dar fruto, en nuestra parábola el trabajo se desarrolla en tres etapas: siembra (v. 24), crecimiento y fructificación (v. 26) y cosecha (v. 30).

 

Sin embargo, el narrador advierte a los lectores —pero no a los siervos de la parábola— de que una segunda siembra se ha superpuesto a la de la «buena semilla» (v. 24): se trata de la siembra de una mala hierba llevada a cabo por un «enemigo» (v. 25).

 

Una operación nocturna, que tuvo lugar «mientras todos dormían» (Mt 13,25), una operación, por tanto, oculta, cobarde, que huye de la luz del día y la teme, que no quiere revelarse, que se avergüenza de sí misma.

 

Quizá Pablo hablaría de «obras de las tinieblas» (cf. Rom 13,11-14).



Se trata, en efecto, de una acción dictada por la maldad, por la perversidad, por la voluntad de dañar la cosecha y, con ello, de hacer daño al «dueño de la casa» (v. 27).

 

El descubrimiento de la cizaña, realizado por los siervos, lleva a estos últimos a expresar su asombro y su desconcierto ante el sembrador (v. 27).

 

En sus palabras tal vez se pueda percibir también un atisbo de sospecha o una duda sobre la siembra y, por tanto, sobre el propio dueño.

 

Pero la respuesta del sembrador muestra que la presencia de la cizaña entre el trigo no es en absoluto sorprendente, no debe asombrar ni dar lugar a escándalo.

 

Y así, la reacción del lector se orienta no tanto a preguntarse por el origen de la cizaña, sino sobre cómo actuar al constatar su presencia. Y ahí es donde se produce la desconcertante sorpresa del lector, al igual que la de los siervos.

 

No arranquéis la cizaña, que, por cierto, también se parece al trigo, sino dejad que ambas plantas crezcan juntas: de hecho, se correría el riesgo de arrancar también las plantas de trigo. La cizaña deberá separarse sin duda del trigo, pero a su debido tiempo. Ahora no.

 

Ahora es el momento de la paciencia. La paciencia es fuerza frente a uno mismo, es la capacidad de abstenerse de intervenir dominando el instinto que llevaría inmediatamente a «hacer limpieza».

 

Pero esta no es la forma de actuar de Dios. Dios es paciente; Él soporta y aguanta el pecado de los humanos. Y esto no es pasividad, ni desinterés, ni laxismo, sino una espera confiada de los tiempos del hombre, de los tiempos de cada uno. Es señal de la fe que Dios tiene en el hombre, de la confianza que le concede.

 

«El Señor es paciente con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos tengan la oportunidad de convertirse» (2 P 3,15).



Y esto tampoco es la forma de actuar de Jesús, quien, ante Juan y Santiago —que invocaban fuego del cielo para destruir a los habitantes de la aldea de Samaria que se habían negado a acogerlos—, los reprende con dureza (Lc 9,51-56).

 

Tampoco es la forma de actuar del labrador de la parábola que se niega a talar la higuera que llevaba tres años sin dar fruto y, de hecho, se compromete a trabajarla durante un año más y, en cualquier caso, se abstiene de cometer el acto irreparable, trasladando la responsabilidad al propio dueño: «Señor, déjala aún este año, hasta que yo la haya cavado a su alrededor y le haya echado abono. Veremos si da fruto en el futuro; si no, lo cortarás» (Lc 13,8-9).

 

También en nuestra parábola resuena la invitación a «dejar»: «Dejad que uno y otro crezcan juntos». Se trata de un no hacer, de un no actuar, de un no intervenir que, en realidad, requiere una gran fuerza para actuar sobre uno mismo, para intervenir en uno mismo y vencer el instinto que llevaría a arrancar y extirpar.

 

La paciencia, además, va de la mano de la mansedumbre. Que también es una característica de la forma de actuar de Dios. Desde la creación del mundo, cuando la palabra creadora de Dios no elimina el caos y las tinieblas (Génesis 1,2), sino que pone orden en el caos y hace brillar la luz en las tinieblas, establece límites y da forma a lo informe.

 

El poder creador de la palabra de Dios se manifiesta como paciencia, como acogida incluso de lo negativo, como apertura a una historia necesariamente dialéctica, y no como intolerancia, como negación de lo negativo, como cierre ante las tensiones y la incertidumbre del futuro.



La sabiduría del Dios creador es análoga a la del dueño del campo de la parábola evangélica, que impide que se arranquen las cizañas en medio del trigo hasta la cosecha.

 

Podemos decir que la parábola de las cizañas es también una enseñanza sobre el «buen uso del mal». Es inútil adoptar una actitud especulativa y preguntarse «¿de dónde?» (v. 27) de la cizaña, al igual que del mal, sino la presencia del mal como posibilidad de ejercer la paciencia y la mansedumbre, es decir, como ocasión de conversión.

 

Conscientes de que el mal habita en el mundo y en la Iglesia, en las comunidades cristianas, así como en el corazón de cada hombre. Así surge con claridad la dimensión eclesiológica de la parábola de la cizaña.

 

La explicación de la parábola de la cizaña subraya la dimensión escatológica del juicio divino: «La siega es el fin del mundo (o tal vez, “el cumplimiento de los tiempos”, el fin de la historia) y los segadores son los ángeles» (v. 40). De este modo, el anuncio del juicio se sustenta en una predicación que proclama la misericordia y defiende una práctica eclesial cotidiana de paciencia hacia los pecadores.

 

El horizonte del juicio escatológico, que se cierne sobre cada creyente y sobre la Iglesia en su conjunto, es lo que permite al cristiano y a la Iglesia poner en práctica hoy mismo la paciencia que exige el Evangelio.

 

Y de luchar contra la tentación de la impaciencia de anticipar el juicio ya en el presente. La impaciencia consiste en presumir saber ya hoy quién es el malo y quién el bueno, cuál es el trigo y cuál la cizaña (plantas que, como ya se ha dicho, se parecen mucho), y en pretender eliminar esta para dejar solo aquel.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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