La sabiduría evangélica no es simplista - San Mateo 13, 24-43 -
«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo». Dios siembra bien. Siempre. En el origen de la creación no hay mal. No hay cizaña. Hay una buena semilla confiada a la tierra. Hay una promesa entregada a la historia.
Luego, mientras todos duermen, llega el enemigo. El mal suele entrar así: en las distracciones del corazón, en el letargo de la conciencia, en las noches en las que dejamos de velar por la vida.
Y la cizaña crece junto al trigo. Este es el doloroso descubrimiento del hombre: el bien y el mal habitan el mismo campo. Habitan el mundo. Habitan la Iglesia. Habitan en cada uno de nosotros. Nuestro corazón es un puñado de tierra donde crecen juntos espigas y malas hierbas, luz y sombra, deseo de bien y heridas antiguas.
Nadie es solo trigo bueno. Nadie es solo cizaña. Y nadie
coincide con la peor parte de sí mismo.
Quien hace el bien se enfrenta al mal. Esto lo sabemos. Más difícil es aceptar otra verdad: el mal no está solo fuera de nosotros. Está dentro de nosotros. Dentro de nuestras relaciones. Dentro de nuestras comunidades. Dentro de nuestro propio corazón.
Mientras los malos sean los demás, todo parece sencillo. El Evangelio, en cambio, nos obliga a reconocer que el campo es uno solo. El trigo y la cizaña crecen entrelazados. Esta es la verdadera pregunta de la parábola: ¿de dónde viene el mal? Y, sobre todo: ¿qué hacer ante el mal?
Los siervos ven la cizaña y reaccionan de inmediato. Son, diríamos hoy, intervencionistas en el conflicto que se ha creado: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». La respuesta parece razonable. Identificar el problema. Encontrar al culpable. Eliminarlo. Es la lógica de la manzana podrida. Es la tentación de todos los tiempos.
Pero la realidad es más compleja. La cizaña nunca tiene
solo el rostro del otro. Hay esa zona gris en la vida de todos como ese
espacio humano en el que los límites entre el bien y el mal nunca son tan
nítidos como nos gustaría.
El Evangelio conoce bien esta verdad. Por eso Jesús rechaza toda simplificación. Quien divide el mundo en buenos y malos casi siempre acaba dejando de comprender al hombre, precisamente porque su corazón se revela malo.
El hombre tiene prisa. Quiere intervenir. Quiere corregir. Quiere purificar. Quiere erradicar. Incluso la historia reciente muestra lo peligrosa que puede ser esta impaciencia. Muchas guerras se han justificado como necesarias para eliminar un mal. Muchas intervenciones «preventivas» se han presentado como inevitables. Sin embargo, a menudo han generado males y desórdenes más graves que aquellos que pretendían eliminar (Magnifica Humanitas 182).
Jesús desconfía de esta lógica. No porque subestime el mal. Sino porque ama el trigo. «Dejad que crezcan juntos». No es indiferencia. Es sabiduría. Es la conciencia de que la violencia, al arrancar la cizaña, puede arrancar también el bien, que aún es frágil.
También hoy el mal crece a través de relatos simplistas. Amigo contra enemigo. Nosotros contra ellos.
Los buenos contra los malos. El Papa León XIV observa que los entornos digitales pueden amplificar las polarizaciones, los resentimientos y los miedos, haciendo cada vez más difícil un discernimiento común (Magnifica Humanitas 192). Cuando perdemos de vista la complejidad de lo humano, la violencia parece inevitable. Cuando olvidamos la fragilidad compartida, el conflicto se vuelve aceptable.
La parábola de la cizaña es una escuela de la mirada. Nos enseña a resistirnos a las simplificaciones. A no reducir a nadie a una etiqueta. A no demonizar al otro, al enemigo, a no identificar a una persona con su error.
Dios te llama a actuar en el campo del mundo partiendo de la promesa. Tú no eres tus debilidades. Eres tus maduraciones. No eres tu pecado. Eres el bien que Dios sigue sembrando obstinadamente en ti. Ninguna persona coincide con su propio error. El pecado nunca revela por completo a un hombre. Es el bien lo que dice la verdad profunda de una vida.
Dios mira el campo de otra manera. Los siervos ven la cizaña. Dios ve el trigo. Nos atrae lo negativo. Una sola mala hierba nos hace olvidar cien brotes. Una herida oscurece mil gestos de amor. Un pecado nos impide ver toda una vida que busca la luz. Pero Dios mira de otra manera.
El bien pesa más. Incluso cuando hace menos ruido, cuando
crece lentamente. Incluso cuando permanece oculto.
Dios no niega el mal. Lo ve. Lo llama por su nombre. Pero se niega a dejarle la última palabra. Por eso sigue suscitando a hombres y mujeres que custodian la vida, protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación (Magnifica Humanitas 211).
Los santos, los justos ante Dios, no eliminan mágicamente el mal. Lo combaten generando el bien.
Esta es la estrategia de Dios. No fijarse en las
tinieblas. Encender la luz.
El Hijo de Dios no vino a separarse del campo. Entró en el campo. Asumió nuestra frágil carne. El Papa León XIV recuerda que la Encarnación nos lleva precisamente allí: al llanto de los pequeños, a la fragilidad de los ancianos, al silencio de las víctimas, a la lucha interior de quien combate contra el mal que no querría cometer (Magnifica Humanitas 231).
Dios salva al mundo desde dentro. Es como la levadura en la masa, como la semilla en la tierra, como el trigo que crece lentamente. El Reino crece en silencio. Por eso el Evangelio no pide, ante todo, arrancar de raíz el mal. Pide hacer crecer el bien.
¿De verdad quieres restar fuerza a la cizaña? Siembra bondad. Cuida la luz. Protege lo que genera vida. No dejes que se seque lo mejor de ti. La tierra no sigue la ley de la equivalencia. Es generosa. Devuelve mucho más de lo que recibe.
Dios sabe esperar. La maduración requiere tiempo. Ninguna espiga nace en un día. Como escribe Tolkien —citado por el Papa León XIV—, no se nos pide que gobernemos todas las mareas del mundo, sino que dejemos a nuestros hijos una tierra más sana que cultivar (Magnifica Humanitas 213).
Nuestra tarea no es convertirnos en jueces del campo. Es convertirnos en tierra fértil. Cuidar la semilla. Dar tiempo a la vida. Hacer crecer lo que genera amor, justicia y mansedumbre.
¿De verdad quieres arrancar el mal? No te canses de hacer
el bien. Porque el mal solo retrocede cuando el bien por fin florece.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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