Mostrando entradas con la etiqueta Ángeles Custodios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ángeles Custodios. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de septiembre de 2025

Himno de los Querubines - Pyotr Ilych Tchaikovsky -.

Himno de los Querubines - Pyotr Ilych  Tchaikovsky  -

El Himno de los Querubines hace referencia a las huestes angelicales, ya que, según la tradición judía y posteriormente cristiana, los ángeles están organizados en una jerarquía de diferentes órdenes, llamados en la Edad Media “coros angelicales”.

 

Estas jerarquías consisten en entidades intermedias entre Dios y los hombres, ya que conectan y describen la relación existente entre la trascendencia divina absoluta y su actividad en el mundo.

 

El Himno de los Querubines que te propongo escuchar es cantado por un coro que representa espiritualmente a los ángeles en el momento en que, dentro de la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, se llevan al altar los dones del pan y el vino para ser consagrados. Este momento incluye una pequeña preparación, una pequeña procesión en la Iglesia, que recibe el nombre de «gran entrada».

 

El himno une simbólicamente al Pueblo de Dios con la presencia de los ángeles reunidos alrededor del trono de Dios, por lo que el himno simboliza la concelebración de la liturgia terrenal con la celestial.

 

El canto invita a los fieles a «dejar de lado toda preocupación mundana». Ya no es momento de distraerse con cosas que no tienen nada que ver con la liturgia, porque el Rey está invisiblemente presente, «escoltado por huestes angelicales».

 

El texto dice más o menos así:

 

«Nosotros, que representamos místicamente a los querubines

y cantamos a la Trinidad vivificante el himno «Tres veces santo»,

dejemos ahora toda preocupación mundana...

para poder acoger al Rey del universo,

escoltado invisiblemente por las huestes angelicales.

Aleluya, aleluya, aleluya».

 

Mientras el coro canta el Himno de los Querubines, el Celebrante recita la siguiente oración:

 

Nadie que sea esclavo de los deseos y las pasiones carnales es digno de presentarse, acercarse u ofrecer sacrificios a Ti, Rey de la gloria, porque servirte es algo grande y tremendo incluso para las mismas Potencias celestiales. Sin embargo, por tu inefable e inmenso amor por los hombres, te hiciste hombre sin ningún cambio y fuiste constituido nuestro sumo Sacerdote y, como Señor del universo, nos confiaste el ministerio de este sacrificio litúrgico e incruento. Solo tú, oh Señor Dios nuestro, reinas soberano sobre las criaturas celestiales y terrestres, tú que te sientas en un trono de querubines, tú que eres Señor de los serafines y Rey de Israel, tú que solo eres santo y moras en el santuario. Te suplico, pues, a ti, que solo eres bueno y estás dispuesto a escuchar: vuelve tu mirada hacia mí, pecador e inútil siervo tuyo, y purifica mi alma y mi corazón de una conciencia mala; y, por el poder de tu Espíritu Santo, haz que yo, revestido de la gracia del sacerdocio, pueda estar ante tu mesa sagrada y consagrar tu cuerpo santo e inmaculado y tu sangre preciosa. Me acerco a ti, inclino mi cabeza y te ruego: no apartes de mí tu rostro y no me rechaces del número de tus siervos, sino concédeme que yo, pecador e indigno siervo tuyo, te ofrezca estos dones. Porque tú, oh Cristo, Dios nuestro, eres el que ofrece y el que es ofrecido, eres el que recibe los dones y te entregas como don, y nosotros te glorificamos junto con tu Padre sin principio, y tu Espíritu santísimo, bueno y vivificante, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén. 

En una carta de Pyotr Ilych  Tchaikovsky dirigida a  su amiga Nadezhda von Meck en 1877 le decía: 

Para mí [la iglesia] todavía posee mucho encanto poético. A menudo asisto a los servicios. Considero que la liturgia de San Juan Crisóstomo es una de las mayores producciones de arte. Si seguimos el servicio con mucho cuidado y entramos en el significado de cada ceremonia, es imposible no dejarnos conmover profundamente por la liturgia de nuestra propia Iglesia Ortodoxa … ser sobresaltados del trance por una explosión del coro; dejarse llevar por la poesía de esta música; estar emocionado cuando … las palabras suenan, ‘¡Alabado sea el nombre del Señor!’ ¡Todo esto es infinitamente precioso para mí! ¡Una de mis más profundas alegrías!”. 

Hecha la presentación toca lo más importante, tu ejercicio de escucha (y también de visionado de las imágenes que acompañan a la música). 


Te dejo, pues, con el Himno de los Querubines de Pyotr Ilych  Tchaikovsky (su duración no llega a los ocho minutos): https://www.youtube.com/watch?v=KhbuNZ8p3hg&list=RDKhbuNZ8p3hg&start_radio=1



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 18 de septiembre de 2025

De ángeles y arcángeles. Lo esencial es invisible a los ojos: solo se ve bien con el corazón.

De ángeles y arcángeles. Lo esencial es invisible a los ojos: solo se ve bien con el corazón

Esta reflexión es, a la vez, una deuda y un homenaje a un eminente profesor de Teología Dogmática de la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto (Bilbao): el P. Luis María Armendáriz Loizu SJ. A él escuché por primera vez una reflexión propiamente teológica sobre los ángeles. Como siempre, su reflexión fue tan bella como profunda. Y guardo agradecida memoria de aquella reflexión y, por supuesto, de su autor.

 

El famoso teólogo Rudolf Bultmann escribió hace unas cuantas décadas décadas que «no se puede utilizar la luz eléctrica y la radio, o recurrir en caso de enfermedad a los modernos avances médicos y clínicos, y al mismo tiempo creer en el mundo de los espíritus propuesto por el Nuevo Testamento». Era el año 1941.

 

Y, sin embargo, al consultar la mayor librería del mundo - www.amazon.com - se descubre que hoy en día, cuando utilizamos mucho más la radio y la electricidad, los títulos que tratan sobre un tipo particular de espíritus, como los ángeles, ascienden a una cantidad impresionante, seguramente hasta el doble que los que tratan sobre la electricidad y la radio…

 

Seguramente entre los libros a la venta habrá muchos que parecen un himno a la “irracionalidad” pero el fenómeno de los ángeles no se reduce a eso. 


Basta pensar que no hay civilización ni tradición religiosa que no hable de ellos, que los más grandes filósofos de la antigüedad dan testimonio de ellos (el caso más conocido es el de Sócrates con su daimonion a modo de voz interior).

 

También la filosofía contemporánea no deja de producir pensamientos al respecto. Por ejemplo, la filósofa francesa Catherine Chalier, alumna de Emmanuel Lévinas y profesora de la Universidad de París X Nanterre, con su libro sobre ángeles y hombres.

 

Catherine Chalier destaca el hecho de que la Biblia, al enumerar las cosas creadas por Dios, no menciona a los ángeles (aunque los muestra en acción en otros pasajes). ¿Por qué? Es una pregunta que ha suscitado las más variadas respuestas.

 

En mi opinión, la Biblia no pretende dar una enseñanza directa sobre la existencia de los ángeles, sino que se limita a educar en una lectura de la realidad que va más allá de la dimensión visible.

 

Para la doctrina católica, la existencia de los ángeles es un dogma de fe, sancionado por los Concilios de Letrán IV y Vaticano I, y reafirmado por el Catecismo de la Iglesia católica en el artículo 328.

 

Según la angelología de los Santos Dionisio Areopagita y Tomás de Aquino (este último designado doctor angelicus por la tradición), existen nueve coros angelicales, en orden jerárquico descendente: serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles. Sin embargo, según la Biblia, también se puede no creer en la existencia de los ángeles como espíritus puros dotados de personalidad autónoma.

 

El elemento decisivo en todo caso es la irreductibilidad de lo real a la dimensión visible, es el carácter angelical del ser, es decir, la posibilidad de que algunas experiencias, cosas o personas sean mensajeras de un mundo más amplio que el visible. No otro mundo, sino este mismo mundo, pero captado de manera más profunda.

 

El cristiano ortodoxo Pavel Florenskij hablaba de «la profundidad del mundo, alcanzable solo con una disposición recta del alma», y del mismo modo Catherine Chalier se refiere a «un excedente inagotable de belleza y sentido que apela a la inteligencia y renueva su deseo».

 

En la figura del ángel está en juego la ontología de lo real, la propiedad de las cosas de remitir a la profundidad de lo invisible.


«Lo esencial es invisible a los ojos», enseñaba el zorro al principito, añadiendo «solo se ve bien con el corazón». Es secundario que Saint-Exupéry haga hablar a un zorro, mientras que la Biblia y el Corán ponen en escena a los ángeles.

 

Lo decisivo es dónde se sitúa el verdadero centro del ser, lo esencial: si en la materia o en una dimensión que la trasciende y que se suele llamar «espíritu».

 

La reflexión sobre los ángeles cobra sentido, saliendo de lo cursi o kitsch que a menudo impregna las reflexiones sobre los ángeles, solo en la medida en que se sabe hablar del espíritu y del fenómeno concreto para expresar cómo surgió ese concepto.

 

El fenómeno en la base del concepto del espíritu es la libertad, la libertad de la que disfruta el hombre con respecto a la materia. El ser humano es materia, pero afirmar su libertad significa considerar que el hombre no es reducible a la materia, que puede actuar y no solo reaccionar a los instintos.

 

El ángel es un símbolo que expresa la libertad del hombre con respecto a la materia, es decir, el espíritu. La libertad y el espíritu, de hecho, remiten al mismo fenómeno: el espíritu lo nombra en la dimensión ontológica, la libertad en la dimensión operativa.

 

Y al igual que la libertad puede determinarse para el bien o para el mal, lo mismo ocurre con el espíritu: así, además de los ángeles buenos, la tradición también conoce a los ángeles malos y rebeldes, los demonios, cuyo jefe es «el gran dragón, la serpiente antigua, el que se llama Diablo y Satanás, que engaña a toda la tierra habitada» (Apocalipsis 12,9).

 

El espíritu-libertad es invisible, pero la invisibilidad no impide que a veces sea percibido por la parte más elevada de la mente donde el conocimiento vinculado a los sentidos se une con el conocimiento que procede de la razón pura en un compuesto no demostrable geométricamente, pero igualmente denso de significado. Más aún a veces tan denso de significado que llena por completo la personalidad, en una especie de emoción sublime de la inteligencia.

 

Baruch Spinoza, hablaba en su “Ética”, al respecto del «tercer ojo». Existe un conocimiento sensible (primer ojo) y existe un conocimiento de la razón pura (segundo ojo), pero es posible un conocimiento más elevado, que procede de un ojo que el hombre no tiene materialmente, pero que puede ejercer espiritualmente.

 

El conocimiento intuitivo que Santo Tomás de Aquino atribuye a los ángeles es el tercer ojo del que habla Baruch Spinoza.

 

A veces sucede que llegamos a conocer (una persona, una obra de arte, una teoría científica) como por arte de magia, sin mediación, sin esfuerzo intelectual, con una facultad superior al intelecto, que si bien no puede actuar sin la sensibilidad y el intelecto, no por ello es reducible a ellos.

 

Es el tercer ojo, es el conocimiento penetrante, agudo, que llueve desde lo alto o que mueve desde la profundidad más íntima, y que los grandes conocedores del fenómeno humano han sabido describir.

 

Defender el espacio reservado a lo invisible en nuestra sociedad es una de las tareas que pretende llevar a cabo el hermoso libro de ángeles y de hombres de la filósofa Catherine Chalier al que me he referido antes.

 

El peligro que corremos no es pequeño: en una sociedad que no da crédito a lo invisible, no se pueden dar las condiciones mentales para hablar con fundamento de esos valores esenciales que la tradición metafísica denomina «trascendentales», es decir, que trascienden la esfera inmanente del ser, pero cuya inmanencia tiene una necesidad insuperable.

 

Sin confianza en lo invisible (ya sea el ‘daimonion’ de Sócrates, la ‘suave brisa’ del profeta Elías, el ‘espíritu’ de Hegel), se acaba inexorablemente hablando solo de legalidad y ya no de justicia, solo de encanto y ya no de belleza, solo de utilidad y ya no de bien, solo de exactitud y ya no de verdad.

 

El ángel es el nombre que el ser humano ha asignado a aquello que tiene el poder de revelar una dimensión secreta del ser, no disponible, no comercializable, que solo se capta retirándose en uno mismo porque existe principalmente allí, en la interioridad más íntima, y que, sin embargo, da fuerza, valor y serenidad para actuar con un espíritu nuevo sobre la realidad del mundo.

 

No, no es retórica.

 

El término ángel expresa la capacidad de las cosas y las personas de ser mensajeros de algo más bello y más justo. Es el carácter angelical de lo real.

 

Esta dimensión existe, y si los seres humanos siempre han hablado y siguen hablando de ángeles es porque experimentan la profundidad del ser. Mientras esto siga ocurriendo, existe la esperanza de que el mundo no se reduzca a un gran centro comercial.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 4 de abril de 2025

Es suficiente con que Dios sea Dios.

Es suficiente con que Dios sea Dios

El recuerdo de los ángeles nos habla de un Dios que quiere entrar en comunión con nosotros eligiéndonos como sus interlocutores y amigos. Y su memoria, de hecho, habla de un cielo abierto y de un Dios que nos hace partícipes de su misma vida, de la posibilidad de gozar de la comunión con El. 

Sin embargo, esta comunión siempre está amenazada, siempre en riesgo. Por eso el Arcángel Miguel está puesto para vigilar y custodiar, para que nada nos arranque nunca de ese vínculo que el Señor nos ofrece. 

Esta memoria nos recuerda que la vida cristiana es una lucha: precisamente porque se trata de un verdadero renacimiento que nunca ha ocurrido de una vez por todas, conlleva una dimensión de verdadera agonía

¿Acaso es espontáneo para nosotros rezar? ¿Acaso es innato en nosotros amar a todos, espontáneamente, hasta desear el bien de aquellos que nos han hecho daño, como nos enseñó Jesús? ¿Quién de nosotros no sufre una verdadera crisis al medirse con ciertas páginas del Evangelio? 

El camino del seguimiento, la forma en que nos miramos a nosotros mismos y a los demás, la misma oración, el trabajo misionero,…, nunca son un punto de partida pacífico y establecido de una vez por todas, sino más bien un punto de llegada, el fruto de un camino que a menudo adquiere la forma de un esfuerzo, de una agonía, en el que el primer dato con el que lidiamos es la convicción de que no vale la pena. 

Luchamos con las realidades que encontramos dentro de nosotros, incluso más que con las que encontramos fuera de nosotros. Jesús no tuvo reparos en decirnos claramente que lo que está dentro del hombre es lo más peligroso: «Porque de dentro, es decir, del corazón de los hombres, salen los malos propósitos: inmundicia, robos, homicidios, adulterios, avaricia, maldad, engaño...». Aprender a mirarnos por dentro sin negar con mil estratagemas nuestros mecanismos de defensa que nacen del miedo a sentirnos vulnerables. 

No es posible ningún tipo de vida cristiana, y tampoco nuestra vocación evangelizadora claretiana, sin una lucha contra estas «cosas malas», como las llama Jesús, que «salen del interior y contaminan al hombre» (cf. Mc 7, 21-22). Es dentro de nosotros donde se manifiesta una resistencia al bien, a la confianza, a la fraternidad, a la honestidad. 

Nuestro propio corazón es el lugar de esta lucha, y es allí, en nuestro corazón, donde Dios envía a su ángel, su consuelo, para luchar con nosotros, para hacernos un poco más fuertes y más libres, capaces de esa amor y de ese fe que superan nuestras capacidades humanas y permiten que nuestra existencia sea transparencia de la vida misma de Dios. 

Un camino serio de liberación del mal comienza por reconocerlo presente en nosotros. Esto es lo que, a través de la desilusión y el abandono de algunos ídolos, nos devuelve el gusto por la sinceridad y por identificar en qué aspectos es necesario estar atentos y ponerse manos a la obra. 

La memoria de los ángeles nos devuelve un poco la mirada de Dios

En ese campo que es nuestro corazón, siempre tenemos que lidiar con una especie de parásito muy tenaz que es el mal. ¿Recordamos la parábola de la cizaña en el campo? A nosotros nos gustaría arrancarla, cortarla, pero el Señor lo impide hasta que el camino no se haya completado por completo. A Él le importa el buen grano: una sola espiga vale más que toda la cizaña que podemos albergar en nuestro interior. 

¿Qué significa esto para nosotros? Seguramente también una invitación a mirar el bien y la belleza que cada uno de nosotros lleva y realiza. Una invitación a hacer que fructifique. Se nos pide una colaboración activa para que el mal no prevalezca. 

¿Cómo? Intentando también nosotros ejercer el ministerio que los ángeles realizan para con nosotros: el ministerio de lo verdadero, de lo bueno, de lo bello. 

¿Quién es Gabriel? Es el ángel que trae la Buena Noticia del nacimiento de un Salvador. ¿De qué buenas noticias es portador el misionero claretiano? ¿Soy capaz de anunciar la Buena Noticia de la cercanía a quien sufre la fatiga de no tener esperanza? ¿Soy capaz de poner de relieve el bien que los hermanos realizan? 

¿Quién es Rafael? Es el ángel al que se le ha encomendado la tarea de curar. ¿Estoy dispuesto a ser el signo de un Dios que, al acercarse al hermano, se hace cargo de su condición? ¿Me importa la fragilidad y la herida del otro? ¿Soy capaz de ser bálsamo? 

¿Quién es Miguel? Es el ángel que defiende la unicidad de Dios. Pero, ¿realmente necesita Dios ser defendido? Para responder a esta pregunta, me gustaría recordar un texto, tomado del Diario de Etty Hillesum, una joven judía holandesa que murió en Auschwitz en noviembre de 1943. 

En una página del 12 de julio de 1942 se lee esta oración del domingo por la mañana: «Dios mío, estos son tiempos tan angustiosos... Intentaré ayudarte para que no te destruyas dentro de mí, pero a priori no puedo prometer nada. Sin embargo, una cosa se me hace cada vez más evidente, y es que no puedes ayudarnos, sino que somos nosotros los que debemos ayudarte, y de esta manera nos ayudamos a nosotros mismos. Lo único que podemos salvar de estos tiempos, y también lo único que realmente importa, es un pequeño pedazo de ti en nosotros mismos, Dios mío. Y tal vez podamos contribuir a desenterrarte de los corazones devastados de otros hombres» (Diario). 

«El hombre que acepta esta realidad y se complace en ella, encuentra en su corazón la serenidad. Dios existe, y lo es todo. Pase lo que pase, Dios está ahí y la luz de Dios. Basta con que Dios sea Dios» (Éloi Leclerc). 

Desenterrar a Dios del corazón devastado de otros hombres, no destruirlo dentro de nosotros, reservar un pequeño pedazo de Él en nosotros... todo ello es la manera de celebrar la memoria de los ángeles.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de enero de 2025

Rumor y susurro de ángeles.

Rumor y susurro de ángeles 

En un margen escaso de días celebramos tanto a los Arcángeles Gabriel, Miguel, Rafael como a los "ángeles de la guarda".

Los ángeles ya no disfrutan de mucha literatura. Las razones de este "olvido" son muy interesantes porque están relacionadas con un olvido más general de nuestra forma moderna de creer. 

Su celebración se siente un poco menos que antes. Quizás la Iglesia también sienta la dificultad de decir quiénes son los ángeles y qué hacen. Y los fieles, por su parte, sentimos a los ángeles guardianes vinculados al período de la infancia -cuando el "angelito" era un asiduo compañero de descanso y de sueño, de juegos y de estudio- y, habiendo abandonado muchas de las cosas de ese pasado, así, junto con muchas cosas, también dejaron caer en el rincón del ángulo del olvido a los ángeles. 

El Ángel nos hace escuchar la voz de Dios; según la Biblia su presencia junto a nosotros no tiene otro propósito que ponernos en relación con él. Y Dios dice: “Escucha su voz, no te rebeles contra él; él no os perdonará, porque mi nombre está en él”. 

El Evangelio habla también de la relación con Dios: “Tened cuidado de no despreciar ni siquiera a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en el cielo ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos”. 

El mismo Jesús nos dice cómo debemos relacionarnos unos con otros y que, para respetar verdaderamente a las personas, para tener relaciones humanas, cristianas, primero debemos pensar en su relación con Dios. Al acercarnos a cualquier persona debemos pensar que Dios la ama, que tiene planes para ella y que le acompaña y ayuda a corresponder a estos proyectos. Si lo pensamos seriamente nuestra actitud será mucho más positiva: tendremos más paciencia, más comprensión y, sobre todo, más amor. 

Notemos un aspecto decisivo. En las consideraciones citadas encontramos las relaciones fundamentales del creyente: aquellas con Dios y aquellas con los demás. 

"Sólo Dios es Dios", dice una famosa tautología, lo absoluto, lo totalmente otro, y por tanto "Sólo Dios es vida", "Sólo Dios es luz", "Sólo Dios es el Señor"… La lista nunca se termina y, cuanto más Dios es Dios, más larga se hace la lista. 

Precisamente para atenuar esa "otredad", la fe ha rodeado a Dios de estas "criaturas celestiales" que lo sacan, de alguna manera, de su soledad inalcanzable. Dios es un poco menos "otro" gracias a estas criaturas mediadoras que, de alguna manera, lo acercan a nosotros. 

Luego está el sacramento del prójimo. Por eso el pasaje del Evangelio nos advierte: "Guardaos de despreciar ni siquiera a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en el cielo ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos". 

Los pequeños son niños, ciertamente, pero también aquellos que, por diversas razones, son comparables a los niños: pobres, viejos, enfermos... Jesús advierte, por tanto: tened cuidado porque sus ángeles miran siempre a Dios a la cara. 

Es sobre todo respecto de los demás y, en particular, de los "pequeños" a quienes los ángeles merecen el título de "guardianes". Son los garantes de la dignidad de quienes no la tienen, sus protectores, sus defensores,… 

Magnífica intuición, como es fácil de entender. Pero quizás también podamos comprender las razones del relativo olvido que sufren los ángeles hoy en día. No pensamos mucho en la "corte celestial" que rodea a Dios, el Rey. No pensamos en ella por la sencilla razón de que pensamos poco en el Rey. Es la fe en general la que ha causado que la fe en los ángeles entrar como en una especie de crisis. 

Algo similar ocurre con los ángeles "guardianes". Los pequeños no gobiernan el mundo, no producen riqueza, crean muchos y graves problemas -basta mirar, por ejemplo, el capítulo de los "migrantes" para hacerse una idea-. 

Incluso los niños, tan 'costosos' como dicen en los países desarrollados y progresistas, nos cuestan y cada vez 'tenemos' menos. Así, así como en el cielo los ángeles cortesanos del Altísimo "no sirven", así en la tierra los ángeles guardianes de los pequeños "no sirven". 

En el cielo los ángeles ya no cantan ni bailan, y en la tierra los ángeles guardianes van a engrosar las filas de los desempleados y no tienen ni una pizca de sindicato que los defienda. 

Me gusta pensar en los ángeles como aquellos que "susurran" el mensaje de Dios. 

Uno de los reproches que más frecuentemente nos hacemos es que gritamos demasiado. Vivimos en una sociedad donde todo se "grita", en el verdadero sentido de la palabra y también metafóricamente. Gana quien más grita, quien tiene más dinero y lo demuestra "gritando" con objetos y hechos está en primer plano. 

Los que viven con sencillez siempre quedan relegados a un segundo plano. ¿Realmente pensamos que lo correcto es susurrar, por ejemplo, el Evangelio? Ni siquiera Jesús, durante los años de predicación, impuso ruidosamente sus enseñanzas: dejó a cada uno la libertad de decidir independientemente si lo seguía o se quedaba en su cómodo rincón. 

El Evangelio requiere pequeños pasos, tranquilidad, escucha, silencio y contemplación. La vida cotidiana es prisa, confusión, ruido. Es la naturaleza la que nos susurra el Evangelio, la risa de un niño, la mirada cómplice de una pareja, pero también un rostro que expresa la soledad, el sufrimiento de un enfermo, el miedo de quien no sabe afrontar las dificultades. 

Todos son susurros que tocan nuestros oídos todos los días, pero que no siempre logran llegar a nuestro corazón. Demos a estos ángeles que nos susurran y a sus palabras susurradas la oportunidad de cambiar el curso de nuestras vidas. Recordemos el episodio de Elías, que encontró a Dios en el "susurro de una ligera brisa". 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...