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jueves, 6 de marzo de 2025

El final de la vida y la eutanasia.

El final de la vida y la eutanasia 

En el contexto cultural actual, hasta caracterizado también por un difuso hedonismo, el sufrimiento puede fácilmente entenderse exclusivamente en sentido negativo. A menudo se considera un mal absoluto porque representa lo opuesto al placer. En consecuencia, se intenta suprimir todo sufrimiento por medios médicos (desde los analgésicos hasta el caso extremo de la eutanasia), por medios religiosos (las nuevas pseudoreligiosidades del bienestar) o por medios químicos (drogas). En lugar de buscar una respuesta a la gran pregunta del sufrimiento, el ser humano moderno siete viva la tentación a menudo de trata de escapar de ello por todos los medios. 

Las grandes religiones no comparten la visión cristiana del sufrimiento y para el paganismo, cada vez más difundido en Occidente, la creencia básica corresponde al fatalismo sobre la inevitabilidad del dolor y la impotencia para aliviar el sufrimiento, de donde proviene el intento de escapar de él. El neopaganismo materialista logra esto adormeciéndose con la posesión de bienes y entregándose a distracciones de todo tipo. En esta visión, el dolor parece estéril e inútil. 

Frente a todo esto, la Carta Apostólica de San Juan Pablo II Salvifici doloris, del 11 de febrero de 1984, puede ofrecer la posibilidad, a través de la visión cristiana, de interpretar y dar sentido al sufrimiento humano, ya sea físico, psicológico o espiritual. 

Aunque sigue siendo un gran misterio, gracias a Cristo crucificado y resucitado, redentor a través del sufrimiento, se revela como instrumento de redención, transformándose de efecto del mal en causa de salvación para la humanidad (cf. SD, n. 3). El Papa nos invita a considerar que «el hombre ‘muere’ cuando pierde «la vida eterna». Lo contrario de la salvación no es, pues, el sufrimiento meramente temporal, cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el rechazo de Dios, la condenación» (n. 14). 

Jesús se adhirió profundamente al dolor del hombre que sufre física, psicológica y espiritualmente: invocó el consuelo humano (cf. Mt 26,36-40); en Getsemaní tuvo miedo y lloró (cf. Mt 26,42-43). Preso de la angustia, sudó sangre (cf. Lc 22,39). Además, no ocultó a los apóstoles la inevitabilidad del sufrimiento (cf. Lc 9,23; Mt 7,13-14; Jn 15,18-21). 

Cristo, divinamente unido al Padre, experimenta de modo humanamente inefable el sufrimiento causado por la ruptura con Dios contenida en el pecado. Mediante su sufrimiento, los pecados son cancelados precisamente porque sólo Él, como Hijo unigénito, podía tomarlos sobre sí, asumirlos con ese amor hacia el Padre que vence el mal de todo pecado; aniquilando este mal en el espacio espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad y llenando este espacio con el bien. El sufrimiento de Cristo es prueba de la verdad de su amor al Padre expresado en Getsemaní (cf. n. 18). 

«Al realizar la redención mediante el sufrimiento, Cristo elevó el sufrimiento humano al nivel de redención. Por tanto, todo hombre, en su sufrimiento, puede llegar a ser partícipe del sufrimiento redentor de Cristo» (n. 19), porque la redención, ya realizada en plenitud, se realiza constantemente y, mediante sus sufrimientos, quien sufre con Cristo en cierto sentido completa a su modo su sufrimiento, que queda abierto a todo amor que quiera asociarse al suyo (cf. n. 24) y, gracias a Cristo, se convierte en «la base más sólida del bien definitivo, es decir, el bien de la salvación eterna» (n. 26). 

El sufrimiento no puede ser transformado y cambiado por la gracia desde fuera, sino que Cristo, a través de su sufrimiento salvífico, se encuentra dentro de todo sufrimiento humano y desde aquí actúa con el poder de su Espíritu (cf. ibíd.). Esto es posible porque Dios mismo, haciéndose hombre, tomó sobre sí el sufrimiento y, de causa de confusión y de muerte, cambió su signo negativo en positivo. Gracias a la Pasión de Cristo, el sufrimiento, paradójicamente, ya no es un mal, sino que puede convertirse en un bien para el hombre que se confía a Dios con amor y le ofrece generosamente su propio dolor. 

San Luis María Grignion de Montfort observa: «El misterio de la cruz es desconocido por los gentiles, rechazado por los judíos y no apreciado por los herejes y los malos católicos. Sin embargo, éste es el gran misterio que debéis aprender experimentalmente en la escuela de Jesucristo y que sólo podéis aprender de Él. En vano buscarías en todas las escuelas de pensamiento de la antigüedad un filósofo que lo enseñara; en vano buscarías consejo en la luz de los sentidos y de la razón. Sólo Jesucristo, con su gracia eficaz, puede hacerte conocer y gozar de este misterio. […] Ésta es nuestra filosofía natural y sobrenatural, nuestra teología perfecta y misteriosa, nuestra piedra filosofal que, a través del filtro de la paciencia, hace preciosos los metales más bajos y transforma los dolores más agudos en delicias, la pobreza en riqueza, las humillaciones más profundas en motivos de gloria» (Carta a los Amigos de la Cruz, n. 26). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 22 de enero de 2025

Dar la palabra al dolor.

Dar la palabra al dolor 

"Lujuria, lujuria; siempre guerra y lujuria; no otra cosa queda de moda", escribió William Shakespeare en su "Troilo y Crésida". Hoy en día, a estas dos modas (trágicas) les acompaña otra, la de la información, la "infodemia" como se la llama, es decir, la información excesiva, machacona y a menudo engañosa. 

Es casi una utopía desear una tregua de bombas y balas, pero también de palabras y tertulias. Sin embargo, la razón y el corazón de muchos están más cansados ​​que nunca. Ciertamente nada que ver con aquellos que, ayer, ahora y mañana sufren la guerra, el hambre, el exilio, y nuestros salones, reales, sociales o televisivos, chocan con la realidad de la guerra, hasta el punto de volverse ofensivos. Así que no es sólo la espada la que mata, sino también el lenguaje, la comunicación. 

En este clima todavía resulta difícil afirmar, con razón firme y corazón abierto, que quienes matan en nombre de Dios no creen en Dios. Quien mata a una persona es como si hubiera matado a toda la humanidad y quien salva a uno es como si hubiera salvado a toda la humanidad. Quienes utilizan la religión para justificar las guerras y la violencia no creen en Dios y creo que esto se aplica a todas las religiones, especialmente a las monoteístas. No se trata de competir para cuantificar quién ha sufrido más (pensemos en los distintos holocaustos ocurridos a lo largo de la historia) o quién ha cometido más errores, ni de radicalizar las posiciones de unos u otros, sino de abrir camino a una paz más sólida evitando el extremismo, las simplificaciones, las radicalizaciones, la explotación, los muros y los racismos diversos. Y el uso instrumental e ideológico de las palabras y de la religión, así como la reformulación de la religión sobre una base étnica, hacen que este camino sea frágil y debilitan el proceso de paz. 

En la complejidad de faltas y omisiones, los panoramas de los conflictos ciertamente plantean muchas distinciones. Y claramente, y como siempre, la cuestión no es en absoluto que todos sean blancos por un lado y todos negros por el otro. La guerra nunca es justa. La cuestión a veces es defenderse uno mismo y a los demás (especialmente los pequeños, los ancianos y los indefensos) del agresor. Qué se debe hacer si alguien es atacado en mi presencia: hacer todo lo posible para salvarlo. Después vienen todas las discusiones y estrategias políticas, diplomáticas, filosóficas, teológicas, analíticas, históricas, etc.

Pero quizás nuestros salones - como el mío, como el nuestro - estén demasiado lejos de los bombardeos y, como escribió una vez Shakespeare, sólo deberíamos darle palabras al dolor y nada más: “Dar palabras de dolor: el dolor que no habla. Susurra el corazón angustiado y le pide que se rompa” (Give sorrow words: the grief that does not speak. Whispers the o’er-fraught heart, and bids it break, Macbeth). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...