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jueves, 3 de septiembre de 2026

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte

Hubo una época en la que la espiritualidad cristiana parecía casi una competición olímpica para ver quién sufría más. Las vidas de los santos se leían como catálogos de sufrimientos ofrecidos a Dios: ayunos extremos, castigos corporales, enfermedades soportadas con alegría porque eran «ofrendas» para la salvación de las almas. Y, en la predicación habitual, el mensaje predominante que se transmitía era claro: sufrir es hermoso, sufrir es meritorio, sufrir te acerca a Dios.

 

¿Y si todo esto fuera un gigantesco malentendido? ¿Y si el Dios de Jesucristo nunca hubiera pedido sacrificios, y si la cruz no hubiera sido tanto una ofrenda grata al Padre como el crudo resultado de la violencia de un mundo que rechaza el amor?

 

Para replantearse radicalmente esta «imagen de Dios», existe una visión teológica del «Dios que es solo y siempre amor» que está surgiendo con fuerza en los últimos años, y que encuentra en la «teología sapiencial» y en una exégesis bíblica más atenta sus herramientas privilegiadas.

 

No se trata en absoluto de negar la cruz ni el misterio pascual, sino de liberarlos de siglos de interpretaciones que han acabado por transformar al Dios de Jesús en un soberano sediento de sangre, que exige víctimas para apaciguar su ira.

 

Durante siglos, el cristianismo ha luchado por liberarse de una imagen de Dios que se asemejaba demasiado a un soberano oriental: un soberano ofendido por el pecado de la humanidad, que exigía un sacrificio —el sacrificio de su Hijo— para apaciguar su ira. Desde esta perspectiva, la cruz era el precio que había que pagar, y el sufrimiento de Jesús se convertía en el modelo para los creyentes: tal y como él sufrió, también nosotros debemos aceptar el sufrimiento.

 

Esta teología, denominada por los estudiosos «teoría de la satisfacción» o «teoría penal de la redención», tiene raíces antiguas.

 

Fue sistematizada por Anselmo de Aosta (siglo XI) y se convirtió en el paradigma dominante de la teología occidental, sobre todo tras la Reforma protestante. Desde esta perspectiva, el pecado es una ofensa al honor divino, una deuda infinita que solo un sacrificio infinito —la muerte del Hijo de Dios— puede saldar. La cruz se convierte así en un instrumento de justicia, una equivalencia jurídica: Dios mata a su Hijo para satisfacer su propia justicia.

 

Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿es realmente este el Dios revelado por Jesús? ¿Es este ese Padre al que Jesús llama con amor «Abba»? Es decir, ¿un Padre simplemente interesado en un intercambio: la muerte del Hijo a cambio del perdón?

 

La propia Sagrada Escritura ofrece una perspectiva radicalmente diferente. El autor de la Carta a los Hebreos pone en boca de Jesús las palabras de un salmo:

 

«No quisiste ni sacrificio ni ofrenda, pero me preparaste un cuerpo. No te complacieron ni los holocaustos ni los sacrificios por el pecado. Entonces dije: “He aquí, yo vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— para hacer, oh Dios, tu voluntad”» (Hebreos 10,5-7).

 

El sentido es claro: el sistema de sacrificios de animales del Antiguo Testamento no es el centro de la relación con Dios. Lo que cuenta es la ofrenda total de sí mismo, simbolizada por el «cuerpo» que Dios preparó para Cristo, y su plena adhesión a la «voluntad» del Padre.

 

Pero atención: esta voluntad no es la exigencia de un sacrificio sangriento. Es la obediencia del amor, la entrega de sí mismo que Jesús lleva a cabo hasta el final.

 

El propio Jesús, en los Evangelios, cita al profeta Oseas para corregir una interpretación legalista y superficial de la religión: «Misericordia quiero y no sacrificio» (San Mateo 9,13; 12,7). No se trata de una crítica al culto en sí mismo, sino de una jerarquía de valores: el amor y la misericordia hacia el prójimo valen más que cualquier práctica cultual que sea un fin en sí misma.

 

San Pablo, en la Carta a los Romanos, transforma radicalmente el concepto de sacrificio: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual» (Romanos 12,1).

 

Ya no se habla de un sacrificio de muerte, sino de la propia vida del creyente, ofrecida a Dios en las decisiones cotidianas. Es una ofrenda hecha con el «cuerpo», es decir, con toda la propia existencia concreta, que se convierte en «culto espiritual».

 

Esta perspectiva da un vuelco completo a la concepción tradicional de la cruz. La cruz no es un sacrificio querido por Dios, sino la consecuencia de la violencia del mundo contra aquel que denunció toda lógica de dominio.

 

Jesús no muere porque Dios lo exija, sino porque su mensaje de libertad y de amor incondicional amenaza a los poderes religiosos y políticos de su tiempo.

 

En la cruz no vemos a un Dios que exige víctimas, sino a un Dios que se hace víctima de la violencia humana para mostrar que la última palabra no es la muerte, sino la vida.

 

Como nos recuerda el teólogo Jürgen Moltmann, Dios no es aquel que mata a su Hijo para apaciguar su ira; es aquel que, en su Hijo, sufre la muerte por amor a la humanidad pecadora.

 

Esta perspectiva ha sido ampliamente desarrollada por la teología del siglo XX, en particular por autores como Dietrich Bonhoeffer, que hablaba de un «Dios débil», sumiso al dejarse expulsar del mundo en la cruz, y el Papa Benedicto XVI, quien en su Encíclica Deus Caritas Est subraya que «El amor de Dios por nosotros es una cuestión de vida. Por eso, el verdadero centro de la fe cristiana es el amor de Dios que se entrega, que no pide nada a cambio, que no exige sacrificios, sino que se ofrece a sí mismo».


Si la cruz no es «un sacrificio a Dios», entonces la resurrección no puede interpretarse como la «recompensa» por el sacrificio realizado. La resurrección es, por el contrario, la negación definitiva de la lógica del sacrificio.

 

La muerte, en su violencia contra Jesús, pretende tener la última palabra. Afirma: «Quien se opone al dominio es aniquilado y su historia termina aquí». La resurrección es la negación divina de esta afirmación. Dios dice: «No, tú, muerte, no tienes la última palabra. Mi palabra sobre la vida es más fuerte que tu palabra de aniquilación».

 

Esta no es una negación abstracta. Es una negación concreta de la muerte como principio de dominio.

 

Si la muerte es el fundamento último de todo dominio —pues se sustenta en la amenaza de matar—, entonces la resurrección de una víctima del dominio desarticula este mecanismo desde la raíz. Demuestra que la vida puede existir incluso más allá de la muerte violenta. Este es un acontecimiento que cambia la estructura de la realidad: la muerte ya no es una divinidad invencible, sino un poder derrotado.

 

¿Qué cambia, entonces, en la forma de vivir la fe?

 

Primero: dejamos de buscar el martirio. La santidad no se mide por el número de cruces que llevamos, sino por la calidad del amor que sembramos. No hay necesidad de inventarse sufrimientos para agradar a Dios. La verdadera pregunta no es «¿cuánto sufro?», sino «¿cuánto amo?».

 

Segundo: aprendamos a indignarnos. El sufrimiento injusto no debe aceptarse con resignación, sino combatirse con fuerza. El creyente que sigue al Dios de Jesús no es un pasivo soportador del mal, sino un activo constructor de justicia. Denunciar la opresión, ponerse del lado de los más desfavorecidos, luchar contra toda forma de dominación: este es el auténtico signo del seguimiento.

 

Tercero: ya no somos víctimas. La espiritualidad cristiana ha sido a menudo una espiritualidad de la victimización: «Soy un pobre pecador», «no valgo nada», «solo merezco castigos». El Nuevo Testamento nos recuerda que el cristiano está llamado a ser hijo, no esclavo. La filiación adoptiva de la que habla San Pablo no es un título honorífico, sino una realidad: somos amados no porque suframos, sino porque existimos. Somos valiosos no por nuestros sacrificios, sino porque Dios nos ha elegido.

 

Cuarto: la oración cambia de rostro. ¿Cuántas oraciones han sido peticiones de sufrimiento? «Hazme sufrir como tú, Señor», «Te ofrezco mi dolor», «Acepta este mi sufrimiento». Si el Dios de Jesús no pide sacrificios, estas oraciones se vuelven incomprensibles. La oración auténtica es el grito de quien confía en un Dios que es Padre, no juez. Es la petición de fuerza para combatir el mal, no de resignación para aceptarlo. Es la espera de un futuro en el que se secará cada lágrima y la muerte será derrotada definitivamente.

 

En una época marcada por guerras, injusticias y sufrimientos inmensos, esta perspectiva ofrece un cristianismo que no es una huida del mundo, sino un compromiso en el mundo. Un cristianismo que no consuela con palabras fáciles, sino que se ensucia las manos en la historia. Un cristianismo que no santifica el dolor, sino que lo combate.

 

No se trata de negar la cruz. La cruz sigue siendo el corazón de la fe cristiana, pero no como un sacrificio exigido por Dios, sino como revelación del amor de Dios hasta el final.

 

Un amor que no pide víctimas, sino que se hace víctima para romper el ciclo de la violencia. Un amor que, en la resurrección, muestra que la vida es más fuerte que la muerte, que la justicia es más poderosa que el dominio, que la esperanza es mayor que la resignación.

 

La Carta a los Hebreos, tras explicar la ineficacia de los antiguos sacrificios, indica cuáles son los sacrificios agradables a Dios en la nueva alianza:

 

«Por medio de él, pues, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. Y no os olvidéis de la caridad y de compartir vuestros bienes con los demás, porque Dios se complace en tales sacrificios» (Hebreos 13,15-16).

 

El «sacrificio de alabanza» y las obras de «caridad» y de compartir son los nuevos sacrificios. Ya no se trata de ofrecer animales, sino la propia gratitud y el amor concreto al prójimo. Y, como escribe San Pablo a los Filipenses, la ofrenda más grata es la vida misma: «Para mí, en efecto, vivir es Cristo y morir es ganancia» (Filipenses 1,21). No porque la muerte sea un valor, sino porque la vida vivida en Cristo ya es plenitud.

 

El Dios que Jesús nos ha revelado no es un Dios que ama los sacrificios. Es un Dios que ama la vida. No es un Dios que exige sangre, sino un Dios que entrega su propia sangre por la vida del mundo. No es un Dios que se complace en las lágrimas de sus hijos, sino un Dios que las seca.

 

Esto no significa que el sufrimiento desaparezca de la vida cristiana. Significa que el sufrimiento ya no es un valor en sí mismo, ya no es un título de mérito, ya no es un medio para apaciguar a un Dios airado.

 

El sufrimiento es un mal que hay que combatir, una injusticia que hay que denunciar, una herida que hay que curar. Es el grito que se eleva al cielo y que Dios escucha como el grito de su Hijo en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

 

Y al final, cuando todo se haya cumplido, cuando el Hijo entregue el Reino al Padre y Dios sea «todo en todos», entonces ya no habrá más sufrimientos. Solo habrá la alegría de una comunión plena, donde cada uno será por fin él mismo y Dios será la fuente, el espacio y la alegría de esta plenitud plural. «Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Apocalipsis 21,4).

 

Quizá haya llegado el momento de dejarnos liberar por esta Buena Nueva. El Dios que no pide víctimas nos invita a vivir, no a morir. A luchar, no a sufrir. A esperar, no a resignarnos.

 

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 1 de septiembre de 2026

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -.

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -

Llega el momento en que debemos distinguir la luz que ilumina de la vana gloria que ciega.

 

Porque existe una religiosidad que no es ascensión, sino caída en el abismo de la propia imagen.

 

Es la religión de la auto-exaltación, un Templo construido no para el Eterno, sino para el pedestal del yo.

 

Llena al hombre y a la mujer de sí mismos, satura sus venas de un orgullo que hincha el pecho pero reseca el alma.

 

Es un veneno disfrazado de incienso.

 

Pero el Misterio, ese Fuego que no se consume, no habita en lo pleno, sino en el vacío.


El verdadero contacto con el Infinito no añade capas de presunción, sino que arranca las vestiduras de la hipocresía.

 

Es la Kénosis: el vaciamiento sagrado, el desierto interior donde por fin calla el ruido de la ambición.

 

¿Por qué intentamos escalar el cielo cargando sobre los hombros el peso de nuestro orgullo? ¿No sabemos que la puerta del Templo es baja, y que solo quien se agacha puede atravesarla?

 

Quien se envanece no puede entrar; quien se eleva por encima de los demás se priva del abrazo del Altísimo.

 

¿Por qué podemos decir que la humildad es el signo seguro del encuentro?

 

Porque la humildad no es debilidad, sino espacio sagrado.

 

Es el seno que se hace cóncavo para acoger la Palabra.


En un corazón egocéntrico no hay lugar para el Misterio, ni para el hermano, ni para la hermana: solo hay el monólogo estéril de un rey sin reino.

 

Al hombre y a la mujer que realmente han encontrado el Misterio los reconoces por su andar: es dócil, no pisotea.

 

Es atento, no ignora.

 

Él sabe que cada respiración es un don gratuito, no un mérito conquistado.

 

No hace alarde de su piedad como si fuera un trofeo, porque quien ha visto el Sol ya no necesita encender pequeñas luces para que le miren.

 

En el corazón del orgulloso habita una tensión perpetua.

 

Es esclavo del juicio, mendigo de aprobación, dispuesto a humillar al otro para sentirse tan solo un palmo más alto.

 

La suya es una paz armada, que tiembla ante cualquier viento de crítica.


En el corazón del humilde habita la quietud del mar profundo.

 

Él no busca el aplauso del mundo, porque su nombre ya está escrito en el silencio del Misterio.

 

Le basta con hacer el bien, como la flor emana perfume sin preguntar quién la olerá.

 

Que este sea, pues, nuestro discernimiento: si el camino que seguimos nos vuelve ásperos, críticos y engreídos de nuestra supuesta santidad, ¡huyamos!

 

Ese no es el camino del Misterio, sino el laberinto de nuestro ego.

 

El camino del Espíritu es paz, mansedumbre y justicia.

 

Es el retorno a lo esencial.

 

¡Vaciémonos, pues!

 

Deshagámonos del lastre de nuestro yo para que lo Invisible pueda por fin establecer su morada, habitar en nuestros miembros y transformar nuestro orgullo en polvo, y nuestro polvo en luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No quiero saber otra cosa sino a Cristo Crucificado - 1 Corintios 2, 2 -.

No quiero saber otra cosa sino a Cristo Crucificado - 1 Corintios 2, 2 -

Durante siglos, las Palabras antiguas, aquellas nacidas del aliento del Misterio para guiar los pasos del hombre hacia el Infinito, han estado cautivas de labios impuros.

 

Aquellos que se proclamaban guardianes del Templo las han convertido en mercancía de intercambio, transformando el maná celestial en moneda de cambio.

 

Las palabras que debían abrir de par en par los brazos del Padre se han reducido a papel mojado; es más, se han convertido en palabras diabólicas.

 

Una tergiversación meticulosa, obra de mentes perversas que han erigido barreras de preceptos donde debía haber libertad.

 

Han manipulado lo Sagrado para llenar las arcas del tesoro, conduciendo al pueblo no hacia la luz, sino hacia su propio beneficio.

 

Guías ciegos, mercenarios disfrazados de pastores, que han traicionado el ejemplo para servir al poder.


Pero he aquí que el Misterio se ha hecho rostro, gesto y sangre.

 

Jesús ha venido a dar pleno cumplimiento.

 

Él no ha venido a derribar la antigua alianza, como gritaban los sinvergüenzas del Templo para defender sus propios privilegios, sino a desvelar su núcleo de fuego.

 

A partir de ahora, las palabras sagradas ya no se leen en pergaminos polvorientos, sino en la carne viva del Hijo.

 

Con su estilo inconfundible, hecho de caricias a los leprosos y miradas desafiantes a los poderosos, Él ha arrancado la máscara de la hipocresía.

 

Desenmascarar a los manipuladores de lo sagrado tiene un precio altísimo: la persecución, la violencia, el odio de quienes ven derrumbarse su castillo de mentiras.

 

Jesús aceptó este desafío, sabiendo que el camino de la verdad pasa por la oposición de los corruptos.

 

¡Contemplemos la Cruz!


Allí, y solo allí, las palabras sagradas encuentran su forma definitiva.

 

Ya no hay lugar para tergiversaciones ni malinterpretaciones: el grito del Crucificado es el sello que pone fin a la era de los mercaderes.

 

Es el cumplimiento claro y definitivo que rasga el velo del Templo y devuelve al hombre y a la mujer al Misterio, sin intermediarios dispuestos a lucrarse a costa de la esperanza.

 

La Verdad ya no es una idea que haya que interpretar, sino un Hombre al que hay que seguir.

 

La época de los conceptos y las mistificaciones ha llegado a su fin, y la era de las mentiras está a punto de ser engullida por el abismo que ella misma ha cavado.

 

La verdad ya no es una palabra escrita con la tinta de la sangre de machos cabríos…

 

No es un teorema que demostrar, ni una fortaleza de silogismos tras la que ocultar el vacío del corazón.

 

Hemos transformado lo verdadero en una idea, en un interés, y las ideas se han convertido en ídolos: mudos, fríos, capaces solo de dividir al hermano y a la hermana en nombre de una abstracción, de una mentira.


Pero he aquí que el velo se rasga.

 

La verdad ahora tiene un rostro.

 

Tiene manos que tocan la carne, pies que pisan el polvo, ojos que leen el alma incluso antes de que se abran los labios.

 

La verdad es un hombre.

 

No es algo que se posea en la mente, sino alguien a quien escuchar y seguir.

 

No es una meta que alcanzar al final de un razonamiento, sino un camino que recorrer en el fuego del presente.

 

No se estudia: se sigue.

 

No se analiza: se ama.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 23 de noviembre de 2025

Meditación con Cristo Rey del universo - San Lucas 23,35-43 -.

Meditación con Cristo Rey del universo - San Lucas 23,35-43 -

Cuando miro a Jesús en la cruz,

veo el sufrimiento humano

en toda su profundidad.

 

Pero si miro más profundamente,

con mirada consciente,

también puedo ver el amor.

 

La cruz misma

no es solo el lugar del dolor:

es el punto en el que la conciencia humana

se encuentra con su sombra.

 

El poste vertical es el movimiento del Espíritu

que desciende a lo humano;

el poste horizontal es el aliento de la humanidad en el tiempo.

 

Jesús está en el punto central:

el lugar donde lo eterno toca el instante.

 

Muchos se burlan de Jesús: los poderosos, los soldados,

incluso uno de los condenados.

 

A veces, cuando una persona sufre,

puede perder el contacto con su propia bondad.

 

Quienes insultan, quienes se burlan, quienes humillan,

en ese momento, están dominados por su propio miedo,

por su propia ignorancia, por su propia herida.

 

No son personas malas

sino seres que no son conscientes de sus propios sentimientos

y, por lo tanto, quedan atrapados en su propio sufrimiento.

 

Esas voces no son solo hombres

sino el eco del alma del mundo:

la humanidad que teme lo que no puede controlar.

 

Es la misma energía que se levanta en mí

cuando me siento incomprendido, herido o juzgado

y no soy capaz de amar y aceptar mis heridas.

 

Jesús permanece arraigado en la compasión.

 

Cuanto más aumenta la violencia a su alrededor,

más libre permanece su mente.

 

Su compasión no es una emoción:

es una vibración estable,

la vibración de un campo de conciencia estable,

centrado en el amor y que emana Amor,

que trasciende el sentir humano.

 

Esta libertad interior

ninguna prisión puede arrebatársela.

El buen ladrón representa

el momento en el que puedo despertar.

 

Tú también, querido amigo, puedes,

en tu sufrimiento, reconocer

tu inocencia más profunda;

ver tu verdad en el momento presente,

asumir tu responsabilidad sin juzgarte,

abrir tu corazón.

 

Ese momento de claridad es el verdadero milagro.

 

No importa lo que hayas sido

sino tu despertar ahora.

 

Jesús también te promete el Paraíso:

no es solo un lugar «después de la muerte»,

sino un estado de paz

que nace en el momento en que dejas de luchar

contra la realidad y vuelves a tu buena naturaleza.

 

«Hoy estarás conmigo en el paraíso»:

el hoy no es un día.

Es la calidad de la presencia.

«Conmigo» no indica un espacio,

sino una relación, una vibración de unidad.

 

Cuando estás presente,

el Paraíso no está en otra parte:

se abre en ti.

 

Te deseo que no respondas

a la violencia con violencia.

 

Cuando los demás te critiquen o te hieran,

que puedas permanecer libre por dentro, como Jesús.

 

Puedes respirar y elegir la compasión.

 

Te deseo que cada uno de tus sufrimientos

sea un retorno al centro de la cruz:

ese punto en el que ya no te distraen

el pasado ni el futuro,

sino que estás arraigada en el ahora.

 

Aunque a veces hayas errado,

como el buen ladrón,

basta un instante de lucidez

para transformar tu vida.

 

Una sola respiración consciente

puede abrirte el Paraíso.

 

La verdadera salvación es la conciencia:

Jesús no salva al buen ladrón

liberándolo de la cruz,

sino liberándolo del miedo.

 

Lo único que realmente muere en la cruz

es la ilusión de estar separados de Él.

 

Y cuando la ilusión cae,

la conciencia vuelve a casa.

«Sálvate a ti mismo...» es la voz del ego,

no del Espíritu.

 

El ego interpreta la salvación como control,

defensa, huida del dolor, salvaguarda de su mundo egoísta.

 

Cuando el buen ladrón reconoce

su condición y la de Cristo,

se abre el corazón:

una brecha por la que entra la luz.

 

Por eso Jesús habla de «hoy»:

todo despertar ocurre solo en el presente.

 

Ni siquiera se trata de «salvarme a mí mismo».

 

No hay nada que salvar:

solo hay que reconocer el ser.

 

El Paraíso no es un premio

sino la vibración de la esencia reconocida.

 

Más que salvarme, debo despertar.

 

Te deseo este despertar:

la claridad de ver lo que eres,

distinguiendo el ego (ilusión),

la individualidad (instrumento)

y la conciencia (esencia).

 

Tu individualidad ya no es una prisión, sino una danza,

una forma a través de la cual el ser se expresa.

 

Querida alma, como me escribió un amigo:

 

«Y nosotros ya estamos en el paraíso,

que es el Bien,

conocerse profundamente a uno mismo,

el significado, el amor, la felicidad...

Solo un cambio de perspectiva...

el paraíso está aquí y ahora o nunca más...».

 

El paraíso no es un lugar

sino una cualidad de la percepción.

 

Cuando ves con los ojos de la conciencia,

el mundo se transfigura.

 

Cuando miras con los ojos del ego,

el mundo parece una cruz.

 

La cruz es real.

 

El paraíso es real.

 

Depende de qué «yo» mire.

 

Te deseo que descubras

que no hay ningún yo que salvar:

solo una realidad que reconocer.

 

Y entonces podrás acceder finalmente a la libertad.

 

La libertad es el paraíso.

 

Y esta libertad está siempre a tu disposición, en el ahora.

 

En el hoy de Cristo,

te abrazo.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 14 de septiembre de 2025

¿Qué salvación necesita el mundo de hoy?

¿Qué salvación necesita el mundo de hoy? 

La Liturgia celebra la Exaltación de la Cruz. Me pregunto cuál puede ser el sentido de tal «exaltación» en nuestra sociedad actual. 

La modernidad en la que estamos inmersos, de hecho, exalta valores diametralmente opuestos a la Cruz: el concepto mismo de sacrificio está, de hecho, desterrado del sentir común, y cuando se mantiene, lo es en clave negativa. 

Creo que el sentido de esta fiesta se puede descubrir en la necesidad de reflexionar sobre el hecho de que la perspectiva del cristiano es totalmente diferente a la mundana: no se trata, es decir, de una mejora, de una contribución adicional, sino de un cambio total de la lógica que informa nuestra vidahay una locura y una necedad que son sabiduría de Dios - como hay un sentido común diametralmente opuesto a las bienaventuranzas de Jesús -. 

En otro momento del Evangelio, de hecho, Jesús afirmaba sin rodeos: «El que no lleva su cruz y no me sigue, no puede ser mi discípulo» (Lc 14,25). 

Llevar la «propia cruz» se convierte, por tanto, en un acto voluntario de asumir responsabilidades —y no en soportar estoicamente el grave peso de una naturaleza madrastra y hostil— que nos permite vivir nuestra vida como personas adultas y conscientes en relación con los retos, los obstáculos o las adversidades que inevitablemente se nos presentan y que, diría yo, debemos afrontar de frente. 

Tampoco es una meta que se pueda alcanzar de una vez por todas, sino un estilo de vida que impregna profundamente nuestras acciones, entre altibajos, entre caídas y recuperaciones, con nuestras limitaciones y nuestras fragilidades. 

Pero la cruz no es el fin o el objetivo del hombre, es una condición, un método, que abre a la salvación. 

Jesús nos ha precedido tomando sobre sí, también físicamente, la Cruz, aceptando totalmente la voluntad del Padre, pero con el fin de conducirnos a la salvación sin atajos fáciles, sino a través de un camino que se nos indica claramente como muy exigente, sostenidos sin embargo por la Gracia y, esperemos, por la Comunidad a la que pertenecemos, la Iglesia. 

Y Jesús lo aclara tranquilizándonos, consolándonos, explicándonos que Él no ha sido enviado «para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él». 

Sí, que se salve: pero ¿el mundo de hoy sigue pensando que se necesita una salvación? Y, en todo caso, ¿qué salvación? Si es así, como creo, será aún más urgente dar testimonio, día a día, de la Verdad que hemos acogido. 

Hay una cruz a la que el cristiano puede dirigirse cantando: “Ave crux, spes unica!”

 

Pero, concretamente, ¿cómo puede ser saludada como spes unica la cruz que es lugar de abandono, de renuncia a toda esperanza humana? ¿Cómo puede ser proclamada bienaventurada la cruz que es instrumento de muerte que el hombre da al hombre y signo de vergüenza e infamia?


Es posible para el «hombre de corazón profundo», como dice el Salmo («vendrá un hombre de corazón profundo y Dios será exaltado»: Sal 64[63]); es posible para aquel que, al escuchar las Escrituras, llega a saber que el Evangelio es «palabra de la cruz» (1 Cor 1,18) y entonces sabe discernir la verdadera sabiduría en la locura de la cruz, sabe reconocer la alegría más íntima y duradera en la paradoja de las bienaventuranzas.

 

La cruz es bienaventuranza cuando se ve, con los ojos del corazón, como misterio de la infinita compasión de Dios; la cruz es bienaventuranza para el hombre interior, para nuestra «vida escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3).

 

Es una bienaventuranza secreta, una alegría que el hombre guarda envolviéndola en silencio, es una plenitud protegida por el silencio interior: es la alegría de renunciar a imponer la propia voluntad, conociendo así el paso de la esclavitud a los ídolos a la libertad.

 

Es la bienaventuranza de renunciar a querer siempre y a toda costa sobresalir sobre los demás, y ganar, y ser admirado y apreciado, conociendo así el paso, siempre pascual, de la angustia de la superficialidad y la exterioridad a la serenidad de la profundidad.

 

Es la bienaventuranza de hacer de la propia vida un dar vida a los demás, un hacer crecer a los demás, conociendo así el paso del egocentrismo infantil a la madurez de la caridad.

 

Es la bienaventuranza de quien renuncia a devolver mal por mal, de quien acoge la ofensa con amor por el ofensor y en el amor de Cristo, es la bienaventuranza de quien «no tiene en cuenta el mal recibido» (1 Cor 13,5) y conoce así una cierta similitud con el crucificado que perdona a sus verdugos y ama a sus enemigos.

 

Es la bienaventuranza que toma el nombre de integridad: una «integridad cruciforme», horizontal-vertical, que gracias a la mirada interior dirigida hacia el «levantado de la tierra» (Jn 12,32), abraza también a quienes le hieren.

 

Al levantar la mirada hacia la cruz de Jesucristo, podemos encontrar el sentido de la vida, de la vida de Dios y del hombre, de la vida de Jesús y de la vida en Cristo; podemos encontrar el sentido profundo y la configuración necesaria que asume el camino detrás de Jesucristo.

 

Seguir a Jesús significa, tarde o temprano, subir a la cruz. No tanto sufrir la cruz, sino abrazarla, abrazarla casi con anhelo, subir a ella casi con deseo.

 

Sí, abrazar y subir a nuestra cruz. La cruz que la vida talla y esculpe para cada uno de nosotros día tras día, esperando que nos dejemos moldear para ser crucificados con Jesús.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Encuentro y diálogo.

Encuentro y diálogo   Dos historias, dos religiones que se encuentran, dialogan y no se demonizan.   Se despiden con respeto, y el Sultán ...