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martes, 1 de septiembre de 2026

Fantasmas en esta democracia.

Fantasmas en esta democracia

Que la democracia moderna - allí donde aún existe o resiste - no goza precisamente de buena salud es algo que se viene diciendo y repitiendo desde hace tiempo; pero, en realidad, la democracia siempre se ha cuestionado a sí misma.

 

Mucho, y bueno, se ha escrito montones para comprender las causas de esta enfermedad que hoy se denominan populismo, soberanismo, neoliberalismo,…, con figuras como Peter Thiel y Donald Trump - evito, conscientemente, citar figuras del Estado español… que las sensibilidades están como a flor de piel… -.

 

¿Significa esto que quizá nos hemos cansado otra vez de la democracia, de la participación, de la responsabilidad, es decir, de la libertad y de la política, hasta tal punto que parece haber vuelto a imponerse un nuevo deseo de huida de la libertad o de miedo a la libertad, buscando otra vez a alguien autoritario que decida por nosotros, evitando así el esfuerzo de tener que pensar?

 

¿Y esta búsqueda de una personalidad autoritaria a la que delegar el poder político no es acaso análoga a esa delegación que estamos otorgando a la Inteligencia Artificial, por lo que: «no pienses, pregúntale a la máquina, que te dará inmediatamente una respuesta que deberás creer exacta y verdadera; no profundices, no pierdas el tiempo, no reduzcas tu productividad, pídele a la IA que simplifique todo» —es decir, una rendición de la inteligencia por nuestra parte análoga a nuestra rendición política como ciudadanos cuando buscamos precisamente a alguien que piense y decida por nosotros, prometiéndonos simplificarnos la complejidad del mundo?

 

La democracia se nutre de la política, si se entiende como participación, como construcción libre y consciente de un proyecto común por parte de un nosotros colectivo que no olvida la libertad del individuo (del yo) y de las minorías, fundamentándose (al menos en teoría) en la libertad, la igualdad y la solidaridad/fraternidad.

 

Para curar la democracia, hoy (quizá habría que decir siempre o casi) de nuevo enferma, sería necesario eliminar aquel veneno que la está corroyendo desde dentro (veneno, precisamente como el populismo, pero por encima de todo están el capitalismo y la tecnología, antidemocráticos por esencia), veneno que, sin embargo, gran parte de la ciudadanía ama ingerir en dosis cada vez mayores creyendo que es un medicamento…

 

Sería necesario salir del egoísmo neoliberal al que llevamos medio siglo sometidos y para el cual la sociedad no existe, solo existen los individuos; lo mismo ocurre con los sistemas técnicos, siempre en contra de una democracia considerada un obstáculo para el funcionamiento eficiente del sistema de máquinas y algoritmos.


Haría falta - ¿no será este el mejor remedio? - más política y menos delegación, más cosmopolitismo y menos egoísmos, más humanismo y menos capitalismo y menos tecnología.

 

Porque la política es una necesidad, porque somos animales políticos y sociales, aunque el sistema económico y técnico nos quiera como mónadas aisladas porque así se nos integra mejor en el sistema; porque sin los demás nos convertimos en nadie; porque la política se refiere a la convivencia humana, pero es también la acción que da orden al caos y regula un poder que, de otro modo, estaría desbocado, permitiendo, sin embargo, también subvertir el orden y el dominio.

 

Viendo, escuchando, leyendo… ciertas intervenciones de políticos de primera línea uno experimenta la sensación política de asfixia, es decir, de sufrir, y de ver sufrir a otros, medidas que acentúan la violencia económica y social, degradan las condiciones de vida, agravan la crisis ecológica o condenan a muerte a los migrantes,…, sin entender por qué uno tiene que aceptar soportarlo y, quizás, lo que es peor aún, sin tener una capacidad real —ni siquiera con los mejores argumentos del mundo— de impedir que se apliquen tales medidas.

 

¿Quién no se pregunta alguna vez, al escuchar a un político pronunciar discursos mentirosos o peligrosos sobre la inmigración, la ecología, la policía, la delincuencia, el asistencialismo, el valor del trabajo: pero ¿con qué derecho esta persona ejerce o pretende ejercer– su poder?

 

¿Acaso estamos condenados a aceptar que, solo por haber ganado unas elecciones, un grupo de gobernantes pueda imponer un poder reaccionario, autoritario o populista, suprimir los derechos de las minorías o los derechos sociales, endurecer la lógica de ciertas prioridades nacionales, emprender o apoyar operaciones genocidas en Gaza…?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 17 de agosto de 2026

Qué tienen que ver Ceuta y Gaza (por poner un ejemplo).

Qué tienen que ver Ceuta y Gaza (por poner un ejemplo)

A principios de agosto, Ceuta dejó de ser solo un pequeño enclave español en el continente africano y a orillas del Mediterráneo para convertirse en el punto en el que se han cruzado algunas de las contradicciones más profundas de la Europa contemporánea. 

Más de setenta mil personas, en el transcurso de unos pocos días, cruzaron la frontera procedentes de Marruecos, mientras que un centenar perdieron la vida al intentar llegar a ese pedazo de tierra. 

El debate público comenzó casi de inmediato a hablar de invasión, emergencia, seguridad y devoluciones; se ha hablado mucho menos de las personas. 

En cuestión de unos días, la situación se ha normalizado en alguna medida…: la inmensa mayoría de quienes habían cruzado la frontera han sido devueltos a Marruecos o han regresado allí espontáneamente. En Ceuta han quedado un par de miles, sobre todo menores extranjeros no acompañados, que siguen buscando una vía de escape de las guerras, la opresión, el hambre o de una existencia carente de cualquier perspectiva. 

Una primera observación se refiere al lenguaje. Me explico. 

Definir lo ocurrido como una «invasión» no es una simple elección léxica, sino que significa interpretar un fenómeno humano extremadamente complejo exclusivamente a través de la categoría de la amenaza. 

El lenguaje no solo describe la realidad: contribuye a construirla, orientando la percepción de la opinión pública y allanando el terreno para las decisiones políticas. 

La historia europea debería habernos enseñado que la deshumanización no comienza con la violencia, sino mucho antes, cuando las palabras dejan de evocar rostros, historias y destinos individuales y convierten a los seres humanos en números, flujos o problemas de orden público. 

Las causas de este flujo migratorio masivo son múltiples y no pueden reducirse a una única explicación. 

Guerras, persecuciones, crisis económicas, hambrunas, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, inestabilidad política y profundas desigualdades siguen empujando a miles de personas a lo largo de las rutas migratorias que, desde Oriente Medio, Asia y África, conducen hacia Europa. 

La situación particular de Marruecos y las tensiones diplomáticas con España han contribuido sin duda a que lo ocurrido en Ceuta fuera excepcional. 

No sé si es cierto que los migrantes marroquíes partieron animados por el Gobierno de Rabat, un Gobierno en sintonía con las derechas estadounidenses y europeas, para las que la emigración es siempre objeto de una burda instrumentalización electoral. 

En todo caso ese éxodo forma parte de un fenómeno mucho más amplio, que desde hace años atraviesa el Mediterráneo y que ninguna interpretación reducida únicamente a la emergencia es capaz de explicar. 

Ceuta constituye, de hecho, algo más que una crisis migratoria: es uno de esos lugares en los que las democracias europeas están llamadas a poner a prueba su fidelidad a los principios en los que declaran basarse. 

Las fronteras no son solo espacios en los que se controlan las entradas: son el banco de pruebas en el que un Estado demuestra hasta qué punto está dispuesto a mantenerse fiel a los valores que proclama, precisamente cuando estos se vuelven más difíciles de aplicar. 

Nadie puede negar seriamente la complejidad de la situación. Pensar que fenómenos de esta envergadura pueden gestionarse exclusivamente a través de la generosidad de los ciudadanos o del trabajo de las organizaciones de voluntariado resulta no solamente poco prudente y sensato… sino lo que sigue. 

Pero la crónica de aquellos días también cuenta otra historia, que merece al menos la misma atención que se ha prestado a las tensiones y las polémicas. 

Mientras una parte del debate público alimentaba la retórica de la invasión y algunas fuerzas políticas —de extrema derecha— intentaban sacar partido del suceso desplazándose al lugar para obtener apoyo a sus posturas xenófobas e islamófobas, numerosos ciudadanos, asociaciones y organizaciones repartían miles de comidas, agua, ropa y artículos de primera necesidad entre quienes acababan de llegar a la costa. 

No, no resolvían la crisis migratoria, ni podrían haberlo hecho pero sí impidieron que la emergencia borrara lo que está por encima de cualquier valoración administrativa: el reconocimiento del otro como ser humano. 

Es cierto que también en Ceuta se manifestaron miedos, tensiones y reacciones hostiles —ninguna sociedad, al fin y al cabo, es inmune a los contrastes y las contradicciones— y sería ingenuo idealizar esa respuesta sin tenerlos en cuenta. 

Pero es precisamente esta pluralidad de actitudes la que confiere un significado político a lo ocurrido: ante el mismo suceso, una parte de la ciudadanía optó por interpretar la vulnerabilidad como una amenaza, mientras que otra —mayoritaria— reconoció en ella, ante todo, una petición de ayuda, rechazando abiertamente las consignas xenófobas. 

No se trata solo de una sensibilidad moral diferente, sino de una forma distinta de entender el derecho, la democracia y, en definitiva, la propia relación con el otro. 

El caso de Ceuta plantea así una pregunta que está llamada a acompañar a todo el continente europeo. ¿Qué ocurre cuando los principios en los que una democracia afirma inspirarse entran en conflicto con las exigencias de la seguridad, el consenso político o los intereses geopolíticos? 

Es en este espacio, tan discreto como decisivo, donde se mide la credibilidad de las instituciones. De hecho, toda crisis humanitaria somete a los Estados a la misma prueba: por un lado, el derecho internacional, que afirma la universalidad de la protección de la persona; por otro, la razón de Estado, que tiende a subordinarla a las prioridades de la política, la seguridad o la diplomacia. 

Pero es precisamente esta tensión la que se encuentra, de una forma incomparablemente más dramática, en la tragedia del pueblo palestino. 

Ceuta y Gaza pertenecen a contextos históricos, políticos y jurídicos profundamente diferentes, y equipararlas sería un grave error. 

Lo que las une no es la naturaleza de los acontecimientos, sino la pregunta que ambas plantean a las democracias europeas: ¿hasta qué punto los principios proclamados como universales siguen siéndolo cuando su aplicación entra en conflicto con intereses estratégicos, alianzas políticas o conveniencias diplomáticas? 

Nadie cuestiona seriamente que Israel tenga derecho a vivir en seguridad y a defender a su población de los ataques terroristas o de las amenazas externas. Pero precisamente porque ese derecho corresponde a todo Estado, se enfrenta a un límite insuperable en el derecho internacional humanitario, que prohíbe el castigo colectivo de la población civil, impone la distinción entre combatientes y no combatientes y prohíbe el uso del hambre, la destrucción indiscriminada y el asedio como instrumentos de guerra. 

Y es en este terreno, y no en el de las afiliaciones ideológicas, donde debería centrarse el debate. Desde hace muchos meses, las Naciones Unidas, organismos independientes, organizaciones de prestigio en materia de derechos humanos y una parte cada vez mayor de la comunidad científica denuncian la gravedad de las violaciones cometidas en la Franja de Gaza. 

La Corte Internacional de Justicia, al pronunciarse sobre las medidas provisionales solicitadas por Sudáfrica en el marco de la Convención sobre el Genocidio, ha reconocido la verosimilitud del riesgo denunciado y ha impuesto a Israel obligaciones específicas de prevención; paralelamente, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas ha documentado violaciones gravísimas del derecho internacional humanitario, mientras que un número cada vez mayor de juristas y expertos en derecho internacional considera que los elementos que han salido a la luz hasta ahora podrían constituir los elementos del delito de genocidio. 

Los órganos institucionales competentes actúan con extrema prudencia a la hora de pronunciarse sobre las responsabilidades de genocidio en cuestión, analizando en profundidad sus interpretaciones e implicaciones jurídicas con respecto a lo establecido en el derecho internacional. 

Con todo, la prudencia de las instancias y del lenguaje jurídicos no puede convertirse en vacilación ético-moral. 

Cuando decenas de miles de civiles son asesinados o heridos, los hospitales, las escuelas y las infraestructuras esenciales son destruidas sistemáticamente, el hambre se convierte en un arma de presión y familias enteras se ven obligadas a desplazarse sin encontrar un lugar seguro en el que refugiarse, y se bloquean la ayuda humanitaria y las ONG, la cuestión ya no consiste únicamente en determinar qué definición jurídica adoptar. Se convierte, ante todo, en una prioridad de responsabilidad política y de conciencia civil. 

Más aún cuando existe un ataque deliberado contra los niños, que representan alrededor del 30 % del total de víctimas del conflicto. 

El informe de la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado, presentado ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU del 18 al 23 de junio de 2026, llega a la siguiente conclusión: las fuerzas israelíes han matado y herido deliberadamente a niños palestinos, no como daño colateral, sino como parte de una estrategia intencionada para destruir el futuro de la comunidad palestina, ya que los niños representan su continuidad biológica y social. 

Las conclusiones jurídicas hablan de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra en Gaza, así como de crímenes de guerra en Cisjordania, incluida Jerusalén Este. 

Sí, lo repito, Ceuta y Gaza siguen siendo historias diferentes, pero tal vez transmiten una misma lección: hay un vacío dejado por una política a menudo paralizada por el miedo, los intereses o las conveniencias diplomáticas, en el que hay que recordarnos que la dignidad de la persona no es un valor negociable ni un principio que deba aplicarse de forma selectiva. 

Quizá sea esta la diferencia más profunda entre una democracia que se limita a administrar el presente y una democracia que sigue reconociéndose en los valores de los que extrae su legitimidad. Ignorarla, a la luz de la reconstrucción histórica, puede traducirse en complicidad con actos atroces como un genocidio. 

La solidez de las democracias no se debe únicamente a la solidez y credibilidad de sus instituciones. 

También se debe al valor y a la movilización de las mujeres y los hombres que, en los momentos decisivos, impiden que el derecho sea absorbido silenciosamente por la razón de Estado. No siempre —de hecho, casi nunca— logran cambiar el curso de los acontecimientos; pero saben impedir que la injusticia sea aceptada como un hecho inevitable y que la conciencia civil se resigne a la lógica del más fuerte. 

Por eso, hoy en día, el problema no se limita a Ceuta y Gaza, España o Marruecos, Israel o Palestina, sino que también nos concierne a todos y cada uno de nosotros, y al modelo de democracia que queremos legar a las generaciones futuras. 

Si los derechos fundamentales dejan de ser universales y pasan a depender de la identidad de las víctimas, de la fuerza de los Estados o de los equilibrios geopolíticos del momento, no es solo una población la que se ve privada de su protección: es el propio orden jurídico el que pierde su credibilidad. 

Una democracia, al fin y al cabo, no empieza a perder su alma cuando se ve llamada a defender una frontera, sino cuando, para vigilar esa frontera o salvaguardar un interés estratégico, olvida la razón por la que se redactó la ley: proteger la dignidad de la persona, precisamente cuando está más expuesta a la fuerza del poder. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 10 de julio de 2026

Los Días de las Memorias.

Los Días de las Memorias 

Existe un arma que no hace ruido y, sin embargo, puede ser más letal que las bombas y las pistolas: es el silencio de quien ve y aparta la mirada. 

Los violentos lo saben bien; de hecho, prosperan allí donde la conciencia calla. 

Y para romper ese muro de silencio se suelen celebrar algunos Días de la Memoria y el Compromiso en recuerdo de las víctimas de la violencia. 

No solo para depositar flores sobre sus lápidas, sino sobre todo para plantar semillas fértiles en la conciencia colectiva. 

La memoria cívica es como un músculo del gran cuerpo de la sociedad: exige cuidados y ejercicio: si la descuidamos, se atrofia y la sociedad pierde vigor; si la entrenamos, se convierte en advertencia, acicate y energía que nos aleja de la inercia moral, nos mantiene alerta y nos hace capaces de oponernos al mal y transformar el presente. 

Recordar a las víctimas de la violencia es un acto de resistencia contra la creencia de que la violencia es inevitable, el asesinato algo normal y la ley del silencio una forma necesaria de prudencia. 

Cada vida truncada que no dejamos caer en el olvido se convierte en un antídoto, una chispa de conciencia contra esa indiferencia silenciosa, ese consenso pasivo y esa resignación que permiten a las mafias arraigarse y sobrevivir. 

Y hay que hablar. También para romper el silencio, para no permitir que el miedo o la costumbre de callar se conviertan en complicidad. Hablar, sí, para recordar que la indiferencia no se convierta en terreno fértil para la anomalía de la violencia y el olvido en protección para quienes la han ejercido. 

La memoria debe transformar el recuerdo en práctica, convertirse en una exhortación a la acción. Debe conducir a la conciencia de que ese pasado nos concierne, nos interpela, nos pide que pongamos de nuestra parte, exige nuestro valor. 

No, no el valor de los grandes actos de heroísmo, sino el de los gestos cotidianos, de las pequeñas decisiones, que nos llevan a rechazar un favor que huele a atajo, a denunciar una injusticia, a contrarrestar la lógica del «así lo hacen todos», a defender a quienes están más expuestos. 

El valor de cuestionar nuestros hábitos: cómo votamos, cómo hablamos, cómo nos relacionamos con los demás. Transformamos el recuerdo en un ejercicio de valor cada vez que resistimos la tentación del nihilismo práctico: cuando preferimos la responsabilidad a la indiferencia, la verdad al silencio, la transparencia a la ambigüedad, la legalidad a la conveniencia. 

El valor es contagioso: cuando alguien lo ejerce, otros encuentran la fuerza para practicarlo. Toda violencia se consolida gracias al aislamiento, pero cuando el valor deja de ser un gesto aislado y se transforma en un movimiento compartido, en reciprocidad y corresponsabilidad, el miedo se atenúa y la violencia comienza a perder terreno. 

Recordar a las víctimas de la violencia significa mirar al pasado para dar un nuevo rumbo al mañana. La memoria no solo conserva: orienta la acción futura. De este impulso proyectivo nace la esperanza de la que hablaba Ernst Bloch. 

La esperanza es energía transformadora. A diferencia del miedo, «no es una espera pasiva, no es resignación […] se expande, ensancha a los hombres en lugar de encogerlos, no permite conformarse con el mal presente» (Ernst Bloch, El principio de esperanza). 

Es apertura a lo nuevo, tensión hacia el cambio. La memoria y la esperanza resultan así aliadas en el mismo camino de lucha contra la violencia: la primera mantiene vivo lo que ha sucedido, la segunda abre el horizonte de lo que se puede construir. 

La idea de la justicia como bien común, de la legalidad como responsabilidad compartida, debe seguir caminando nuestras decisiones. Debe convertirse en el proyecto de una sociedad que no pasa página distraídamente, que no se resigna, en un compromiso de la escuela, de las instituciones, de las asociaciones y de las comunidades, tanto pequeñas como grandes. 

La lucha contra la violencia se gana educando, vigilando, forjando vínculos y fomentando la ciudadanía activa. Cada lugar donde se crece, se decide y se coopera puede convertirse en un bastión de la legalidad. 

Por eso, también, cada Día de Memoria es como una primavera de la militancia activa de la ciudadanía, una advertencia y una promesa de un futuro más justo que construir juntos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 28 de junio de 2026

Una parábola en contra del totalitarismo - porque nos quieren hacer creer que no hay otra esperanza -.

Una parábola en contra del totalitarismo - porque nos quieren hacer creer que no hay otra esperanza -

Comenzamos con una escena de la película (V de Vendetta): https://www.youtube.com/watch?v=67ZgyYDR8ec 

Con esta expresión, surgida una vez más del ingenio de Dante Alighieri, imagino un panorama desolador.

 

Sí, es el último de los nueve versos que componen la inscripción de la puerta del Infierno. Un terrible colofón descrito por Dante Alighieri en su Divina Comedia:

 

Por mí se entra en la ciudad dolorosa,

por mí se entra en el dolor eterno,

por mí se entra entre la gente perdida.

La justicia impulsó a mi altísimo creador;

me creó la divina potestad,

la suma sabiduría y el primer amor.

Ante mí no hubo cosas creadas

salvo las eternas, y yo perduro eternamente.

Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis.

(Inf. III, vv. 1-9)

 

El autor divisa estas palabras «escritas en lo alto de una puerta», aquella que conduce al Infierno, tal y como explicará Virgilio: en la larga prosopopeya —espléndida invención dantesca que subraya la grave advertencia para quien entra— se entremezclan sugerencias clásicas y bíblicas (el Profeta Isaías, el Evangelio de Mateo, el recuerdo virgiliano, pero también la costumbre medieval de colocar en las puertas de las Iglesias, los cementerios o incluso las ciudades inscripciones en las que se dirige la palabra a la persona que está a punto de acceder al lugar).

 

Estas palabras son, con razón, muy famosas, espléndidas en su pulido (retórico y léxico). Hay en ellas un crescendo gradual de la imagen: el dolor, la eternidad del dolor, la perdición ineludible que conduce a la exhortación lapidaria de abandonar toda esperanza: su castigo es para siempre.

 

Se trata del gran tema metafísico de la eternidad de los suplicios infernales (a los condenados se les niega incluso la esperanza, es decir, la espera confiada de un bien).

 

Que el verso se hizo famoso muy pronto lo demuestran los numerosos comentarios sobre Dante. Del mismo modo, sus citas —integrales o parciales— aparecen de forma dispersa en diversas obras literarias.


Hacemos una pausa con una escena de este película (V de Vendetta): https://www.youtube.com/watch?v=uGrm9nLmT9s 

 

En la literatura no faltan, sin duda, referencias que han servido de caja de resonancia al verso de Dante, hasta el punto de que ha pasado a formar parte del lenguaje común para indicar de diversas maneras situaciones de dificultad o peligro.

 

Este Canto tercero del Infierno de Dante Alighieri tiene como escenario el lugar del más allá donde se encuentran los indolentes y que precede a la entrada al infierno propiamente dicho.

 

Cuando Dante y Virgilio llegan frente a la puerta del Infierno, el primero no puede evitar fijarse en la inscripción oscura y misteriosa que hay sobre ella. Al no haber captado de inmediato el sentido de la frase, le pregunta a Virgilio qué significa; este le advierte que no debe tener miedo de entrar en el Infierno y que, más bien, debe prepararse psicológicamente para afrontar la visión de las almas tristes de los condenados, dejando a un lado toda vacilación (sospecha) y indecisión, ya que este es un lugar donde se encuentran las personas que han perdido a Dios, el bien intelectual por excelencia.

 

En el título aparece escrito «Dejad toda esperanza, vosotros que entráis». Esta frase sirve para advertir a quienes están a punto de entrar; de hecho, se trata de una puerta de ida, que perdurará eternamente y que, una vez cruzada, no hay esperanza alguna de volver atrás.

 

El significado de esta frase es que todas las almas, antes de morir en la Tierra, si no se han arrepentido de sus pecados, deberán abandonar toda esperanza de poder ver a Dios o de ir al purgatorio a arrepentirse.

 

Y finalizamos con la escena final de la película (V de Vendetta): https://www.youtube.com/watch?v=5WuNdtp0fO8


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

Posdata

 

Todo ello para decirnos que frente a cualquier y todo totalitarismo, ahora pienso en aquellos totalitarismos del cuño de no se sabe qué prioridades culturales, étnicas, raciales, nacionales,… - que no son más que el mismo perro con distintos collares -: La esperanza es una promesa, la esperanza es una visión, la esperanza es una virtud, La esperanza es una construcción.

No nos podemos permitir otra cosa que no sea una esperanza insistente, persistente, resistente. Es aquella que ocupa un lugar de honor en el alma de toda persona que haya mirado el dolor y lo haya transformado en un regalo precioso: en amor que se compromete y transforma. 

Y todo lo anterior porque nos quieren hacer creer que no hay otra esperanza.

miércoles, 17 de junio de 2026

El valor de la democracia.

El valor de la democracia

Hay gestos de resistencia que son también, y sobre todo, actos de profunda conciencia democrática.

 

Y lo pienso en una época en la que parece que impone aquella deriva de que hablar es peligroso y callar resulta más fácil o, por lo menos, no tan complicado.

 

Decidirse a tomar la palabra, a actuar, a arriesgar… para afirmar que la libertad, los derechos fundamentales y el pensamiento libre no pueden ni deben ser silenciados no es algo que se dé por descontado.

 

Y lo pienso porque me temo que algunos hasta quieren imponer que estos no son tiempos para una profunda confianza en la libertad y la dignidad.

 

Y creo que este es el punto más importante que hay que recordar.

 

No se trata solo de oponerse a algo, sino de reivindicar algo más grande.

 

Hay una lucha que no es solamente contra aquellas formas de una determinada derecha sino por la libertad, por los derechos fundamentales, por la posibilidad de pensar, de expresarse, de vivir sin miedo.

 

Derechos que no tienen color, no tienen bandera política, no pertenecen a un partido, sino que son el fundamento mismo de una sociedad justa.

 

Lo digo, también, porque recordar no significa solo mirar al pasado, sino dar sentido al presente.

 

Significa transmitir la memoria para que las generaciones futuras puedan recorrer, tanto ideal como concretamente, un camino trazado por el coraje cívico y la defensa de la democracia.

 

Hay una invitación que nos concierne a todos: no acallar aquella conciencia viva que nos sigue empujando a no permanecer en silencio ante ciertas derivas políticas y sociales que nos quiere imponer alguna derecha.

 

En un momento histórico en el que los enfrentamientos dialécticos - de malos modos y de peores tonos - suelen prevalecer sobre el diálogo, creo que a la ciudadanía de a pie se nos pide algo más: que reconozcamos lo que nos une antes que lo que nos divide. Que defendamos esos valores que no son negociables: la dignidad de la persona, la libertad, la justicia.

 

La libertad nunca es definitiva. No es algo que podamos dar por sentado. Solo existe mientras alguien tenga el valor de defenderla. Hay que defenderla cada día en nuestras decisiones, en nuestras palabras, en la forma en que reaccionamos ante las injusticias cercanas o lejanas.

 

No, no se trata de que todos votemos a la misma sigla política. Sí se trata, creo, de unirnos como personas diferentes ante ideales de justicia, igualdad y respeto. No se trata de que todos seamos iguales, sino de reconocer un terreno común, un terreno formado por derechos fundamentales y responsabilidades compartidas.


El franquismo murió hace más de 50 años —nos dicen algunos— y hasta quizá no les falte del todo alguna razón. Con la muerte de Francisco Franco llegó el régimen que hoy conocemos y disfrutamos. Porque el franquismo como régimen histórico había llegado a su fin.

 

Pero la democracia no puede limitarse a un recuerdo del pasado; es y debe ser una elección de valores que queremos transmitir a las generaciones futuras, a nuestros hijos, nietos, bisnietos y, para siempre, a quienes vengan después.

 

Hay una memoria que no se hereda automáticamente. Cada generación debe decidir si la conserva o deja que se vacíe de significado.

 

Y para algunos de nosotros, más jóvenes, este es quizás el mayor reto: no hemos vivido el franquismo, no hemos vivido la guerra civil,…, no hemos conocido de primera mano el precio de la libertad.

 

Y, precisamente por eso, corremos el riesgo de dar la democracia por sentada.

 

Sí, he dicho que no les falta alguna razón a quienes nos dicen que el franquismo murió hace más de 50 años.

 

Pero el franquismo no es solo el histórico, es un ideal que se opone por completo a la democracia. Sabemos bien que algunas ideas no mueren.

 

El rechazo al pluralismo, el desprecio por la disparidad, la búsqueda de una fuerte prioridad nacional, el afrontar las crisis y los temas complejos con eslóganes simplistas, la identificación de un enemigo que sería la causa de todos los problemas,…, todos ellos son elementos que pertenecen a un ideal, que, por desgracia, sigue vivo.

 

La democracia es lenta, imperfecta, laboriosa. Exige debate, compromiso, paciencia y conflicto democrático.

 

Determinada derecha,  en cambio, nos promete atajos: orden sin justicia, unidad sin pluralismo, decisión sin libertad.

 

Sabemos que las crisis en el mundo se agravan, que el derecho internacional a menudo no cuenta para los poderosos, que las grandes potencias pueden violar derechos fundamentales sin temer consecuencias reales.

 

Sabemos que en Gaza, al igual que en otros lugares del mundo, mueren cada día civiles, niños,... Sabemos que barcos civiles que se dirigen a Gaza son interceptados en las aguas internacionales del mar y que quien intenta llevar ayuda o denunciar el asedio puede ser tratado como un delincuente.

 

Alguien puede pensar que todo esto aún queda lejos…

 

No quiero en absoluto insinuar que toda la derecha sea franquista, entre otras cosas porque abusar del término le resta gravedad, y estoy convencido de que el término debe seguir teniendo todo su peso.

 

Lo contrario del antifranquismo no es solo el franquismo declarado. También es la indiferencia. Es mirar hacia otro lado. Es decir que no nos incumbe. Es pensar que, mientras no nos afecte a nosotros, entonces no es nuestro problema.

 

Ser antifranquista significa oponerse a la ideología, a los métodos y a las derivas del franquismo. Significa defender la democracia cuando resulta incómoda, no solo cuando se celebra. Significa defender la disparidad cuando molesta, no solo cuando es inofensiva. Significa defender la humanidad de las personas cuando el poder intenta convertirlas en números, problemas, amenazas, blancos.

 

Uno está llegando a creer que estamos en un momento histórico no sé si crucial pero sí de relevante transcendencia. Un momento en el que se propagan y desarrollan actitudes autoritarias. Y regímenes no menos autoritarios.

 

Y en momentos así la llamada no es a la nostalgia del comienzo de la democracia sino a la responsabilidad de que ésta, la democracia, incluso con todo aquello que debe corregir y mejorar, siga siendo nuestro modelo político.

 

En otras palabras, no se trata tanto de recordar algo que finalizó en el año 1975 sino la responsabilidad de impedir que ciertas lógicas vuelvan a gobernar el presente y nos hipotequen el futuro.

 

Hay quien dice, seguramente hasta con razón, que habrá que dialogar con la derecha extrema o no. Sí, habrá que mantener los canales abiertos para el encuentro y el debate.

 

Pero habrá que hacerlo sin buenismos ingenuos.


Ciertas derivas autoritarias no son una suposición. Tampoco un recuerdo del pasado. Sino una amenaza en el presente.

 

Y una amenaza que incluso se acelera en forma de guerras, conflictos, ataques al derecho internacional humanitario y a los derechos humanos, y legitimación de políticas autoritarias que afectan a todos los continentes.

 

En este contexto uno puede mirar a los Estados Unidos de América, porque lo que ocurre allí sigue influyendo en todo: nuestras instituciones, la democracia, la justicia social, nuestro imaginario político.

 

En pocos meses, su Presidente ha desmantelado el multilateralismo y ha asestado un ataque sistemático contra el derecho internacional, socavando principios y medidas en los que quienes defienden los derechos humanos han confiado durante décadas.

 

Esto no es solo un problema estadounidense. Es nuestro problema. Es el problema de cualquiera que crea que la democracia es un valor universal y no un instrumento de poder.

 

La extrema derecha ha ganado terreno normalizando un discurso de prioridad nacional y apropiándose del lenguaje de la seguridad y la identidad.

 

Repito: sin buenismos ingenuos.

 

Cuando la complejidad se percibe como una amenaza, cuando los derechos humanos, el Estado de derecho y la democracia se ven amenazados, es ahí donde se esconde la deriva autoritaria.

 

La democracia no es una bandera de ningún partido político, sino una toma de partido: la de la humanidad frente a la inhumanidad, la de la justicia frente al privilegio.

 

La democracia se practica defendiendo las instituciones democráticas cuando son socavadas desde dentro.

 

Se practica rechazando el culto al líder fuerte y al chivo expiatorio. Se construye cuando todos, juntos, edificamos una sociedad diferente: una sociedad del cuidado, de la justicia, de la defensa de las minorías,...

 

Se hace defendiendo los derechos de quienes han llegado a nuestro país en busca de protección y que, en cambio, se enfrentan al riesgo de ser expulsados: familias y menores que han echado raíces, se están formando, van al colegio y viven junto a nosotros y con nosotros, y que pagan las consecuencias de un sistema de asilo cada vez más restrictivo.

 

La democracia no se defiende sola. 


Tampoco basta con indignarse. 


Hay que estar presentes, organizarse, denunciar, construir. Porque cada derecho que hoy damos por descontado o por sentado es el resultado de que alguien, ayer, decidió no mirar para otro lado.

 

Y el valor democrático no es solo una palabra. Hoy, como en el año 1975, el valor democrático no se hereda: se elige. Esta es nuestra tarea. Hoy como entonces.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 21 de mayo de 2026

De la decepción política al arte de una buena política en democracia.

De la decepción política al arte de una buena política en democracia

Todos sabemos lo que es la decepción. La sentimos ante nuestras propias acciones, ante los proyectos políticos y ante el deseo de generar un cambio social. Y aunque a menudo nos sentimos decepcionados, quizá no todo tiene por qué agotarse ahí de manera resignadamente fatal.

 

La decepción podría considerarse una presencia indeseada en nuestra vida cotidiana. Sus implicaciones no siempre son tan evidentes. La decepción no tiene un punto final, nunca significa sentirse decepcionado uno solo: al contrario, la decepción es abierta, está contextualizada socialmente y estructurada políticamente.

 

La decepción, de hecho, es a la vez personal y universal, subjetiva y política. Es sin duda un sentimiento genérico que todos compartimos —el fracaso de nuestras expectativas—.

 

La pregunta que me hago es si, con cada fracaso, con cada brutal instancia de decepción, se hace posible una nueva forma de política. Porque entiendo que la decepción es inevitablemente crítica: expresa un límite real de los sistemas políticos y de nuestra democracia.

 

La decepción por el estado de las cosas, o por nuestra incapacidad para generar un cambio genuino, no es solo una cuestión de percepción. También surge de las imperfecciones intrínsecas de nuestro sistema político democrático.


Ciertos acontecimientos políticos no se repiten solo como tragedia y luego como farsa, sino como una farsa que conduce a una tragedia aún más extrema.

 

Y todos podemos sentirnos optimistas humillados e impotentes. ¿Se puede ver algún lado positivo de toda esta decepción en cadena? ¿Las crisis pueden afrontarse con un simple cambio de actitud?

 

¿Deberíamos quizá decirnos que nos convirtamos en mejores estoicos sufridores? ¿O sugerir que la clave para afrontar esta cadena de decepciones es evitar caer en el pesimismo?

 

Uno quisiera creer que las semillas de una política o de una democracia nuevas también se pueden cultivar a la sombra del fracaso.

 

No es que yo sea, ni quiera ser, optimista. A estas alturas me doy cuenta de que insistir en la necesidad del optimismo no hace más que reproducir las condiciones desesperadas en las que cierta política decadente vuelve a tropezar y caer una y otra vez con una alarmante periodicidad sistemática y sistémica.

 

A lo mejor uno tiene que acabar reconociendo la decepción como compañera inevitable de este viaje de nuestra democracia política. De hecho, la decepción está inscrita en la propia naturaleza humana.

 

Por eso, y a estas alturas, me basta con reconocer la decepción y abandonar una actitud ciega o ingenuamente positiva. Y a partir de ahí, de ese reconocimiento, tratar de seguir construyendo críticamente otra posibilidad para nuestra política y democracia. Como digo, también con esta compañera inevitable de viaje que se llama “decepción”.


Uno creía que existía una gramática común que  incluso los enemigos más acérrimos compartían y respetaban. Uno pensaba que incluso en los fuertes contrastes ideológicos, en las visiones opuestas del hombre y de la sociedad,…, todos aceptaban las mismas reglas del juego y quien intentaba violarlas se veía obligado a hacerlo a escondidas, haciendo trampa.

 

Hoy la pérdida de esta gramática ha provocado la explosión caótica e incontrolable de la arbitrariedad, que nos entrega a la lucha hobbesiana de todos contra todos. Cada uno pretende establecer las reglas y, si es capaz de hacerlo, las impone a los demás. El derecho coincide con la fuerza.

 

Y con ese derecho que coincide con la fuerza ha desaparecido también aquel pudor que empujaba a enmascarar los propios designios esforzándose por hacerlos parecer justos. Ya en política nadie se avergüenza de nada. Basta con decir: “pues mira que tú” o “tú más”.

 

Nuestro país está siendo uno de los laboratorios de este embrutecimiento del estilo político en el que se permitirse un lenguaje y unos comportamientos que rompen la gramática de la política y han abierto el camino a un clima de violencia verbal —y no solo eso—.

 

Donde el problema no ha sido el predominio de la derecha o de la izquierda, sino el afianzamiento de un estilo que ha trastocado el sentido de la política, tanto en los partidos de derecha como en los de izquierda. Hoy se rebaja el debate democrático al nivel de una pelea de taberna.

 

Si hoy el nivel del debate político es el que es, se lo debemos a estas y otras faltas de ortografía de nuestros políticos. Y con estupor uno contempla cada día una violencia verbal que va mucho más allá del legítimo desacuerdo y transforma el debate político en un enfrentamiento ciego.

 

Con este lenguaje y este estilo, la convivencia democrática, basada en sí misma en la diversidad de posiciones, se transforma, independientemente de quién tenga la razón o no, en una guerra civil permanente.


¿Cómo gestionar esta decepción política? A mí, que no soy político se me ocurría, por poner un ejemplo, algunas reglas como las que siguen:

 

·        Volver al civismo que impone el poder abstenerse de actuar y de hablar a base de agravios, calumnias, improperios...

 

·        Elevar a la máxima categoría el respeto por las personas incluso cuando hay que criticar su actuación o se disienta de sus opiniones.

 

·        Evitar contradecirse para ganar en fiabilidad. En realidad, el político debe cambiar a menudo de postura en función de cómo se desarrollan los acontecimientos. Por eso, si es prudente, evita pronunciarse cuando no es estrictamente necesario.

 

·        No mentir. Uno entiende que no siempre puede decirse todo y que, a veces, uno se ve obligado al silencio. Y, en cambio, ciertas afirmaciones resultan ser claramente falsas y ciertas mentiras son patológicas.

 

·        Presentar las cuestiones relacionadas con los intereses de la ciudadanía de tal manera que se hagan aceptables para todos.

 

·        No mezclar los intereses privados con el cargo público de representante político.

 

·        No ser prisionero de una burbuja de vanidad autorreferencial o de narcisismo solipsista que impide ver, o al menos admitir, los propios límites y escuchar a los demás.

 

·       

 

Lo que tenemos hoy ante nosotros, tanto en un bando como en el otro, es una caricatura de la política. No podemos resignarnos a esto aunque la decepción sea siempre nuestra compañera de viaje. Hay que restablecer una gramática que esté a la altura y que nos permita salir del caos y entrar más decididamente en el arte de la buena política. Está en juego la salud de nuestra democracia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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