Fantasmas en esta democracia
Que la democracia moderna - allí donde aún existe o resiste - no goza precisamente de buena salud es algo que se viene diciendo y repitiendo desde hace tiempo; pero, en realidad, la democracia siempre se ha cuestionado a sí misma.
Mucho, y bueno, se ha escrito montones para comprender
las causas de esta enfermedad que hoy se denominan populismo, soberanismo, neoliberalismo,…,
con figuras como Peter Thiel y Donald Trump - evito, conscientemente, citar figuras
del Estado español… que las sensibilidades están como a flor de piel… -.
¿Significa esto que quizá nos hemos cansado otra
vez de la democracia, de la participación, de la responsabilidad, es decir,
de la libertad y de la política, hasta tal punto que parece haber vuelto a
imponerse un nuevo deseo de huida de la libertad o de miedo a la
libertad, buscando otra vez a alguien autoritario que decida
por nosotros, evitando así el esfuerzo de tener que pensar?
¿Y esta búsqueda de una personalidad autoritaria
a la que delegar el poder político no es acaso análoga a esa delegación
que estamos otorgando a la Inteligencia Artificial, por lo que: «no pienses,
pregúntale a la máquina, que te dará inmediatamente una respuesta que deberás
creer exacta y verdadera; no profundices, no pierdas el tiempo, no reduzcas tu
productividad, pídele a la IA que simplifique todo» —es decir, una rendición
de la inteligencia por nuestra parte análoga a nuestra rendición
política como ciudadanos cuando buscamos precisamente a alguien que piense
y decida por nosotros, prometiéndonos simplificarnos la complejidad
del mundo?
La democracia se nutre de la política, si se entiende como
participación, como construcción libre y consciente de un proyecto común por
parte de un nosotros colectivo que no olvida la libertad del individuo
(del yo) y de las minorías, fundamentándose (al menos en teoría) en la
libertad, la igualdad y la solidaridad/fraternidad.
Para curar la democracia, hoy (quizá habría que
decir siempre o casi) de nuevo
enferma, sería necesario eliminar aquel veneno que la está corroyendo
desde dentro (veneno, precisamente como el populismo, pero por encima de
todo están el capitalismo y la tecnología, antidemocráticos por esencia),
veneno que, sin embargo, gran parte de la ciudadanía ama ingerir en dosis cada
vez mayores creyendo que es un medicamento…
Sería necesario salir del egoísmo neoliberal al que
llevamos medio siglo sometidos y para el cual la sociedad no existe, solo
existen los individuos; lo mismo ocurre con los sistemas técnicos, siempre en
contra de una democracia considerada un obstáculo para el funcionamiento
eficiente del sistema de máquinas y algoritmos.
Haría falta - ¿no será este el mejor remedio? - más política y menos delegación, más cosmopolitismo y menos egoísmos, más humanismo y menos capitalismo y menos tecnología.
Porque la política es una necesidad, porque somos animales
políticos y sociales, aunque el sistema económico y técnico nos quiera como
mónadas aisladas porque así se nos integra mejor en el sistema; porque sin los
demás nos convertimos en nadie; porque la política se refiere a la convivencia
humana, pero es también la acción que da orden al caos y regula un poder que,
de otro modo, estaría desbocado, permitiendo, sin embargo, también subvertir el
orden y el dominio.
Viendo, escuchando, leyendo… ciertas intervenciones de
políticos de primera línea uno experimenta la sensación política de asfixia, es
decir, de sufrir, y de ver sufrir a otros, medidas que acentúan la violencia
económica y social, degradan las condiciones de vida, agravan la crisis
ecológica o condenan a muerte a los migrantes,…, sin entender por qué uno tiene
que aceptar soportarlo y, quizás, lo que es peor aún, sin tener una capacidad
real —ni siquiera con los mejores argumentos del mundo— de impedir que se
apliquen tales medidas.
¿Quién no se pregunta alguna vez, al escuchar a un
político pronunciar discursos mentirosos o peligrosos sobre la inmigración, la
ecología, la policía, la delincuencia, el asistencialismo, el valor del
trabajo: pero ¿con qué derecho esta persona ejerce –o pretende ejercer–
su poder?
¿Acaso estamos condenados a aceptar que, solo por
haber ganado unas elecciones, un grupo de gobernantes pueda imponer un
poder reaccionario, autoritario o populista, suprimir los derechos de las
minorías o los derechos sociales, endurecer la lógica de ciertas prioridades
nacionales, emprender o apoyar operaciones genocidas en Gaza…?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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