El Misterio que sale al encuentro
Hay una verdad que se le escapa a la mirada distraída de la multitud, un secreto que no se aprende en las páginas de los libros ni en los pasillos del saber convencional.
El conocimiento del Misterio no nace del estudio, de
las páginas de los libros ni de los eruditos, sino que florece en la
experiencia viva y palpitante de quien se ha puesto en camino en busca de un
sentido profundo de la vida.
Y es precisamente en los senderos de arena y polvo de
este camino donde se producen encuentros insólitos con personas misteriosas,
con aquellos que, antes que nosotros, se han puesto en busca del Misterio y han
sido visitados por Él.
Porque una verdad importante que hay que compartir es
esta: solo quien se ha encontrado con el Misterio, quien lo ha visto y lo lleva
dentro de sí como una antorcha en la noche, puede convertirse en guía para
quienes emprenden el viaje, sedientos de sentido y de verdad plena.
Como peregrinos tras las huellas de lo invisible,
jóvenes y adultos se ponen en camino, dejando atrás las seguridades engañosas
de la vida cotidiana.
No son simples buscadores: son personas que han
decidido que la vida merece la pena ser vivida, partiendo del descubrimiento de
la interioridad de nuestra existencia, que exige silencio, dedicación,
meditación e interiorización.
Y, en este camino nuevo y extraordinario, el propio Misterio sale al encuentro, se entrega, se revela. No como un concepto, sino como una realidad extraordinaria, tangible, que transfigura a quien la acoge.
Si el caminante no encuentra el sentido del camino, es
el camino el que encuentra el sentido en el caminante, susurra el Misterio,
invitando a quien busca a dejarse encontrar.
La dinámica del encuentro con el Misterio va a
contracorriente del bullicio del mundo, donde todo se confunde entre
apariencia, superficialidad y adaptación a la multitud.
Por el contrario, la experiencia del Misterio exige
silencio, profundidad, autenticidad: un camino interior que conduce a un ver
que va más allá del ver, a un sentir que va más allá del sentir, donde solo
quien está de viaje comprende de verdad.
Es una experiencia que arde como el fuego bajo las
cenizas y, precisamente por eso, no puede callarse, sino que debe darse a
conocer a quienes comparten la misma sed, a quienes se han embarcado en el
mismo camino de búsqueda interior, para escuchar la voz del Misterio que
susurra en nuestro interior y nos invita a seguirlo.
¡Silencio, pues, si queremos escuchar esta voz!
Así, cada encuentro con el Misterio es siempre
personal, irrepetible.
El Misterio se entrega, pero solo a quien está
dispuesto a acogerlo, a quien se deja envolver por su profundo silencio, al
peregrino que lleva tiempo en el camino de la búsqueda silenciosa del sentido.
Quien ha vivido esta experiencia sabe que no se puede
explicar, sino solo comunicar a quien está en el camino.
Y en este viaje, el caminante no busca la meta, sino
que deja que sea la meta la que lo busque a él.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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