Acompañados, sostenidos, abrazados por el Misterio
Hay preguntas que no dan tregua al alma humana, inquietudes que atraviesan las generaciones como el viento que agita las ramas: «¿De dónde venimos? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia?»
Son interrogantes sencillos solo en apariencia, porque
guardan en su seno la nostalgia de un origen perdido, el profundo deseo de
volver a casa.
Todo ser humano, al menos una vez, se encuentra con la
mirada fija más allá de los límites de lo visible, percibiendo que la vida
misma es una pregunta abierta, una invitación a atreverse más allá del
horizonte de lo ya conocido.
El Misterio, esa presencia inasible que lo sustenta
todo, se revela como la fuente universal de la que todo ser cobra vida.
Vivimos inmersos en su tejido, como peces en el
océano, a menudo ajenos a la inmensidad que nos envuelve.
El cosmos entero, con su armonía y su complejidad, nos
habla de una relación profunda e íntima entre la criatura y su origen, entre el
aliento del universo y el de nuestra alma.
El Misterio no es un enigma que resolver, sino un
abrazo en el que dejarse envolver; es la raíz silenciosa que alimenta nuestra
sed de sentido.
Ser conscientes de que procedemos del Misterio significa reconocer nuestro origen como un don y un acontecimiento.
Pero en la sociedad contemporánea se extiende una
especie de ignorancia generalizada: se vive como si todo fuera fruto del azar o
del propio esfuerzo. Se olvida que la existencia brota de una fuente más
profunda, que nos precede y nos acompaña.
Solo quien se deja interpelar por el Misterio puede
descubrir su verdadera identidad y no conformarse con las máscaras que propone
el mundo.
Aquí entra en juego la noble tarea de los educadores:
guiar a las jóvenes vidas para que se encuentren con el Misterio que las
habita.
Educar no significa llenar vasijas vacías, sino
despertar en los demás la pregunta por lo que realmente importa.
Solo quien ha experimentado su propio origen puede
acompañar a otros a la altura de este descubrimiento.
El educador es, por tanto, un testigo del Misterio, un caminante que invita a los jóvenes a ponerse en camino, a dejarse guiar por la luz discreta pero poderosa que surge en el horizonte del ser.
En el contacto vivo con el Misterio, el egoísmo se
disuelve como la niebla al sol.
Entonces surgen la llamada a la comunión y el deseo de
colaboración: la conciencia de que el yo solo encuentra plenitud en el
encuentro con el otro.
El Misterio, de hecho, no aísla, sino que une; no
cierra, sino que abre al don recíproco.
Es en el redescubrimiento de la unidad con todo lo que
existe donde el hombre se cura de las heridas del individualismo y responde a
su vocación más profunda.
He aquí la tarea que nos espera: volver al origen,
dejarnos moldear por el Misterio, despertar en nosotros y en los demás la
vocación a la comunión y a la colaboración.
Solo así, como semillas que hunden sus raíces en la
tierra fértil, podremos germinar en una humanidad nueva, capaz de tejer
relaciones auténticas y de custodiar el Misterio que nos precede y nos espera.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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