martes, 1 de septiembre de 2026

El Misterio nos roza cada día.

El Misterio nos roza cada día

No levantes los ojos al cielo en busca del Misterio, pues este no se esconde entre las nubes inalcanzables ni se oculta tras lejanías abstractas.

 

El Misterio habita en las manos que se tienden, en las miradas que se cruzan, en los pasos que se dan hacia el otro sin esperar nada a cambio.

 

Como el rocío que desciende en silencio sobre la tierra, así el Misterio toma forma en los gestos sencillos, en el amor que se hace concreto entre hermanas y hermanos.

 

Escucha, pues, tú que buscas: no son las velas encendidas ni las palabras repetidas las que abren de par en par la puerta del Misterio, sino la capacidad de salir de ti mismo, de acoger a quien está a tu lado.

 

Cuando dejas que el corazón se abra sin reservas, entonces el Misterio se revela, no como un enigma que hay que resolver, sino como una presencia que habita y transforma.

 

No vayas lejos: lo sagrado te roza cada día, en el sutil entramado de las relaciones auténticas.

 

Sé, pues, tierra fértil, y el Misterio florecerá y permanecerá en ti, como una luz que no conoce el ocaso.


El Misterio habla desde el corazón palpitante de la materia, no desde nubes evanescentes ni desde esferas ultraterrenas.

 

El Misterio que buscamos no se esconde en un cielo más allá del polvo y el sudor, sino que se revela en la carne viva de las relaciones cotidianas, en el toque humilde de las manos tendidas, en las miradas que se cruzan sin pretensiones.

 

Se trata de despertar del sueño ilusorio: ya no hay templos de velas titilantes, ya no hay oraciones que lancen nuestras cargas sobre alas de humo hacia el infinito.

 

¡El velo se ha rasgado!

 

Jesús, el Profeta de los profetas, lo ha desgarrado con sus gestos de amistad, con los banquetes compartidos, con el abrazo a los marginados. En su forma de relacionarse, gratuita, desinteresada y humilde, el Misterio se ha hecho carne, se ha sentado a vuestra mesa.

 

El amor recíproco es la puerta abierta de par en par al Misterio.


Cuando nos amamos los unos a los otros, el Misterio no aparece como un destello fugaz, sino como una llama que habita en nosotros, que permanece y transforma.

 

Brota al salir de nosotros mismos, en el camino hacia el Otro, la Otra, el prójimo, la vecina, el forastero a vuestra puerta.

 

¡De forma gratuita! ¡Sin cálculos egoístas!

 

Con la humildad de la semilla que se rompe en la tierra.

 

El Otro es nuestro templo viviente, la condición misma de vuestra revelación interior. En él, en ella, el Misterio establece su morada, porque el amor es Su trono invisible.

 

Este es el cambio de los nuevos tiempos: ¡del cielo a la tierra!

 

No busquemos lo sagrado en astros remotos; camina a nuestro lado, en el compañero de trabajo, en la hermana del camino, en el hermano herido.

 

Hay que caminar del intimismo egoísta, ese refugio de oraciones solitarias y proyecciones vanas, a la relación pura y desinteresada que teje la trama del Reino.


¡Basta ya de ilusiones de mundos infinitos!

 

Miremos dónde ponemos los pies, o caeremos en la ceguera de nuestro yo hinchado.

 

El Misterio no espera postraciones; nos llama a la acción.

 

Invirtamos en las cualidades de las relaciones: perdón diario, escucha profunda, servicio sin reservas.

 

Dejemos las oraciones que se esfuman como el humo; hagamos de nuestro amor el canto eterno.

 

Así, el Reino vendrá no desde allá arriba, sino desde aquí, de nuestro «» concreto al Otro.

 

¡El que tenga oídos, que oiga! El que tenga corazón, que salga de sí mismo y ame.

 

El Misterio ya está entre vosotros. Nos toca a nosotros revelarlo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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