El Misterio nos roza cada día
No levantes los ojos al cielo en busca del Misterio, pues este no se esconde entre las nubes inalcanzables ni se oculta tras lejanías abstractas.
El Misterio habita en las manos que se tienden, en las
miradas que se cruzan, en los pasos que se dan hacia el otro sin esperar nada a
cambio.
Como el rocío que desciende en silencio sobre la
tierra, así el Misterio toma forma en los gestos sencillos, en el amor que se
hace concreto entre hermanas y hermanos.
Escucha, pues, tú que buscas: no son las velas
encendidas ni las palabras repetidas las que abren de par en par la puerta del
Misterio, sino la capacidad de salir de ti mismo, de acoger a quien está a tu
lado.
Cuando dejas que el corazón se abra sin reservas,
entonces el Misterio se revela, no como un enigma que hay que resolver, sino
como una presencia que habita y transforma.
No vayas lejos: lo sagrado te roza cada día, en el
sutil entramado de las relaciones auténticas.
Sé, pues, tierra fértil, y el Misterio florecerá y
permanecerá en ti, como una luz que no conoce el ocaso.
El Misterio habla desde el corazón palpitante de la materia, no desde nubes evanescentes ni desde esferas ultraterrenas.
El Misterio que buscamos no se esconde en un cielo más
allá del polvo y el sudor, sino que se revela en la carne viva de las
relaciones cotidianas, en el toque humilde de las manos tendidas, en las
miradas que se cruzan sin pretensiones.
Se trata de despertar del sueño ilusorio: ya no hay
templos de velas titilantes, ya no hay oraciones que lancen nuestras cargas
sobre alas de humo hacia el infinito.
¡El velo se ha rasgado!
Jesús, el Profeta de los profetas, lo ha desgarrado
con sus gestos de amistad, con los banquetes compartidos, con el abrazo a los
marginados. En su forma de relacionarse, gratuita, desinteresada y humilde, el
Misterio se ha hecho carne, se ha sentado a vuestra mesa.
El amor recíproco es la puerta abierta de par en par
al Misterio.
Cuando nos amamos los unos a los otros, el Misterio no aparece como un destello fugaz, sino como una llama que habita en nosotros, que permanece y transforma.
Brota al salir de nosotros mismos, en el camino hacia
el Otro, la Otra, el prójimo, la vecina, el forastero a vuestra puerta.
¡De forma gratuita! ¡Sin cálculos egoístas!
Con la humildad de la semilla que se rompe en la
tierra.
El Otro es nuestro templo viviente, la condición misma
de vuestra revelación interior. En él, en ella, el Misterio establece su
morada, porque el amor es Su trono invisible.
Este es el cambio de los nuevos tiempos: ¡del cielo a
la tierra!
No busquemos lo sagrado en astros remotos; camina a nuestro
lado, en el compañero de trabajo, en la hermana del camino, en el hermano
herido.
Hay que caminar del intimismo egoísta, ese refugio de
oraciones solitarias y proyecciones vanas, a la relación pura y desinteresada
que teje la trama del Reino.
¡Basta ya de ilusiones de mundos infinitos!
Miremos dónde ponemos los pies, o caeremos en la
ceguera de nuestro yo hinchado.
El Misterio no espera postraciones; nos llama a la
acción.
Invirtamos en las cualidades de las relaciones: perdón
diario, escucha profunda, servicio sin reservas.
Dejemos las oraciones que se esfuman como el humo; hagamos
de nuestro amor el canto eterno.
Así, el Reino vendrá no desde allá arriba, sino desde
aquí, de nuestro «sí» concreto al Otro.
¡El que tenga oídos, que oiga! El que tenga corazón,
que salga de sí mismo y ame.
El Misterio ya está entre vosotros. Nos toca a
nosotros revelarlo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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