Los pobres en el centro
En un siglo en el que los poderosos levantan muros y el corazón de los hombres se ha vuelto de piedra, expulsando al débil y pisoteando al pequeño, surge Aquel que derriba los tronos del mundo.
He aquí que el Emanuel atraviesa las tinieblas de la
exclusión y, con un gesto soberano, llama a sí a aquellos a quienes la historia
ha rechazado como desechos.
«¡Venid al
centro!», clama el Espíritu.
Y los olvidados, los marginados, los lacerados por las
injusticias de los siglos ya no estarán al margen, sino que se convertirán en
la piedra angular del Templo Nuevo.
Esta es la profecía que se cumple: la comunidad que
lleva el Nombre del Resucitado se reconocerá por este único signo: si en su
seno los últimos se han convertido en los primeros, si el grito del pobre se ha
convertido en el canto de la asamblea.
Pero este espacio sagrado no es un don de la carne,
sino fruto de un fuego que debe arder en lo más profundo: la conversión del
corazón. Solo quien acepte morir a sí mismo verá nacer una comunidad que sea un
cuerpo vivo y no una fría institución.
Escuchemos la voz que clama en el santuario de la Historia, pues se nos revela un gran misterio: dirijamos nuestra mirada a las Escrituras y observemos los pasos del Resucitado.
En cada teofanía de la Pascua, cuando las puertas
están cerradas por miedo y el corazón de los Apóstoles está encerrado en el
luto, Él no llega por los lados, no ocupa un rincón, no se confunde entre la
multitud.
Él aparece en el Centro.
Está escrito y se cumple: el Cristo que ha vencido a
la muerte se erige como eje del mundo, corazón palpitante de la asamblea,
pivote en torno al cual gira toda vida redimida.
Pero comprendamos el peso de esta posición: ese Centro
no es un trono de gloria humana, sino el espacio que el mundo había declarado
vacío.
He aquí la profecía que sacude los cimientos de nuestros
templos: Aquel que fue desechado por los constructores, Aquel que fue expulsado
fuera de los muros de la ciudad como una maldición, Aquel que es el Excluido
por excelencia, ahora reclama el Lugar Central.
Cada vez que vosotros, con un gesto de audaz conversión, acogemos al excluido, al desamparado, al rechazado por la sociedad, y lo colocamos en medio de nuestra comunidad, no estamos realizando un acto de mera filantropía o solidaridad.
¡Estamos celebrando la Pascua!
El marginado que ocupa el centro es el signo
sacramental y misterioso del Resucitado entre nosotros.
Es la carne herida del excluido la que revela la
gloria del Viviente.
Donde el mundo cava abismos de separación, la
comunidad del Reino erige el altar de la acogida; donde el mundo relega a la
sombra, la Verdad enciende la lámpara.
No busquemos el Misterio en las alturas de los cielos
ni en las abstracciones de la mente:
Él se ha escondido en el rostro de quien no tiene voz.
Cuando el último de la tierra se siente en el corazón
de nuestra reunión, entonces, y solo entonces, podremos exclamar: «¡El Señor ha resucitado verdaderamente!».
Porque su presencia no se manifiesta en el poder que domina, sino en el centro ocupado por quien, para el mundo, ni siquiera debía existir.
Este estilo de vida será nuestra condena ante los
tribunales de la tierra. Seremos signo de contradicción, espada que separa la
sombra de la luz.
Así como el Maestro fue perseguido, así el odio del
mundo se abatirá sobre nosotros, pues el mundo no tolera a quien desvela la
mentira de sus ídolos.
Él lo predijo en la hora suprema del sacrificio: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me odió
antes que a vosotros» (Jn 15, 18-21).
El mundo, que se disfraza de paz y se envuelve en
falsa humildad, esconde en su seno un dragón de intolerancia radical. Solo
aplaude a quienes se inclinan ante su lógica de poder.
Pero nosotros, al poner en el centro al más
desamparado, lanzamos la Verdad del Misterio contra el orgullo de los siglos, y
el mundo tiembla de ira.
No temamos, pues, si el fango de la calumnia y el hierro de la persecución marcan nuestra historia. Una comunidad solo es auténticamente evangélica cuando lleva sobre sí las llagas de su Señor.
Mantengámonos firmes bajo el peso de este odio, sin
volver la mirada atrás, sin buscar la huida en los halagos del mundo.
Nuestro reto es la constancia del martirio cotidiano,
la docilidad de quien, cada mañana, inclina el oído para escuchar la Palabra,
única roca que no se derrumba mientras el mundo pasa.
La gloria de Dios resplandece en el rostro del
excluido, y en ese rostro reside el juicio final de la tierra.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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