En la escuela de María Magdalena
En una época de desconcierto, un profeta se alza para anunciar lo que ya está escrito en lo más profundo de los corazones, pero que la humanidad, corrompida por el tiempo y el egoísmo, ha olvidado trágicamente.
Es la llamada a la pureza original, a la fuente de
aquella Vida que en otro tiempo caminó entre nosotros.
No fue un juez severo quien pisó el polvo de nuestras
calles, sino el Verbo hecho carne: la manifestación del Bien en estado puro.
Él no traía leyes escritas en piedra, sino un cuerpo
que latía con la energía del amor.
Era una fuente inagotable, capaz de sanar todo mal,
toda herida profunda y toda llaga del alma.
Ante su mirada, todo rencor y toda mentira se derretían
como la nieve al sol; su esencia era vida auténtica, una luz que desvelaba la
ilusión de la corrupción humana.
Toda la humanidad, marcada por la caída y agobiada por
el pecado, se sentía atraída por Él como por un faro inextinguible.
Todos acudían a esta fuente, en busca de esa energía
de amor infinito capaz de recargar y renovar, día tras día, a cualquiera que
tuviera el valor de saciarse de ella.
Dirijamos hoy nuestra mirada hacia el mar, allí donde el Maestro se retiraba en silencio con sus discípulos.
En esos momentos de silencio y contemplación, Él
derramó Sus formas de vida y espirituales más profundas.
Pero la historia nos presenta una amarga paradoja: sus
seguidores más cercanos no supieron captar plenamente la inmensidad de ese don.
Lo que nos ha llegado a través de las instituciones es
a menudo solo una sombra, un reflejo desvaído de Su verdadera estatura
espiritual.
En este panorama de olvido, no hay lugar para la
desesperación.
Existe un «jarrón de alabastro» que ha sabido conservar intacta la esencia del Maestro.
Es en el estilo, en la sensibilidad electiva y en el
profundo amor de María Magdalena donde encontramos el reflejo más fiel de Aquel
que era Amor.
Ella, la discípula predilecta, no se quedó en la
superficie de la doctrina, sino que comprendió el misterio del amor que redime.
En María Magdalena revive ese único camino, esa única
verdad y esa única vida que el mundo busca con ahínco.
Escuchar su testimonio, redescubrir su sensibilidad,
significa volver al corazón palpitante del Evangelio.
En ella, la energía del Maestro no es un recuerdo del
pasado, sino una presencia viva que aún hoy llama a la humanidad a despertar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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