Peregrinos audaces y portadores de un fuego nuevo
En verdad os digo: no convirtáis la carne y el nombre
en vuestro ídolo eterno.
Las paredes de la casa paterna no son los límites del
mundo, ni la sangre que corre por las venas es una cadena que ata el espíritu a
la inmovilidad.
Escuchad la voz que clama en el desierto del presente:
las relaciones familiares no son un absoluto.
Llegará el momento —y es este— en el que tendréis que
apostar solo por aquello que genera vida aquí y ahora.
No os dejéis engañar por el mito del linaje: los lazos
de sangre no son un destino escrito en las estrellas.
Solo se vuelven sagrados si se cultivan en el jardín
del cuidado y del sentido, pero lo que se ha quedado árido, lo que se ha
convertido en una prisión, puede y debe dejarse atrás. Sin culpa, sin mirar
atrás.
Quien camina en busca del Misterio debe llevar las
sandalias de la libertad.
No se puede escalar la cima del Infinito si se está lastrado por obligaciones que ya no tienen alma.
En un momento dado del camino, el profeta que hay en
vosotros exigirá el valor de la salida: abandonar el hogar que ya no calienta,
romper los sellos de los lazos que fueron necesarios para nacer, pero que ahora
impiden convertirse.
He aquí la nueva alianza: una fraternidad que no nace
del vientre materno, sino de la dirección del paso.
Encontraréis hermanos y hermanas a lo largo del
camino, no porque compartáis el mismo apellido, sino porque miráis hacia el
mismo horizonte.
Serán compañeros de viaje durante una temporada o por
un instante; relaciones intensas como llamas que luego, con dulzura,
desaparecerán de la escena para que el camino continúe.
No busquéis la verdad necesariamente en el camino de
vuelta a casa.
La Luz del Misterio no habita en el pasado, sino que
orienta el paso hacia lo desconocido. Exige una libertad radical, porque solo
quien es verdaderamente libre puede vislumbrar la dirección.
Id, pues: dejad que los muertos entierren a los
muertos y seguid la estela luminosa que os llama. Porque vuestra verdadera familia está compuesta por
aquellos que, como vosotros, han tenido el valor de perderse para reencontrarse
en el Todo.
Sí, escuchad: ha llegado el día en que el Espíritu
sopla donde quiere, y quien tenga oídos para oír, que se despoje de las
antiguas corazas.
No temáis ser caminantes sin patria, porque el Reino
no está reservado para quienes se quedan, sino para quienes se atreven a partir.
La tierra prometida no se encuentra aferrándose a las
raíces, sino desplegando las alas del corazón sobre abismos desconocidos.
No seáis como aquellos que, por miedo a la soledad,
alzan muros cada vez más gruesos en torno a vínculos ya extinguidos.
La verdadera bendición se manifiesta a quien, en la
noche, tiene el valor de abandonar el puerto seguro para perseguir un destello
en el horizonte.
Recordad: también Abraham fue llamado a salir de la
casa de su padre, y solo así se convirtió en padre de multitudes.
Sed audaces a la hora de acoger a hermanos y hermanas
nacidos no de la sangre, sino del mismo sueño.
Sed madres de cada gesto que engendra vida, padres de
cada palabra que abre caminos.
En estos tiempos, en los que el desierto parece
avanzar y las certezas se desmoronan como arena entre los dedos, los
sembradores de sentido reconocerán a sus semejantes en la sonrisa de un
desconocido, en el abrazo inesperado, en la compasión que traspasa todas las
fronteras.
Y cuando os sintáis solos, recordad: quien confía en
lo Invisible nunca está abandonado.
Entre los recovecos del camino, el eco del Espíritu os
alcanzará, y comprenderéis que ninguna cadena es lo suficientemente fuerte como para
retener a quien está llamado a la libertad.
Porque la verdadera sangre que une es la de la
esperanza compartida, de la fe que arde, del amor que no conoce límites.
Sed, pues, peregrinos audaces, portadores de un fuego
nuevo.
Y cuando todo parezca perdido, allí, más allá de la
sangre, descubriréis la familia de los corazones abiertos, la comunión de los
buscadores, la casa sin muros, donde el Misterio espera a quienes saben
reconocer la voz que llama desde el futuro.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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