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viernes, 10 de julio de 2026

Los Días de las Memorias.

Los Días de las Memorias 

Existe un arma que no hace ruido y, sin embargo, puede ser más letal que las bombas y las pistolas: es el silencio de quien ve y aparta la mirada. 

Los violentos lo saben bien; de hecho, prosperan allí donde la conciencia calla. 

Y para romper ese muro de silencio se suelen celebrar algunos Días de la Memoria y el Compromiso en recuerdo de las víctimas de la violencia. 

No solo para depositar flores sobre sus lápidas, sino sobre todo para plantar semillas fértiles en la conciencia colectiva. 

La memoria cívica es como un músculo del gran cuerpo de la sociedad: exige cuidados y ejercicio: si la descuidamos, se atrofia y la sociedad pierde vigor; si la entrenamos, se convierte en advertencia, acicate y energía que nos aleja de la inercia moral, nos mantiene alerta y nos hace capaces de oponernos al mal y transformar el presente. 

Recordar a las víctimas de la violencia es un acto de resistencia contra la creencia de que la violencia es inevitable, el asesinato algo normal y la ley del silencio una forma necesaria de prudencia. 

Cada vida truncada que no dejamos caer en el olvido se convierte en un antídoto, una chispa de conciencia contra esa indiferencia silenciosa, ese consenso pasivo y esa resignación que permiten a las mafias arraigarse y sobrevivir. 

Y hay que hablar. También para romper el silencio, para no permitir que el miedo o la costumbre de callar se conviertan en complicidad. Hablar, sí, para recordar que la indiferencia no se convierta en terreno fértil para la anomalía de la violencia y el olvido en protección para quienes la han ejercido. 

La memoria debe transformar el recuerdo en práctica, convertirse en una exhortación a la acción. Debe conducir a la conciencia de que ese pasado nos concierne, nos interpela, nos pide que pongamos de nuestra parte, exige nuestro valor. 

No, no el valor de los grandes actos de heroísmo, sino el de los gestos cotidianos, de las pequeñas decisiones, que nos llevan a rechazar un favor que huele a atajo, a denunciar una injusticia, a contrarrestar la lógica del «así lo hacen todos», a defender a quienes están más expuestos. 

El valor de cuestionar nuestros hábitos: cómo votamos, cómo hablamos, cómo nos relacionamos con los demás. Transformamos el recuerdo en un ejercicio de valor cada vez que resistimos la tentación del nihilismo práctico: cuando preferimos la responsabilidad a la indiferencia, la verdad al silencio, la transparencia a la ambigüedad, la legalidad a la conveniencia. 

El valor es contagioso: cuando alguien lo ejerce, otros encuentran la fuerza para practicarlo. Toda violencia se consolida gracias al aislamiento, pero cuando el valor deja de ser un gesto aislado y se transforma en un movimiento compartido, en reciprocidad y corresponsabilidad, el miedo se atenúa y la violencia comienza a perder terreno. 

Recordar a las víctimas de la violencia significa mirar al pasado para dar un nuevo rumbo al mañana. La memoria no solo conserva: orienta la acción futura. De este impulso proyectivo nace la esperanza de la que hablaba Ernst Bloch. 

La esperanza es energía transformadora. A diferencia del miedo, «no es una espera pasiva, no es resignación […] se expande, ensancha a los hombres en lugar de encogerlos, no permite conformarse con el mal presente» (Ernst Bloch, El principio de esperanza). 

Es apertura a lo nuevo, tensión hacia el cambio. La memoria y la esperanza resultan así aliadas en el mismo camino de lucha contra la violencia: la primera mantiene vivo lo que ha sucedido, la segunda abre el horizonte de lo que se puede construir. 

La idea de la justicia como bien común, de la legalidad como responsabilidad compartida, debe seguir caminando nuestras decisiones. Debe convertirse en el proyecto de una sociedad que no pasa página distraídamente, que no se resigna, en un compromiso de la escuela, de las instituciones, de las asociaciones y de las comunidades, tanto pequeñas como grandes. 

La lucha contra la violencia se gana educando, vigilando, forjando vínculos y fomentando la ciudadanía activa. Cada lugar donde se crece, se decide y se coopera puede convertirse en un bastión de la legalidad. 

Por eso, también, cada Día de Memoria es como una primavera de la militancia activa de la ciudadanía, una advertencia y una promesa de un futuro más justo que construir juntos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 31 de enero de 2026

Haced esto en memoria mía (1 Corintios 11, 24-26).

Haced esto en memoria mía (1 Corintios 11, 24-26)

En cada Eucaristía cristiana el presbítero lo dice: “Haced esto en memoria mía”.

 

Tantos nombres han sido borrados de la memoria pública… y su olvido tiene consecuencias concretas… la discriminación, la violencia, la exclusión... son tantas veces estructurales, institucionales, normalizadas…

 

Haced esto en memoria mía”.

 

No soy de los que dicen que no tiene sentido recordar. Al contrario. Aunque mientras recordamos la historia del mundo vaya claramente en la dirección opuesta de lo que recordamos.

 

Haced esto en memoria mía”.

 

La violencia aumenta, se consolida. Se ha convertido en lenguaje político legítimo, práctica institucional, consenso electoral. Cada vez es más fuerte, visible, aceptada e incluso reivindicada.


Haced esto en memoria mía”.

 

Oímos repetir la fórmula: «recordar para que no se repita nunca más». Pero, ¿qué significa eso concretamente?

 

Si por «no se repita» entendemos que no se repita de la misma forma histórica, entonces es obvio: ningún acontecimiento de la historia se repite nunca de forma idéntica.

 

Si, por el contrario, queremos decir que no se repita en esencia, es decir, en la lógica de la deshumanización, la destrucción colectiva, el aniquilamiento sistemático,…, entonces el problema es evidente. Estamos recordando mientras está ocurriendo de nuevo.

 

Haced esto en memoria mía”.

 

Si nuestra memoria solo puede hablar del pasado y no puede nombrar el presente, ¿para qué sirve realmente? Si solo recordamos lo que ya ha concluido, lo que ya es irreversible, aquello sobre lo que ya no podemos intervenir, entonces la memoria es estéril e inútil.

 

Sirve para honrar a los muertos, claro, y es justo. Pero ya no sirve para proteger a los vivos.

 

Haced esto en memoria mía”.

 

En algunos lugares de la memoria que he visitado, y han sido unos cuantos, siempre me ha llamado la atención las listas de nombres.


Miles, decenas de miles, grabados en las paredes. Leerlos es físicamente agotador… Y, sin embargo, es un esfuerzo que tiene sentido: cada nombre transmite la idea de que no se trata de números, sino de personas. De vidas individuales, concretas, interrumpidas.


Haced esto en memoria mía”.

 

Algo en la memoria nos invita a creer que «nunca más»… pero tantas veces la memoria funciona sobretodo como instrumento de separación entre el pasado y el presente. Sirve para decir: eso sucedió entonces, allí; lo que ocurre hoy es otra cosa. Como si el problema no fuera la lógica que atraviesa los acontecimientos de ayer y de hoy, de allí y de aquí.

 

Haced esto en memoria mía”.

 

Me pregunto si basta con recordar. Si basta con repetir gestos o con nombrar a los muertos si no somos capaces de reconocer los mecanismos que producen nuevas muertes. De ser así, la memoria ha dejado de cumplir su función principal.

 

Haced esto en memoria mía”.

 

En el centro de cada Eucaristía los cristianos recuerdan una biografía con un desenlace violento de muerte. Hacen memoria de un estilo de vida con un final abrupto. De una palabra revolucionaria. De un gesto subversivo.

 

Por eso, los cristianos guardan la memoria de Aquél que partió el pan y repartió el vino, y de aquellos hombres y mujeres que imitaron su gesto en un desenlace mortal, y a los que llamamos "mártires".


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 18 de enero de 2026

27 de enero: Día de la Memoria… ¿Memoria de qué?

27 de enero: Día de la Memoria… ¿Memoria de qué?

La Memoria. El Holocausto. La importancia de recordar. ¿Pero es necesario recordar? ¿Son necesarias las conmemoraciones con discursos oficiales que repiten «nunca más»? La pregunta puede parecer blasfema, ofensiva, indignante. Pero no lo es. 

 

El Día de la Memoria, que se celebra desde el año 2000, revela, si lo miramos bien, el abismo que existe entre la indignación de un día por la horrible masacre y nuestro comportamiento cotidiano, en el que las buenas intenciones se ven sofocadas por una indiferencia generalizada y por la reticencia a aceptar las razones del otro. El otro es el «número», es la «masa residual», es el «desperdicio», es el que debe permanecer fuera de nuestro mundo.

 

Es bueno que exista el Día de la Memoria, pero ha acumulado un defecto muy evidente: conmemora a las víctimas, señala el «mal absoluto», lo sitúa fuera de la historia, lo considera irrepetible y, al hacerlo, olvida el contexto y no ve las razones políticas, ideológicas y las responsabilidades individuales y colectivas que han permitido y permiten que prevalezca lo peor.

 

Miro a mi alrededor, observo el avance de tanta mala política con pésimos políticos y coincido en que el pasado está resurgiendo de la peor manera. Me convenzo de que estamos exhibiendo virtudes, cualidades morales y buenos sentimientos que no tenemos. A lo sumo, duran lo que dura una emoción.

 

Invocamos la necesidad de mantener firme en nuestro presente la conciencia del pasado para frenar los malos sentimientos, pero la barbarie avanza y ciertamente no contempla los magníficos destinos progresivos de una humanidad feliz, hecha de convivencias pacíficas. Repito: la pregunta inicial puede parecer irreverente, pero no lo es. Por dos razones.


La primera razón la sugiere una inquietante paradoja que me parece evidente. En los últimos años, el Holocausto ha sido objeto de numerosas actividades conmemorativas en todo el mundo occidental. Lo mismo que en los últimos años, el racismo y la intolerancia han aumentado desmesuradamente precisamente en los países en los que se hace la memoria del Holocausto.

 

Los datos lo confirman: la xenofobia, el racismo,…, han crecido de forma desmesurada. Hoy en día surgen contra-historias alternativas basadas en una reinvención del pasado que transforman a las víctimas en verdugos.

 

Es como decir: el 27 de enero se habla del Holocausto, de Auschwitz, de la Solución Final, pero luego se cierra y se adormece la conciencia.

 

Hoy en día, los genocidios y las masacres son innumerables. Nos indican que el Holocausto no fue un mal irrepetible, fuera de la historia: está muy presente en la historia y hoy está aquí, bajo otras formas.

 

La segunda razón es que lo que un día sucedió… se repite y vuelve a suceder. Así lo dice la actualidad de cada día. Nuestro mundo está pisoteando los derechos humanos, y la dignidad de las personas no parece ser la preocupación de la política de éxito. Avanza la ola negra de la extrema derecha, iliberal y posfascista, que con la complacencia de la democracia está destruyendo la democracia. Nos explican que ciertos discursos no deben preocuparnos porque ahora es diferente a entonces y las instituciones democráticas son sólidas: yo tengo algunas reservas al respecto.

 

Los datos nos informan de que las democracias antiliberales están en aumento y los inaceptables, ignorantes e incultos en el gobierno también están en expansión. Incluso el Gobierno de Benjamin Netanyahu ha perdido el rumbo y el Holocausto se ha convertido en un argumento no para legitimar el sacrosanto derecho a defenderse y a vivir libres y seguros, sino para justificar una venganza: aquel 7 de octubre de 2023 fue horrible. Pero la masacre de mujeres y niños en Gaza fue igualmente horrible.

 

El Holocausto debería enseñarnos que el fanatismo debe ser prohibido, venga de donde venga. Pero está ocurriendo lo contrario. Entonces, ¿sirven las conmemoraciones cuando no va acompañado de todo lo demás?

 

¿Cómo se puede repetir con contrición «nunca más» (a las masacres, a la deshumanización global de la política) ante la devastación que se está produciendo en estos años? ¿Cómo se puede proclamar en voz alta el respeto a la dignidad de las personas, de todas las personas, de cualquier persona, cuando la política va en la dirección contraria, donde lo que vale no es el derecho, sino la ley del más fuerte y el agresor siempre tiene la razón?


Hasta ayer, la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), la Carta del Derecho Internacional (1945) y las diversas convenciones reunían principios y comportamientos con los que se intentó, en la posguerra, consolidar las relaciones entre los individuos y las naciones: quien se salía del camino, y eso ocurría, era llamado al orden para que respetara las reglas.

 

Sí, las violaciones existían, pero se reconocían como tales. Hoy en día, la legalidad democrática y el Estado de derecho ya no están defendidos por la política. El poder ahora ignora soberanamente los derechos humanos y el derecho internacional, o los desconoce, o atenta abiertamente contra ellos.

 

El rostro de la política hoy en día es el de Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Vladimir Putin,…, y la fuerza bruta se ha convertido en el instrumento cotidiano que legitima el abuso, la opresión violenta y la violación de las normas del derecho internacional: ellos establecen las normas y Donald Trump nos da la poco reconfortante noticia de que será su moral la que guíe la geopolítica.

 

En este mundo, el Día de la Memoria no tiene cabida, desentona, porque quienes gobiernan este mundo han perdido la memoria y vuelven a lo peor del pasado. La ha perdido Israel y su Gobierno, para quienes el Holocausto se ha convertido en la coartada para legitimar las masacres en Gaza y Cisjordania. La ha perdido Putin y Trump nunca la ha tenido: ambos proyectan sobre el presente su desmesurado ego aderezado con insondables problemas psiquiátricos.

 

El Día de la Memoria se reduce a un rito, a una ficción, a una adhesión hipócrita a principios que al día siguiente son renegados por la libido de dominación y poder de estos señores.

 

El Día de la Memoria es hoy el sombrero que oculta el fracaso definitivo de nuestras conciencias. Nos devuelve brutalmente a la contradicción entre la promesa de que «nunca más» se repetirán las atrocidades del pasado reciente y un presente que está reproduciendo ese pasado hecho de arrogante orgullo y desprecio soberbio por la dignidad humana.

 

El Homo Sapiens tiene muy poco de sabio, irremediablemente inclinado como está a una borrachera de estupidez, brutalidad y destrucción: Ucrania, Gaza, Cisjordania, Irán y otras masacres que no aparecen ni se mencionan en los medios de comunicación en todo el mundo lo confirman.


¿Insistimos entonces con el Día de la Memoria? ¿Para hacer memoria de qué? ¿De que nos estamos yendo a otra parte? ¿De que estamos desmontando los instrumentos de esa memoria? ¿De que la deshumanización de la política es ya una norma generalizada que forma parte de la normalidad?

 

Me dan miedo las ideas distorsionadas. Y me dan miedo, seguramente más miedo, los personajes que engrosan esas ideas y las representan.

 

Si mantenemos el Día de la Memoria, hagamos lo necesario para devolverle una apariencia de credibilidad, démosle una dimensión crítica y universal. Junto al Holocausto, pongamos el genocidio de Gaza, pongamos a los miles de manifestantes asesinados por el régimen en Irán,...


Y reflexionemos sobre las masacres en el resto del mundo. Y hagámonos la pregunta crucial: ¿la lógica de la política está traduciendo en hechos los deseos del Día de la Memoria? ¿Se concilia el desorden internacional con los propósitos del Día de la Memoria?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 21 de septiembre de 2025

Las idas y venidas de la historia: la “solución final” nazi se repite en Gaza.

Las idas y venidas de la historia: la “solución final” nazi se repite en Gaza

Dentro de unos años, el Genocidio de Gaza, como el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, será una línea en los libros de historia, y luego quizá ni siquiera eso. ¿Es posible evitar un resultado así?

 

Empiezo por decir que dar un nombre a los acontecimientos es esencial. Significa comprenderlos, aceptarlos, hacerlos propios: un acontecimiento que antes estaba fuera de la mente, luego, mediante el nombre que se le atribuye, entra en ella y, de ser un objeto mudo, adquiere un significado.

 

Winston Churchill se refirió al exterminio de los judíos a manos de los nazis como un «crimen sin nombre», porque no había precedentes en la historia, por muy sangrienta que fuera, de la humanidad.

 

Pero entonces la necesidad de comprender de la mente comenzó a proponer nombres para el evento y, entre ellos, al final, se impuso uno: “Shoah”, término hebreo que significa «catástrofe». Pero ¿a qué tipo de catástrofe se refiere el término Shoah?

 

De hecho, la catástrofe puede referirse a muchas cosas y en el lenguaje cotidiano también utilizamos este término para acontecimientos poco catastróficos, como cuando, hablando de una obra de teatro, decimos «la función fue una catástrofe». Por lo tanto, es necesario especificar el tipo de catástrofe a la que nos referimos al decir Shoah, aclarar cuál fue la catástrofe particular que los nazis llevaron a cabo con la operación que ellos denominaron Endlösung, «solución final».

 

La mejor respuesta es la que dio el jurista judío polaco Raphael Lemkin con el término que acuñó para nombrar el contenido específico de la Shoah: «genocidio». El Holocausto es la catástrofe que consistió en el genocidio del pueblo judío. No sé en qué año cada término apareció por primera vez en nuestra castellana. El término acuñado por Raphael Lemkin en 1944 es el resultado de dos palabras antiguas: el griego «genos», pueblo, y el latín «cidium» (del verbo «caedere», «matar») del que deriva «homicidium».

 

El genocidio es el asesinato de todo un pueblo. ¿Hubo otros genocidios antes del Holocausto? Al menos dos: el de los armenios a manos de Turquía entre 1915 y 1916 con 1.5 millones de víctimas, y el genocidio planeado por Joseph Stalin contra los ucranianos con la gran hambruna de 1933-34 conocida como “Holodomor”, con 3.5 millones de víctimas.

 

En aquella época, sin embargo, no existían Días de la Memoria y por eso Adolf Hitler pudo declarar en 1939: «¿Quién habla todavía hoy de la aniquilación de los armenios?»  - según el informe del embajador británico del 25 de agosto 1939 -. Es evidente que el silencio en el que había caído el genocidio de los armenios le animó a llevar a cabo el genocidio que estaba planeando para los judíos y que puso en práctica poco después.

 

Lo cual demuestra que existe un profundo vínculo entre las formas de mal extremo que los seres humanos son capaces de cometer, y es tarea del pensamiento identificar dicho vínculo.

 

Pero también existe un vínculo al menos igual de profundo entre las formas de bien extremo que los seres humanos también son capaces de practicar, y también es tarea del pensamiento identificarlas y tarea del corazón celebrarlas.


 

No sé si habrá Día de la Memoria para los palestinos muertos en el genocidio de Gaza. Pero habría que hacer lo posible para que se comprenda que se podría crear ese Día de la Memoria: en relación con el pasado, recordar los nombres y los rostros de quienes fueron asesinados, y en relación con el futuro, prevenir cualquier posible nuevo genocidio.

 

Al igual que antes del genocidio judío hubo dos genocidios recordados, así también le siguieron otros. ¿Cuántos? Según Gregory Stanton, fundador de «Genocide Watch», desde 1948 hasta hoy se han producido más de 55 exterminios definibles como «genocidio», con 70 millones de víctimas. Hoy estamos asistiendo al que se está realizando en Gaza.

 

Auschwitz no termina… nunca ha terminado. Aquel Holocausto no debe considerarse algo único y, por consiguiente, irrepetible en la historia, sino más bien como el genocidio paradigmático del siglo XX - y de este tiempo del siglo XXI -, una lente de aumento para identificar cualwuier otra posibilidad de genocidio.

 

Aquel Holocausto fue un genocidio «paradigmático»: el paradigma es el modelo gramatical de la conjugación de una acción. En él no están contenidas todas las formas posibles que la acción adoptará, pero gracias a él es posible reconocerlas. La Memoria de todos y de cada uno de los Holocaustos debiera representar un paradigma que permita reconocer todas las formas posibles de la conjugación del verbo del terror y del odio.

 

Uno de los primero en hablar de aquel Holocausto como genocidio paradigmático fue el historiador israelí Yehuda Bauer, quien, sin embargo, añadió:

 

«No hay diferencia entre el sufrimiento de los judíos, los tutsis, los rusos y los chinos, los congoleños o cualquier pueblo que se haya visto envuelto en un asesinato en masa genocida. No existe una gradación en el sufrimiento... por lo tanto, no existe ningún genocidio peor que otro. La idea de competencia no solo es repugnante, sino totalmente ilógica».

 

Este es el punto delicado de la cuestión: definir aquel Holocausto como un genocidio «sin precedentes» utilizando una categoría histórica, o definirlo como «unicidad absoluta» incomparable con cualquier otro genocidio utilizando una categoría metahistórica y llegando incluso a diferenciar el valor de las víctimas y su sufrimiento. Aquel Holocausto fue un genocidio sin precedentes pero que como ocurrió… puede volver a ocurrir. De hecho ha ocurrido y sigue ocurriendo.

 

Comenzaba mi reflexión diciendo que dentro de unos años el Genocidio de la Gaza será una línea en los libros de historia, y luego ni siquiera eso. Evitar un resultado así es un deber de todo ser humano dotado de una conciencia moral recta, porque cualquier Genocidio debe seguir siendo estudiado y recordado por todos.


La única manera de mantener viva la memoria de este Genocidio es abrirlo a los genocidios que han salpicado el siglo XX y que siguen ocurriendo, en este nuestro tercer milenio, en todo el mundo.

 

Porque si nos limitamos a contar lo que le sucedió al pueblo judío en el Holocausto, si nos encerramos en una visión defensiva de la memoria, habremos perdido la batalla desde el principio. Abrirse a una visión no defensiva de la memoria significa erigir la memoria del Holocausto en paradigma sobre el que reconocer cualquier otro genocidio como el de Gaza.

 

Israel no puede olvidar las palabras de Adolf Hitler de 1939 sobre el genocidio olvidado de los armenios: «¿Quién habla todavía hoy de la aniquilación de los armenios?» También porque, si hay un pueblo que pudiera comprender la atrocidad de no ver reconocidos sus propios sufrimientos, ese podría ser precisamente el pueblo judío.

 

Se alcanza la madurez humana cuando se incluyen los sufrimientos de los demás en nuestra memoria


Cuando lo acusaron de traicionar la religión porque acogía también a los parias, infringiendo el orden de las castas, Buda respondió: «La sangre de todos es roja y las lágrimas de todos son saladas. Todos somos seres humanos».

 

Si hubiera un Día de la Memoria que transformáramos en Día de todos y cada uno de los Holocaustos y de la prevención del genocidio hasta podría ser un recuerdo eficaz para evitar que el Genocidio de Gaza se reduzca a una línea en los libros de historia y que un día tal vez ni siquiera a eso.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 3 de febrero de 2025

Somos nuestra memoria: hacer de la memoria una instancia fecunda.

Somos nuestra memoria: hacer de la memoria una instancia fecunda 

Mirar hacia atrás es un poco como renovar la mirada, curarla. Hacerla más adecuada para su función principal, la de mirar hacia adelante” (Margaret Fairless Barber). 

«Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro»: así subrayó el escritor chileno Luis Sepúlveda el estrecho vínculo que existe entre el pasado, preservado por la memoria, la comprensión del presente y, por tanto, la construcción del futuro. En un mundo cada vez más acelerado, hiperconectado pero igualmente desconectado, con una memoria cada vez más "a corto plazo", redescubrir este principio es decisivo. Soy consciente, lo sé, de que una vez más me encuentro insistiendo en este tema tan importante como frágil. Pero es necesario. 

Tantas veces la cuestión importante, seguramente hasta urgente, sobre la que empezar a reflexionar seriamente pasa a ser la pérdida de este pasado. Se corre el riesgo de convertirse en polluelos que salen de su caparazón y se encuentran en un mundo ya hecho. En cambio, una cosa importante, de manera más general y no sólo en la memoria, es saber que cada uno de nosotros viene al mundo en un momento determinado y en un lugar determinado y, en etapas forzadas, debemos ubicarnos en el mundo. Estas etapas implican, sin embargo, que cada uno de nosotros pertenece a una cultura que se ha formado a lo largo de los años, a lo largo de siglos y milenios. Y si no conoces esta cultura, en un mundo cada vez más multifacético, acabas volviéndote ingenuo. Tener una memoria histórica, de otra manera, es decir, saber que hemos llegado a ser lo que somos a través de un proceso y no hemos sido desalojados en el tiempo y el espacio, es un hecho importante. Nuestra identidad y nuestro futuro están en juego pero también, si se me permite, nuestra dignidad. 

Soy ciertamente consciente de que la memoria es difícil, a veces incómoda, no pocas veces se deja caer en la indiferencia, pero la cuestión es grave y creo que ha llegado el momento de elegir, sin miedo, si queremos seguir proclamando la necesidad de pensando en la renovación podemos implementarla con unos remiendos en un vestido gastado o si finalmente queremos cambiarnos de ropa - habitus -. 

Sólo en esta perspectiva la memoria, inserta en este tiempo que sigue recubriendo lo que nos incomoda recordar del pasado, se convierte en un espacio hermenéutico, de interpretación, de comprensión, del presente que habitamos. Por eso, en efecto, si el pasado es el lugar donde buscar recuerdos, la base para construir la memoria, el presente es el tiempo de la iniciativa, de ese inicio de acción que se abre al futuro a través de la promesa. Prometer en el presente, además, es apostar a que el mal no cree un sistema; significa construir un certificado de confianza hacia los demás, hacia uno mismo, hacia la comunidad a la que se pertenece. 

La memoria, sin embargo, no debe ser sólo una memoria pasiva de lo que ha sido y ni siquiera debe transformarse en un monumento institucionalizado consignado a la historia, sino que debe ser una memoria viva. Por eso es necesario sembrar, con conciencia, evitando el silencio, la memoria en el presente y hacerla parte de la conciencia individual y social. Necesitamos crear una memoria histórica, coral, compartida, común a la ciudadanía. El recuerdo, que debe estar vivo y vital para todos nosotros, por tanto, a pesar de mil contradicciones y tensiones, sigue siendo ese terreno fértil en el que la historia trae algo bueno en nuestro presente y a nuestro futuro. 

Sí, “la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados” (Jean Paul). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

De la memoria y su abuso.

De la memoria y su abuso 

Los griegos, que describieron (casi) todo sobre el comportamiento humano, no por casualidad idearon la figura de dos gemelas complementarias, Mnemosyne, diosa de la Memoria, y Lete, diosa del Olvido. Como para sugerir que las dos actitudes deben calibrarse y que un exceso de cualquiera de ellas sería deletéreo. Lete es también el río en el que uno se sumerge para olvidar y renacer a una nueva vida. Platón decía en la República: «Las almas partían hacia la llanura del Lete, acampaban junto al río Amelete, eran obligadas a beber y poco a poco los que bebían olvidaban todo». Este más que breve excursus literario muestra cómo el tema del buen uso de la memoria es antiguo. Y siempre vuelve a la palestra en momentos en que la crónica atraviesa la historia, la llama como testigo para dirimir razones y agravios, se recupera a la carta según lo que se necesite para justificar el propio derecho. 

Ocurre entre rusos y ucranianos, ocurre entre palestinos e israelíes. Ocurre en Navarra y en Euskadi. Hacer ejercicio de la memoria siempre es bueno, es la opinión común de nuestro tiempo. Pero ¿es realmente así? se preguntó el intelectual -filósofo y literato- Tzvetan Todorov (1939-2017), búlgaro y nacionalizado francés, uno de los mayores pensadores de la posguerra hasta la actualidad. Llegando a la provocadora conclusión de que desde finales del siglo XX los europeos hemos estado obsesionados con el culto a la memoria hasta el punto de descarrilar en ‘El abuso de la memoria’ (título de uno de sus libros). También había abordado el tema en ‘Memoria del mal, tentación del bien’, manual de uso de la historia y mejor manera de utilizar la historia y la memoria. 

Solemos subrayar la necesidad de seguir siendo testigos y guardianes de la memoria. ¿De qué memoria? ¿De una memoria interesada y, por lo tanto, parcial y selectiva? 

No se trata de caer en la tentación del negacionismo. Tampoco del reduccionismo. Se trata, yo creo, de tener una “buena memoria” que archiva sin borrar. Pero, también, y junto a ello, hay que contraponer una «mala memoria», la que encadena al pasado, impide abrir horizontes hacia el futuro porque perpetúa el mecanismo de cierta memoria del pasado y trata de silenciar otras memorias. A menudo, y para conseguir avanzar hacia adelante a lo mejor tenemos más necesidad de olvidar que de recordar. Y, si no es así, estemos alerta y prevenidos para no entrar en interesadas memorias que tratan de seleccionar qué recordar y qué olvidar, que mencionar o qué obviar. 

Si el recuerdo del pasado conduce a la muerte ¿cómo no preferir el olvido? ¿No han tenido razón aquellos israelíes y palestinos que, reunidos en torno a la misma mesa en Bruselas en marzo de 1988 expresaron la convicción de que para empezar a hablar hay que poner el pasado entre paréntesis? Si el pasado debe regular el presente, ¿quién de los judíos, cristianos o musulmanes renunciará a sus reivindicaciones territoriales sobre Jerusalén? Sí, a veces las preguntas son correctas. Y también, las respuestas erróneas. Por ejemplo, los judíos recuerdan las agresiones sufridas por los estados árabes. Los palestinos la «Nakba». Es la espiral de violencias de las que se hace memoria. Siempre una memoria parcial y selectiva. Unos recuerdan unas cosas. Otros, otras. La desconfianza mutua escala hasta la conclusión de la imposibilidad de la única solución entre dos pueblos para dos Estados vecinos. 

Es verdad. Cualquier comparación queda coja, pero la persistencia de los problemas de memoria mal es similar en distintas latitudes. Vladimir Putin invade Ucrania utilizando como coartada el miedo a un retorno del nazismo, desentierra a Stepan Andrijovic Bandera, el polémico nacionalista ucraniano colaborador de Hitler, intenta convencer a su pueblo de que el espacio vital ruso está en peligro porque unas banderas con la imagen de Bandera. Reminiscencias de los orígenes rusos en la actual capital ucraniana, el Dniepr como el río sagrado de la mitología rusa mitología rusa. En sólo cien días, en 1994, un millón de personas son exterminadas en Ruanda. Los hutus matan a los tutsis (y a los hutus moderados moderados) debido al odio racial cultivado en las décadas en que la minoría tutsi representaba la élite social y cultural del país. En los mismos años 90, la disolución de Yugoslavia apoyó su base de consenso en el uso ultra político de la historia. En el último año antes de que tronaran los cañones, las cadenas de televisión de Zagreb emitían prácticamente todos los días documentales sobre las masacres de serbios contra la población croata. Y, por el contrario, en Belgrado la propaganda difundió masacres de Ustaša Croatas contra los serbios. Estos fueron los hechos de casi 50 años antes. Pero de repente viejas palabras volvieron a la vista. Los croatas eran sin distinción «ustashas», los serbios “cetnics”. Y los musulmanes de Bosnia «balje», turcos, herederos de los opresores de la Sublime Puerta expulsados durante las guerras balcánicas que precedieron a la Primera Guerra Mundial. Además, los serbios desenterraron los mitos de la batalla de Kosovo Polje de 1389, la gloriosa derrota contra el sultán, la base de la epopeya del pueblo celestial sacrificado por la salvación de Europa en Kosovo cuna del primer patriarcado ortodoxo, el valle de los monasterios guardianes de la fe ortodoxa. Aún hoy, Serbia no reconoce la independencia de esa tierra sagrada para ellos y en la zona se vive en el limbo de la no-paz-no guerra. Y conviene recordar la máxima de Winston Churchill que confirma una vieja actitud: «Los Balcanes producen más historia de la que pueden consumir». Si en lugar de las masacres mutuas, las televisiones de las ex repúblicas yugoslavas hubieran enviado imágenes de matrimonios mixtos, tal vez no hubiera habido aquel conflicto que generó un holocausto humano. 

Vuelvo a decirlo. Cualquier comparación queda coja. Por otra parte, existe un caso virtuoso. El fin del apartheid en Sudáfrica. A cuyo éxito contribuyó en gran medida la ‘Comisión de la Verdad y la Reconciliación’, un organismo creado para dar a los culpables de crímenes o crímenes contra la humanidad la oportunidad de confesar en público a cambio de inmunidad. Los opresores y oprimidos que, quizás o seguramente sin amarse, se encontraron construyendo una verdad compartida, impidiendo cualquier forma de negacionismo en el futuro y fomentando el inicio de un camino común. 

En el sector privado no es diferente el dualismo entre memoria y olvido. Yevfrosíniya Kersnóvskaya, una aristócrata rusa de Odesa, en ‘Cuánto vale un hombre’, la crónica de sus doce años pasados ​​en el gulag en doce cuadernos con 680 dibujos, escribe al final: “Mamá, me pediste que escribiera la historia de estos tristes años de aprendizaje. Respeté tu último deseo. ¿Pero no hubiera sido mejor que todo esto desapareciera en el olvido?” Y una ex desaparecida argentina, torturada en las cárceles clandestinas de Jorge Rafael Videla: "Sólo hablo de ciertas cosas con mis plantas". 

Tzvetan Todorov distingue entre los genocidios llevados a cabo en nombre del nacimiento del hombre nuevo y, por tanto, del borrado de la memoria (Unión Soviética, Camboya,…) y los que, en cambio, hacen descansar sus inverecundas «razones» en el pasado -por ejemplo todos los genocidios de los años setenta en adelante-. Y afirma: «El pasado no tiene justificación en sí mismo, no segrega ningún valor por sí mismo. El sentido y el valor proceden de los sujetos humanos que lo cuestionan y juzgan». Y de nuevo: «La sacralización del pasado le priva de toda eficacia sobre el presente; pero la mera asimilación del presente al pasado nos ciega sobre ambos, y a su vez provoca la injusticia. El camino entre la sacralización y la banalización del pasado puede parecer estrecho, como entre servir al propio interés y enseñorearse de los demás; y, sin embargo, existe». Lo que no existe aquí, y ahora, son líderes capaces como Nelson Mandela y de F. W. de Klerk de identificar ese estrecho camino y recorrerlo juntos. Sin olvidar el pasado, pero sin convertirlo en un peñasco insalvable sobre los hombros de los contemporáneos. 

Está por ver, a mi modo de ver, si cierto uso de la memoria, de un lado y del otro, no nos está dificultando, más que facilitando, construir juntos, y desde tan diferentes como legítimas opciones políticas, nuestra sociedad. En todo caso, y si hacemos memoria, que no sea una memoria parcial y selectiva, y por ende, in-completa e in-justa, sino abordando toda la complejidad: la de aquellos que sufrieron en carne propia la violencia terrorista de ETA (a todas luces, una violencia sin justificación), y la de quienes sufrieron aquella otra violencia por parte de las fuerzas de seguridad de un Estado que se decía y se dice democrático (y realizada bajo el amparo del derecho y del poder). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 28 de enero de 2025

Día de las Memorias.

Día de las Memorias 

Estaría bien recordar todas las masacres 

El 27 de enero de 1945, las tropas rusas del 60º Ejército llegaron las primeras a Auschwitz -la ciudad polaca de Oświęcim-, descubrieron el campo de concentración nazi y liberaron a sus supervivientes. Por tanto, en la aclamada película «La vida es bella», se comete un error histórico al introducir tanques estadounidenses. Fueron los rusos quienes liberaron Auschwitz. 

Hoy, sin embargo, más que un Día de la Memoria, deberíamos celebrar un DÍA DE LAS MEMORIAS, un momento de reflexión transversal y universal que recuerde todos los genocidios y masacres con los que el hombre ha ensuciado el concepto de humanidad y su propia historia. Empezando por el primer genocidio real de los tiempos modernos, el perpetrado contra los armenios a principios del siglo XX. 

También hubo un genocidio en los últimos años, en 1994, cuando alrededor de 1.000.000 de personas fueron brutalmente masacradas en Ruanda. ¿Y cómo no recordar los igualmente recientes perpetrados en Srebreniza durante la terrible guerra de los Balcanes? ¿Y cómo no recordar la represión de los rohinyás y las masacres étnicas en África? 

Así pues, hagamos un esfuerzo por recordar. No sólo murieron judíos en este mundo. Hubo el genocidio de los nativos americanos (se calcula que más de 100.000.000 de muertos), el ya mencionado genocidio ruandés (1.000.000 de muertos), las masacres de Foibe (se calcula que 2.500 muertos y 7.500 desaparecidos), la masacre del pueblo armenio (1.000.000 - 1.500.000 muertos), el holodomor ucraniano (se calcula que 10.000.000 muertos), el genocidio camboyano a manos de los jemeres rojos (2.000.000 de muertos), la inolvidable masacre de Srebrenica (estimación de 10.000 muertos), las masacres de Darfur y Biafra (2.500.000 muertos), la masacre de Timor Oriental, los desaparecidos argentinos, la persecución en el Tíbet y de los uigures. 

Ha habido (¡y sigue habiendo!) un genocidio silencioso y sistemático del pueblo palestino. La guerra de Gaza también ha sido calificada de genocidio por el Tribunal Internacional de La Haya. Levantó su voz contra Israel un país que conoce bien el apartheid: Sudáfrica. 

¿Holocausto o Shoah? Ni lo uno ni lo otro. Fue Genocidio. 

Es necesario utilizar bien las palabras. “Holocausto”, término utilizado durante muchos años para indicar la tragedia del antisemitismo, es en realidad un término aborrecido por los judíos, que asocian la palabra holocausto con «sacrificio» (la Biblia nos habla de muchos holocaustos dirigidos a Adonai desde la época de los patriarcas). Y, por tanto, aplicar el término al exterminio nazi es impropio: ¿acaso que los judíos fueron o se ofrecieron a sí mismos como sacrificio? Por supuesto que no. 

Pero incluso el término “Shoah” no es del todo apropiado: significa “destrucción” pero la raíz semánticamente no contiene el concepto de destrucción a manos del hombre. Incluso el “tsunami” es shoah para un judío que conoce la diferencia con la persecución sufrida en Europa cuando el exterminio vino a manos del hombre. Por eso Israel está tan unido a Dios. Porque no fue Dios quien lo quiso, sino el hombre. 

Por ello, el término más correcto fue “'genocidio”', acuñado en 1944 por el jurista Raphael Lemkin, nacido en el seno de una familia de judíos polacos, que se interesó por el genocidio armenio y propuso a la Sociedad de Naciones prohibir lo que denominó “'barbarie”' (el exterminio de un grupo étnico) y “'vandalismo”' (la destrucción de la cultura de un grupo étnico). Acuñó el término “genocidio”, que deriva del griego genos (familia, tribu o raza) combinado con el sufijo latino “'cidio”' (matar). La primera publicación en la que apareció el neologismo fue “'Axis Rule in Occupied Europe: Laws of Occupation - Analysis of Government - Proposals for Redress”', publicada en 1944. 

Desde entonces, el término genocidio indica la destrucción metódica de un grupo nacional, étnico, racial o religioso. 

La teología judía se ha esforzado en los últimos años por intentar dar una respuesta y permitirnos seguir hablando de Dios, a pesar de Auschwitz, un crimen que sigue estando totalmente atribuido a la perversión humana. 

Los 6 millones de judíos exterminados en los campos de Auschwitz, Treblinka, Mathausen, Bergen Belsen, Buchenwald, por citar sólo los más grandes, son historia, la peor página de la historia humana. Pero no menos escandaloso es el genocidio que está llevando a cabo Israel contra el Pueblo Palestino. Doblemente escandaloso porque lo perpetra un pueblo que ha vivido en carne propia la persecución. Verdaderamente inexplicable. 

Para quienes se aventuren en las páginas de Hanna Arendt, Anna Franck, Elie Wiesel por citar a algunos de los autores más conocidos, existe la posibilidad de comprender cómo el judío vivió la tragedia de la aniquilación. Pero detrás de los líderes y jerarcas había un pueblo que obedecía las leyes injustas en Alemania. Un rebaño ciego que había apagado su corazón. 

Para resolver el problema «judío», se plantearon incluso utilizar una isla: Madagascar. Optaron por la destrucción masiva, más barata y eficaz. 

Tener Memoria no sólo significa recordar. Tener Memoria significa recordar para atesorar la experiencia. 

En el Día de la Memoria o, mejor aún en el Día de las Memorias, deseamos que la hipocresía desaparezca, que la retórica de las palabras caiga al suelo, que las mentes obunibilizadas por verdades de conveniencia vean por fin, comprendan por fin. Que por fin tomen conciencia. 

Tener memoria significa no tergiversar la historia y reconocer (con no poca amargura) que los hombres no aprendemos nada de la historia. Cuando se trata de prevaricar, todos somos iguales. Hagamos memoria, recordemos,..., mientras vivimos el presente y caminamos hacia el futuro... pero mirando la realidad a la cara. 

Logrando, si es posible, tomar conciencia.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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