domingo, 18 de enero de 2026

27 de enero: Día de la Memoria… ¿Memoria de qué?

27 de enero: Día de la Memoria… ¿Memoria de qué?

La Memoria. El Holocausto. La importancia de recordar. ¿Pero es necesario recordar? ¿Son necesarias las conmemoraciones con discursos oficiales que repiten «nunca más»? La pregunta puede parecer blasfema, ofensiva, indignante. Pero no lo es. 

 

El Día de la Memoria, que se celebra desde el año 2000, revela, si lo miramos bien, el abismo que existe entre la indignación de un día por la horrible masacre y nuestro comportamiento cotidiano, en el que las buenas intenciones se ven sofocadas por una indiferencia generalizada y por la reticencia a aceptar las razones del otro. El otro es el «número», es la «masa residual», es el «desperdicio», es el que debe permanecer fuera de nuestro mundo.

 

Es bueno que exista el Día de la Memoria, pero ha acumulado un defecto muy evidente: conmemora a las víctimas, señala el «mal absoluto», lo sitúa fuera de la historia, lo considera irrepetible y, al hacerlo, olvida el contexto y no ve las razones políticas, ideológicas y las responsabilidades individuales y colectivas que han permitido y permiten que prevalezca lo peor.

 

Miro a mi alrededor, observo el avance de tanta mala política con pésimos políticos y coincido en que el pasado está resurgiendo de la peor manera. Me convenzo de que estamos exhibiendo virtudes, cualidades morales y buenos sentimientos que no tenemos. A lo sumo, duran lo que dura una emoción.

 

Invocamos la necesidad de mantener firme en nuestro presente la conciencia del pasado para frenar los malos sentimientos, pero la barbarie avanza y ciertamente no contempla los magníficos destinos progresivos de una humanidad feliz, hecha de convivencias pacíficas. Repito: la pregunta inicial puede parecer irreverente, pero no lo es. Por dos razones.


La primera razón la sugiere una inquietante paradoja que me parece evidente. En los últimos años, el Holocausto ha sido objeto de numerosas actividades conmemorativas en todo el mundo occidental. Lo mismo que en los últimos años, el racismo y la intolerancia han aumentado desmesuradamente precisamente en los países en los que se hace la memoria del Holocausto.

 

Los datos lo confirman: la xenofobia, el racismo,…, han crecido de forma desmesurada. Hoy en día surgen contra-historias alternativas basadas en una reinvención del pasado que transforman a las víctimas en verdugos.

 

Es como decir: el 27 de enero se habla del Holocausto, de Auschwitz, de la Solución Final, pero luego se cierra y se adormece la conciencia.

 

Hoy en día, los genocidios y las masacres son innumerables. Nos indican que el Holocausto no fue un mal irrepetible, fuera de la historia: está muy presente en la historia y hoy está aquí, bajo otras formas.

 

La segunda razón es que lo que un día sucedió… se repite y vuelve a suceder. Así lo dice la actualidad de cada día. Nuestro mundo está pisoteando los derechos humanos, y la dignidad de las personas no parece ser la preocupación de la política de éxito. Avanza la ola negra de la extrema derecha, iliberal y posfascista, que con la complacencia de la democracia está destruyendo la democracia. Nos explican que ciertos discursos no deben preocuparnos porque ahora es diferente a entonces y las instituciones democráticas son sólidas: yo tengo algunas reservas al respecto.

 

Los datos nos informan de que las democracias antiliberales están en aumento y los inaceptables, ignorantes e incultos en el gobierno también están en expansión. Incluso el Gobierno de Benjamin Netanyahu ha perdido el rumbo y el Holocausto se ha convertido en un argumento no para legitimar el sacrosanto derecho a defenderse y a vivir libres y seguros, sino para justificar una venganza: aquel 7 de octubre de 2023 fue horrible. Pero la masacre de mujeres y niños en Gaza fue igualmente horrible.

 

El Holocausto debería enseñarnos que el fanatismo debe ser prohibido, venga de donde venga. Pero está ocurriendo lo contrario. Entonces, ¿sirven las conmemoraciones cuando no va acompañado de todo lo demás?

 

¿Cómo se puede repetir con contrición «nunca más» (a las masacres, a la deshumanización global de la política) ante la devastación que se está produciendo en estos años? ¿Cómo se puede proclamar en voz alta el respeto a la dignidad de las personas, de todas las personas, de cualquier persona, cuando la política va en la dirección contraria, donde lo que vale no es el derecho, sino la ley del más fuerte y el agresor siempre tiene la razón?


Hasta ayer, la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), la Carta del Derecho Internacional (1945) y las diversas convenciones reunían principios y comportamientos con los que se intentó, en la posguerra, consolidar las relaciones entre los individuos y las naciones: quien se salía del camino, y eso ocurría, era llamado al orden para que respetara las reglas.

 

Sí, las violaciones existían, pero se reconocían como tales. Hoy en día, la legalidad democrática y el Estado de derecho ya no están defendidos por la política. El poder ahora ignora soberanamente los derechos humanos y el derecho internacional, o los desconoce, o atenta abiertamente contra ellos.

 

El rostro de la política hoy en día es el de Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Vladimir Putin,…, y la fuerza bruta se ha convertido en el instrumento cotidiano que legitima el abuso, la opresión violenta y la violación de las normas del derecho internacional: ellos establecen las normas y Donald Trump nos da la poco reconfortante noticia de que será su moral la que guíe la geopolítica.

 

En este mundo, el Día de la Memoria no tiene cabida, desentona, porque quienes gobiernan este mundo han perdido la memoria y vuelven a lo peor del pasado. La ha perdido Israel y su Gobierno, para quienes el Holocausto se ha convertido en la coartada para legitimar las masacres en Gaza y Cisjordania. La ha perdido Putin y Trump nunca la ha tenido: ambos proyectan sobre el presente su desmesurado ego aderezado con insondables problemas psiquiátricos.

 

El Día de la Memoria se reduce a un rito, a una ficción, a una adhesión hipócrita a principios que al día siguiente son renegados por la libido de dominación y poder de estos señores.

 

El Día de la Memoria es hoy el sombrero que oculta el fracaso definitivo de nuestras conciencias. Nos devuelve brutalmente a la contradicción entre la promesa de que «nunca más» se repetirán las atrocidades del pasado reciente y un presente que está reproduciendo ese pasado hecho de arrogante orgullo y desprecio soberbio por la dignidad humana.

 

El Homo Sapiens tiene muy poco de sabio, irremediablemente inclinado como está a una borrachera de estupidez, brutalidad y destrucción: Ucrania, Gaza, Cisjordania, Irán y otras masacres que no aparecen ni se mencionan en los medios de comunicación en todo el mundo lo confirman.


¿Insistimos entonces con el Día de la Memoria? ¿Para hacer memoria de qué? ¿De que nos estamos yendo a otra parte? ¿De que estamos desmontando los instrumentos de esa memoria? ¿De que la deshumanización de la política es ya una norma generalizada que forma parte de la normalidad?

 

Me dan miedo las ideas distorsionadas. Y me dan miedo, seguramente más miedo, los personajes que engrosan esas ideas y las representan.

 

Si mantenemos el Día de la Memoria, hagamos lo necesario para devolverle una apariencia de credibilidad, démosle una dimensión crítica y universal. Junto al Holocausto, pongamos el genocidio de Gaza, pongamos a los miles de manifestantes asesinados por el régimen en Irán,...


Y reflexionemos sobre las masacres en el resto del mundo. Y hagámonos la pregunta crucial: ¿la lógica de la política está traduciendo en hechos los deseos del Día de la Memoria? ¿Se concilia el desorden internacional con los propósitos del Día de la Memoria?


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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