Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo - San Juan 1, 29-34 -
«He aquí el cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo».
El cordero sin defecto, macho (Ex 12,5; Lev 9,3), de leche (Sir 46,16). «Será aceptable como víctima para consumir con fuego para el Señor» (Lv 22,27), «como sacrificio de reparación para ofrecer con el rito de elevación, para realizar la expiación» (Lv 14,21). El aire está lleno de sus pequeños balidos, ahogados en sangre, degollados por los sacerdotes en el Templo (Lv 14,25) —«¡Es la Pascua del Señor!» (Ex 12,11)—, mientras fuera de la ciudad, fuera del campamento, Él se entrega hasta el final (Jn 13,1).
Él es la verdadera Pascua; Él es el verdadero Cordero, que con su sangre consagra las casas de los fieles. «Tomarán un poco de su sangre y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas en las que lo comerán» (Éx 12,7); lo comerán apresuradamente, listos para partir, con pan sin levadura y hierbas amargas, sin dejar nada para la mañana siguiente; «la sangre sobre las casas donde os encontréis servirá de señal a vuestro favor: yo veré la sangre y pasaré de largo» (Ex 12,13).
Aquel día, «Juan, al ver a Jesús que se acercaba, dijo: “¡He aquí el Cordero de Dios!”». Puedes estar tranquilo, Isaac, puedes volver a sonreír. Esa leña cortada no es para ti, ni el fuego ni el cuchillo; tu padre Abraham tenía razón: «Dios mismo se proveerá el cordero para el holocausto» (cf. Gn 22,8-14). Él es la víctima, el Cordero prefigurado por la antigua ley; no es elegido del rebaño, sino enviado del cielo.
Todo se precipita, todo corre hacia la Pascua: todo se recapitula allí. Y la ternura del niño del pesebre es la misma ternura del cordero manso (Jer 11,19) que nos mira desde la cruz: «la cabeza inclinada para besarnos, los brazos extendidos para abrazarnos» (San Buenaventura, De perfectione, VI, 10).
«Maltratado, se dejó humillar y no abrió la boca; era como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante sus esquiladores, y no abrió la boca» (Is 53,7). Y en estos días me vienen a la mente los niños masacrados - inocentes santos -. No puedo dejar de mirar los rostros de algunos de ellos, tan jóvenes, tan hermosos. Silenciosos, pequeños, inocentes, llevados al matadero para que nadie recuerde más su nombre (Jer 11,19). Mientras Cristo moría en la cruz por el odio del mundo, también sus llantos, sus gemidos, sus últimas palabras subían al cielo junto con los balidos de los corderos degollados en el Templo.
«¿Qué puede haber en común entre el lobo y el cordero? Así entre el pecador y el justo» (Sir 13,17). Sin embargo, Él, que era el único justo —o quizás precisamente porque era el único justo—, quiso ocupar nuestro lugar de condena. Por este amor, Él quita el pecado del mundo: sabiduría del autor sagrado, que no escribe «los pecados», sino «el pecado», en singular. Porque Dios se echa los pecados a la espalda (Is 38,17), pero la masa del mal en el corazón del mundo, la densa oscuridad de su egoísmo, el cúmulo de sus ruinas, de su violencia, de su maldad, eso sí que pesa sobre el corazón de Dios hasta quitarle el aliento.
Es este peso sobre el corazón de Dios el que Jesús viene a tomar sobre sí, sin ser en lo más mínimo responsable, en lo más mínimo culpable. Para devolverle el aliento al Padre y reconciliarnos con Él. Y basta una mínima, pequeña, incluso superficial intuición de lo denso, lo oscuro, lo pesado que es este mal del mundo —este pecado del mundo— para no sorprendernos ante la violencia con la que todo esto se abatirá sobre el pobre Jesús.
Una sola víctima se ofreció a tu grandeza, expiando de una vez por todas el pecado de toda la humanidad. También nosotros podemos volver a estar tranquilos, junto con Isaac, porque Dios mismo se ha provisto del cordero, y ahora somos esa inmensa multitud, que nadie puede contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas (Ap 7,9) que está de pie ante Él.
También nosotros podemos participar en el banquete nupcial (Ap 19,9) porque hay una parte de nuestra humanidad que nunca conoceremos, que ya no conoceremos, porque Él ha querido tomarla toda y solo Él: nuestra condena, nuestra exclusión, nuestro infierno.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo… a Ti nuestra oración: https://www.youtube.com/watch?v=fRL447oDId4
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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