Mostrando entradas con la etiqueta Parroquia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Parroquia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Pensar sinodalmente en procesos de reforma eclesial.

Pensar sinodalmente en procesos de reforma eclesial 

Mi reflexión trata de ser muy concreta. Y ciertamente es muy limitada. Y ya lo adelanto desde el comienzo: el reto es facilitar y acompañar procesos de reforma en el marco específico de una Iglesia sinodal. 

Dicho con otras palabras, yo no entro en la cuestión de la conveniencia de llevar a cabo una reforma de nuestro sistema eclesial parroquial, diocesano,... Eso lo doy ya por supuesto. 

Lo que centra mi reflexión es el «cómo» poner en marcha y acompañar procesos de reforma de nuestro sistema eclesial

Y entiendo que mi reflexión tiene que ver con un dinamismo muy particular de la fe cristiana. Me refiero a la conversión. Pero, a lo mejor, se trata de cambiar nuestra forma de cambiar. 

Antes de continuar tu lectura, por favor, dedica un minuto a pensar en esta pregunta: ¿Qué significa «reformar»? 

¿Qué significa «reformar»? 

El magisterio eclesial reciente nos ofrece una luz que, en mi opinión, es muy importante (yo diría incluso que es fundamental) sobre el concepto de reforma: esta constituye el proceso a través del cual la Iglesia busca la fidelidad a su propia vocación. 

Así se expresaba el Papa Francisco, refiriéndose al Concilio Vaticano II, en Evangelii Gaudium: 

«Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar el dinamismo evangelizador; del mismo modo, las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin la «fidelidad de la Iglesia a su propia vocación», cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo» (EG 26). 

La reforma es una cuestión de fidelidad eclesial a su propia vocación. Pero ¿qué significa reformar? ¿Qué implicaciones pastorales conlleva un proceso de reforma? 

Seguramente el concepto de reforma en la Iglesia se ha cargado con el tiempo de ambigüedad. A lo largo de la historia de la Iglesia se han adoptado diferentes interpretaciones. 

Pensemos, por ejemplo, en la diversidad de enfoques de la reforma aplicados en la época moderna y, en particular, en el cruce de caminos de la llamada reforma y contrarreforma. 

Reformar la Iglesia ha significado en algunos casos buscar un retorno a la forma eclesial original. En otros casos, la reforma ha tratado de hacer explícitos elementos que hasta entonces eran implícitos. 

Algunos consideran oportuno hablar solo de reforma «en» la Iglesia. Otros, teniendo en cuenta la conciencia histórica hoy cambiada, consideran adecuado hablar de reforma «de» la Iglesia. 

El Cardenal Joseph Ratzinger entendía la reforma como una «ablatio», de forma análoga a la intuición madurada por Miguel Ángel, que concebía el trabajo del artista como una liberación de la forma implícita del material en bruto, un sacarla a la luz: «quitar, para que se haga visible la noble forma, el rostro de la Esposa y, con él, también el rostro del Esposo mismo, el Señor vivo». 

Un teólogo como Michael Seewald concibe el concepto de reforma hoy en día como «renegociar la frontera entre lo real y lo posible», identificando luego algunas modalidades concretas de aplicación de esta perspectiva. 

Lo que me parece importante ahora es captar la connotación de «complejidad» como atributo peculiar de los procesos de reforma eclesial. 

Reformar las estructuras eclesiales es una acción compleja y, como tal, no es una «acción que se puede gestionar», sino un «proceso que se debe habitar». 

Este enfoque puede ser útil para adoptar una perspectiva que evite la idea que entiende la reforma como un paso eclesial que parte de una situación para llegar gradualmente, de forma lineal, a otra. 

Yo no creo en los procesos lineales. El proceso de la fe de los discípulos de Jesús, desde su vocación inicial hasta el envío misionero después de su resurrección, fue todo… menos lineal. No digamos la historia de la Iglesia. 

Yo creo que nos debe interesar otro enfoque, que privilegia el cambio paradigmático, es decir, que favorece la adopción por parte de las personas y las comunidades de otra forma de pensar y de actuar. 

En esta perspectiva, acompañar y facilitar los procesos de una reforma eclesial, mediante la puesta en marcha de procesos pastorales transformadores, significa ayudar a las Iglesias a habitar este cambio de época —y, en particular, a habitar la complejidad que lo caracteriza— con un nuevo paradigma, es decir, con un enfoque, una mirada, una postura, …, diferentes. 

Me explico. 

Si asumimos una perspectiva de la reforma como un proceso de habitar una realidad compleja, no podemos pensar en gestionar estos procesos de manera rígida, con un enfoque clásico de proyecto lineal. 

Por el contrario, es necesario favorecer la adopción de una nueva mirada —una conversión paradigmática— capaz de conducir a una mayor fidelidad a la vocación eclesial actual. 

Este enfoque requiere salir de las categorías de lo correcto/incorrecto, relacionadas en algunos enfoques con la búsqueda de un resultado, para entrar seriamente en el marco del discernimiento que se mueve en el plano de la oportunidad, es decir, de la búsqueda de lo mejor aquí y ahora, escuchando lo que el Espíritu dice a las Iglesias. 

En otras palabras, se trata de asumir ese rasgo particular del estilo de la Iglesia sinodal descrito puntualmente en el Instrumentum Laboris para la primera sesión de la Asamblea del Camino Sinodal: la Iglesia sinodal es una Iglesia capaz de habitar las tensiones sin ser aplastada por ellas, con una sana inquietud por lo incompleto (cf. Instrumentum Laboris de la Asamblea Sinodal 2023). 

Este enfoque caracteriza una forma de proceder en las reformas «procesuales» e imprime a los procesos de reforma un carácter sistémico transformador, que no busca en primer lugar un resultado a nivel de cambio —resolver un problema—, sino que dispone a las personas y a las comunidades a entrar en nuevos espacios de aprendizaje suscitando nuevas preguntas. 

Ante de continuar, quiero detenerme un momento en el concepto de «tensión». 

La realidad compleja está llena de tensiones. Son situaciones en las que se manifiesta con especial fuerza una contraposición entre dos «polaridades» determinadas (no necesariamente contradictorias). 

Por ejemplo, en algunos contexto y temas eclesiales suele ocurrir que las polaridades se abordan con un enfoque de resolución de problemas, out-out: «o… o…». 

Un enfoque procesual, en cambio, no considera necesariamente contradictorias algunas polaridades, sino que las entiende como diferentes y correlacionadas. Entre estos dos elementos existe una tensión que debe ser habitada, buscando en ella nuevas perspectivas de desarrollo y haciendo surgir nuevas preguntas. 

En la compleja realidad, caracterizada por tensiones, reformar significa favorecer un nuevo posicionamiento del centro de gravedad eclesial, invirtiendo mayor atención y energía en aquella polaridad que parezca sinodalmente más oportuna, sin descuidar la otra. 

A nivel pastoral, cuando se privilegia la inversión en la polaridad adecuada para el contexto, la otra polaridad se purifica y este dinamismo de cambio genera energía para el sistema y lo regenera desde dentro. 

El Camino Sinodal pretende ser un itinerario intensivo de ejercicios que, más allá de los resultados, ayuden al cuerpo eclesial (diocesano, parroquial, …) a disolver contracturas y recalibrar tensiones. Es un trabajo siempre inconcluso - ecclesia est semper reformada -, pero lo importante es siempre iniciarlo y continuarlo con discernimiento y decisión. 

Al hablar de la reforma hay que aclarar que la Tradición no es una simple repetición o fidelidad al pasado, sino continuidad según una dinámica de desarrollo evolutivo - no siempre lineal -. 

De ahí la importancia de reinterpretar la Tradición eclesial para favorecer un dinamismo generativo que hunda sus raíces en los fundamentos vitales de la experiencia cristiana. Me refiero aquí al principio de «originalidad», que exige una fidelidad vital a los propios orígenes identitarios. 

Voy a poner un ejemplo. 

Cuando nos enfrentamos a procesos de fusión en una Diócesis o unidades pastorales, o cuando se produce la necesidad de reorganizar las parroquias, solemos encontrar las siguientes consideraciones: 

·      hacer juntos lo que ya no podemos hacer solos,

·      aumentar la colaboración en algunas acciones pastorales en las que somos débiles,

·      unificar las propuestas para aumentar los números que, de otro modo, serían escasos,

·       

Son consideraciones legítimas. Pero son consideraciones pensadas desde una lógica de «reducción de costes»: de este modo no se genera «renovación», sino que se refuerza la estructura eclesial anterior dentro de una dinámica negociadora. 

Si, en cambio, adoptamos otra mirada, no se trata de gestionar mejor lo que hoy ya no podemos administrar, ni de estar más presentes donde ya estamos ausentes. Tampoco se trata de invertir mejor nuestros recursos. No se trataría de optimizar costes, sino de aumentar valor: es decir de generar un «más» de vida. 

Por eso es importante ayudar a las personas y a las comunidades a no iniciar procesos de reforma orientados a resolver problemas o dar respuestas a necesidades. 

¡La conversión no puede nacer de una necesidad, sino que es generada por un sueño! 

Por eso, el primer acto de conciencia es reconocer el «sueño misionero» de Dios sobre la realidad que evalúa la oportunidad de una reforma. Esta atención se recuerda en Evangelii Gaudium en relación con los organismos de participación, recordando que estos no están orientados principalmente a la organización eclesial, sino a delinear el sueño misionero (cf. EG, 31). 

¡Atención! 

La reforma no puede surgir de un análisis de la realidad, ni de una exhortación, ni de un acto declarativo, ni siquiera si estos elementos se insertan en el marco de una carta pastoral, de un documento eclesial, de un proyecto parroquial, de... 

La reforma surge del impulso que se genera a partir de una experiencia de discernimiento orientada a identificar y compartir un «sueño misionero», que en esencia hace comunicable la vocación que Dios dirige a esa realidad determinada hoy. 

Ir hacia una «tierra extranjera o a los cruces de los caminos o a las periferias», como pide el Camino Sinodal y como es propio de la experiencia de reforma, parte de una «promesa» —el sueño misionero— que se revela en la escucha corresponsable del Espíritu. 

El discernimiento del sueño, en escucha del «deseo de Dios», tiene como sujeto al «Pueblo de Dios» en un contexto eclesial determinado, que en el discernimiento hace progresivamente evidente y comunicable un horizonte de sentido. 

Hay quien dice que tiene que pasar una generación completa para que se produzca una verdadera reforma. El período de tiempo más comúnmente citado para un cambio de generación suele ser de 20 a 30 años. 

En todo caso, y esto es importante, para llevar a cabo una reforma es necesario probar el pensamiento a lo largo del tiempo para que dé sus frutos. 

Es otra manera de recordarnos aquello que Evangelii Gaudium ya decía: «el tiempo es superior al espacio», según la cual hoy es necesario iniciar procesos, es decir, «privilegiar acciones que generen nuevos dinamismos» (EG 223). 

Quiero salir al paso de un malentendido que suele ser frecuente: creer que «proyecto» y «proceso» son sinónimos. Y es necesario distinguirlos. 

Me explico. 

Cuando planificamos estamos lanzando una idea sobre la realidad. En cambio, «proceso» no es lanzar hacia adelante, sino avanzar. Iniciar un proceso y reconectarse con la realidad para purificar la idea. 

El proceso nace del compartir un «sueño», es decir, de una visión que se materializará con el tiempo y no de una necesidad. 

El proceso no invierte muchos recursos en la «detección», sino que se dispone a acoger una «revelación» a través de la práctica del discernimiento en común. 

En el proceso no se persiguen principalmente objetivos, sino que se reconocen prioridades: se procede buscando y reconociendo de forma progresiva lo que es importante y en sinergia con la visión que va emergiendo. 

Mientras un proyecto opera generalmente a corto y medio plazo, porque en un tiempo predeterminado espera los resultados previstos en la fase analítica inicial, un proceso, en cambio, opera a largo plazo y no trabaja en términos de eficiencia, sino de eficacia. 

En el proceso, la comprensión se produce a través de la acción - pensamiento en acción -, ya que su finalidad es el aprendizaje de lo nuevo que se revela y no el resultado. 

El proyecto suele constituir una modalidad adecuada para una buena gestión de las actividades, pero no es capaz de funcionar eficazmente en una perspectiva transformadora o reformadora. 

El proceso es un enfoque sistémico y no lineal que, cuando se asume en el contexto eclesial, facilita la revelación de la naturaleza más profunda del dinamismo de conversión que es espiritual y hace emerger un plus de vida necesario para avanzar hacia una mayor fidelidad a la propia vocación. 

En la reforma no se debe partir de una imagen abstracta de la Iglesia, sino tener en cuenta la realidad concreta del cuerpo eclesial (Diócesis, parroquia, …). De hecho, no debe tratar de introducir algo nuevo en la experiencia eclesial, sino favorecer su regeneración. 

Seguramente en esto se vislumbra un principio muy querido por la teología pastoral, el de la encarnación. En Evangelii Gaudium se evoca a través de la tensión: la realidad es más importante que la idea (EG 231). 

En un proceso se trata de acompaña a las personas a salir de un contexto pastoral conocido hacia una experiencia nueva y en discontinuidad con el presente, en la que los puntos de referencia anteriores ya no son válidos. 

Esto ayuda a repensar lenguajes, gestos, símbolos y, mientras se produce la experiencia, cambia la realidad, el pensamiento y el corazón: es una acción pascual de muerte y resurrección, que presupone la conciencia de que solo haciendo «cosas nuevas» pueden transfigurarse nuestros pensamientos. 

Al compartir pasos «más allá», al poner en práctica signos nuevos, formas nuevas, ... se produce una apertura natural a la novedad que se revela. El camino del cambio no se explica de antemano, solo se puede recorrer. 

El impulso espiritual del sueño misionero madurado en el discernimiento no es suficiente para mover una dinámica de conversión eficaz: de hecho, también podría resultar una declaración estéril. 

Para evitarlo, el «sueño misionero» debe injertarse de inmediato en las prácticas de la realidad eclesial en conversión, mediante la definición y la aplicación de «puntos de ruptura sistémicos», es decir, de elecciones concretas que cambien el marco de la acción pastoral y no permitan seguir actuando según las anteriores categorías. 

Así se inicia una experimentación. 

No se trata simplemente de una prueba empírica, sino de una experiencia de aprendizaje que nace de un impulso espiritual —el sueño misionero— y que es acompañada y releída, activando nuevas narrativas. 

La práctica experimental evita el riesgo inherente de un discernimiento que se cierra inmóvil sobre sí mismo y se convierte ella misma en un lugar efectivo de discernimiento dinámico. 

Es importante que la experimentación comience y termine después de un tiempo adecuado. Además, es importante documentar los aprendizajes que surgen de ella y hacer que le siga una fase de consolidación. 

Iniciar y acompañar procesos de reforma exige a una realidad eclesial entrar en una situación des-estructurante que implica permanecer en un estado de crisis. 

Esto puede requerir la facilitación del proceso por parte de figuras expertas, pero sobre todo debe ir acompañado desde dentro. 

Y para ello se necesitan figuras que se dediquen exclusivamente al cuidado del proceso de reforma, que formen parte de la realidad en conversión. 

Los procesos deben ser acompañados por figuras de custodia: el sentido de esta expresión está ligado a la conciencia de que, después de encender el «fuego» del sueño misionero, este, como cualquier fuego, se apaga si no se cuida. 

Los «guardianes del fuego», indispensables para el éxito de un proceso de reforma, ejercen un «ministerio de unión» (cf. Ef 4,16; Col 2,19), es decir, no son un organismo pastoral consultivo o funcional, sino que favorecen principalmente un «cambio en el conjunto» de la realidad en conversión, ayudando a las personas y a las comunidades a vivir las tensiones. 

Los «guardianes» ejercen principalmente tres funciones: 

·      custodian el sentido del proceso, en primer lugar con la oración, sobre todo cuando el sueño misionero corre el riesgo de apagarse ante las dificultades; 

·      custodian la comunión entre los diferentes sujetos de la comunidad, ya que —al ser la fase de experimentación una fase de desestructuración que eleva el nivel de tensión y los conflictos— en el proceso se necesita un continuo retejido de las relaciones; 

·      custodian el proceso mismo, coordinando algunos pasos y acompañando su desarrollo. 

Una atención práctica que favorece un posicionamiento adecuado ante la tensión actual es el uso del «mandato eclesial». 

De hecho, solo unos pocos «exploradores» deben emprender la experiencia experimental. Lo hacen por todas las comunidades, como se describe en el libro de los Números (Nm 13). Solo algunos exploradores entran primero en la tierra prometida reconociendo los frutos y las insidias. Y regresan para narrar al pueblo el resultado de su exploración. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 21 de noviembre de 2025

Parroquia: de un sistema cerrado a un sistema abierto.

Parroquia: de un sistema cerrado a un sistema abierto

Hay formas que, con el fin de custodiar y proteger, acaban aprisionando. Y cierta tradición doblega el espíritu de las personas, domesticando su naturaleza y haciéndola blanda y carente de impulso y deseo. Me refiero a esa tradición que lleva a las personas a reproducir continuamente gestos en torno a un centro que ya no es vital. 

Un riesgo similar se aplica también a las formas eclesiales: ante una realidad profundamente cambiada, la falta de replanteamiento corre el riesgo de generar una inercia que ya no es capaz de dar impulso al anuncio y a la expresión de su propia naturaleza cristiana. 

Yo confieso que a mí mismo me costaría mucho asumir un cargo parroquial. En general, lo encontraría poco eficaz desde el punto de vista misionero y, sobre todo, aburrido, particularmente al sumergirme en una maraña de inercias y rutinas que a menudo caracteriza la pastoral. 

¡Y sin embargo, cuánta energía, cuánto compromiso y celo en su mantenimiento! 

Con todo, hay que reconocer que la gran mayoría de la gente se encuentra ahora fuera de esa inercia y no se siente atraída por ella. 

La vida de estas personas ya no transcurre dentro de los planes, los proyectos y las propuestas pastorales parroquiales calendarizadas. Sus tiempos ya no son los tiempos de la estructura. Sus necesidades no son las necesidades de ésta. 

Muchos esfuerzos y energías al servicio de una pequeña parte, de un pequeño resto, ilusionándose con que tarde o temprano los demás también tendrán que reconocer su bondad y ser atraídos a ese círculo. Pero no funciona así. 

De hecho, no se trata del «resto de Israel» bíblico, ya que no se ha comprendido que se está en el exilio, no se capta la diáspora en curso del cristianismo, sino que, por el contrario, se ha permanecido encerrado en el templo. 

El resto está fuera, no dentro: quien es capaz de tener todavía un corazón que no se apaga, pasos aún ágiles y fuertes, no se acerca porque huele el aire, no el de la creatividad y novedad, sino el rancia y rancioso del recinto cerrado. 

El reto seguramente sea pasar del actual modelo cerrado de parroquia a un modelo abierto, que algunos llaman procesual, siguiendo la teoría de los procesos que propone otra vía distinta a la de los proyectos pastorales. 

1.- La parroquia como sistema cerrado 

Un sistema cerrado es un sistema ordenado, regulado, en el que las personas operan dentro de grupos homologados, especializados en un servicio. En este sistema reina un principio de hiperdeterminación, en nombre del orden y el control, que inhibe cualquier vía experimental, cualquier impulso de imaginación creativa y novedosa. 

Se basa en dos principios: el equilibrio y la integración. 

Hay entradas y salidas de energía, de recursos, de inversiones... y el reto y el compromiso consisten en tratar de mantenerlas en constante equilibrio. 

Es un sistema pensado para ser integrado: cada una de sus partes tiene un lugar en el proyecto global; la consecuencia es barrer las experiencias que destacan por ser controvertidas y desorientadoras... en el respeto del proyecto o plan pastoral, palabras educadas pero capaces de sembrar la sospecha en lo que no se integra, haciendo que nada destaque. El énfasis en la integración desalienta la experimentación. 

La sobre-determinación también determina la fragilidad de este sistema. Lo hace inadecuado para el cambio, incapaz de adaptarse a las necesidades del momento, ya que es una forma rígida. A cada elemento se le asigna una función específica que no puede cambiar. 

El sistema cerrado funciona rápidamente y, por lo tanto, necesita estar cerrado en su forma: por eso, cada elemento presente en él debe ser cuantificable, determinado, para equilibrar e integrar bien el todo en poco tiempo. 

El paradigma interiorizado de la parroquia se centra en la integración de las personas que ya están presentes en ella, más que en llegar a otras, en definir con claridad las normas, los procedimientos y el programa de propuestas. 

El control y la estabilidad - léase también equilibrio - son lo que preocupa al gobierno de estas realidades. 

Algunos podrán negar estas afirmaciones, pero si se realiza una evaluación cuidadosa, incluso ellos se encontrarán inconscientemente en esta clasificación: en la definición de las agendas, en la falta de delegación plena de las áreas de la pastoral, en el tiempo dedicado a tranquilizar y motivar a los colaboradores, en la gestión práctica de la agenda,…, donde el año pastoral venidero ya ha sido definido porque se trata de hacer lo que se ha hecho en este año pastoral en curso que, a su vez, repitió lo que se hizo en los años pastorales anteriores. 

La parroquia, se dice, es una «comunidad de comunidades»: un sistema de subsistemas autónomos y especializados que hay que integrar y organizar para que funcione bien. 

Lo que no se tolera es el conflicto: dispersión de energía, obstáculo entre los engranajes. Es mejor callar, pasar por alto, buscar un compromiso rápido o, en el peor de los casos, intervenir para eliminarlo. 

Un modelo de parroquia cerrado no deja mucho espacio para iniciar procesos de evangelización de carácter misionero y sinodal. 

2.- La parroquia como sistema abierto 

Un sistema abierto prevé el encuentro inesperado, el descubrimiento casual, la innovación... Por lo tanto, se libera del equilibrio y la integración. Defiende la diversidad y la disonancia sin tener la ansiedad de ordenar y definir todo. 

El sistema abierto está en constante evolución, pero se mueve lentamente, dejando libertad a los impulsos que surgen de las situaciones. La lentitud del proceso no se corresponde con la velocidad del buen funcionamiento - integrado y equilibrado -. 

Se trata de actuar como exploradores, participando en las líneas de liberación que nos ofrecen las situaciones. No basta con funcionar bien, ser competentes o buenos, sino con vivir. 

Se trata de tener el valor de asumir las situaciones como un conjunto de limitaciones que no están en nuestro poder. Estar en la situación y vivirla es estar abierto a las nuevas posibilidades que me ofrece, atreviéndome a existir más que a funcionar bien. 

En un sistema abierto, los elementos que lo componen no están aplastados dentro de una funcionalidad, sino que pueden asumir de manera flexible otras tareas y acoger otras posibilidades de realización. 

Es una «comunión de comunidades y oportunidades». Un florecimiento de experiencias, de encuentros e intercambios que obtienen su fuerza y sentido de una fuente común: el Cuerpo de Cristo Resucitado a través de la Palabra y los sacramentos. 

Quienes gobiernan pueden ser una multiplicidad de sujetos, pero no desaparece el papel sacramental llamado a custodiar y estimular esta ‘communio’ trascendente: el ministro ordenado. 

¿Qué caracteriza a un sistema abierto? 

  • La presencia de territorios de paso 

Las delimitaciones del sistema son porosas. Un muro poroso no distingue entre el interior y el exterior, permite el paso, ser traspasado. 

La transparencia no es suficiente: por ejemplo, las paredes de cristal de los edificios modernos no son porosas: no hay intercambio, paso, encuentro. 

No son tolerables los modelos «en silos» de nuestras parroquias: catequistas, voluntarios de Cáritas, grupo litúrgico, grupo de familias... donde nadie conoce a los miembros de otros grupos, cada uno vinculado a una función específica. 

Ese modelo de parroquia se limita a integrar con programas específicos el uso del tiempo y el espacio de la comunidad... ¡evitando superposiciones! 

O bien ese modelo de parroquia tiene momentos en los que cada grupo presenta a los demás lo que hace... Lo cual no es muy diferente a tener paredes de cristal... ¡la transparencia no es suficiente! 

Integrar no es atravesar y la transparencia no implica participación. Se necesitan espacios ambivalentes, donde no importen las pertenencias, no importe tener competencias específicas para identificarse en un dentro o un fuera. Se puede entrar y salir sin restricciones. 

¿Esto crea desorden? ¡Del desorden surge la vitalidad! 

Es necesario distinguir los límites de los bordes: el límite es un margen donde las cosas terminan, el borde es un margen donde interactúan diferentes grupos. 

La frontera es un territorio vigilado, de protección, mientras que el borde es un espacio liminal. Las fronteras reducen el intercambio privilegiando el centro, mientras que es en las periferias donde se producen intercambios vitales, se realizan dinamismos entre las distintas personas independientemente de sus pertenencias. 

Sí, puede haber riesgos, desequilibrios... pero el aislamiento no garantiza el orden social. 

Las delimitaciones porosas y los bordes crean espacios liminales, donde pueden producirse transformaciones, novedades: espacios al límite del control, de la supervisión, del orden uniforme. Todos pueden aportar algo, generar una perturbación que, si se acoge, puede permitir otras cosas. 

Aquí las diferencias no se ocultan, sino que resaltan, en la conciencia de que no se está en un territorio conocido y dominado; el centro, en cambio, cristaliza las diversidades en nombre del funcionamiento. 

  • La forma incompleta 

La segunda característica sistémica de una forma abierta es su carácter incompleto: puede parecer enemiga de la estructura, pero no es así: es una especie de credo creativo. 

El diseño no está ausente, pero es ligero, ya que está pensado para permitir añadidos, para poder ser revisado internamente a lo largo del tiempo y de las necesidades cambiantes de la realidad. 

Lo incompleto permite otras cosas. Diseñar lo incompleto... ahí está la particularidad. La intencionalidad de generar algo que no sea cerrado, sino que permita aportaciones incluso incontrolables y no pre-definibles. Serán las nuevas condiciones, las contingencias, las que las generen. 

Cuando en las organizaciones se quiere definirlo todo, programarlo de antemano, esto no permite alejarse de lo conocido, superar lo ya pensable y no genera novedades, no permite el discernimiento. Solo permite encontrar lo que ya se sabía y que no tiene por qué ser lo que realmente se necesita. 

Intentar caminar juntos nos pone también en contacto con la sana inquietud de lo incompleto, con la conciencia de que aún hay muchas cosas de las que no somos capaces de llevar el peso (cf. Jn 16,12). 

No se trata de un problema que hay que resolver, sino de un don que hay que cultivar: nos encontramos ante el misterio inagotable y santo de Dios y debemos permanecer abiertos a sus sorpresas mientras avanzamos en nuestra peregrinación hacia el Reino (cf. LG 8). 

Esto también se aplica a las preguntas: como primer paso, requieren escucha y atención, sin precipitarse a ofrecer soluciones inmediatas. 

Lo incompleto permite algo más. Lo completo bloquea la vida. «Estamos completos... ¡no hay sitio para vosotros en esta posada!». Y la vida pasó de largo y fuera de ese lugar dio lugar al nacimiento, a lo vivo. 

  • Narrativas no lineales 

Una comunidad no se construye en el tiempo de forma lineal. A menudo, en cambio, se intenta proyectarla de forma secuencial. Las formas incompletas favorecen los cambios en el tiempo en función de las nuevas necesidades. 

Se trata de no apaciguar las tensiones, dejar intactas las posibilidades en las distintas etapas del proyecto, dejar en juego los elementos conflictivos. Es dar forma al proceso de experimentación. Se trata, por tanto, de dejar abierto un sistema en el que el crecimiento admite conflictos y disonancias. 

La característica de una Iglesia sinodal es la capacidad de gestionar las tensiones sin dejarse aplastar por ellas, viviéndolas como un impulso para profundizar en la forma de comprender y vivir la comunión, la misión y la participación. 

La escucha auténtica y la capacidad de encontrar formas de seguir caminando juntos más allá de la fragmentación y la polarización son indispensables para que la Iglesia permanezca viva y vital y pueda ser un signo poderoso para las culturas de nuestro tiempo. 

El respeto de estos principios permite la realización de un dinamismo sinodal y abierto. No en términos normativos, formales, sino experienciales. Es permitir que más sujetos puedan interactuar con esa forma que, al ser incompleta, porosa, permite la contribución de más agentes. 

Según la teología de los procesos 

Acabo mi intervención con una breve referencia a un aspecto complejo, que es el del desarrollo de teologías que tienen como referencia el dinamismo procesual y que se basan en una metafísica diferente a la de las teologías tradicionales. 

Existe un fundamento teológico con respecto a lo anterior, ya que la realidad, inmanente y trascendente y, por lo tanto, también la divina, puede verse de forma dinámica y no como una sustancia inmóvil y determinista. 

La realidad se ve procesualmente como una sucesión de ocasiones actuales, y la Iglesia, como cualquier entidad/sociedad, está constituida por la objetivación de esas ocasiones que se suceden. No es sustancia, sino ser en devenir: creatividad. 

Adquirir formas procesuales, por lo tanto, nos permite corresponder mejor a la naturaleza de la realidad y participar más eficazmente en sus dinamismos. Se trata de una naturaleza que no está predeterminada, sino que es fruto de una dinámica intersubjetiva, hecha de interdependencia y libertad, y que tiene como base el modelo trinitario. 

Un cambio continuo que, sin embargo, no pone en tela de juicio la trascendencia de la Iglesia, que representa un campo privilegiado, pero no exclusivo, de salvación, para entrar en contacto con el Resucitado a través de la experiencia de la Palabra y los sacramentos dentro de una comunidad, y abrirnos y realizar cada vez más nuestra conformación a Cristo no en el monte Garizín, tampoco en la colina de Jerusalén, sino en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23-24).

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 14 de noviembre de 2025

La remodelación pastoral diocesana: de accidente burocrático a un evento del Espíritu.

La remodelación pastoral diocesana: de accidente burocrático a un evento del Espíritu 

Este texto es una reflexión abierta que se me pidió desde el Consejo Pastoral de una Parroquia. Y - lo confieso - surge de una preocupación cuando las parroquias aceptan, pasiva y resignadamente, modelos administrativos de gestión pastoral, como por ejemplo, «parroquias in solidum», «unidades pastorales», etc. 

Y esto ya es una primera inquietud muy personal: cuando no hay resistencia alternativa positiva a la inercia administrativa con la que se tiende a proceder en las diócesis. 

Si miro alrededor, no me parece que la burocracia eclesiástica de estos nuevos modelos de gestión pastoral de las parroquias haya producido hasta ahora una pastoral diferente a la que se practicaba anteriormente. 

En otras palabras, se traslada el paquete de un contexto a otro, se racionalizan algunos servicios pastorales (generalmente los horarios y el número de Misas...), se concentran algunas actividades como la catequesis, y así sucesivamente... En resumen, después de todo es como si no hubiera pasado nada. 

Y esto tranquiliza al burócrata eclesiástico que está al frente de esta operación antinatural para lo que es el sentido original de la parroquia en su vínculo con el territorio y con la gente que, de una forma u otra, pertenece a él. 

Pero esta tranquilidad de las curias diocesanas tiene un alto coste. 

Por un lado, el de la desilusión de la multitud que forma la parroquia (la gente, los fieles, los laicos y las laicas,…), que se sienten sustancialmente invisibles con respecto a los mecanismos pastorales cuyos hilos se manejan en otra parte. 

Y, por otro lado, la pérdida de las últimas motivaciones y entusiasmos de los presbíteros, cuyo malestar de clase nace, en mi opinión, más por razones internas de las Iglesias Locales que por una pérdida de relevancia social de su papel (si hace muchos años alguien entraba en el seminario convencido de que el ministerio ordenado implicaba un aura de honor civil, había que detenerlo desde el principio; si, por el contrario, se le inculcó durante su formación, entonces los seminarios deberían cerrarse inmediatamente). 

Sin embargo, este inconsciente eclesial de la gestión pastoral de las parroquias, donde se trastoca la vida de una comunidad precisamente para que nada cambie, corre el riesgo de imponerse incluso cuando la gente y los presbíteros tratan de construir caminos para ser protagonistas de este camino hacia la comunidad que vendrá. 

No se trata de parir un mero clon extragrande de lo que había antes sino de alumbrar una invención de una nueva forma de ser convocados por el Espíritu para hacer circular la Palabra por las calles de la gran ciudad. 

Este incosciente eclesial se manifiesta, en general, en dos registros: los ajustes y las cosas que hay que seguir haciendo por fuerza porque no se pueden dejar de hacer. 

Empezaré, muy brevemente, por la segunda actitud. ¿Existe realmente algo que se deba hacer absolutamente en una parroquia, o este sentimiento de obligación nace más bien de una coacción generada por el hecho de que siempre se ha hecho así y, por lo tanto, no es posible otra cosa? 

Me atrevería a decir que el único mandamiento evangélico para una comunidad cristiana es celebrar la Memoria del Señor los Domingos y rezar juntos; me cuesta encontrar otros. Todas las demás cosas que consideramos obligaciones son, en su mayoría, una acumulación de prácticas pastorales (incluso, a veces, formas de control eclesiástico autoritario). 

Dado que, por ejemplo con la fusión de las parroquias, es precisamente la autoridad eclesiástica la que va en contra del deseo de Jesús de ser recordado cada Domingo en todas las comunidades cristianas, entonces todas las comunidades cristianas (y dentro de ellas sus presbíteros) pueden sentirse plenamente libres: la comunidad que vendrá no está obligada por nada, salvo por una fidelidad creativa al deseo evangélico del Dios de Jesús. 

La primera actitud es la de ajustar lo existente a la nueva condición de ser una comunidad de antiguas parroquias. Hay algo verdadero y sacrosanto en esta tentación, algo que yo llamaría fidelidad a la propia historia de la comunidad, sobre lo que volveré más adelante. 

Pero aquí, la frontera entre la fidelidad y el apego enfermizo es casi imperceptible; y los ajustes son a menudo el camino fácil que conduce a la repetición del statu quo, es decir, a dejar todo como estaba, con gran alivio de la burocracia administrativa curial. 

Poner parches nuevos en un vestido viejo no solo es antievangélico, sino que también significa perder un Kairós comunitario que, a diferencia de nuestras prácticas pastorales, no se repetirá nunca más. 

Propondría, pues, percibir el hecho contingente de la fusión de parroquias como un acontecimiento del tiempo mesiánico: un tiempo que rompe con la cadena de la causalidad, pero también un tiempo que subvierte los ordenamientos religiosos y desactiva prácticas que pretendían ser índice de la fidelidad del Pueblo a Dios. 

Las razones por las que se obliga a las comunidades parroquiales a fusionarse, sin pedirles nada, son totalmente contingentes, banales, casi irrespetuosas de la dignidad que una comunidad de fe tiene ante los ojos del Señor: hay pocos presbíteros (pero ¿una comunidad cristiana, y católica en este caso, necesita un presbítero para subsistir como pueblo convocado por el Espíritu en la ciudad de las mujeres y los hombres?). 

Para las comunidades afectadas, partiendo de la conciencia de que son dignas de ser y seguir siendo tales ante los ojos de Jesús, aunque la autoridad eclesiástica no lo tenga en cuenta, se trata de aprovechar esta razón minimalista, de burocracia administrativa de la fe, y transformarla en una oportunidad evangélica, donde se arrancan techos, se derriban muros y se contradice incluso el sábado con tal de acercarse a Jesús, con tal de hacer que la vida humana tal como es se encuentre con la promesa de Dios que es el Cuerpo del Señor. 

Tanto la experiencia de Jesús como la de las primeras comunidades mesiánicas en su nombre, y también el ministerio de San Pablo, están salpicados de episodios contingentes; es más, podríamos decir que están hechos de ellos de pies a cabeza, porque solo así se puede estar realmente dentro de la historia de nuestra humanidad común. 

Pero ellos captaron y leyeron esta inmersión en la contingencia de la vida humana de manera sabia; y así convirtieron las ocasiones contingentes en una fuerza generadora. 

El Evangelio está lleno de estos puntos de inflexión, basta pensar en el encuentro de Jesús con la mujer sirofenicia: donde la fe de una extranjera, de una que no pertenece a los elegidos y predilectos, trastoca el programa pastoral de Jesús y le obliga a una reformulación radical en lo que respecta al destino de su ser «entre nosotros». Jesús es su destino y, por lo tanto, aprende aquí de una mujer, una extranjera, el sentido mismo de su ser, lo cual no es poca cosa para una contingencia. 

Así es como las comunidades parroquiales implicadas deberían leer y manejar la contingencia de su fusión. El primer paso es imaginarse como una comunidad (singular) en estado naciente, y no como una comunidad (plural) en transición burocrática. 

Como en los Evangelios y las Cartas, una comunidad que quiere situarse en estado naciente no es una comunidad que reniega de su propia historia, no es una creación ex nihilo que no tiene pasado ni recuerdos, porque está formada por el poderoso recuerdo de haberse reunido durante años y décadas para celebrar la Memoria del Señor. 

La comunidad en estado naciente inserta la historia que la ha hecho y moldeado en una situación nueva y diferente, la interpreta a partir de esta última (que incluye también los enormes y profundos cambios del «territorio» que representa el referente constitutivo del ser parroquia), e imagina una nueva forma de ser. 

San Pablo me sigue pareciendo una referencia esclarecedora y poderosa para acompañar a una comunidad naciente a cultivar una fidelidad generativa a la historia que la ha hecho. 

Entender la fusión de las parroquias como un acontecimiento del tiempo mesiánico significa hacer de la fidelidad a la propia historia de comunidad una fuerza generadora y no un resentimiento nostálgico por algo que ya no podremos ser. 

Generar es el gesto más íntimo y arriesgado de la fidelidad a la propia historia, el que se atreve a soñar un futuro como espacio de libertad entregado a historias que ya no serán nuestras, pero que no existirían si ella no hubiera existido. 

Creo que esta debe ser la mentalidad básica y la disposición práctica que caracteriza a una comunidad que quiere pasar de una condición de estabilidad a una posición de estado naciente, y así experimentar la alegría y la emoción de una nueva mañana en su historia. 

Pero ¿qué significa todo esto en concreto? 

Intento imaginar los pasos de una comunidad generativamente fiel a la historia que la ha llevado a ser lo que es hoy; pasos que la hacen pasar de una condición de repetitividad estable a una de imaginación de la comunidad que vendrá. 

El primer paso es reapropiarse de manera evangélicamente crítica de la propia historia; porque solo así lo que hemos sido no dominará ni gobernará lo que deseamos llegar a ser y lo que podremos ser. 

Esto significa releer la propia historia de comunidad no tanto a partir de ella, sino más bien con la lente de la concreción del territorio que rodea a las parroquias llamadas a unirse entre sí. 

Nuestras parroquias actuales son como supermercados de la oferta religiosa, donde la maquinaria pastoral exige que se haga de todo: desde la catequesis a los niños hasta los funerales de los ancianos; desde el grupo bíblico hasta la convivencia para los jóvenes, y así sucesivamente. 

Tenemos una pastoral parroquial que es dispersiva, además de agotadora en términos de fuerzas gastadas; una pastoral así no solo no sirve, sino que también es sutilmente perversa. 

Es urgente pasar de ser una comunidad de acumulación de prácticas pastorales a una comunidad que se concentre en algo esencial. 

Y esta es la manera de releer la propia historia comunitaria, para encontrar en ella aquella práctica en la que no solo podamos reconocernos, sino que también la hagamos reconocible en las calles y en las casas del territorio «circundante». 

Una comunidad naciente es aquella que sabe reducir drásticamente el menú de cosas (pastorales) que se hacen, aquella que sabe cocinar bien un primer plato (y quizás un segundo, pero no más), dándole un sabor que no se encuentra en ningún otro lugar, porque está preparado según una receta de fe cultivada y actualizada en los ingredientes por una historia que solo esa comunidad tiene a sus espaldas. 

En el camino, y en la conflictividad, necesarios para identificar esta práctica distintiva, que encierra en sí toda la originalidad de una larga historia comunitaria, hay que tener en cuenta, sin embargo, otro factor: debe tratarse de una práctica pastoral de la fe que falta en otros lugares, tanto en el plano religioso como en el socio-civil. 

Releer evangélicamente la propia historia de comunidad significa, pues, identificar esa práctica de la fe y ese sentido de vínculo social que no está disponible en los espacios y lugares «circundantes». 

Entre las muchas y dispersas referencias evangélicas que fluyen en el cuerpo de las comunidades que se agrupan entre sí, hay que elegir algunos, pocos, mejor uno solo, que sepa expresar una fidelidad en situación y generativa a la propia historia comunitaria, sintetizándola, y que sea capaz, al mismo tiempo, de satisfacer las necesidades de un territorio que ha cambiado profundamente en su forma de ser, mientras que nosotros y nuestras parroquias seguimos siendo inmutables y repetitivos en nuestra identidad. 

Porque en la historia de nuestras comunidades parroquiales también se ha inoculado este virus perverso del replicante, junto al de la acumulación estratificada de prácticas pastorales yuxtapuestas unas a otras (sin una verdadera dirección y razón de ser). 

El ejemplo más llamativo es el de la catequesis para la iniciación cristiana que, de hecho, es una práctica pastoral que produce abandonos; y, en lugar de cuestionarla, simplemente hemos adelantado su inicio, sin que esto haya producido ningún efecto positivo concreto. 

Empezamos antes, agotamos más fuerzas, agotamos a los educadores, volvemos locos a los presbíteros en la búsqueda de última hora de algún voluntario sacrificado, para llevar a los chicos a salir rápidamente por la puerta de salida de nuestros locales. Y a los que se quedan tenemos muy poco que ofrecer, salvo prácticas retóricas y algún moralismo de moda. 

Y, al mismo tiempo, no hemos dado a luz una idea que sea una práctica pastoral dirigida a los que se han alejado ya «lejos» de los muros de nuestras parroquias (salvo la de esperar y esperar que «vuelvan» por sí mismos, a pesar de nosotros). 

Detrás de esta tragedia cómica de nuestra pastoral está el hecho de que no somos capaces de anunciar el Evangelio a la gente de nuestro tiempo tal como es; y no nos damos cuenta con alegría de que la Palabra, en cambio, circula eficazmente por los meandros de la vida de nuestra ciudad, es más, incluso nos resentimos un poco por ello. Y, en cualquier caso, no hacemos nada o muy poco para seguirla en estas divagaciones. 

Creo que, en parte, esto depende de la desconexión que se ha creado entre el territorio (y sus mutaciones) y la forma de concebir y vivir la parroquia. 

Porque el territorio, referente que da sentido y constituye esa invención del Concilio de Trento que llamamos parroquia, ha cambiado profundamente, mientras que la parroquia ha permanecido encerrada en el espejo encantado de la misma a sí misma. 

Si la forma de vivir el territorio cambia y la parroquia no la sigue en sus movimientos ondulantes, esta última queda totalmente ajena a las vidas que transcurren en él. De este modo, la parroquia pierde su sentido de ser y se convierte en un vestigio arqueológico de la fe que fue (que ha pasado inexorablemente, aunque se viva hoy). 

Sin embargo, todos los intentos de ir más allá de la parroquia han fracasado (como la pastoral ambiental, sobre todo porque se concibió y se llevó a cabo como una pastoral circunstancial con vistas a una reconducción a la parroquia) o han desembocado en un comunitarismo de afinidades electivas (como no pocos movimientos). 

Hasta la fecha no tenemos un modelo alternativo para dar forma a una comunidad cristiana hecha de parcialidades no totalizadoras, donde coexistan diferentes formas de sentir lo católico, hecha de conflictos que deben mediarse y negociarse y no eliminarse en la supuesta armonía de un carisma que une a todos. 

Por lo tanto, debemos refundar la parroquia y las comunidades cristianas a partir de los cambios en ese territorio de la vida humana que es su razón de ser. 

Sobre cómo ha cambiado la relación entre el territorio y la gente hay bibliotecas infinitas, y también en este caso debemos elegir, entre las muchas interpretaciones, la que pueda acompañar de manera más eficaz el camino generativo de una comunidad cristiana en estado naciente. 

Atreviéndome a hacer una síntesis extrema, podría decir que el cambio más profundo del territorio ha sido el paso de habitar a transitar. 

El territorio se ha convertido en un lugar de paso, un momento en la vida de las personas: no ha desaparecido, pero se ha deslocalizado y se vive, se frecuenta y se siente como tal (por eso, anteriormente, puse la palabra «circundante» entre comillas cuando hablaba del territorio). 

El territorio circundante a la parroquia ya no es un espacio geográfico de la ciudad (o no solo eso), sino que se ha ampliado, extendido, ha dejado atrás los marcadores físicos del espacio y se ha convertido en la encrucijada de un ir y venir existencial, fragmento de una de las muchas ubicaciones (reales-virtuales) en las que se desarrollan hoy las historias de las personas, de nuestra gente. 

Una comunidad naciente (ya sea parroquial o pastoral) es una comunidad que sabe seguir estos movimientos de «su» territorio, que sabe estar a la altura del juego de la dislocación y ofrecer oportunidades de resistencia a sus efectos a veces antihumanos. Que no se piensa como un gran vientre que fagocita las vidas de los demás, sino como un útero que genera vidas que estarán en otra parte. 

Una comunidad naciente que se centra en uno o pocos denominadores evangélicos de reconocimiento y reconocibilidad de su sentido de estar entre la gente de los barrios de nuestras ciudades, por un lado, y que se modela siguiendo la dislocación del territorio por el que transitan las multitudes, exige la disposición a aprender a conectarse con otras realidades religiosas (no solo parroquiales, no solo cristianas) y socio-civiles. 

El denominador de una comunidad cristiana se practica así como un indicador hacia otros sujetos con los que se trabaja juntos en favor de la vida de las personas y por el bien de las multitudes. 

Y es precisamente esta función de indicación la que actúa como demarcador de la comunidad parroquial (es decir, desactiva aquellos marcadores comunitarios que la encierran en sí misma, haciéndola impermeable a lo que ocurre en el territorio que la constituye). 

De este modo, el demarcador comunitario permite ampliar la malla del tejido conectivo de la comunidad cristiana, haciéndola capaz de desplazarse también. 

Así, ya no será necesario que una parroquia/comunidad pastoral asuma la carga de todos los servicios pastorales y litúrgicos de la fe, y será capaz de distribuirlos sin celos ni envidias entre una pluralidad de posibles referentes presentes dentro de un territorio desplazado en sí mismo. 

Centrándose en una práctica pastoral como demarcador comunitario, la comunidad cristiana apunta más allá de sí misma, para acompañar a la multitud hacia otro lugar donde podrá encontrar otras prácticas pastorales. Pero no solo eso. 

En el territorio deslocalizado, la red conectiva de la comunidad cristiana debe tejerse también con sujetos socio-civiles (desde los centros educativos hasta el barrio, desde los servicios sociales hasta el tercer sector, etc.), porque el humanismo evangélico de la fe sabe que el mandato del Señor fluye en las necesidades humanas de las personas: dondequiera que estén y sean quienes sean. 

De este modo, la parroquia deslocalizada logrará considerar «suyos» también a aquellos que realizan gestos evangélicos en otros lugares (es decir, en la deslocalización); y sentirá «suyas» también a aquellas personas que transitan por esos otros lugares a los que su demarcador/indicador comunitario las ha dirigido y acompañado.

Este cambio de paradigma en la autocomprensión de la parroquia o se hace ahora, en un momento como este, en el que las comunidades están llamadas a unirse entre sí, o nunca más se hará, porque el tiempo útil ya ha quedado atrás. 

Si no se entra en una mentalidad de comunidad naciente, deslocalizada, capaz de señalar más allá de sí misma, el sentido pastoral de la parroquia se extinguirá y de ella solo quedará la vestimenta canónica-administrativa. 

Una comunidad en estado naciente también debe identificar una forma de oración, un momento de celebración del tiempo y de su transcurrir, que alimente espiritualmente la práctica pastoral en torno a la cual se concentra. 

Y la comunidad que se reúne para rezar juntos es un sujeto que la autoridad eclesiástica no puede, y no debe, disolver, fusionar o deslocalizar. Más allá de cualquier nombre técnico y canónico, esta comunidad en oración es la parroquia (en su sentido evangélico) y así debe permanecer, es decir, debe seguir existiendo como comunidad cristiana. 

Celebrar bien los tiempos de la liturgia y los de la vida de la gente es un arte que hay que volver a aprender siempre, porque también la celebración de y en la comunidad cristiana debe ser capaz de seguir el desplazamiento del territorio atravesado tanto por la multitud como por los discípulos del Señor. 

También en este punto es necesario que la comunidad, que se encuentra en estado embrionario, haga un esfuerzo de concentración, tratando de responder a la pregunta de cuál es la manera de reunirse en la oración que expresa y anima lo específico del demarcador comunitario, del estilo de ser comunidad. 

No es necesario que sea necesariamente la Misa diaria, sino que, si es cierto que donde «dos o tres se reúnen en su nombre», allí la presencia de Jesús es cierta y real. 

No se trata aquí de inventar, sino de interrogar la experiencia vivida en la situación desplazada de la comunidad y del territorio para discernir qué acuerdo en la oración denomina su propio ser comunidad, pero hay que elegirlo y luego practicarlo con cuidado, atención y disponibilidad. 

Celebremos bien una cosa en lo cotidiano (el nacimiento, la muerte, la lectio, las vísperas o las laudes), hagámoslo con pasión y convicción, y para el resto indiquemos otras dislocaciones territoriales de la oración conjunta. 

Y si pensamos en la comunidad cristiana como una red deslocalizada, y no como una identidad obsesivamente cerrada en sí misma, entonces seremos capaces de crear una red litúrgica y espiritual difundida, de la que formamos parte como comunidad precisamente en la parcialidad limitada de nuestro encuentro en la oración, que atraviesa el territorio y sus múltiples transiciones de la vida humana. 

Como último aspecto, me gustaría recordar la urgencia de una valorización pastoral no solo de las competencias profesionales de los miembros de una comunidad parroquial, sino también y sobre todo de los lugares civiles y seculares en los que se ejercen cotidianamente. 

Estos lugares, situados en otros lugares de la ciudad (a veces del mundo), son lugares propios de una comunidad parroquial en estado naciente, es decir, no son su dispersión, sino la posibilidad de su eficacia pastoral en otros lugares. Estos lugares son territorio de la parroquia si esta sabe pensar más allá de su mera ubicación geográfica. 

Cuando se trabaja, cada día, no se está «fuera» de la parroquia, no se hace otra cosa que cuidar de la fe, sino que se está más bien en el corazón palpitante de la pastoral parroquial y en los espacios/tiempos de su destino a la ciudad. 

Las escuelas, los bancos, las oficinas, las tiendas, las farmacias, dondequiera que se encuentren en la gran ciudad, deben entenderse como territorios de la comunidad parroquial que sabe atravesar la dislocación de la vida típica de nuestro tiempo (creo que no es difícil imaginar cuánta atención pastoral es posible trabajando en una farmacia, cuánto tiempo se pasa con los jóvenes acompañándolos en la vida y en la formación humana enseñando en la escuela...). 

Intentemos imaginar la fuerza y el impacto de hacer de la parroquia el espacio/tiempo en el que esta dislocación de las competencias profesionales de su cuidado pastoral se convierte en una posibilidad de entrelazarlas entre sí, de aprender unas de otras, de confrontarse sobre lo específico de cada una en el horizonte de un destino pastoral de la fe que las une. 

Así se abrirían escenarios que no serían posibles sin esta interconexión parroquial de las competencias profesionales de la fe cultivadas en el signo de un humanismo evangélico común. 

Este es el trabajo que se abre cuando las comunidades cristianas para no limitarse a sufrir su fusión administrativa, sino que la convierten en una oportunidad evangélica, una entrada en la urgencia del tiempo mesiánico que Jesús siempre lleva consigo. 

Hay que empezar a hacer este trabajo y llevarlo a cabo, en el tiempo que queda. Después, es bueno seguir la palabra de Jesús: poner la mano en el arado sin mirar atrás. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...