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sábado, 3 de enero de 2026

El misterio de la vida oculta de Jesús en Nazaret.

El misterio de la vida oculta de Jesús en Nazaret 

Nunca se habla de los treinta años de silencio de Jesús en Nazaret y sus alrededores. Es curioso que los Evangelios silencien este aspecto de la humanidad de Jesús. ¿Qué significaron para la vida de Jesús? ¿Formación de la conciencia? ¿Estudio? ¿Construcción de relaciones? 

Seguramente ha sido San Carlos de Foucauld uno de los que ha dado importancia al «carácter oculto» de la biografía de Jesús. Y es que seguramente los treinta años de Nazaret no son una simple premisa o prólogo de la revelación, sino la plenitud de la revelación. 

Nazaret es ciertamente el prólogo de la vida pública, el momento preparatorio de la misión, la forma de evangelización que se realiza en un compartir cotidiano genérico y en un testimonio diario tantas veces anónimo. Sí, Jesús de Nazaret es desde el principio el Hombre de la encarnación… 

Y por eso, también Nazaret es la vida de Jesús, no simplemente su prefacio. Es su misión redentora en acción, no su mera condición histórica. 

No tenemos ningún testimonio de aquellos años. Solo podemos aventurar hipótesis... Y, sin embargo, es interesante que también haya algo no dicho sobre Jesús. Y es importante que siga sin decirse porque en él hay un misterio envuelto en la oscuridad. 

¿No sugiere esto algo más sobre nuestra humanidad? ¿Somos realmente totalmente transparentes para nosotros mismos, o tal vez también hay en nosotros un secreto, un no expresado, guardián del misterio de Dios en nosotros? 

Incluso en Jesús no todo es expresable. 

Cuando releemos a San Juan escuchamos: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que haya oído y os anunciará las cosas futuras» (Jn 16,13). Y aún más: «El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,16). 

El Espíritu es el intérprete no solo de las palabras y los gestos de Jesús, sino también de lo no dicho, incluso del silencio de Jesús. 

El Espíritu Santo es como ese puente entre la vida de Jesús y la vida de los creyentes, en la que incluso lo que no sabemos de Jesús, lo que no se ha dicho ni escrito, es decisivo para la fe de los creyentes: «Hay aún muchas otras cosas hechas por Jesús que, si se escribieran una por una, creo que el mundo mismo no bastaría para contener los libros que habría que escribir» (Jn 21,25). 

Lo no dicho protege el misterio de la persona y custodia el misterio de Dios en esa persona, como probablemente nos ocurre a todos nosotros, que no siempre somos tan transparentes. San Marcos, por ejemplo, presenta inmediatamente a Jesús ya adulto. Los Evangelios no quieren agotar el misterio de Jesús, lo dejan abierto. 

Serán las comunidades cristianas a lo largo de la historia, bajo la guía del Espíritu, las que busquen de forma creativa, con valentía, con inventiva, con inteligencia, con imaginación, decir lo que aún no se ha dicho de Jesús. 

Hay que retomar la imagen de los Padres de la Iglesia, según la cual los creyentes son los pies y las manos de Dios en la historia: «El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, y las hará mayores que estas» (Jn 14,12). 

Hay que salvaguardar ese silencio, es importante que permanezca lo no dicho. Es algo así como la modestia de Dios. 

La modestia es siempre guardiana de la libertad y la intimidad del otro. Entonces, lo no dicho se convierte en fuente vital. No todo se puede agotar con palabras. También hay que escuchar el lenguaje del silencio. 

Quizás San Carlos de Foucauld iba precisamente en esta dirección: ponerse ante Dios y adorar este silencio cargado de misterio, de palabra, de presencia, de intimidad. 

Revelación no significa decirlo todo, hay revelación en lo no dicho, en el silencio. Es el tema del «secreto mesiánico». 

Hay un elemento interesante, entre tantos, de la humanidad de Jesús. Por un lado, la identidad de Jesús la revelan aquellos que no deberían revelarla, como todos los que están poseídos por un demonio; por otro lado, a quienes deberían anunciarla —los discípulos, en primer lugar— Jesús les impide decirla. Esto es particularmente evidente en el Evangelio de San Marcos. 

La orden de Jesús de no hablar no significa solo callar porque los discípulos no saben de qué hablan, sino también que hay algo de Jesús que simplemente no se puede saber. 

Creo que esto nos permite alcanzar el significado profundo de la palabra "misterio", una palabra que ya ha sido prácticamente eliminada del vocabulario. 

El misterio no define solo algo que es incomprensible, eso es más bien el enigma. 

El misterio es algo que se me revela poco a poco, con pudor, delicadamente y sin violencia: nunca puedo pretender agotarlo. 

El misterio no es lo incognoscible, sino algo en lo que cuanto más te sumerges, más grande e interesante se vuelve. El misterio no está compuesto solo por palabras que ilustran, sino también por un silencio que hay que escuchar. 

Los treinta años de silencio de Jesús son coherentes con la palabra y el ministerio público de Jesús: el silencio y la palabra forman parte del mismo misterio. Revelo a Dios con la palabra y con el silencio. 

Tal vez, incluso, el «no se lo digáis a nadie» significa quizás que incluso Jesús no sabe inmediatamente cuál es su identidad porque llega a ella poco a poco… Si fuera así, seguramente es también porque hubo una evolución en el camino de Jesús, su propia conciencia progresó hasta comprender plenamente su misión, comprendiéndola desde dentro y a la luz de las Escrituras. 

Ni siquiera Jesús lo sabía todo, no era omnisciente. 

En cuanto al fin del mundo, por ejemplo, sostiene que «en cuanto a ese día o esa hora, nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo ni el Hijo, excepto el Padre» (Mc 13,32). Esto también forma parte de ese misterio que nunca está totalmente disponible. 

«No se lo digáis a nadie» no tiene nada de prudente o esotérico, como si hubiera una verdad que debe permanecer entre unos pocos. 

Jesús, por otra parte, no parece tan interesado en su propia identidad, en revelar quién es. Me parece que está más interesado en vivir una obediencia a las Escrituras y a la voluntad de Dios, porque es esta obediencia la que revela quién es. 

Y, además, es Dios mismo quien confirma la identidad de Jesús ante todos. Como en el bautismo y en la transfiguración: «Vino una nube que los cubrió con su sombra y de la nube salió una voz: ‘Este es mi Hijo, el amado: ¡escuchadle!’» (Mc 9,7). 

En otras palabras, Dios no fingió «hacerse» hombre, no tomó prestado ningún cuerpo para estar en este mundo. 

Por eso me es problemático hablar de dos conciencias de Jesús, la humana y la divina. El discurso de las dos naturalezas es totalmente inconcebible para el judaísmo. Sencilla y llanamente porque Jesús vivía y se movía dentro del mundo judío, de las categorías culturales judías, no poseía los conceptos de la physis griega y sus discípulos tampoco, porque todos eran de ambiente palestino. 

Lo que quiere decir que ha sido una construcción teológica la que ha tratado de explicar el misterio a su manera. Sí, el Credo Nicenoconstantinopolitano se trata de una inculturación más que legítima, pero que siempre, también hoy, debe revisarse. 

El reto, no sé si incluso ‘problema’, es siempre el mismo: no podemos fijarnos en las definiciones dogmáticas considerándolas verdaderas para la eternidad, ya que solo son enfoques lingüísticos relativos a verdades establecidas en determinados contextos históricos, culturales y geográficos. 

No podemos seguir haciendo pasar por verdades las formulaciones lingüísticas de la verdad. La verdad está más allá, Dios es siempre otro. Porque, de lo contrario, estamos perdidos. Ya es suficiente… dejar que Dios sea Dios… y respetar y acoger que así sea. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 28 de noviembre de 2025

Un Año de los Bautizados - una propuesta al Papa León XIV -.

Un Año de los Bautizados - una propuesta al Papa León XIV - 

Hubo un tiempo en la Iglesia en el que se utilizaba este principio: «lo que concierne a todos debe ser tratado y aprobado por todos». 

Y hoy sigue siendo importante debatir los temas que afectan a la vida de la Iglesia, pero en foros que garanticen la libertad de expresión, sin jerarquías, sentados todos alrededor de una mesa, sin cátedras. Sería muy útil, también para favorecer el crecimiento de una opinión pública en la Iglesia. 

Según un Doctor de la Iglesia, San John Henry Newman, los laicos no son extraños a los que hay que mantener al margen, ni siquiera en las cuestiones relativas a la fe desde que la fe del Concilio de Nicea fue salvada por la fe popular. Para poder participar en las cuestiones relativas a la fe, los laicos no deben convertirse en teólogos, sino dejarse guiar por su instinto de cristianos bautizados. 

Obviamente, señala el mencionado Doctor, también el instinto laical está expuesto a riesgos de errores y desviaciones. La conciencia del fiel laico, por lo tanto, no debe entenderse como autorreferencialidad individual, sino siempre en relación con el ‘sensus fidei’ del Pueblo de Dios. La fe no es un sistema cerrado, sino que es necesario comprender qué relación existe entre la verdad y su formulación. 

Jean Guitton escribía sobre San John Henry Newman: «No era la estabilidad de la Iglesia lo que le había impresionado, sino su evolución, aunque fuera en un mismo eje: su identidad, sí, pero viva, sus desarrollos». 

Si es cierto que la definición de la fe se confía al Magisterio, el desarrollo de la fe se confía a todos los fieles bautizados. 

¿Cómo «justificar la fe del hombre inculto»? ¿Qué papel puede desempeñar la piedad popular? ¿Son las devociones un factor de corrupción para la fe? 

La Iglesia ha entendido que la idea de desarrollo en el Doctor San John Henry Newman es decisiva, fundamental. 

La verdad revelada en el tiempo adopta formas históricamente visibles y perceptibles. El desarrollo no solo no representa la pérdida total o parcial de la verdad encarnada, sino que es la única manera de custodiarla renovándola. 

La fe, por lo tanto, no es una noción encerrada en una vitrina sellada de una vez por todas que solo el clero pueda abrir, sino que, gracias al cuerpo vivo de los fieles, se hace cada vez más explícita. 

Dicho esto, la distinción entre laicos y clero no solo no desaparece, sino que se valoriza de otra manera. 

Porque no son los laicos los que tienen la tarea de definir cada cuestión que se debate, sino el carisma de la autoridad que, en última instancia, puede decidir. Y el laicado no está formado solo por los laicos más preparados intelectualmente, que forman una especie de clase que monopoliza los foros y debates eclesiales. 

Pero ¿cómo pueden convivir jerarquía y comunión? ¿Por qué la diversidad de ministerios y carismas debe representarse jerárquicamente y no en una red horizontal? 

La comunión entre lo alto y lo bajo puede ser una ficción engañosa. 

Es cierto que los laicos, en cuanto laicos, no gobiernan la Iglesia, pero en algunas funciones no específicas del ministerio ordenado, ¿por qué no experimentar la posibilidad del criterio, del sentir, de la palabra, …, de la decisión… de la elección… de los fieles laicos? 

Lamentablemente, hay que decir que, en los casi dos siglos que nos separan de ellas, las valiosas advertencias de San John Henry Newman han sido poco utilizadas. 

Tantas veces no parece posible salir de una concepción clerical, jerárquica y piramidal de la Iglesia católica en favor de una comunión que no elimina los carismas y los ministerios, sino que los coloca precisamente en horizontal y en red. 

Las dificultades para tomar la palabra dentro de la Iglesia surgen sobre todo de aquí. 

La práctica sinodal propuesta en estos años pasados por el Papa Francisco es la mejor manera de recuperar la eclesiología de comunión propuesta por el Concilio Vaticano II y superar así la dicotomía clero-laicos desde el momento en que todos debaten alrededor de una mesa en pie de igualdad porque están unidos por el bautismo. 

Desde los tiempos apostólicos, siempre ha existido un desarrollo de la doctrina cristiana. La Iglesia y los cristianos, en lo que respecta a las exigencias del Evangelio, siempre están lejos de alcanzar la auténtica plenitud. 

Y el desarrollo y la reforma son las únicas «marchas» que hay que utilizar para avanzar y no salir del todo de la órbita del anuncio evangélico. Creo que era el Papa San Juan XXIII quien decía aquello de: «No es el Evangelio lo que cambia, somos nosotros los que lo entendemos mejor». 

Pero ¿se puede imaginar un desarrollo sin variaciones? 

La idea de que para tener autoridad hay que repetir siempre y solo el pasado no es aceptable. La fe, dada de una vez por todas en el momento inicial, solo después se define y se precisa en proposiciones codificadas. 

La fe estimula la reflexión conceptual, es decir, la teología, que, sin embargo, solo debe mantenerse si ayuda a custodiar la fe; de lo contrario, ¡debe abandonarse! 

El desarrollo no debe entenderse como el desarrollo biológico y, por lo tanto, como una sucesión de fases preestablecidas, pero tampoco se puede determinar hasta qué punto será posible el desarrollo de la doctrina. 

La Tradición nunca ha sido estática, como demuestra la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. La antigüedad presenta una serie evidente de novedades, ¿por qué deberían concluir estas con los Concilios de los primeros siglos? 

A veces se trata de formas imprevisibles, pero que pueden remontarse ex post a la fe inicial. Novedades que no se percibían como rupturas con la Tradición porque el desarrollo se produce según una economía que relaciona la realidad divina, suprahistórica, con la humana, histórica. 

La historia de la salvación no es, como querrían los ideólogos de la Tradición, un río lineal, llano, armonioso, sino una historia a veces discontinua e imprevisible. La fe no es una doctrina, pero de la fe nace y se desarrolla una doctrina. De hecho, se habla de doctrina de la fe, no de fe en la doctrina. 

Una idea solo sigue siendo válida si se realiza dinámicamente, es decir, si expresa aspectos que antes no habían sido percibidos o captados por el discernimiento. Siempre hay que prestar atención al desarrollo: de la fe vivida a la doctrina, no solo durante los primeros siglos, sino a lo largo de toda la historia de la Iglesia. 

La doctrina, gracias a la reflexión teológica, traduce en la medida de lo posible el misterio de la fe, pero la razón siempre se queda al otro lado del objeto, porque, en definitiva, el objeto de la fe es un Sujeto irreducible. Por lo tanto, la identidad cristiana nunca puede ser estática, un fósil muerto, sino en continuo crecimiento, como un organismo vivo. 

La fe es una realidad vivida, antes que conocida, no simplemente una aceptación intelectual de una noción. La experiencia de los fieles, incluso de los más analfabetos, puede anticipar con su testimonio los argumentos teológicos posteriores. 

Los pasos esenciales a tener en cuenta son, por tanto: la experiencia de la fe vivida, las hipótesis teológicas, el Magisterio como confirmación, rechazo o pronunciamiento sobre estas. Ninguna traducción doctrinal es nunca total, sino una anticipación de otras precisiones y posibles definiciones. 

Así las cosas, estimado Papa León XIV, desde la Nicea que Usted visita estos días le hago una propuesta: ¿Se podría proponer un «Año de los bautizados»?  ¿Se podría plantear un tiempo de meditación de toda la Iglesia sobre la vocación propia de los bautizados - no solo los laicos sino también el clero porque todos juntos somos bautizados -? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 25 de noviembre de 2025

Carta Apostólica "In unitate fidei": retorno a lo esencial.

Carta Apostólica "In unitate fidei": retorno a lo esencial 

En la solemnidad de Cristo Rey, y en vísperas de su primer viaje apostólico a Turquía, el Papa León XIV ha firmado la Carta Apostólica “In unitate fidei” (https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_letters/documents/20251123-in-unitate-fidei.html), en el 1700 aniversario del Concilio de Nicea. Un documento que, en cierto modo, también esboza algunos elementos de la orientación teológica y pastoral de su pontificado. 

El primer viaje apostólico del Papa León XIV, programado del 27 de noviembre al 2 de diciembre, tendrá precisamente una etapa particularmente significativa: Iznik, la antigua Nicea, lugar del Concilio de 325, donde se formuló el Credo que aún hoy une a la comunidad cristiana. 

La intención es «custodiar y transmitir con amor y con alegría el don recibido», retomando el lenguaje del Credo niceno: Jesucristo, Hijo único de Dios, «que bajó del cielo para nuestra salvación». 

El Papa no propone una relectura histórica de Nicea, sino que reconecta el dogma cristológico vinculado a ella con los retos actuales, insistiendo en que la teología no es una conservación pasiva, sino un ejercicio continuo de discernimiento a la luz de la Tradición. 

La fe, recuerda el Papa, no es un proyecto humano que se modela según las modas culturales, sino un don que hay que acoger, custodiar y transmitir. 

Refiriéndose a los Evangelios y a las cartas paulinas, el Papa León XIV identifica en la filiación divina de Cristo el centro de la Revelación. Por eso, el Credo niceno no representa un vestigio histórico, sino un baluarte que protege la verdad de los errores de cada época. 

Al igual que en el siglo IV Arrio intentó hacer «más comprensible» el misterio reduciendo la divinidad del Hijo, hoy —advierte el Papa— sigue existiendo la tentación de moldear el cristianismo según los criterios de la cultura dominante. 

Los Padres, recuerda el Papa León XIV, utilizaron categorías filosóficas como ‘ousia’ y ‘homoousios’ no para complicar la fe, sino para protegerla. La misma tarea le espera hoy a la teología: no negociar la verdad, sino expresarla con fidelidad. 

Uno de los pasajes particularmente autorizados de la Carta publicada se refiere a la divinización, la gran intuición de los Padres griegos. 

Citando a San Atanasio, Cristo se hizo hombre «para poder divinizarnos». El Papa León XIV recuerda que la vocación última de la humanidad es la participación en la vida divina, como afirma también la Segunda Carta de Pedro. No se trata de una fusión mística ni de una exaltación individual: es participación en la vida divina. 

De ahí deriva también la dimensión ética de la fe. Profesar «un solo Dios, Padre todopoderoso» implica una nueva mirada sobre la creación, no como un bien para consumir, sino como un don para custodiar. 

Del mismo modo, reconocer a Jesús como «Señor y Dios» implica una existencia modelada a su imagen. Y la caridad, explica el Papa, no es un añadido moral, sino una consecuencia ontológica de la Encarnación: «lo hicisteis a mí». 

La Carta dedica una amplia reflexión al valor ecuménico del primer Concilio. Para el Papa León XIV, lo que une a los cristianos —el Credo niceno— es más grande que las diferencias que aún persisten. Sin embargo, no propone un ecumenismo irénico o superficial: la unidad nace de la verdad recibida, no del aplanamiento de las identidades. 

La Trinidad, modelo de comunión en la diversidad, es el paradigma de la unidad cristiana. Y solo el Espíritu Santo, concluye el Papa, puede «unir los corazones y las mentes de los creyentes». 

Volviendo al lenguaje del Concilio de Nicea, el Papa León XIV sostiene que la Iglesia solo puede renovarse reconectándose con la verdad que la generó. Confesar a Jesús como «Dios verdadero de Dios verdadero» no es una herencia del pasado, sino la respuesta más concreta a las crisis espirituales, culturales y antropológicas del presente. 

El Concilio de Nicea no es un monumento: es el punto en el que se encuentran la revelación cristiana y la vocación del ser humano, llamado a entrar en la vida de Dios a través de su Hijo eterno, que se ha hecho nuestro hermano. 

En la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos del próximo año 2026 (https://www.christianunity.va/content/dam/unitacristiani/Settimana%20di%20preghiera%20per%20unit%C3%A0/2026/ES%202026%20SOUC.pdf) éste será el lema “Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu,  como una es la esperanza  a la que habéis sido llamados” - Efesios 4,4 -. 

La Carta del Papa León XIV nos recuerda que en este ámbito ecuménico, «¡realmente lo que nos une es mucho más de lo que nos divide! De este modo, en un mundo dividido y desgarrado por muchos conflictos, la única Comunidad cristiana universal puede ser signo de paz e instrumento de reconciliación, contribuyendo de modo decisivo a un compromiso mundial por la paz». 

Así lo afirma el Papa León en la conclusión de la Carta. «El Concilio de Nicea», escribe, «es actual por su altísimo valor ecuménico». 

El logro de la unidad de todos los cristianos fue uno de los principales objetivos del último Concilio, el Concilio Vaticano II, ahora que estamos a las puertas del día 8 de diciembre y, por lo tanto, a los 60 años de su conclusión en el año 1965. 

«Finalmente, el Concilio de Nicea es actual por su altísimo valor ecuménico. A este propósito, la consecución de la unidad de todos los cristianos fue uno de los objetivos principales del último Concilio, el Vaticano II. Treinta años atrás exactamente, San Juan Pablo II prosiguió y promovió el mensaje conciliar en la Encíclica ‘Ut unum sint’ (25 de mayo de 1995). Así, con la gran conmemoración del primer Concilio de Nicea, celebramos también el aniversario de la primera encíclica ecuménica. Ella puede considerarse como un manifiesto que ha actualizado aquellas mismas bases ecuménicas puestas por el Concilio de Nicea». 

«El movimiento ecuménico», continúa, «ha alcanzado bastantes resultados en los últimos sesenta años. Aunque la plena unidad visible con las Iglesias ortodoxas y ortodoxas orientales y con las comunidades eclesiales surgidas de la Reforma aún no nos ha sido dada, el diálogo ecuménico nos ha llevado» a «reconocer a nuestros hermanos y hermanas en Jesucristo en los hermanos y hermanas de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales y a redescubrir la única y universal Comunidad de los discípulos de Cristo en todo el mundo. Compartimos de hecho la fe en el único y solo Dios, Padre de todos los hombres, confesamos juntos al único Señor y verdadero Hijo de Dios Jesucristo y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa a la plena unidad y al testimonio común del Evangelio». 

«Para poder ejercer este ministerio de modo creíble» el Papa invoca que «debemos caminar juntos para alcanzar la unidad y la reconciliación entre todos los cristianos. El Credo de Nicea puede ser la base y el criterio de referencia de este camino. Nos propone, de hecho, un modelo de verdadera unidad en la legítima diversidad». 

«Debemos dejar atrás controversias teológicas que han perdido su razón de ser para adquirir un pensamiento común y, más aún, una oración común al Espíritu Santo, para que nos reúna a todos en una sola fe y un solo amor». 

«Esto no significa un ecumenismo de retorno al estado anterior a las divisiones», aclara, «ni un reconocimiento recíproco del actual statu quo de la diversidad de las Iglesias y Comunidades eclesiales, sino más bien un ecumenismo orientado al futuro, de reconciliación en el camino del diálogo, de intercambio de nuestros dones y patrimonios espirituales. El restablecimiento de la unidad entre los cristianos no nos empobrece, al contrario, nos enriquece». 

Acabo ya esta reflexión con un apunte de mi impresión personal. Al leer esta Carta Apostólica “In unitate fidei” del Papa León XIV, he tenido una sensación: como que el Papa Leñon XIV hubiera pretendido no limitarse a recordar un Concilio del pasado, sino indicar y proponer un criterio de discernimiento para el presente: ir a la raíz del Concilio de Nicea. 

Y entiendo que esta elección puede decir mucho más que muchas declaraciones. Porque es un gesto de una actitud espiritual que no se impone con fuerza y, precisamente por eso, se vuelve más profundo. 

La Iglesia no se reencuentra a sí misma partiendo de sus dinámicas internas, sino volviendo a la verdad que la sustenta. A su manera, el Papa León XIV nos recuerda que la unidad nace de Jesucristo. 

La Carta relanza de manera clara la pregunta que lo decide todo: ¿quién es Jesús? La Iglesia cristiana es aquella que se centra y se concentra en esta pregunta. Y el Papa León XIV responde como los Padres de Nicea: Jesucristo es el Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Aquí está la Buena Nueva que salva al mundo. 

El Papa no aborda las tensiones eclesiales de manera directa, porque lo hace de una manera más radical. Reenfoca la fe, reenfoca la revelación, reenfoca la cristología. Es una llamada silenciosa y muy elocuente. Y dice a las Iglesias cristianas que ninguna reforma será fructífera si no nace de aquí. Ningún camino ecuménico dará fruto si no permanece arraigado en esta verdad. 

Y precisamente también por eso, esta Carta Apostólica del Papa León XIV es valiosa. No se trata de buscar la unidad en el consenso mutuo sino que indica que la unidad está en el Símbolo de la fe, no en las soluciones diplomáticas. Nos dice que la unidad no se improvisa. La unidad nace de la adoración del Hijo de Dios que descendió por nosotros, cuyo amor en la cruz es creíble precisamente porque es amor divino. 

De esta verdad deriva también nuestra mayor esperanza: la divinización. Si Cristo es «de la misma sustancia que el Padre», entonces su descenso a nuestra carne nos abre el camino para ser hechos «hijos en el Hijo». La fe en el Dios verdadero no es una doctrina pesada, sino la promesa de nuestra verdadera y plena humanización. La caridad, por lo tanto, no es una actividad paralela a la teología, sino su consecuencia natural y luminosa. 

Esta Carta ofrece la Iglesia cristiana una brújula sencilla y seria. Caminar juntos solo puede ser un don si permanecemos unidos en la verdad sobre Jesucristo. Se trata de discernir a la luz del Concilio de Nicea. Aquel Símbolo de la fe no es un texto del pasado sino que quiere ser una raíz viva. 

En este discernimiento, esta Carta nos recuerda también que escuchemos la sabiduría humilde, recordando la provocación de San Hilario: «Los oídos del pueblo son más santos que los corazones de los sacerdotes». 

El Papa nos invita a reconocer la clara intuición de la verdad que a menudo reside en la fe sencilla y no adulterada del Pueblo de Dios. El camino ecuménico es fecundo cuando escucha la verdad que el Espíritu guarda en cada bautizado acudiendo al Credo como criterio para distinguir lo que centra y concentra de lo que dispersa. 

El Papa no pide volver a las formas antiguas. Pide volver al fuego vivo que lo generó todo. Invita a una fe que se convierta en vida. A una unidad que no sea frágil, porque no depende de los equilibrios humanos, sino de la verdad del Hijo de Dios. 

Por eso, en un momento en el que la Iglesia se pregunta muchas cosas, “In unitate fidei” ofrece una contribución decisiva. No responde a los problemas uno por uno. Los ilumina. Indica dónde mirar. Indica por dónde empezar de nuevo. Indica lo que no pasa. 

Y mientras el Papa León XIV se dirige a Iznik, lugar del primer Concilio ecuménico, se comprende que el camino hacia el futuro requiere tanto de la fidelidad a una confesión de fe que nace de la revelación de una persona en la historia, como de la inspiración del Espíritu Santo que acompañe, sostenga y guíe a profundizar y a regresar a lo esencial del itinerario y relato de aquella persona. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 23 de octubre de 2025

El paso del yo a nosotros.

El paso del yo a nosotros 

El Papa Francisco recordaba que durante el Año Jubilar se cumplirían «1700 desde la celebración del primer gran concilio ecuménico, el de Nicea», y subrayaba que «Nicea representa una invitación a todas las Iglesias y comunidades eclesiales a avanzar en el camino hacia la unidad visible» (Spes non confundit 17). 

En particular, destacaba la importancia de reunirse, de la sinodalidad, que desde el Nuevo Testamento es la práctica eclesial de la comunión: «El Año Jubilar puede ser una oportunidad importante para dar concreción a la forma sinodal». 

Y el documento final del Sínodo de la Sinodalidad reitera que «el diálogo ecuménico es fundamental para desarrollar la comprensión de la sinodalidad y la unidad de la Iglesia» (Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión 138). 

Una primera lección «ecuménica» que nos llega de Nicea se refiere, por tanto, a la sinodalidad, tanto en el sentido generalmente aceptado de «camino recorrido juntos», derivado de ‘synodía’, «grupo de personas que caminan juntas», como en el sentido de «cruzar el mismo umbral» y, por tanto, «reunirse», derivado de ‘syn-ὀdos’, con ‘ὀdos’ que, en griego clásico, indica el umbral de la casa. 

En las Iglesias y entre las Iglesias existen diferencias en el plano doctrinal y disciplinario, litúrgico y espiritual, se producen tensiones, conflictos, a veces rupturas y laceraciones. Reunirse para debatir las diferentes posiciones, para conocerse, para limar las divergencias, para recomponer las rupturas, es el camino eclesial para perseguir, construir y sanar la comunión. Y, sobre todo, para crear relaciones y pasar de la desconfianza a la confianza. 

En Nicea - por convocatoria del Emperador, claro está - se produjo la convergencia en una única asamblea de líderes eclesiásticos procedentes de todo el Imperio, aunque los Obispos occidentales eran pocos en comparación con los orientales. Allí se encontraron tradiciones diferentes que antes rara vez habían tenido ocasión de interactuar. 

Más que por los resultados obtenidos - significativos pero no definitivos -, Nicea es importante por la modalidad del evento en sí, que abre el camino a la experiencia de los concilios llamados ecuménicos. 

El conflicto sobre una cuestión doctrinal que, en la iglesia de Alejandría, dividía al Obispo Alejandro del presbítero Arrio, se llevó a Nicea para llegar a una solución. Es decir, es mejor encontrarse hablando que dejar que las cosas se precipiten: las diferencias que dividen a los cristianos deben abordarse reuniéndose, escuchándose, exponiendo sus posiciones, debatiendo para llegar a una decisión. 

Escucha común, discusión común, consulta común, deliberación común: este es el método sinodal. Santo Tomás de Aquino dirá que el Espíritu actúa «en las asambleas»: el diálogo es el camino espiritual para buscar el consenso entre los cristianos. 

Pero la sinodalidad es también caminar y no cansarse de retomar el camino. 

El fin del Concilio de Nicea no significó el fin de los problemas: la condena de la posición de Arrio no puso fin a la crisis arriana y el arrianismo siguió difundiéndose durante todo el siglo V. El Símbolo de Nicea fue retomado y completado en el Concilio de Constantinopla del año 381; la fecha de la Pascua decidida en Nicea no puso fin a la querella que aún hoy es una cuestión ecuménica abierta. 

Es decir, el final de un Concilio es el comienzo de la fase de su recepción. El camino sinodal no termina con la clausura de los trabajos de la asamblea y la redacción de un documento. Incluso las decisiones tomadas se ponen en tela de juicio por los acontecimientos y, mientras tanto, los cambios históricos pueden requerir adaptaciones y correcciones de las mismas. 

Además, reunirse y caminar juntos exige la construcción del sujeto plural «nosotros». La formulación del Símbolo de Nicea se abre con la confesión de fe en plural: Creemos. 

Dentro de cada Iglesia y entre las Iglesias, siempre hay que pasar del yo al nosotros, y aprender a pensar con la otra Iglesia, no sin ella, ni contra ella, ni por delante de ella, ni por encima de ella, ni antes que ella. 

Como Símbolo universal suscrito por todos (o casi todos) los Obispos, el Símbolo niceno de fe es una novedad. Incluso un Símbolo de fe es obra humana, es deudor de un período histórico, de una cultura y de una lengua particulares, está necesariamente fechado. Y la expresión lingüística del misterio nunca es el misterio mismo: Dios no es su definición lingüística. 

En Nicea se resolvió la cuestión planteada por Arrio sobre la naturaleza del Hijo recurriendo al término no bíblico ‘homoousios’ - «de la misma sustancia» -, es decir, con una obra de inculturación. 

Y esta tarea de inculturación sigue interpelando hoy a todas las iglesias llamadas a discernir los signos de los tiempos y a anunciar a Jesucristo a los hombres y mujeres del siglo XXI. 

Porque el criterio auténtico de la Tradición no está en el pasado, sino en el futuro, es escatológico, es el Reino de Dios hacia el que todas las Iglesias están caminando. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 16 de octubre de 2025

El Credo de Nicea permanece después de diecisiete siglos.

El Credo de Nicea permanece después de diecisiete siglos

Ha sido un aniversario de lo más normal. Muchas intervenciones, opiniones diversas, celebraciones moderadas. Para la Iglesia —y también para los teólogos— no ha habido una gran diferencia conmemorativa con otros Concilios menos o poco conocidos: aunque en el año 325 d. C. reunirse para «caminar juntos» entre comunidades diferentes era una práctica habitual.

 

El Concilio de Nicea fue el primero realmente normativo. Retomo la palabra, como de costumbre sin competencias específicas —pero no hace falta ser académico de la teología para expresar una opinión como bautizado (rey, sacerdote y profeta)— para volver sobre un acontecimiento que parece una ocasión perdida para comprender mejor la fe de nuestra Iglesia.

 

Sobre todo en una época en la que se siente todo el peso del envejecimiento, que también se nota en esa misa dominical que repite el Credo de Nicea, monótono porque se considera exhaustivo incluso después del paso de los siglos. Diecisiete para ser más exactos.

 

Alguien habló del texto del Credo como de un texto en el que se habla de fe sin mencionar siquiera el amor.

 

Ahora ya estamos en otoño de 2025 y parece que ya no hay mucho que decir sobre el Concilio de Nicea; incluso el Sínodo de la Sinodalidad queda un poco eclipsado por el Jubileo de la Esperanza.

 

Sin embargo, no faltan los problemas y la Iglesia se ve envuelta en cuestiones que no pueden descargarse en un juicio moral anodino o en la laicidad política. Todos estamos involucrados en las guerras que han vuelto a penetrar directamente en la sociedad europea, mientras que las armas reclaman el prestigio de la seguridad y chantajean una vida digna a los ciudadanos.

 

Con el regreso de las guerras, las religiones han vuelto a ocupar un primer plano - inquietante la coincidencia causal -.

 

Los católicos creen que pueden mantenerse al margen porque el Concilio Vaticano II ha recompuesto aquella lacerante persecución contra los judíos, pero el antisemitismo siempre vuelve a ser motivo de preocupación porque nos damos cuenta de que, aunque pasan los tiempos, las diferencias que se han producido nunca quedan claras y vuelven los prejuicios peligrosos porque se unen el judaísmo, en cuyo seno se encuentra el rigor de la ortodoxia, el sionismo y el nacionalismo de los gobiernos, hoy en manos de la derecha, incluso extremista, para mantener el poder mayoritario de Benjamin Netanyahu. Ahora, además, también está involucrado el Islam.

 

Como cristianos que se proponen la práctica del ecumenismo nos damos cuenta de que la inter-confesionalidad debería servir de puente para el diálogo entre las religiones.

En esencia, debemos replantearnos nuestra buena voluntad como fieles cristianos, acostumbrados a relacionarnos más o menos con las otras variantes cristianas de nuestro tiempo, sin dar por sentada la historia de su irreversible distancia entre sí.

 

La laicidad es aún tan inmadura que mantiene la reciprocidad de las relaciones entre Iglesias que ya no se denominan «separadas», pero que aún temen aceptar, si se les invita, el acceso a la comunión en una cena sagrada en casa de otros, lo que demuestra la persistencia en mantener las distancias con «los demás» dentro de los límites de la buena educación, ignorando la necesidad ya madura de extender el derecho a la igualdad en la fe común que la historia ha declinado en formas diferentes ahora definitivas.

 

Porque podemos culpar a la secularización y al secularismo pero son las «religiones» las que corren el riesgo o de volver a determinadas formas sacrales o de proyectarse en un futuro por inventar, ya que será inédito.

 

El pasado reciente no ha tenido el valor de afrontar los nuevos problemas —tecnologías, crisis climática, inmigración, prevención de conflictos— y el presente se ha precipitado en la violencia y las guerras.

 

Las religiones tienen la obligación de sostener la esperanza entre los seres humanos. Que, como enseñaba el Papa Francisco, es una virtud activa y corresponde a las Iglesias no valorar los aspectos consoladores del culto, ni privilegiar la tradición, sino impedir la resignación y el miedo, reacciones comunes a todos.

 

Precisamente la necesidad de salvación a niveles de mayor conciencia y crítica induce a declinar la verdad cristiana en un contexto abierto al futuro. No solo está en juego la libertad de los hijos de Dios sino la libertad civil.

 

Vuelvo a lo que me intriga. Sí, me intriga aquella constatación sobre la ausencia de la palabra «amor» en un documento considerado fundacional que cada Domingo implica la confesión de fe individual en una comunidad cristiana.

 

Ni qué decir tiene que la ausencia del «Reino de Dios», y que fue la pasión de la vida de Jesús de Nazaret, en ese documento considerado identitario de la comunidad cristiana es una ausencia no menos intrigante.

 

Si leemos las crónicas de lo que se está convirtiendo en la democracia estadounidense, nos damos cuenta de que hemos llegado a la degeneración de las teologías políticas.

 

La Iglesia católica tomó cierta prudente distancia de Medjugorie y a muchos católicos no nos gustó el «santo inmediatamente» tras la muerte del Papa Juan Pablo II, pero hoy los fanáticos del Maga, incluido el Vicepresidente de los Estados Unidos de América, están a favor de la «santidad inmediata» para Charle Kirk, con portacruces móvil y todo, y es aún más alarmante que el Presidente Donald Trump siga refiriéndose a Dios para lo que considera su política.

 

El fanatismo y la instrumentalización siempre han existido, pero en 2025 no es posible que la gente no tenga los medios para defenderse. No corresponde a las religiones hacer política, sino mantener en los fieles el deber de responsabilizarse de las decisiones que es justo llamar políticas.

 

Ciertamente hay que tener cuidado de que las religiones se pierdan en el fundamentalismo. Todos, partiendo de nuestra fe, sabemos que Dios es grande y misericordioso pero nos salvamos si, por ejemplo, defendemos la paz evitando la violencia, o damos de comer al hambriento, o vestimos al desnudo…

 

También será necesario reconsiderar el significado del Concilio de Nicea, nacido de una situación que se había caldeado y a la que el Emperador Constantino quiso poner remedio imponiendo un acto formal de recomposición de las divergencias entre las comunidades cristianas que, en los primeros siglos, se tomaban muy en serio la búsqueda de la autenticidad de su identidad teológica.

 

De hecho, las diferentes opiniones las hacían responsables de los disturbios civiles: los arrianos eran obstinados y, cuando fueron declarados herejes, no se rindieron.

 

La Tierra Santa había dado muchos quebraderos de cabeza a la política tolerante de los romanos (a quienes les bastaba con que los pueblos pagaran impuestos y se adaptaran a la política exterior) con la primera guerra judía (y la destrucción del Templo) causada por el principio monoteísta que prohibía honrar al Emperador como a un dios.

 

Cuando los nuevos cristianos comenzaban a entrar en conflicto en nombre de Jesucristo —crucificado bajo un Emperador de nombre Tiberio— y del Dios único, el Emperador Constantino, entre varias guerras en el norte, convocó a los Obispos de las diferentes tendencias para que se pronunciaran sobre una verdad definitiva.

 

Los problemas de los cristianos se referían a la complejidad de la naturaleza humana y/o divina de Jesucristo y su relación de «Hijo de Dios» con el Padre. Una controversia teológica resuelta por un Emperador que supo obligar a los Obispos a alcanzar un acuerdo metodológicamente anticipador de las resoluciones dogmáticas de las Iglesias ya preparadas para la (relativa) complementariedad entre el Oriente constantinopolitano y el Occidente romano.

 

Somos algunos los que recitamos el «Credo Apostólico», citado por San Cipriano como de uso habitual en los bautismos, y no el niceno. Se trata de una elección individual, generalmente no discutida, probablemente percibida como más atractiva para todos los bautizados, pero en cualquier caso fuera de lo común... que suele ser la rutina habitual del «Credo Niceno».

 

Mientras tanto, hemos perdido la oportunidad de replantearnos «tradiciones» que se han convertido en hábitos y se han alejado de la búsqueda de la verdad de los orígenes de aquellos lugares de Belén, de Nazaret... y de aquella Galilea... Por el momento, tampoco parece que se haya elaborado un nuevo credo más evangélico.

 

La verdad, por definición, también (y sobre todo) para la dogmática, es una búsqueda: nos espera en un punto remoto del futuro. Por el momento, esperemos otro siglo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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