sábado, 3 de enero de 2026

El misterio de la vida oculta de Jesús en Nazaret.

El misterio de la vida oculta de Jesús en Nazaret 

Nunca se habla de los treinta años de silencio de Jesús en Nazaret y sus alrededores. Es curioso que los Evangelios silencien este aspecto de la humanidad de Jesús. ¿Qué significaron para la vida de Jesús? ¿Formación de la conciencia? ¿Estudio? ¿Construcción de relaciones? 

Seguramente ha sido San Carlos de Foucauld uno de los que ha dado importancia al «carácter oculto» de la biografía de Jesús. Y es que seguramente los treinta años de Nazaret no son una simple premisa o prólogo de la revelación, sino la plenitud de la revelación. 

Nazaret es ciertamente el prólogo de la vida pública, el momento preparatorio de la misión, la forma de evangelización que se realiza en un compartir cotidiano genérico y en un testimonio diario tantas veces anónimo. Sí, Jesús de Nazaret es desde el principio el Hombre de la encarnación… 

Y por eso, también Nazaret es la vida de Jesús, no simplemente su prefacio. Es su misión redentora en acción, no su mera condición histórica. 

No tenemos ningún testimonio de aquellos años. Solo podemos aventurar hipótesis... Y, sin embargo, es interesante que también haya algo no dicho sobre Jesús. Y es importante que siga sin decirse porque en él hay un misterio envuelto en la oscuridad. 

¿No sugiere esto algo más sobre nuestra humanidad? ¿Somos realmente totalmente transparentes para nosotros mismos, o tal vez también hay en nosotros un secreto, un no expresado, guardián del misterio de Dios en nosotros? 

Incluso en Jesús no todo es expresable. 

Cuando releemos a San Juan escuchamos: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que haya oído y os anunciará las cosas futuras» (Jn 16,13). Y aún más: «El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,16). 

El Espíritu es el intérprete no solo de las palabras y los gestos de Jesús, sino también de lo no dicho, incluso del silencio de Jesús. 

El Espíritu Santo es como ese puente entre la vida de Jesús y la vida de los creyentes, en la que incluso lo que no sabemos de Jesús, lo que no se ha dicho ni escrito, es decisivo para la fe de los creyentes: «Hay aún muchas otras cosas hechas por Jesús que, si se escribieran una por una, creo que el mundo mismo no bastaría para contener los libros que habría que escribir» (Jn 21,25). 

Lo no dicho protege el misterio de la persona y custodia el misterio de Dios en esa persona, como probablemente nos ocurre a todos nosotros, que no siempre somos tan transparentes. San Marcos, por ejemplo, presenta inmediatamente a Jesús ya adulto. Los Evangelios no quieren agotar el misterio de Jesús, lo dejan abierto. 

Serán las comunidades cristianas a lo largo de la historia, bajo la guía del Espíritu, las que busquen de forma creativa, con valentía, con inventiva, con inteligencia, con imaginación, decir lo que aún no se ha dicho de Jesús. 

Hay que retomar la imagen de los Padres de la Iglesia, según la cual los creyentes son los pies y las manos de Dios en la historia: «El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, y las hará mayores que estas» (Jn 14,12). 

Hay que salvaguardar ese silencio, es importante que permanezca lo no dicho. Es algo así como la modestia de Dios. 

La modestia es siempre guardiana de la libertad y la intimidad del otro. Entonces, lo no dicho se convierte en fuente vital. No todo se puede agotar con palabras. También hay que escuchar el lenguaje del silencio. 

Quizás San Carlos de Foucauld iba precisamente en esta dirección: ponerse ante Dios y adorar este silencio cargado de misterio, de palabra, de presencia, de intimidad. 

Revelación no significa decirlo todo, hay revelación en lo no dicho, en el silencio. Es el tema del «secreto mesiánico». 

Hay un elemento interesante, entre tantos, de la humanidad de Jesús. Por un lado, la identidad de Jesús la revelan aquellos que no deberían revelarla, como todos los que están poseídos por un demonio; por otro lado, a quienes deberían anunciarla —los discípulos, en primer lugar— Jesús les impide decirla. Esto es particularmente evidente en el Evangelio de San Marcos. 

La orden de Jesús de no hablar no significa solo callar porque los discípulos no saben de qué hablan, sino también que hay algo de Jesús que simplemente no se puede saber. 

Creo que esto nos permite alcanzar el significado profundo de la palabra "misterio", una palabra que ya ha sido prácticamente eliminada del vocabulario. 

El misterio no define solo algo que es incomprensible, eso es más bien el enigma. 

El misterio es algo que se me revela poco a poco, con pudor, delicadamente y sin violencia: nunca puedo pretender agotarlo. 

El misterio no es lo incognoscible, sino algo en lo que cuanto más te sumerges, más grande e interesante se vuelve. El misterio no está compuesto solo por palabras que ilustran, sino también por un silencio que hay que escuchar. 

Los treinta años de silencio de Jesús son coherentes con la palabra y el ministerio público de Jesús: el silencio y la palabra forman parte del mismo misterio. Revelo a Dios con la palabra y con el silencio. 

Tal vez, incluso, el «no se lo digáis a nadie» significa quizás que incluso Jesús no sabe inmediatamente cuál es su identidad porque llega a ella poco a poco… Si fuera así, seguramente es también porque hubo una evolución en el camino de Jesús, su propia conciencia progresó hasta comprender plenamente su misión, comprendiéndola desde dentro y a la luz de las Escrituras. 

Ni siquiera Jesús lo sabía todo, no era omnisciente. 

En cuanto al fin del mundo, por ejemplo, sostiene que «en cuanto a ese día o esa hora, nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo ni el Hijo, excepto el Padre» (Mc 13,32). Esto también forma parte de ese misterio que nunca está totalmente disponible. 

«No se lo digáis a nadie» no tiene nada de prudente o esotérico, como si hubiera una verdad que debe permanecer entre unos pocos. 

Jesús, por otra parte, no parece tan interesado en su propia identidad, en revelar quién es. Me parece que está más interesado en vivir una obediencia a las Escrituras y a la voluntad de Dios, porque es esta obediencia la que revela quién es. 

Y, además, es Dios mismo quien confirma la identidad de Jesús ante todos. Como en el bautismo y en la transfiguración: «Vino una nube que los cubrió con su sombra y de la nube salió una voz: ‘Este es mi Hijo, el amado: ¡escuchadle!’» (Mc 9,7). 

En otras palabras, Dios no fingió «hacerse» hombre, no tomó prestado ningún cuerpo para estar en este mundo. 

Por eso me es problemático hablar de dos conciencias de Jesús, la humana y la divina. El discurso de las dos naturalezas es totalmente inconcebible para el judaísmo. Sencilla y llanamente porque Jesús vivía y se movía dentro del mundo judío, de las categorías culturales judías, no poseía los conceptos de la physis griega y sus discípulos tampoco, porque todos eran de ambiente palestino. 

Lo que quiere decir que ha sido una construcción teológica la que ha tratado de explicar el misterio a su manera. Sí, el Credo Nicenoconstantinopolitano se trata de una inculturación más que legítima, pero que siempre, también hoy, debe revisarse. 

El reto, no sé si incluso ‘problema’, es siempre el mismo: no podemos fijarnos en las definiciones dogmáticas considerándolas verdaderas para la eternidad, ya que solo son enfoques lingüísticos relativos a verdades establecidas en determinados contextos históricos, culturales y geográficos. 

No podemos seguir haciendo pasar por verdades las formulaciones lingüísticas de la verdad. La verdad está más allá, Dios es siempre otro. Porque, de lo contrario, estamos perdidos. Ya es suficiente… dejar que Dios sea Dios… y respetar y acoger que así sea. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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