jueves, 8 de enero de 2026

Educar en la mansedumbre.

Educar en la mansedumbre

La paz no nace de personas plenamente resueltas, sino de hombres y mujeres que han aceptado y aceptan el esfuerzo fecundo de convertirse en humanos. No de permanecer humanos, sino de convertirse en humanos. 

Porque lo humano —lo pienso a menudo— no es una condición que hay que defender, sino una realidad que hay que generar. San Pablo diría: «el hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y en la verdadera santidad» (Ef 4,4). Un ser humano aún por revestir diría él. 

Tantas veces creo que hemos de trabajar en una nueva hermenéutica de la historia, más en concreto, en una forma diferente de escribir la historia. Una nueva perspectiva de la historia es leerla y comprenderla no como una mera sucesión de guerras, sino como un examen crítico de las dinámicas y posibilidades, atenta también a la vida cotidiana de los seres humanos. 

Una perspectiva que desplace el foco de la geopolítica a la ética de lo cotidiano. 

La paz no es una utopía espiritual: es un camino humilde, hecho de gestos cotidianos, que entrelaza la paciencia y el coraje, la escucha y la acción. 

La historia no puede leerse y estudiarse solo a través de las fracturas, sino también a través de las costuras. No solo en función de los conflictos, sino de los gestos de cuidado que los han atravesado. No solo según las disputas, sino según las reconciliaciones que han luchado obstinadamente por recomenzar. 

El cuidado, la misericordia, el perdón son acontecimientos que no llenan los manuales, pero son los que han salvado a las generaciones. Y hay personas que pertenece a este tejido: no a la historia gritada, sino a la que cura. 

Se trata de un estilo de vida marcado por la mansedumbre - mansuetudo -. 

Si en tiempos de paz la mansedumbre puede parecer una virtud que casi se da por sentada, en el conflicto se convierte en una verdadera postura. 

Es el valor de rechazar la lógica de la represalia y la sospecha, llevando a cabo un verdadero desarme del corazón que precede a cualquier posible diálogo y confrontación: desde el desarme del corazón hasta el de las palabras y el de los gestos. 

La mansedumbre es... dejar que el otro sea. Esta visión es muy poderosa en un contexto conflictivo. Significa honrar la dignidad y la alteridad del otro, incluso del adversario o del diferente. Es el rechazo a anular al otro en el propio estereotipo, una condición necesaria para no dejarse asimilar por la gramática de la violencia que siempre busca controlar y reducir al otro. 

Alguien diría aquello de «amar primero, amar siempre, amar hasta el final». 

Se trata de un verdadero programa de vida: 

  • Amar primero (dar el primer paso): Rompe la inercia de la pasividad y la espera egoísta de la reciprocidad, reflejando la iniciativa de Dios. 
  • Amar siempre: Introduce la dimensión de la constancia y la fidelidad, esenciales para tejer la vida cotidiana. 
  • Amar hasta el final (hacerse uno): Requiere la aceptación radical del otro, llegando incluso a hacerse cargo hasta identificarse con su realidad. 

A menudo se cita la frase de Dostoievski dándole un sentido positivo: «La belleza salvará al mundo». Pero cuando Fiódor Dostoievski pregunta, a través del príncipe Myshkin: «¿Qué belleza salvará al mundo?», la respuesta no es estética, sino ética: es la belleza de la bondad vivida y sufrida. 

En otras palabras, es la belleza de la integridad mantenida en un mundo embrutecido por la violencia. La belleza que salva no se mide con cánones artísticos o externos. Es la belleza de la caridad en acción. 

Para los cristianos, es la belleza del Inocente crucificado, que «no tiene apariencia ni belleza que atraiga nuestras miradas» (Is 53,2). 

Una belleza sin triunfos, sin narcisismo, sin armas. 

Una belleza hecha de manos que curan, de palabras que construyen, de vidas que acogen. 

Jesús de Nazaret nos muestra que es posible. Porque la paz es una elección, no un favor de la historia. Que el amor no es un sentimiento, sino una responsabilidad. Que la mansedumbre no es evasión, sino profecía. 

En un mundo que se apresura a obtener resultados y que mide a las personas con la balanza de la eficiencia, la mansedumbre parece un estorbo: demasiado lenta, demasiado frágil, demasiado inútil. 

Y, sin embargo, cuánto necesitamos hoy una 'bondad inútil' (una bondad sin utilidad, no orientada a un resultado) que salve a los seres humanos de la resignación y de la violencia en cualquiera de sus formas… siempre violentas. 

La Navidad que estamos a punto de concluir nos muestra aquella extrema fragilidad, aquella extrema pobreza en la que Dios se nos manifiesta, se acerca a nosotros, se hace cercano a nuestra vida. Dios se manifiesta en un Niño: incapaz de hablar, de levantarse, de actuar con autonomía. 

Pero ese Niño nos revela un gran mensaje: la violencia, la prepotencia, la fuerza no se pueden vencer con más violencia, prepotencia o fuerza, sino solo con humildad, silencio e impotencia. 

En el Niño de Belén, el proyecto de oponerse a la violencia con amor es perfectamente visible, está perfectamente presente. Y es que cuando Dios quiere cambiar la historia, no envía un ejército sino un Niño. 

La mansedumbre - mansuetudo - es la lógica alternativa y contrapuesta de la paz «desarmada y desarmante», de la paz «humilde y perseverante», de la que habla el Papa León XIV implora para este mundo en el que «tratamos la paz como un ideal lejano y acabamos por no considerar escandaloso que se pueda negar e incluso que se haga la guerra para alcanzar la paz». Y en el que «se llega a considerar una culpa» el hecho de no prepararse lo suficiente «para reaccionar ante los ataques» y «responder a la violencia». 

La lógica de la mansedumbre - mansuetudo - va «mucho más allá del principio de legítima defensa» en un mundo en el que «los gastos militares han aumentado un 9,4 % con respecto al año anterior, confirmando la tendencia ininterrumpida desde hace diez años y alcanzando la cifra más alta de la historia, 2,718 billones de dólares, es decir, el 2,5 % del PIB mundial», en un mundo el que «los repetidos llamamientos a aumentar el gasto militar y las decisiones que se derivan de ellos son presentados por muchos gobernantes con la justificación del peligro que representan los demás. De hecho, la fuerza disuasoria del poder y, en particular, la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre los pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y el dominio de la fuerza». 

Si te parece, hasta puedes escuchar esta página bella de música que invita a contemplar la belleza de la mansedumbre también de Aquél que dijo de sí mismo que era manso y humilde de corazón: https://www.youtube.com/watch?v=aKN9ubD54n0 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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