martes, 21 de abril de 2026

La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado.

La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado

El Crucificado es una persona, frágil, un hombre.

 

Es alguien que vivió pobre entre los pobres, mal visto por los poderosos, despreciado por los bien-pensantes y santones religiosos, condenado injustamente, víctima a la vez del poder político y religioso, sufriendo entre los condenados a muerte.

 

Es el emblema de toda injusticia humana, de toda opresión sobre los débiles… ¡y decía ser Dios!

 

¿Quién puede seguir teniéndole miedo, quién puede temer de un hombre clavado en una cruz?

 

Toda confesión cristiana tiene como emblema la Cruz y al Crucificado; para los musulmanes, Jesús es un profeta venerado; para los budistas, ninguna religión supone un problema; y para los hindúes, un dios más no molesta en absoluto.

 

¿Quién puede sentirse ofendido por un Crucificado?

 

Sin duda, a los poderosos y a la fuerza bruta le molesta esa indefensión desarmada y desnuda.

 

Todo credo, ya sea laico o religioso, aspira al dominio. La convicción de tener la ley y la razón de su parte sustenta la arrogancia de los poderosos.

 

La misma cruz se ha utilizado como signo de poder y superioridad a lo largo de la historia. La cruz sí, es cierto, pero el Crucificado no.

 

La cruz por sí sola es un simple signo. Pero es algo muy distinto si hay un hombre clavado en ella.


Porque muestra —a quienes tienen en sus manos la acción política, social o religiosa— al ser humano con sus límites y fragilidades.

 

Porque indica cuál es el lado correcto de la historia: el que protege a los pobres y a los frágiles del poder desmesurado de los poderosos; de lo contrario, la historia no es más que la ley de la selva elevada a derecho.

 

Porque recuerda que la justicia a menudo condena a los inocentes, cuando es el camino más fácil.

 

Porque revela que toda condena a muerte es una violencia. Y pide que quien sufre en cuerpo y alma sea protegido, socorrido, consolado.

 

Es un hombre, el Crucificado, el que impide —a quien usa el poder para su propia soberbia— proclamar que tiene a Dios de su parte.

 

La cruz puede ser un objeto de moda, el Crucificado, en cambio, habla de violencia y muerte.

 

Habla de nosotros. Sin palabras, grita a los oídos de un poder político que ha perdido de vista —si es que alguna vez la tuvo— el sentido de su deber que no es otro sino el  servicio al ser humano.

 

Toda institución debería colocar bien a la vista a ese Hombre clavado en la cruz.

 

Ecce Homo! Él es el Hombre: el que ha dado esperanza a miles de millones de personas a lo largo de dos milenios de historia y ha inspirado a la humanidad y algunos de sus mejores ejemplos.

 

Toda persona a quien se le ha confiado el destino de otros debería subir a ella, a la cruz, para mirar desde allí el mundo y la historia, junto a ese Hombre, para descubrir su propia fragilidad, su propia necesidad de justicia y fraternidad, para hacerse compañero de camino de cada uno.

 

Seguramente, desde arriba de la cruz, el poder político de máquina al servicio de la fuerza bruta se descubriría ser humano como todos y al servicio del lado correcto de la historia que tiene que ver con el derecho del débil y la justicia del inocente. Lo contrario a eso es una profanación de lo más sagrado que es precisamente la vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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