La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado
El Crucificado es una persona, frágil, un hombre.
Es alguien que vivió pobre entre los pobres, mal visto
por los poderosos, despreciado por los bien-pensantes y santones religiosos,
condenado injustamente, víctima a la vez del poder político y religioso,
sufriendo entre los condenados a muerte.
Es el emblema de toda injusticia humana, de toda
opresión sobre los débiles… ¡y decía ser Dios!
¿Quién puede seguir teniéndole miedo, quién puede temer
de un hombre clavado en una cruz?
Toda confesión cristiana tiene como emblema la Cruz y
al Crucificado; para los musulmanes, Jesús es un profeta venerado; para los
budistas, ninguna religión supone un problema; y para los hindúes, un dios más
no molesta en absoluto.
¿Quién puede sentirse ofendido por un Crucificado?
Sin duda, a los poderosos y a la fuerza bruta le
molesta esa indefensión desarmada y desnuda.
Todo credo, ya sea laico o religioso, aspira al
dominio. La convicción de tener la ley y la razón de su parte sustenta la
arrogancia de los poderosos.
La misma cruz se ha utilizado como signo de poder y
superioridad a lo largo de la historia. La cruz sí, es cierto, pero el
Crucificado no.
La cruz por sí sola es un simple signo. Pero es algo
muy distinto si hay un hombre clavado en ella.
Porque muestra —a quienes tienen en sus manos la acción política, social o religiosa— al ser humano con sus límites y fragilidades.
Porque indica cuál es el lado correcto de la historia:
el que protege a los pobres y a los frágiles del poder desmesurado de los
poderosos; de lo contrario, la historia no es más que la ley de la selva
elevada a derecho.
Porque recuerda que la justicia a menudo condena a los
inocentes, cuando es el camino más fácil.
Porque revela que toda condena a muerte es una
violencia. Y pide que quien sufre en cuerpo y alma sea protegido, socorrido,
consolado.
Es un hombre, el Crucificado, el que impide —a quien
usa el poder para su propia soberbia— proclamar que tiene a Dios de su parte.
La cruz puede ser un objeto de moda, el Crucificado,
en cambio, habla de violencia y muerte.
Habla de nosotros. Sin palabras, grita a los oídos de
un poder político que ha perdido de vista —si es que alguna vez la tuvo— el
sentido de su deber que no es otro sino el
servicio al ser humano.
Toda institución debería colocar bien a la vista a ese
Hombre clavado en la cruz.
Ecce Homo! Él es el Hombre: el que ha dado esperanza a
miles de millones de personas a lo largo de dos milenios de historia y ha
inspirado a la humanidad y algunos de sus mejores ejemplos.
Toda persona a quien se le ha confiado el destino de
otros debería subir a ella, a la cruz, para mirar desde allí el mundo y la
historia, junto a ese Hombre, para descubrir su propia fragilidad, su propia
necesidad de justicia y fraternidad, para hacerse compañero de camino de cada
uno.
Seguramente, desde arriba de la cruz, el poder político
de máquina al servicio de la fuerza bruta se descubriría ser humano como todos
y al servicio del lado correcto de la historia que tiene que ver con el derecho
del débil y la justicia del inocente. Lo contrario a eso es una profanación de
lo más sagrado que es precisamente la vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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