La arrogancia del poder
La arrogancia prepotente es una especie de indigestión de poder.
La historia ofrece grandes ejemplos y, como enfermedad, es tan antigua como la humanidad.
No solo es frecuente entre los políticos, sino que aparece con frecuencia entre los directores generales, los presidentes de empresas prestigiosas o entre los profesionales que alcanzan un alto nivel de poder en su sector.
La peculiaridad es que quienes la padecen acaban siendo destructivos para la organización o la empresa que dirigen y para su propio entorno.
La razón por la que muchos partidos políticos, empresas, organizaciones sociales,…, echan por tierra los buenos propósitos por los que fueron creados es precisamente tener al mando a una persona que padece la enfermedad de la arrogancia prepotente.
No me refiero a un impulso irracional y desequilibrado, sino a un intento de transgredir los límites cuando la insolencia y la arrogancia dominan.
Carisma, encanto, capacidad de inspirar, amplitud de miras, disposición a asumir riesgos, grandes aspiraciones, audacia, autoestima… suelen asociarse con un liderazgo exitoso.
¿Dónde está el límite? ¿En qué momento estos aspectos transforman a un líder resuelto e intrépido en un peligro?
La línea divisoria es, precisamente, la arrogancia, la impulsividad, la negativa a escuchar o aceptar consejos y una forma particular de incompetencia debida precisamente a la impulsividad insolente.
La arrogancia extrema constituye un conjunto de características —o síntomas— desencadenadas por un «gatillo» específico que es, precisamente, el poder. Y, por lo general, termina cuando se pierde el poder.
La clave es que esta enfermedad es un trastorno de la posesión del poder —en particular, el asociado a un éxito abrumador— mantenido durante un cierto número de años con mínimas restricciones para el líder.
Quienes la padecen tienen una propensión narcisista a ver su mundo como un escenario sobre el que ejercer el poder y buscar la gloria; en consecuencia, muchas de las
acciones emprendidas servirán
más que nada para mejorar y reforzar la imagen,
por la que sienten una preocupación
desproporcionada, perdiendo de vista los objetivos de su propio papel.
Se identifican con la nación, o con la organización que representan, hasta el punto de considerar que los puntos de vista y los intereses son idénticos, es decir, perfectamente superponibles.
Desprecian los juicios y los tribunales «terrenales» que critican su inmoralidad y su desprecio por la ética; solo serán juzgados por los dioses y por la historia y, en su mente, absolutos y reivindicados sin sombra de duda.
Seguramente el escenario hasta es similar a otros trastornos de la personalidad (narcisismo…) pero en este caso el detonante es el poder, especialmente si va acompañado del éxito.
Las personas en posiciones de poder pueden volverse más impulsivas, menos conscientes de los riesgos y, sobre todo, menos capaces de considerar los hechos desde el punto de vista de otras personas.
Los síntomas pueden atenuarse o desaparecer, junto con la pérdida del poder que los «desencadenó».
Las personas humildes, dotadas de sentido del humor, de autocrítica y de autocontrol, corren menos riesgo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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