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miércoles, 2 de septiembre de 2026

La mesa del Reino.

La mesa del Reino

El Reino de Dios no tiene muros. Es una una mesa.

 

No busquemos al Altísimo solo en los Templos de piedra o en los polvorientos rollos de la Ley, porque Él ha elegido el aroma del pan y el calor del vino para hacerse carne entre nosotros.

 

Llegará el tiempo —y es este— en el que comprenderemos que cada comida es una ocasión de salvación.

 

Jesús no convocó concilios ni sínodos, sino que preparó mesas.

 

Él inauguró un nuevo estilo de vida que no pasa por la doctrina abstracta, sino por la calidad de mirarse a los ojos mientras se parte el pan.

 

La mesa es el lugar donde caen las máscaras y el alma se desnuda.

 

¡Fijémonos en quienes se sientan junto al Maestro!


La profecía sacude nuestras jerarquías: no hay asientos reservados para los justos.

 

A su alrededor, toda la humanidad se mezcla en un abrazo escandaloso.

 

La prostituta y el fariseo, el pecador y el doctor de la Ley comparten el mismo espacio.

 

No es un círculo para privilegiados, sino el arca de Noé de la Nueva Alianza, donde todo náufrago encuentra quien le escuche.

 

Nadie queda excluido del deseo del Amor que ha venido entre nosotros; el único requisito para sentarse es el hambre y sed de verdad.

 

Quien se sienta a la mesa de Jesús nunca vuelve a ser el mismo.

 

Esta es la promesa: uno se sienta encorvado y se levanta íntegro; uno se sienta como un forastero y se levanta como hermano o hermana.

 

Al igual que los discípulos de Emaús, nuestros ojos están velados a lo largo del camino, pero se abren de repente al partir el pan.

 

Allí, en el ritmo del compartir, Jesús ya no es un recuerdo, sino una presencia que enciende el corazón.

 

Es hora de despertar.


La Eucaristía no es un precepto que haya que observar por obligación, ni un rito que haya que celebrar en soledad.

 

Es el grito de deseo del alma que busca a su Creador.

 

Es el sacramento del vínculo, el taller donde se tejen los lazos de la amistad más profunda.

 

Celebremos la Eucaristía no por miedo, sino para fortalecer la alianza de los corazones.

 

«Necesitamos ver a Jesús».

 

La Iglesia del futuro o será una comunidad de amigos alrededor de una mesa, o no será.

 

Sentémonos, pues. Escuchemos. Dejémonos conocer.

 

Porque en ese trozo de pan partido no solo está la presencia del Misterio, sino toda nuestra humanidad, por fin reencontrada y amada.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 25 de junio de 2026

¿Y si fuera la mujer a predicar la homilía?

¿Y si fuera la mujer a predicar la homilía? 

Entre las prohibiciones actuales que muchos en la Iglesia Católica discuten con respeto, seriedad, profundizaciones doctrinales y sin disputas ni lógicas de poder a adquirir, hay una en particular que concierne a los fieles laicos, mujeres y hombres, quienes, si bien pueden participar de diversas maneras en el servicio litúrgico, no pueden ofrecer la homilía durante la celebración eucarística. 

El Código de Derecho Canónico establece claramente que “la homilía… está reservada al sacerdote o al diácono” (canon 767, § 1). 

Si esta es la legislación que debe respetarse, no es ilegítimo plantear preguntas, solicitar aclaraciones y expresar expectativas y deseos de que la autoridad competente revise la legislación actual. ¿Existen razones para tal debate? 

Así lo creo, como ya lo han hecho teólogos de gran competencia y autoridad, entre ellos Jean-Hervé Nicolas e Yves Congar. Junto a ellos cabe preguntarse: ¿la disciplina actual responde a una necesidad doctrinal u obedece a otras razones...? Y, llegado el caso ¿a qué razones? 

He leído que la predicación homilética encomendada a algunos laicos y laicas elegidos y nombrados por el Obispo no sería una novedad en la larga historia de la Iglesia desde la antigüedad. Baste recordar aquí que en la Edad Media, antes de la prohibición de predicar a los laicos establecida en 1228 por Gregorio IX, los Obispos y el Papa concedieron el mandatum praedicandi a algunos laicos y laicas, en un fecundo ejercicio de renovación dentro de los movimientos evangélicos laicos que se desarrollaron en el tiempo de la reforma gregoriana. 

Pero recordemos que esto fue posible también para algunas mujeres, entre las que destaca Hildegarda de Bingen (1098-1179), proclamada Doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, abadesa que predicó en diversas catedrales convocada por los Obispos y tuvo entre sus oyentes a Eugenio III. 

¿Y hoy? En la Iglesia postconciliar, desde que el Papa Juan XXIII con su discernimiento profético identificó entre los “signos de los tiempos” la entrada de la mujer en la vida pública, hemos escuchado repetidamente voces – empezando por las de los Papas – que se alzan para pedir una mayor valorización de la mujer en la Iglesia, una mayor participación en las diversas instituciones que la gobiernan y organizan, un reconocimiento de todas las facultades que como mujeres bautizadas poseen por derecho propio. 

No faltan voces que piden la admisión de las mujeres al diaconado o al orden presbiteral, pero sobre este tema hay pronunciamientos recientes y rotundos (al menos por el momento) del Magisterio. 

Hay, en cambio, un camino bastante decisivo para la valorización de la mujer en la Iglesia, una posibilidad que concierne a los fieles más generalmente, hombres y mujeres. Una posibilidad ya experimentada en la historia de la Iglesia y de hecho presente, a pesar de la disciplina actual, en muchas Iglesias Locales: la toma de la palabra en la asamblea litúrgica por parte de fieles laicos, hombres o mujeres. 

Y creo que no sólo que las mujeres saben predicar la Palabra de Dios tan bien como los hombres, sino que, leído e interpretado por mujeres preparadas y competentes, el Evangelio adquiere armonías nuevas y diferentes. La Iglesia será más rica cuando las mujeres puedan predicar. 

No pocos han advertido contra la “clericalización de las mujeres”, temiendo el peligro de que las mujeres llenen las sacristías en lugar de ser cristianas en el mundo. Creo, sin embargo, que al permitir a algunos laicos ofrecer a veces la homilía durante la liturgia eucarística, no se les está clericalizando, sino que más bien se está reconociendo un don en aquellos que posean ese don. 

En esta posibilidad se podría ver el reconocimiento de la presencia de dones que el Espíritu dispensa como y cuando quiere, manteniendo siempre el necesario discernimiento y reconocimiento por parte del Obispo. 

De otra manera, ¿por qué la única voz que proclama el Evangelio en la liturgia es siempre la de un hombre y nunca la de una mujer? 

La Iglesia puede expresarse con dos voces, masculina y femenina, porque la lectura y la interpretación de las Sagradas Escrituras adquieren en ambos casos acentos diferentes, lo que sólo puede enriquecer al Pueblo que escucha a Dios. 

Pensemos también en la situación de las comunidades monásticas femeninas, donde el capellán, siempre y sólo él, ofrece la homilía cada día y las monjas sólo lo escuchan a él, sin tener nunca la oportunidad de predicar, aunque sean un grupo pequeño y capaces de hacer oír sus respectivas voces de manera autorizada en la liturgia eucarística. 

Además, ¿cómo olvidar que Jesús predicó en las sinagogas de Nazaret y de otras ciudades sin ser ni sacerdote ni rabino ordenado, sino que lo hizo por carisma profético y por encargo de los dirigentes de las distintas sinagogas? 

Si el Apóstol Pablo pudo escribir en el siglo I - «Las mujeres callen en las congregaciones, porque no se les permite hablar» (1 Co 14,34) -, hoy, que estamos en el siglo XXI, existe la necesidad, al menos en Occidente, de que en las asambleas de la Iglesia también se dé la palabra a las mujeres que tengan ese carisma y se les permita hablar con esa autoridad. 

¿O va a ser a verdad a estas alturas que el derecho a la palabra en las asambleas litúrgicas es 'cosa de hombres' emulando el eslógan de aquel anuncio publicitario de cierto brandy español? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 9 de junio de 2026

El arte de la homilía que nace de la oración y no del algoritmo.

El arte de la homilía que nace de la oración y no del algoritmo

No sé qué parecería si un enamorado utilizara la IA para escribirle a su enamorada. Tampoco sé que parecería si un profesor utilizara esas misma IA para presentar a su clase a Cervantes, Ortega y Gasset, Velázquez,…

 

Hablar significa exponerse, comunicarse, acoger al otro a través del difícil arte de escuchar y abrir la propia interioridad para que fluya hacia quien escucha.

 

Entiendo que la homilía significa ante todo acoger al Dios de Jesucristo no solo con palabras, sino con la vida, y proponerlo a la comunidad reunida para la Eucaristía.

 

Por otra parte, la Palabra de Dios nunca ha podido expresarse sino a través de la palabra humana.

 

Esta es la gran responsabilidad no solo del que preside, sino de cualquiera que «se atreva» a comprometerse a comentar un versículo del Evangelio, de las Cartas y de toda esa obra monumental que es el Antiguo Testamento.

 

Algo que solo el ser humano puede hacer, y no confiar en un programa informático neutro y frío.

 

He utilizado a propósito el verbo «atreverse», porque este es el sentimiento de quien se adentra en las páginas bíblicas y quiere proponérselas a una comunidad, con el riesgo, que siempre nos acompaña, de no ser capaz de transmitir la verdad del Anuncio, quizá también por no haber estudiado, orado ni meditado sobre ello.


 

Hay una frase que se atribuye a un cristiano teólogo, pastor y mártir de nombre Dietrich Bonhoeffer: “el reclinatorio ha desaparecido de la habitación del pastor”.

 

Es una frase que critica esa culpable superficialidad de quien se encarga del ministerio de predicar una homilía, como si se tratara de algo fácil, repetitivo y previsible, por lo que la celebración se vuelve inútil, una pérdida de tiempo fútil.

 

Es cierto que con la IA se ahorra mucho tiempo, y también es una ayuda que se ha vuelto esencial para obtener información de todo tipo en plazos extremadamente ajustados.

 

Pero queda fuera toda la relación humana, que es indispensable para una verdadera comunicación.

 

Es más, diría que, cuanto más se expande la técnica artificial, más se vuelve el ser humano afónico, con la pérdida de un pensamiento crítico, capaz de descifrar su propio tiempo, interpretarlo y orientarlo en sentido profético.

 

Es necesario detenerse en la Escritura: es un trabajo en toda regla, no solo porque hay que traducir la palabra antigua con términos modernos, sino sobre todo porque no es mi palabra, no me pertenece, sino que es la del Dios, y hay que transmitirla sin edulcorarla cuando el texto parece demasiado duro, sin forzarla para que diga algo que atraiga, que conmueva, sin caer en discursos edificantes y moralizantes.

 

No artificiosidad, sino verdad, con la humildad del corazón, que reconoce que la Palabra siempre nos trasciende, que no somos ni dueños ni árbitros, sino depositarios y servidores.


El Papa Francisco, en «Evangelii gaudium», dedicaba a este tema el núcleo de todo el documento, deteniéndose en el anuncio del Evangelio en el mundo actual.

 

No solo, afirmaba, es necesaria durante la semana una preparación seria, dejando en segundo plano otros compromisos también importantes, sino que también hay que encontrar palabras adecuadas para encarnar el Evangelio a ese pueblo concreto al que se refiere.

 

Porque el anuncio evangélico no se transmite siempre con determinadas fórmulas establecidas o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable, sino que se transmite de formas tan diversas que es imposible catalogarlas, y en las que el Pueblo de Dios es un sujeto colectivo.

 

La palabra es creativa. No hay un lenguaje estándar: cada palabra, cada tono de voz, cada pausa, revela la interioridad de quien se presenta ante sus oyentes, de modo que el mismo texto, por ejemplo la Escritura, adquiere profundidad y revela toda su riqueza.


Así, la Palabra de Dios, a través de la humanidad del que predica, pasa al cuerpo del Pueblo de Dios en un misterioso entrelazamiento.

El Papa León XIV recordaba al clero de la Diócesis de Roma en su audiencia el 19 de febrero de 2026 (https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/february/documents/20260219-clero-romano.html): 

Entre paréntesis, les invito a resistir la tentación de preparar las homilías con inteligencia artificial. Al igual que todos los músculos del cuerpo, si no los utilizamos, si no los movemos, mueren; el cerebro necesita ser utilizado, por lo que también nuestra inteligencia, la inteligencia de ustedes, debe ejercitarse un poco para no perder esta capacidad. Pero se necesita mucho más, porque para hacer una verdadera homilía, que es compartir la fe, ¡la IA nunca podrá compartir la fe! Esta es la parte más importante: si podemos ofrecer un servicio, digamos inculturado, en el lugar, en la parroquia donde trabajamos, la gente quiere ver su fe, su experiencia de haber conocido y amado a Jesucristo y su Evangelio. Y esto es algo que debemos cultivar continuamente. 

Como si la clave de una verdadera homilía no estuviera únicamente en su estructura sino en la autenticidad creyente del que pronuncia la homilía, es decir, de su fe, de su experiencia creyente, del encuentro personal asiduo con la Palabra... Es otra manera de decir, creo, que la homilía nace del cultivo continuo de la oración - o del “reclinatorio” según la imagen de Dietrich Bonhoeffer - y no del algoritmo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 7 de junio de 2026

Nada humano es indiferente al corazón.

Nada humano es indiferente al corazón 

La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús también nos sitúa ante el corazón palpitante del Evangelio. A ese corazón radical pero en sentido etimológico: un Evangelio que brota de las raíces y permanece ligado a ellas; en otras palabras, un Evangelio más cristiano auténtica y valientemente evangélico. No hay verdadera fe cristiana y evangélica en la historia y en el mundo si no brota de una escucha radical de la Palabra, si no nace de captar y derivar la capacidad de leer el tiempo, de escuchar al Espíritu y, sólo entonces, indicar caminos y horizontes para el camino. 

Cuando experimentamos un cansancio de la mirada -que seguramente es también un cansancio de la escucha- también porque a menudo hemos sumergido la raíz evangélica y la hemos enterrado progresivamente bajo nuestras fatigas, nuestras pérdidas, nuestras prerrogativas, nuestros razonamientos "correctos", nuestros cultos, nuestras estructuras, nuestros miedos. Tal vez hemos ahogado la raíz porque le hemos puesto tanto material humano, confundiéndolo con divino, que le hemos impedido dar fruto. En nuestro afán y arrogancia por saber ya, hemos sido muy poco radicales, sustituyendo lo pasajero y no esencial por lo que está en el corazón del cristianismo: una buena relación con el Dios encarnado, una relación íntima y luego abierta al mundo, que gira en torno a Cristo resucitado. 

El anuncio auténtico y genuino del Evangelio está llamado a seguir reproduciendo en el cristiano aquel corazón a corazón del encuentro con el Cristo del Evangelio. Hay, en el fondo, un corazón a corazón -cor ad cor loquitur, citando a San John Henry Newman- con el Cristo del Evangelio, con el corazón del Dios encarnado, muerto y resucitado, con el corazón del Año de Gracia del Reino de Dios. Esa es la verdadera fuente de la profecía que necesitamos, y de ahí viene la apertura al Espíritu, que luego se convierte en movimiento hacia el exterior. Nada en el mundo nos dará la bondad de Cristo, excepto Cristo mismo. Nada en el mundo nos dará acceso al corazón de nuestro prójimo si no hemos dado a Cristo acceso a nuestro corazón. 

La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es también una invitación, tan directa como saludable, a detenernos en la "radicalidad" de nuestro ser cristiano: que no es radicalidad de ideología ni de acción sino que es la radicalidad de acceso al corazón, es decir, la voluntad de hacernos y ser accesibles en nuestro corazón. Todo lo demás, me parece, es oropel, accesorio, secundario. Pero a menudo, en la vida cotidiana eclesial y en la espiritualidad cristiana, tendemos a confundir la floritura con la raíz de la fe. 

Hace ya unos años, allá por noviembre de 2016, en una peregrinación a Tierra Santa presidí la celebración de la Eucaristía en la Iglesia del Dominus flevit. La denominación de aquella Iglesia recuerda el llanto de Jesús ante la ciudad de Jerusalén (episodio conocido como Flevit super illam es decir "El Señor lloró sobre ella" [la ciudad] en latín), como se menciona también en el Evangelio (cf. Lc 19, 41-44). El interior de aquella Iglesia está dominado por una gran ventana colocada a la altura del altar mayor desde donde se puede contemplar la ciudad de Jerusalén. 

Un corazón que se conmueve y que también "puede llorar". Para qué nos sirve un Señor… o una Iglesia así que "puede llorar". Me pregunto tantas veces ¿para qué sirve la Iglesia? Para anunciar y dar testimonio del Evangelio en el mundo, ciertamente; pero ¿cómo? La idea que solemos tener de la Iglesia es una idea en la que solemos ver a la Iglesia esencialmente como custodia y proclamadora de verdades. Verdades que deben ser afirmadas y reafirmadas, so pena de fracasar en su misión. Y me pregunto, ante el Sagrado Corazón de Jesús, si ésta es realmente la auténtica visión de la tarea de la Iglesia. Y, sobre todo, me pregunto si éste es realmente el modo de ser fieles a la misión de Jesucristo, aspecto del que -estoy convencido- la Iglesia de todos los tiempos no puede prescindir. Es decir, a la forma en que entendió y llevó a cabo su ser Hijo de Dios. 

El Hijo de Dios pasó treinta años de su vida en total clandestinidad, sin decir nada, sin proclamar ninguna verdad, sino sólo compartiendo la vida de todos. Seguramente, también educando y aprendiendo la inteligencia de un corazón que se emociona, se conmueve y llora. Lo esencial, tantas veces lo hemos dicho, es invisible a los ojos… si no son los ojos del corazón. El Hijo de Dios realizó un primer gesto público poniéndose en la fila de los pecadores para recibir el bautismo, pidiendo perdón por pecados que nunca cometió, con la única intención de hacerse semejante a los pecadores. Un Hijo de Dios que pasó por las aldeas de Galilea haciéndose cercano a los que encontraba con sus gestos de atención y de curación antes que con sus palabras. Ciertamente, es un Jesús que no retrocedía cuando había que levantar la voz contra la injusticia, contra la hipocresía, contra la mojigatería de quienes pretendían considerarse justos en detrimento de los demás; pero que ante el dolor y el sufrimiento, en todas sus formas y variantes, Jesús se quedaba sin palabras, conmovido, con el corazón traspasado, y lloraba. Él lloró, como lo ha hecho, lo hace y lo hará todo el mundo. Y actuaba y hablaba como sólo Él podía hacerlo, entregando amor y devolviendo la vida. 

¿De qué sirve un Dios con un corazón que llora? ¿De qué sirve un corazón tan compasivo como tan impotente? Probablemente es la misma pregunta que se hacían, y respondían, los que gritaban bajo la cruz "¡Baja y te creeremos!". Si quieres que te creamos, ¡baja de la cruz! Si quieres ser un dios útil, un dios que nos importe, ¡debes bajar de ahí! Debes decirnos la verdad frente a la muerte; no puedes dejarnos a merced de nuestro sufrimiento, de nuestro dolor. No podemos pensar que un Dios que muere, un Dios que llora, un Dios que grita 'Padre por qué me has abandonado', nos sirve realmente para algo. 

La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús me recuerda también que no siempre tenemos una palabra. Y que tampoco tenemos la "última" palabra -tamquam definitive tenendam- que explique y agote el misterio. Y, sin embargo, sí hay un corazón en el que cabe todo, alegría y dolor, risa y llanto,… Sí hay un corazón capaz de conmoverse mostrando un amor y compartiendo y comunicando vida. 

El Sagrado Corazón de Jesús es para mí una imagen entrañable. Era la imagen querida de mi difunta madre, su devoción más devota, emocionada y sentida. Era la imagen que presidía el salón de la casa que hacía de lugar de encuentro familiar. Es la imagen que también me recuerda en otra forma de ser Iglesia. Porque coincide con la manera que Jesús eligió para ser el Hijo de Dios en la tierra. No un Dios que resuelve nuestros problemas, no un Dios que nos pone en la cara soluciones fáciles para ser creídas intelectualmente, sino un Dios que se hace compañero de itinerario, que no nos aparta del vacío, del sinsentido, del abandono que nos coge cuando nos toca la muerte, sino que nos tiende la mano para que los atravesemos no solos sino junto a Él; que los experimentó primero y por eso es creíble, incluso cuando nos susurra al oído que todo esto no es la última palabra. De un Hijo de Dios en el que todo lo humano encontraba eco en su corazón. 

Y sigo soñando con una Iglesia así, no sólo de palabra: una Iglesia que sepa dejar entrada en su corazón aquello sublimemente humano y divino; que sepa ser compañera de viaje, presencia que comparte y comprende cada situación humana, con pocas verdades pero mucha compasión en el corazón y mucha esperanza en la mirada, en las manos, en los labios; que sepa no decir sino hacer experimentar a cada ser humano, preferiblemente con sus gestos y cuidados, lo que significa que Dios no abandona y que se hace compañero de cada itinerario porque todo encuentra eco en ese corazón sabio porque es un corazón abierto y traspasado. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Las fiestas del realismo de la encarnación… cuerpo… sangre… corazón.

Las fiestas del realismo de la encarnación… cuerpo… sangre… corazón

En estos días, la liturgia nos conduce a través de dos fiestas un tanto peculiares, a primera vista difíciles de descifrar y casi pertenecientes a otro tiempo y quizá a otra fe: la fiesta del "Corpus Christi" (el pan consagrado, signo vivo y real de la Eucaristía celebrada) y la fiesta del "Sagrado Corazón de Jesús" (del que manaron "sangre y agua", en la cruz). 

Si vamos más allá del lenguaje, es más, si nos adentramos en él, descubrimos que la realidad de estas dos fiestas es profundamente antropológica: la experiencia cristiana -que tiene su origen en un misterio de encarnación- no se contenta con ofrecer palabras y rituales, vislumbres del Cielo y gestos "sagrados", sino que se contamina con la verdad de nuestra existencia. Y estamos hechos de carne, sangre, corazón, alimento que nos alimenta y se convierte en signo profundo de compartir y cuidar, de don recibido y ofrecido. 

El hecho de encontrar -al comienzo de nuestro camino espiritual- el gesto de Cristo que se toma a sí mismo, totalmente, y se hace buen pan (y vino) para nuestra existencia, que ama hasta consumirse, hasta no guardarse nada, y que -cada vez que nos encontramos en su nombre- rompe la eternidad de Dios en las migajas de nuestra finitud, nos ayuda a no caer en el engaño de pensar que la fe es ante todo un ejercicio de virtud, una valentía para realizar actos "que Dios quiere", una voluntad que se doblega y se somete a Alguien que percibo por encima de mí, confusa, impersonalmente. 

Al principio está la obediencia: no la obediencia intelectual o mecánica, sino la de ser amado, llamado, convocado. La obediencia de no haber elegido, sino de haber sido elegido. La obediencia de encontrar un don que nos precede, un alimento que nos nutre y nos reclama como esencial, necesario. 

En esta obediencia, en este estar sobrecogidos por el Amor que Jesús nos muestra, sentimos la profundidad del alma de Dios, que se derrama en el alma de su Hijo, que nos inunda con el don del Espíritu. El corazón de Jesús no es sede de buenos sentimientos, sino de decisiones, de libertad que arraiga y da fruto, de pasión que se abre al dolor y a la fragilidad del ser humano y no se deja avasallar, sino que con humildad se pone al servicio. 

El discípulo mira a Jesús, a las manos que acarician, curan, consuelan; que parten el pan y derraman el vino, que están clavadas. Y ve el corazón del Hijo del hombre que le llama a tener un corazón grande, no temeroso, no acorazado, no "esclerótico". Como se lee en la encíclica Deus Caritas est: "Toda la actividad de la Iglesia es expresión de un amor que busca el bien integral del hombre. No es una agenda corporativa, sino una necesidad, una urgencia. Es ser transformados y no poder escapar a la Palabra que nos envía. Es carne, sangre, corazón. Es sobreabundancia de vida". 

Estamos contigo, Maestro, como los discípulos de Emaús, recorriendo los caminos de la historia. Tú nos haces descubrir el verdadero sentido de nuestro vivir, nos invitas a quedarnos contigo para descubrirte como amor que se entrega. Te buscamos Maestro, queremos encontrarte en las pequeñas cosas de nuestra vida, alcanzarte todas esas veces en que pareces lejano. Te buscamos, te anhelamos, y en cambio estás aquí, habitas en ese lugar que tan poco conocemos de nosotros: nuestro corazón. Un corazón cansado, distraído, que hemos convertido en piedra. Tú, en cambio, lo conoces y te compadeces de él: conoces nuestros miedos, nuestras limitaciones, nuestras incoherencias, nuestras debilidades. Nos acoges así, sin pedirnos nada, te haces nuestro compañero de camino: ¡te haces pan para nosotros! Te rogamos, Señor: permítenos que, al presentarnos ante ti hagamos sitio a tu presencia. Que también nuestros corazones se inflamen y sepamos reconocerte siempre en los caminos de la vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 17 de abril de 2026

Ars celebrandi del Triduo Pascual.

Ars celebrandi del Triduo Pascual

El cristianismo nace de un acontecimiento. No de un mito, ni de una idea. Nace de un hecho, de un acontecimiento fundacional (al igual que el budismo y el islam).

 

El acontecimiento tiene un lugar, un tiempo, testigos. La tradición lo llama acontecimiento pascual: un acontecimiento que se extiende en tres momentos inseparables: autodonación, muerte y resurrección.

 

Pero creo que está teológicamente fundamentado declinar estos tres momentos como acto personal de Cristo y no como acción impersonal: Cristo entregado, Cristo crucificado, Cristo resucitado.

 

Por otra parte, es mejor no citar solo «resurrección», porque nadie fue espectador ni testigo de ella; de lo que los discípulos fueron testigos no es del acto de la resurrección (como nadie ha sido nunca testigo de la creación…), sino de la nueva presencia del Resucitado.

 

El acontecimiento central de la fe es el acontecimiento central del Año Litúrgico (después del Domingo).


El Triduo Pascual es la forma ritual con la que la Iglesia se sitúa en este acontecimiento. Y, sin embargo, es precisamente aquí donde aparecen los límites de las celebraciones de estos días.

 

El Triduo a menudo parece traicionado por un imaginario que lo ha fragmentado en días aislados. Nos hemos acostumbrado a celebrar «por días» y no «por acontecimientos», a vivir la Semana Santa (y el Triduo) como un calendario de emociones, no como una entrada en la Pascua.

 

Intento retomar los tres momentos del único Triduo con la certeza de que las referencias son múltiples, tantas como las experiencias humanas que cada uno atraviesa.

 

No se trata de sustituir el rito por experiencias personales, ni de reducirlo a una ceremonia vacía. Los ritos son la luz que interpreta y transfigura la vida; sin ellos, la fe se reduciría a ideas o emociones privadas, una relación sin cuerpo y sin comunidad.

 

El Triduo Pascual nos libera de esta ilusión y devuelve a la fe su forma concreta y pascual. Esto siempre y cuando se garanticen y custodien los ritmos de los ritos; los ritmos (tanto del Triduo Pascual como de la Semana Santa y de los tiempos fuertes en general, de los Domingos…) continuamente interrumpidos por interferencias en forma de comentarios prolijos e inútiles sobre el propio rito o sobre la vida de la comunidad en general, por la incapacidad de dejar que el rito se desarrolle, y que dañan y socavan la reforma litúrgica no en su estructura ceremonial, sino en su patrimonio real: el deseo de garantizar el acceso al misterio de Cristo.

 

Una comunidad que no ha recibido educación litúrgica es una comunidad que no se deja formar por el misterio pascual y permanece (o corre el riesgo de permanecer) al margen de la fe, o atravesándola sin dejarse tocar…


 

El Jueves Santo es el día en que el cuerpo se inclina, lava, parte el pan, bebe vino. Es el día del Cristo entregado (de su autodonación; cf. Éx 12; 1 Cor 11; Jn 13), el día en que el amor no se impone, sino que se expone.

 

Y, sin embargo, cuántas veces ha sido traicionado este día por un imaginario que lo reduce a un recorrido de «sepulcros», a una peregrinación estética, a un rito de paso entre amigos…

 

La Paschalis sollemnitatis lo recuerda con fuerza: no hay «sepulcros», no hay tumbas, no hay escenografías fúnebres.

 

El Viernes Santo es el día de la fidelidad herida. El día en que el amor no se retrae, incluso cuando todo a su alrededor lo niega. El día en que Cristo no reacciona, no se defiende, no devuelve el golpe (cf. Is 52-53; Jn 18-19).

 

Sin embargo, este día sigue siendo a menudo traicionado por devociones y procesiones medievales que transforman la Pasión en una tragedia autónoma, separada de la Pascua, en dolor humano.



Durante siglos hemos vivido un «Triduo de la Pasión» separado de un «Triduo de la Resurrección», como si la muerte fuera un fin y no un paso. Las procesiones y las devociones corren el riesgo de perpetuar este malentendido: un Cristo muerto que no conduce al Resucitado, sino que permanece suspendido en un sufrimiento humano sin salida posible.

 

Como si ese dolor nunca hubiera entrado en el corazón de la Trinidad y no hubiera, por ello, introducido una experiencia en la propia dinámica de la perijóresis (relación) trinitaria: una dinámica que hay que (re)pensar por completo…

El momento del Resucitado está, además, rodeado de silencio, de una suspensión abierta, de una fecundidad inesperada. Y, sin embargo, cuántas veces este día ha sido traicionado por una «disolución de la gloria». Una gloria anticipada, fuera de tiempo, que rompe la lógica del silencio-espera-posibilidad.

 

Y cuántas otras devociones llenan el sábado de palabras, de sonidos, de actividades, como si el silencio fuera una insoportable remisión al vacío estático. Pero la Vigilia —que remite al Cristo resucitado— no es una prolongación artificial del sábado, ni un rito situado «al final» por razones prácticas: es el culmen del tercer día, el momento en que lo que comenzó al atardecer del viernes alcanza su plenitud: la posible apertura silenciosa de la vida que nace.

 

Todo converge en la Vigilia de la historia de la salvación (cf. Gn 1, 22; Ex 14-15; Is 54-55; Ez 36; Rm 6; Mt 28; Mc 16; Lc 24). La Vigilia es el lugar donde la fe donada y herida se abre, se extiende, se dilata: no cierra un tiempo, no cierra al hombre, no lo exalta sin pasado. La Vigilia transfigura la donación y las heridas en un proceso incesante que viene de lejos, como el trabajo constante, silencioso y tenaz de las abejas que generan la cera de la que nace el cirio pascual.


En este lento y constante permanecer en el misterio, el rito es, por tanto, performativo: es ese lugar en el que la forma no se exhibe, sino que sumerge, convirtiéndose en un espacio generativo en el que la fe no se contempla desde fuera, sino que ocurre, envuelve y transforma.

 

Esto significa enseñar que el rito no es algo que «se hace», sino una acción «que nos hace»; no un gesto que observar, sino un lugar en el que dejarse transformar; no un recuerdo que conmemorar, sino un acontecimiento que nos lleva dentro y ante el misterio de Cristo.

 

Explicar el rito sin hacerlo vivir es como enseñar las tácticas futbolísticas sin hacer jugar: se transmiten conceptos, pero se niega la experiencia (y los resultados se ven no solo en el fútbol…).

 

El rito no se entiende de antemano, se entiende desde dentro; no se aprende escuchando, sino participando. Solo sumergiéndose en el gesto, en el silencio, en el ritmo, en el misterio de Cristo que se entrega, puede surgir la fe.

 

Está claro que las devociones populares no deben abolirse: es su ritmo, sin embargo, el que debe servir eventualmente al ritmo del Triduo Pascual y no al revés.

 

Las devociones son parte viva de la fe del pueblo, un lenguaje afectivo, corporal, identitario, de masas. Son acciones «emocionales». Pero se convierten en un problema cuando sustituyen al rito, cuando lo anticipan, lo retrasan, lo ocultan, lo hacen superfluo y casi «ilógico».


Una devoción es auténtica cuando conduce al Triduo Pascual, no cuando lo sustituye. Cuando una devoción impide vivir el ritmo radical del Triduo Pascual, ya no es popular: es ritualidad populista, que traiciona lo que pretende honrar.

 

El drama del Triduo Pascual está aquí: se multiplican los gestos y se pierde el evento (como cuando durante las celebraciones eucarísticas de los «tiempos fuertes» se intercalan —con estilo didáctico— carteles, frases, coreografías…: otra forma de traicionar el recorrido experiencial del rito).

 

Hay que volver siempre al ritmo del Triduo Pascual, y no solo porque las devociones corren el riesgo de reducirlo a partes rancias de viejas costumbres, sino porque es el hombre quien siempre corre el riesgo de reducir las experiencias religiosas a nichos de autocomplacencia y a aislamiento ideológico: todo creyente (todo individuo) se ve siempre tentado a reducir la experiencia religiosa (y la vida) a un refugio autorreferencial.

 

Por el contrario, el ritmo del Triduo Pascual nos despierta a la dinámica de la fe: la entrega del Jueves, la herida del Viernes, la apertura de lo posible generativo de la Vigilia. Así, la Pascua no está después del Triduo Pascual, está dentro del Triduo Pascual.

 

Desde el punto de vista existencial, por tanto, el ritmo del Triduo Pascual es la gran refutación de toda tentación de autosuficiencia humana; y, al mismo tiempo, es la revelación de la grandeza de la existencia como posibilidad, como capacidad de regenerarse, que no es fruto de un esfuerzo que nace de uno mismo sino que se realiza en el encuentro, en la relación: siempre que se permanezca en el ritmo del Triduo Pascual.


El ser humano, cuando se confía solo a sí mismo, tiende a construir pequeñas fortalezas interiores: sistemas cerrados, formas rígidas, hábitos que tranquilizan más que transforman. Es una dinámica tan antigua como el hombre: uno se protege de la vida endureciéndose, se defiende de la verdad repitiendo gestos que ya no cuestionan.

 

Y si esto es cierto para el individuo, también lo es para las comunidades: incluso las Iglesias, si no se dejan formar por el ritmo del Triduo Pascual, se reducen a un grupo cerrado, intolerante, ideológico, espiritualista, narcisista…

 

El rito, por el contrario, cuando está vivo, rompe esta inercia. No consuela: sacude. No confirma: abre. No cierra: expone. El rito auténtico arranca al hombre (y al grupo) de la autorreferencialidad y lo devuelve a lo «totalmente otro» que para él se convierte en lo «totalmente posible».

 

El ritmo del Triduo Pascual es un itinerario: libera de la fantasía narcisista del control, rompe la posesión, abre a lo posible, ilumina la vulnerabilidad como lugar de cambio y de crecimiento más allá de la desesperación estéril hacia una posibilidad inédita.

 

Entonces, la Pascua (como las experiencias de fe) no está después del Triduo Pascual: está dentro del Triduo Pascual, que no nos ofrece ceremonias tradicionales, sino que intenta devolver al hombre al hombre, a su posibilidad e identidad radicales.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 26 de octubre de 2025

Una reflexión al Papa León XIV sobre la Misa tridentina en la Basílica de San Pedro.

Una reflexión al Papa León XIV sobre la Misa tridentina en la Basílica de San Pedro 

Como transfondo de esta reflexión está la celebración de la Misa tridentina presidida por el Cardenal Raymond Burque, Prefecto emétito de la Signatura Apostólica, en la Basílica de San Pedro el día 25 de octubre.

El paso de pontificado, entre la muerte del Papa Francisco y el comienzo del Papa León XIV, es un momento de reposicionamiento. 

Es sorprendente que, desde los primeros días después del 8 de mayo, una serie de personas eclesiásticas hayan comenzado a plantear con cada vez más fuerza la cuestión de la liturgia, como un ámbito en el que pedir al nuevo Papa que intervenga con urgencia. Nada es por causalidad en esta confrontación litúrgica desatada por algunos cardenales. Ante esto, salvo raras excepciones, todos guardan silencio. Seguramente hasta se trata de un fenómeno clásico de la corte. 

Desde el principio, cuando se comprendió que el Concilio Vaticano II produciría una reforma de la Iglesia - como Juan XXIII y luego Pablo VI habían declarado claramente -, se intentó atacar el fundamento de la primera reforma puesta en marcha: la de la liturgia. No es cuestión de hacer historia. Basta con decir que ya entonces estaba claro que cuestionar la nueva liturgia significaba bloquear la reforma de la Iglesia. 

Hoy tenemos obispos y cardenales que pretenden permanecer en la Iglesia católica como si el Concilio Vaticano II nunca hubiera existido y creen poder decir, públicamente, que esto es algo normal. Las «formas litúrgicas paralelas» son iglesias paralelas. Los obispos y los cardenales lo saben. 

La paz litúrgica no se consigue aceptando como normal una confrontación contra el Concilio Vaticano II. La única paz litúrgica es la aplicación cuidadosa de la reforma litúrgica, rica en todas las sensibilidades que la acogen, no en las que la niegan. Y los juegos paternalistas de Burke, Sarah, Mueller, Koch y Bagnasco son confrontaciones abiertas y declaradas, aunque de variada intensidad entre sí. 

Desde que existe la nueva forma del «rito romano» - desde finales de los años 60 -, todos los Papas han actuado según la Tradición: el nuevo rito sustituye a la forma anterior. Así fue para Pablo VI, para Juan Pablo I, para Juan Pablo II y para Francisco. 

Solamente el Papa Benedicto XVI consideró, de manera demasiado audaz y objetivamente imprudente, que para pacificar a la Iglesia se podía volver a poner en vigor, junto a la nueva forma, la antigua forma del rito romano. En sus intenciones, su disposición tenía como objetivo la pacificación, pero en realidad, al carecer de fundamento teológico y basarse únicamente en sentimientos y nostalgias, se transformó muy rápidamente en una incitación a una confrontación más abierta y declarada. 

Frente a esta audacia arriesgada del Papa Benedicto XVI, el Papa Francisco fue más prudente. Simplemente volvió a la forma tradicional de gestionar la cuestión: solo existe una forma ritual común a toda la Iglesia, mientras que para celebrar en la forma tridentina se necesita una autorización explícita. 

A estas alturas el Pueblo de Dios ya sabe que hoy no existe ninguna forma extraordinaria del Rito romano. Solo hay una forma anterior, que el Concilio Vaticano II y la reforma litúrgica decidieron superar, y hay una forma posterior, que los Papas Pablo VI y Juan Pablo II hicieron vigente. La alusión de «dos formas paralelas, una ordinaria y otra extraordinaria» es un truco para hacer irrelevantes la reforma litúrgica y el Concilio Vaticano II. 

A mí particularmente me provoca respeto, por no decir incluso temor, hacer que todo dependa de la benevolencia y la magnanimidad… Me refiero a aquello de “por la paz, una Ave Maria”. Y digo eso porque habiendo estudiado liturgia - y habiendo sido después profesor de Liturgia en la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto -, uno ya sabe que esa forma extraordinaria, como concepto abstracto, nace como contestación a la reforma litúrgica. 

Asumir las dos formas rituales en el mismo plano es una forma de negar la historia, que llevó a la Iglesia de Roma primero al Concilio Vaticano II y luego a la Reforma que el citado Concilio propuso a la Iglesia, como un deber de verdad y autenticidad. No puede haber benevolencia condescendiente hacia quienes atentan contra el camino eclesial y piensan convertir en accesorio lo que es central. La única lex orandi, como hizo el Papa Francisco en 2021, restableciendo la Tradición, es la única manera de eliminar la confusión que surgió en 2007, con la pretensión de un paralelismo entre formas contradictorias. 

Acabo ya. Uno que no está en la corte de ningún palacio eclesial se pregunta ¿cómo es posible que, con el centenar de cardenales, los miles de obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, los cientos de teólogos, ante ciertas palabras y gestos que expresan cada día algunos cardenales y algunos obispos, casi nadie defienda públicamente las razones de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II? 

No sé si es necesario proponer al Papa Léon XIV una lectura, la de Carta Apostólica Desiderio desideravi. Era el año 2022 cuando el Papa Francisco escribía ese texto sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios: 

«No podemos volver a esa forma ritual que los Padres conciliares, cum Petro et sub Petro, sintieron la necesidad de reformar, aprobando, bajo la guía del Espíritu y según su conciencia de pastores, los principios de los que nació la reforma. Los santos pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, al aprobar los libros litúrgicos reformados ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II, garantizaron la fidelidad de la reforma al Concilio. Por esta razón he escrito Traditionis Custodes, para que la Iglesia pueda elevar, en la variedad de lenguas, una única y misma oración capaz de expresar su unidad. Esta unidad, como ya he escrito, pretendo que se restablezca en toda la Iglesia de rito romano». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...