La mesa del Reino
El Reino de Dios no tiene muros. Es una una mesa.
No busquemos al Altísimo solo en los Templos de piedra
o en los polvorientos rollos de la Ley, porque Él ha elegido el aroma del pan y
el calor del vino para hacerse carne entre nosotros.
Llegará el tiempo —y es este— en el que comprenderemos
que cada comida es una ocasión de salvación.
Jesús no convocó concilios ni sínodos, sino que
preparó mesas.
Él inauguró un nuevo estilo de vida que no pasa por la
doctrina abstracta, sino por la calidad de mirarse a los ojos mientras se parte
el pan.
La mesa es el lugar donde caen las máscaras y el alma
se desnuda.
¡Fijémonos en quienes se sientan junto al Maestro!
La profecía sacude nuestras jerarquías: no hay asientos reservados para los justos.
A su alrededor, toda la humanidad se mezcla en un
abrazo escandaloso.
La prostituta y el fariseo, el pecador y el doctor de
la Ley comparten el mismo espacio.
No es un círculo para privilegiados, sino el arca de
Noé de la Nueva Alianza, donde todo náufrago encuentra quien le escuche.
Nadie queda excluido del deseo del Amor que ha venido
entre nosotros; el único requisito para sentarse es el hambre y sed de verdad.
Quien se sienta a la mesa de Jesús nunca vuelve a ser
el mismo.
Esta es la promesa: uno se sienta encorvado y se
levanta íntegro; uno se sienta como un forastero y se levanta como hermano o
hermana.
Al igual que los discípulos de Emaús, nuestros ojos
están velados a lo largo del camino, pero se abren de repente al partir el pan.
Allí, en el ritmo del compartir, Jesús ya no es un
recuerdo, sino una presencia que enciende el corazón.
Es hora de despertar.
La Eucaristía no es un precepto que haya que observar por obligación, ni un rito que haya que celebrar en soledad.
Es el grito de deseo del alma que busca a su Creador.
Es el sacramento del vínculo, el taller donde se tejen
los lazos de la amistad más profunda.
Celebremos la Eucaristía no por miedo, sino para
fortalecer la alianza de los corazones.
«Necesitamos ver
a Jesús».
La Iglesia del futuro o será una comunidad de amigos
alrededor de una mesa, o no será.
Sentémonos, pues. Escuchemos. Dejémonos conocer.
Porque en ese trozo de pan partido no solo está la
presencia del Misterio, sino toda nuestra humanidad, por fin reencontrada y
amada.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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