Una Pasión de pecado y gracia
Miremos al Maestro: Aquel que ha tejido su tiempo con las frágiles fibras de la amistad, Aquel que ha encerrado al Eterno en el estrecho recinto de las relaciones humanas.
Él no buscó ángeles, sino que llamó a sí mismo al
barro.
Y en ese barro, vio fluir el veneno de la traición y
la sombra gélida de la negación.
¿Por qué sorprenderse si aquel que comía Su pan vendió
la Luz por treinta monedas?
¿Por qué asombrarse si la Roca, el elegido para el
mando, se desmoronó tres veces bajo el peso de una pregunta?
No somos más que carencia.
Somos buscadores de espejos a los que llamamos amores,
tejedores de lazos de interés disfrazados de generosidad.
Somos esclavos de un hambre existencial que nos empuja
a traicionar lo que amamos con tal de no perdernos a nosotros mismos.
Pero el Misterio susurra una verdad más profunda.
Jesús lo sabía.
Él no fue víctima de la ignorancia humana, sino
cómplice de nuestro destino.
Permitió el beso de Judas y el llanto de Pedro porque
sabía que la naturaleza debe seguir su curso de tinieblas antes de estallar en
luz.
Dejó que los elementos de la tierra causaran su
estrago, porque el hombre no se detiene hasta que ha consumido hasta la última
gota de su propia ignorancia.
Debemos mirar de frente nuestra nada.
Este es el umbral sagrado.
Mientras el hombre no toque fondo en su propia
miseria, mientras no vea su propia impotencia reflejada en los ojos de quien ha
traicionado, no puede nacer el Espíritu.
Jesús dejó que el pecado ocurriera no para condenar,
sino para vaciar el cáliz del ego, para que el alma, por fin desnuda y
temblorosa, pudiera acoger al Único Amor que no pide, sino que da.
Y entonces, contemplemos el milagro de lo que vino
después.
Al renegador no se le expulsó, sino que se le buscó.
La traición no fue el último capítulo, sino el prólogo
de una nueva creación.
Pedro, polvo pisoteado por su propio fracaso, resurge
como guía.
Los «hijos del trueno», consumidos por el
fuego de su ira, se convierten en padres de ternura.
Jesús es el Amor que no repara las grietas, sino que
habita en ellas para convertirlas en manantiales.
Él transforma el barro en cristal a través del calor
de su presencia.
No temamos nuestro vacío, no huyamos de nuestra
traición: es allí, en el corazón de nuestra nulidad, donde el Misterio está
preparando nuestra transfiguración.
La historia no termina en la oscuridad de Getsemaní.
La historia comienza cuando, al encontrarnos con el
Resucitado, comprendemos que hemos sido amados precisamente cuando no podíamos
ser perdonados.
Este es el Verbo que libera: dejarnos transformar por
el Dios que ha elegido quedarse cuando todos han huido.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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