miércoles, 2 de septiembre de 2026

Una Pasión de pecado y gracia.

Una Pasión de pecado y gracia

Miremos al Maestro: Aquel que ha tejido su tiempo con las frágiles fibras de la amistad, Aquel que ha encerrado al Eterno en el estrecho recinto de las relaciones humanas.

 

Él no buscó ángeles, sino que llamó a sí mismo al barro.

 

Y en ese barro, vio fluir el veneno de la traición y la sombra gélida de la negación.

 

¿Por qué sorprenderse si aquel que comía Su pan vendió la Luz por treinta monedas?

 

¿Por qué asombrarse si la Roca, el elegido para el mando, se desmoronó tres veces bajo el peso de una pregunta?

 

No somos más que carencia.

 

Somos buscadores de espejos a los que llamamos amores, tejedores de lazos de interés disfrazados de generosidad.

 

Somos esclavos de un hambre existencial que nos empuja a traicionar lo que amamos con tal de no perdernos a nosotros mismos.

 

Pero el Misterio susurra una verdad más profunda.

 

Jesús lo sabía.

 

Él no fue víctima de la ignorancia humana, sino cómplice de nuestro destino.

 

Permitió el beso de Judas y el llanto de Pedro porque sabía que la naturaleza debe seguir su curso de tinieblas antes de estallar en luz.

 

Dejó que los elementos de la tierra causaran su estrago, porque el hombre no se detiene hasta que ha consumido hasta la última gota de su propia ignorancia.


Debemos mirar de frente nuestra nada.

 

Este es el umbral sagrado.

 

Mientras el hombre no toque fondo en su propia miseria, mientras no vea su propia impotencia reflejada en los ojos de quien ha traicionado, no puede nacer el Espíritu.

 

Jesús dejó que el pecado ocurriera no para condenar, sino para vaciar el cáliz del ego, para que el alma, por fin desnuda y temblorosa, pudiera acoger al Único Amor que no pide, sino que da.

 

Y entonces, contemplemos el milagro de lo que vino después.

 

Al renegador no se le expulsó, sino que se le buscó.

 

La traición no fue el último capítulo, sino el prólogo de una nueva creación.

 

Pedro, polvo pisoteado por su propio fracaso, resurge como guía.

 

Los «hijos del trueno», consumidos por el fuego de su ira, se convierten en padres de ternura.

 

Jesús es el Amor que no repara las grietas, sino que habita en ellas para convertirlas en manantiales.

 

Él transforma el barro en cristal a través del calor de su presencia.

 

No temamos nuestro vacío, no huyamos de nuestra traición: es allí, en el corazón de nuestra nulidad, donde el Misterio está preparando nuestra transfiguración.

 

La historia no termina en la oscuridad de Getsemaní.

 

La historia comienza cuando, al encontrarnos con el Resucitado, comprendemos que hemos sido amados precisamente cuando no podíamos ser perdonados.

 

Este es el Verbo que libera: dejarnos transformar por el Dios que ha elegido quedarse cuando todos han huido.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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