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lunes, 23 de marzo de 2026

Diversamente capacitados.

Diversamente capacitados

La persona con discapacidad se presenta ante los ojos de los «sanos» como alguien visiblemente marcado por una carencia, por deficiencias de diversa índole que entran en conflicto con la imagen de «normalidad» que estos albergan. 

Una «normalidad» que, en la sociedad del rendimiento y la competencia, de las apariencias y el éxito, no soporta aquello que pueda resquebrajar o socavar la imagen de éxito que persigue. 

Esta «imagen» de normalidad, que se convierte en la narrativa dominante, es un constructo cultural que elimina aquellas dimensiones de indisponibilidad, fragilidad, limitación y caducidad que son constitutivas de lo humano. 

La construcción de un humanismo digno de ese nombre encuentra una contribución decisiva en la experiencia de la discapacidad. La «imagen» de normalidad a la que me refiero percibe en la discapacidad un estigma. 

¿Qué es un estigma? Es esa diversidad no deseada… Por definición, creemos naturalmente que la persona con un estigma no es propiamente humana. No propiamente humana o menos humana… poco cambia. 

Nos enfrentamos al problema radical que plantea la discapacidad: ¿Qué es lo humano? ¿Quién es un ser humano? 

Tantas veces nos enfrentamos al problema capital que nos plantea hoy el mundo: ¿qué es lo humano? Que hoy parece aplastado entre la siempre posible recaída en las mil formas de lo inhumano (desde la guerra hasta el acoso escolar, desde la violencia de género hasta el acoso laboral) y las oportunidades y las incógnitas de lo poshumano, impulsado en gran parte por el anhelo de potenciar lo humano liberándolo de la limitación y la fragilidad. 

Aunque, en realidad, la fragilidad, la finitud y la vulnerabilidad no son obstáculos en el camino… hacia la plenitud humana, sino fronteras que definen el perímetro de nuestra humanidad. Límites dentro de los cuales se desarrolla la humanidad. 

Sea cual sea la forma de la discapacidad —física o mental, desde el nacimiento o debida a accidentes o enfermedades—, se presenta como una herida irreparable o corregible solo en parte, y así evoca el espectro de lo que no puede controlarse, de lo que escapa al control. 

El menoscabo que se convierte en discapacidad evoca la dimensión de lo indisponible. Evoca una dimensión sobre la que no se tiene poder. O, al menos, sobre la que se tiene poder solo de manera muy parcial. 

En una cultura tecnológica, que quiere manipular y utilizarlo todo, explotarlo y controlarlo, incluso el tiempo, incluso la muerte, todo debe concebirse como disponible y disponible de inmediato. En este contexto, la memoria de lo indisponible es inaceptable. La discapacidad cuestiona la pretensión de control del hombre sobre la existencia, sobre la vida y sobre lo que es más que nunca «suyo», del hombre: su cuerpo, su mente, sus relaciones. 

La discapacidad se convierte también en un recuerdo incómodo de una posibilidad que es para todos: la discapacidad es una posibilidad de lo humano. 

Seguramente también la persona con discapacidad puede percibirse incluso como una amenaza. En realidad, amenaza una visión incompleta, parcial, falsa, irreal… de lo humano. Una visión que elimina dimensiones percibidas como incómodas, ciertamente no deseables, pero también reales y posibles si es cierto que, incluso en términos numéricos, la población de personas con discapacidad constituye una parte importante de la humanidad. Lo humano es decididamente más complejo que una determinada y parcial visión monolítica e irreal. 

El ser humano es constitutivamente deficiente, marcado por una serie de carencias. La antropología nos enseña que el hombre es un ser inacabado y, en comparación con los mamíferos superiores, condicionado por una serie de carencias tales que se puede decir que, en condiciones naturales, el hombre ya habría sido eliminado hace tiempo de la faz de la tierra. 

Sí, existe una fragilidad constitutiva en el ser humano. El hombre es el ser nacido prematuramente, cuya maduración es mucho más lenta que la de los animales. Necesita un tiempo considerablemente largo para alcanzar la autonomía. 

También está marcado por límites: la vida se encuentra comprendida entre esos confines que son el nacimiento y la muerte. Y la vida existe, incluso a nivel biológico, gracias a la muerte: solo lo que vive muere. Una flor de plástico no se marchita, pero ¿dónde está su vida? ¿Y su belleza? 

El límite crea la forma. Sin límite hay caos y lo informe. La negación positiva es la función del límite, que da forma, y por tanto vida, a lo que limita. El límite es, pues, condición y posibilidad de la vida y de la relación. Pero incluso esta verdad elemental es reprimida por el prometeísmo del ego, por el delirio de omnipotencia que habita en la sociedad. 

El hombre, en definitiva, es constitutivamente frágil. Las personas distinguimos entre lo caduco y lo frágil. Las cosas son caducas porque deben acabar; son frágiles porque pueden acabar en cualquier momento. La fragilidad lleva en sí misma la promesa de una amenaza que se cierne. Incluso lo que parece fuerte e indestructible tiene en realidad en sí mismo los gérmenes de la caducidad y de la futura ruptura. 

Forman parte, por tanto, de la condición humana dimensiones como la dependencia, el cuidado, el devenir y lo imponderable. En este sentido, la discapacidad ilumina la complejidad de lo humano al llevar a cabo una labor de verdad sobre la propia condición humana. 

Estas dimensiones de fragilidad y dependencia nos conciernen a todos, aunque puedan resultar más visibles en quienes tienen una discapacidad. Pero, en esto, la discapacidad abre los ojos a quienes, al no querer verla, se encierran en la ceguera y ya ni siquiera se ven a sí mismos. 

Seguramente un reto pueda ser comprender la discapacidad… pero cada vez pienso, creo que con más verdad, que es precisamente la discapacidad las que nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 4 de diciembre de 2025

Las discapacidades en las guerras.

Las discapacidades en las guerras 

La discapacidad, en un contexto de guerra, no es algo imprevisto. Es uno de los resultados más reconocibles del conflicto, su continuidad en el cuerpo de quienes sobreviven. 

Incluso cuando se obtiene una prótesis, queda una huella que no solo se refiere a la pérdida funcional de una extremidad. La herida modifica la relación con el propio cuerpo, con el espacio, con los demás, y se inscribe en la memoria como una prueba constante de vulnerabilidad. 

Cada amputación es una interrupción del camino, antes incluso de ser una lesión física: un proyecto de vida que se desvía y necesita ser re-imaginado. 

La guerra inserta en ese cuerpo una idea nueva de límite. Un límite que no solo se refiere a lo que falta, sino a lo que será necesario soportar a partir de ese momento para permanecer en el mundo sin sentirse excluido. 

Los lugares de guerra no solo se convierten en escenarios de guerras: se convierten en un laboratorio de discapacidad planificada. Las cifras, cuando finalmente emergen de la opacidad de las guerras, revelan una verdad que ninguna sociedad debería aceptar como inevitable. 

Formular tasas de amputaciones no es manejar un dato estadístico. Significa mirar a toda una generación de personas a las que la guerra ha obligado a negociar continuamente con su propio cuerpo. 

Es decir, personas que ya no pueden moverse en el espacio con la libertad que define la vida: andar sin motivo, tropezar sin consecuencias, caminar sin tener que medir el terreno. Significa personas que se encuentran con barreras por todas partes. Y significa dependencia: de las organizaciones humanitarias, de un sistema sanitario fragmentado, de decisiones políticas muy lejanas. Se trata de personas que viven suspendidas entre lo que su cuerpo estaba destinado a ser y lo que les ha impuesto el conflicto. 

No son estadísticas, pues, sino existencias precarias por una herida que se abre cada día: en el dolor físico, en la falta de autonomía, en la conciencia indeseada de que la normalidad, para ellas, no está prevista. 

En las guerras la discapacidad ha sido y sigue siendo parte de la lógica estructural del conflicto: una consecuencia directa de las explosiones que mutilan los cuerpos y una consecuencia indirecta del colapso total de las infraestructuras que deberían atenderlos. 

En las guerras la mutilación se superpone a la destrucción material. En lugares donde las escuelas, los hospitales, las carreteras y las viviendas han sido arrasadas, la pérdida física nunca es aislada. Se inscribe en un contexto que impide cualquier forma de reparación real. 

Por ejemplo, un niño que ha perdido una pierna no solo necesita una prótesis; necesita un sistema escolar que funcione para seguir aprendiendo, necesita carreteras transitables para llegar a un hospital, necesita una vivienda estable para poder recibir tratamiento todos los días. Todos estos elementos suelen ser extremadamente raros o inexistentes. A la herida en el cuerpo se suma así una herida en el tiempo: la sustracción del horizonte. 

Un niño discapacitado no solo vive la diferencia entre «antes» y «después» de la amputación; vive en la suspensión de un futuro que no está garantizado. Sin cuidados continuos, sin rehabilitación, sin terapia del dolor, sin escuela, sin seguridad, la perspectiva no es la de la curación, sino la de la vulnerabilidad permanente. 

El daño es doble: físico e institucional. No solo se ve afectado el cuerpo, sino todo el sistema que debería sostenerlo. Y esto es lo que define la gravedad de lo que ocurre: cada niño discapacitado es un niño al que la guerra le ha quitado la certeza de tener derechos. De tener protección, asistencia, educación, normalidad... 

En otros lugares del mundo, la discapacidad puede ir acompañada de instrumentos de emancipación; en algunos lugares de guerra, con demasiada frecuencia, coincide con un destino de aislamiento y detención forzosa de la vida. 

En muchos casos, las amputaciones han sido inevitables, pero en otros se han visto obligadas por retrasos en la atención médica, infecciones, falta de anestesia y soluciones de emergencia impuestas por el colapso del sistema sanitario. 

Cuando la guerra amputa, el daño no es temporal: la pérdida de una extremidad establece una nueva condición existencial, marca un antes y un después que rediseña la vida. 

Las heridas y amputaciones causadas por conflictos generan complicaciones a largo plazo, comprometen la movilidad y aumentan el riesgo de patologías asociadas, especialmente en contextos en los que la rehabilitación es incompleta o inexistente. 

Pero la discapacidad de guerra no es solo una cuestión de salud física. La pérdida de una pierna, un brazo, una extremidad —en la distancia entre el antes y el después— interrumpe para siempre la vida cotidiana. 

Si para un adulto significa una reestructuración forzada de la identidad - el trabajo, la autonomía, la dignidad agrícola, artesanal o manual -, para un niño significa el fin de lo que constituye la infancia: correr, jugar, la impetuosidad del cuerpo en crecimiento... 

En lugares donde la destrucción es sistémica, donde los hospitales, las carreteras, las casas, las redes eléctricas, el agua y las escuelas han sido arrasados, la amputación se convierte en una marca permanente. Un niño con una extremidad menos no solo se enfrenta a su discapacidad física, sino a un entorno que no permite el cuidado, la protección y la recuperación. 

La rehabilitación tantas veces es intermitente en el mejor de los casos, las prótesis quizá nunca lleguen, las terapias psicológicas son casi inexistentes, el regreso a la cotidianeidad es un espejismo. Así, la guerra transforma una discapacidad en una condición crónica de exclusión. 

Y hay otra herida, menos visible pero igualmente profunda. Las personas que viven en un entorno que ha optado por normalizar el dolor aprenden pronto que la discapacidad es su herencia. 

Las psicoterapias y las ayudas psiquiátricas, cuando existen, llegan tarde. Las heridas invisibles —miedo, culpa, tristeza, impotencia— se convierten en parte del cuerpo que no se ve. 

En este contexto —físico, social, psicológico— cada amputación se convierte en una sentencia que pesa sobre todo un futuro. No solo sobre el cuerpo individual, sino sobre la comunidad, sobre la posibilidad misma de reconstruir una vida cotidiana que se parezca a una vida. 

Quien sobrevive no es una víctima temporal: es un testigo permanente de lo que la guerra —y la indiferencia— está dispuesta a infligir a la dignidad de las personas. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 16 de mayo de 2025

Un Dios discapacitado.

Un Dios discapacitado 

En una visión irreverente del paraíso, tal vez Dios está en una silla de ruedas y quizá se mueve curioso, divertido y sin dolor entre los invitados, algunos de los cuales se ven obligados a desplazarse también en sillas de ruedas. 

El Dios de los monoteísmos es invisible, pero podemos reconocerlo en su icono: el Hijo crucificado y ahora gravemente discapacitado, varón de dolores, ante quien se oculta el rostro... 

«¿Cuándo te vimos, Señor, y no te acogimos, no te cuidamos y no te alimentamos?», preguntan los discípulos condenados al juicio final (Mateo 25, 31-46). 

Respuesta: cuando no os preocupasteis por los que estaban en dificultades. Así también me descuidasteis a mí, que era y soy solo, pobre, sediento, enfermo, paralítico. Cada vez que os negasteis a ver a ese ser humano necesitado, perdisteis una oportunidad de reconocerme y estar conmigo. 

Santo Tomás de Aquino pensaba que todos los resucitados en la carne tendrían el cuerpo recreado en la flor de la vida, alrededor de los treinta años, sin crecer ya, pero sin entrar aún en decadencia. 

La visio beatifica (es decir, el privilegio de los santos de contemplar nada menos que a Dios) exigía un organismo sano, bello, fuerte, activo e independiente. 

Pero la fe cristiana, incluso la teología tomista, también puede ser pensada de otra manera. 

Si Dios asumió nuestras enfermedades para redimirlas, si el centurión romano (emblema de la laicidad política) reconoce a Jesús como Hijo de Dios precisamente en la cruz, cuando los clavos lo convirtieron en un crucificado, entonces esas heridas en las manos, en los pies, el costado forman ahora parte de la vida del Dios trinitario, ya que Jesús ascendió al cielo con esas cicatrices y con esas vulnerabilidades se sienta a la derecha del Padre. 

Además, el poder del Evangelio desenmascara los ídolos burgueses. No es «fuerte» el culturista, el maratonista, el saltador con pértiga. No es «bella» la influencer tipo Barbie, con medidas vertiginosas de pecho, cintura y caderas, champú constante, dientes de marfil, sonrisa ostentosa, movimientos eróticos para el marketing comercial. No es ejemplo de «vigor» el superhéroe hipertatuado, bronceado en un tanning center, aburrido en lujosos yates, sexualmente potente. El que ni siquiera tiene que pedir una relación sexual para que se le conceda. No, estos son los espejismos que genera y tritura la sociedad de los productos mercantiles. 

Es «tenaz» quien lucha por la verdad, sea cual sea su condición psicofísica. Es «bello» quien se mantiene fiel a sus cánones de pasión por la vida, a los criterios de su fe laica o religiosa

El arte intratable nos recuerda que la naturaleza misma es intratable y derriba aquellos falsos mitos de la figura neoclásica y la tranquila y templada armonía del arte sublime. 

El cristiano discapacitado no quiere sermones acusatorios (¡has pecado y éste es el resultado!), ni compasión (¡pobrecito! ¡acéptalo! ¡no seas una carga!), ni limosna mezquina (toma y vete de aquí), ni santificación aristocrática. 

El cristiano discapacitado no alaba la enfermedad ni la considera beneficio en sí misma, ni la considera una mensajera necesaria de la madurez espiritual. 

¡El cristiano discapacitado lucha contra la enfermedad, el mal, el dolor, la muerte! Por ahora no puede. ¡Pero tiene esperanza! Espera el día en que banquetearemos juntos, en la cara del enemigo que quería aplastarnos y humillarnos. 

Nadie ni nada puede arrebatarnos, ni siquiera ahora, nuestra dignidad infinita, aunque el mal sea más fuerte que nosotros. Aunque hayamos tenido que construir con esfuerzo una habilidad diferente para nosotros o para nuestros seres queridos. 

Sin embargo, hasta ni siquiera esto nos basta. 

El cristianismo mira con sospecha todo aquel discurso religioso que dice que, por naturaleza, el hombre es contingente y relativo, enfermo y mortal. 

Porque, por derecho divino, sin embargo, el ser humano no debería sufrir ni morir, aunque sea una criatura finita, frágil y vulnerable. Si tenemos un aliado en los cielos, es un Dios de la vida, que nos ha dado un jardín acogedor y los buenos frutos del árbol inmortal. Es un Dios que nos sanará.

Entonces, ¿por qué Dios no interviene? ¿Por qué nos deja sufrir? ¿Por qué no cura a nuestro hijo de su discapacidad? ¿Por qué no alivia mi esclerosis? ¿Por qué no nos libera de la ceguera? Así lo hizo Jesús cuando le traían lisiados o leprosos. ¡Los curaba! Entonces, ¿por qué? 

Aquí arriesgo mi respuesta discutible (y demasiado sintética): ¡porque Dios no es omnipotente! No sabemos cómo ni por qué, pero él/ella (Dios es mujer y hombre, madre y padre y mucho más), aunque nos quiere, no puede arrancarnos de la enfermedad. 

¡Dios está creciendo! Debemos cuidar de Dios, de su silla de ruedas, de su silencio distante, de su sufrimiento por lo que ha salido mal, de forma incomprensible. Por ahora no vendrá a nuestro encuentro como nos gustaría. Pero le reservaremos un lugar. Para cuando vuelva. 

Dios siente nuestro mal en su interior. Nuestro cuerpo es suyo. El cuerpo mutilado es reconocido, honrado y acogido por Dios en la vida resucitada. Pero Dios no nos pide sumisión, autocompasión, obediencia ciega, devoción idólatra o justificación del mal. 

En la vida del mundo que vendrá -teológicamente: en el cuerpo de Cristo resucitado-, nuestra identidad es y será amada precisamente por ser dependiente de otros (en contra del mito de la autonomía individual). Y todos estaremos en camino, tomados de la mano. Nuestra persona entrará en una transformación, en nombre de un deseo incondicional de liberación del mal. 

Resucitaremos en la carne. Nuestro cuerpo no será sustituido, sino renovado. El objetivo de la vitalidad (no el de la eficiencia productiva material) será humanizado y personalizado. Ya no existirá la separación entre personas capaces y discapacitadas, ya que la fuerza del Espíritu remodelará nuestras fuerzas y nuestras debilidades, nuestras armonías y nuestras disonancias. 

Las heridas permanecerán, pero cambiarán de aspecto y significado. Ya no acompañada de dolor crónico, la vida vulnerada de los niños, los accidentados y los ancianos atravesará una remodelación (no un mero maquillaje) hacia el conocimiento, la libertad, el amor, la alegría y el compartir. 

Y el Dios cristiano de la Alianza pide, por su propio bien, que luchemos junto a los más frágiles con vistas a un futuro de cuerpos transformados para mejor, con vistas a una nueva creación

Por eso, la vida discapacitada, la vida no convencional, la vida capacitada de otra manera, se encuentra también en la frontera de la escatología. Continuidad en el cambio. Seremos los mismos, pero nuestro cuerpo, el mismo cuerpo que tenemos ahora, será nuevo. 

La fe en un Dios discapacitado es una fe de la liberación desde aquel día en que en una cierta Sinagoga de Nazaret Alguien proclamó la Buena Noticia del Año de Gracia para los no capaces y los diversamente capacitados. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Más profetismo… y menos gestión - o más profetas del Misterio y menos gestores de lo sagrado -.

Más profetismo… y menos gestión - o más profetas del Misterio y menos gestores de lo sagrado -   Vamos a comenzar con la audición de una can...