Diversamente capacitados
La persona con discapacidad se presenta ante los ojos de los «sanos» como alguien visiblemente marcado por una carencia, por deficiencias de diversa índole que entran en conflicto con la imagen de «normalidad» que estos albergan.
Una «normalidad» que, en la sociedad del rendimiento y la competencia, de las apariencias y el éxito, no soporta aquello que pueda resquebrajar o socavar la imagen de éxito que persigue.
Esta «imagen» de normalidad, que se convierte en la narrativa dominante, es un constructo cultural que elimina aquellas dimensiones de indisponibilidad, fragilidad, limitación y caducidad que son constitutivas de lo humano.
La construcción de un humanismo digno de ese nombre encuentra una contribución decisiva en la experiencia de la discapacidad. La «imagen» de normalidad a la que me refiero percibe en la discapacidad un estigma.
¿Qué es un estigma? Es esa diversidad no deseada… Por definición, creemos naturalmente que la persona con un estigma no es propiamente humana. No propiamente humana o menos humana… poco cambia.
Nos enfrentamos al problema radical que plantea la discapacidad: ¿Qué es lo humano? ¿Quién es un ser humano?
Tantas veces nos enfrentamos al problema capital que nos plantea hoy el mundo: ¿qué es lo humano? Que hoy parece aplastado entre la siempre posible recaída en las mil formas de lo inhumano (desde la guerra hasta el acoso escolar, desde la violencia de género hasta el acoso laboral) y las oportunidades y las incógnitas de lo poshumano, impulsado en gran parte por el anhelo de potenciar lo humano liberándolo de la limitación y la fragilidad.
Aunque, en realidad, la fragilidad, la finitud y la vulnerabilidad no son obstáculos en el camino… hacia la plenitud humana, sino fronteras que definen el perímetro de nuestra humanidad. Límites dentro de los cuales se desarrolla la humanidad.
Sea cual sea la forma de la discapacidad —física o mental, desde el nacimiento o debida a accidentes o enfermedades—, se presenta como una herida irreparable o corregible solo en parte, y así evoca el espectro de lo que no puede controlarse, de lo que escapa al control.
El menoscabo que se convierte en discapacidad evoca la dimensión de lo indisponible. Evoca una dimensión sobre la que no se tiene poder. O, al menos, sobre la que se tiene poder solo de manera muy parcial.
En una cultura tecnológica, que quiere manipular y utilizarlo todo, explotarlo y controlarlo, incluso el tiempo, incluso la muerte, todo debe concebirse como disponible y disponible de inmediato. En este contexto, la memoria de lo indisponible es inaceptable. La discapacidad cuestiona la pretensión de control del hombre sobre la existencia, sobre la vida y sobre lo que es más que nunca «suyo», del hombre: su cuerpo, su mente, sus relaciones.
La discapacidad se convierte también en un recuerdo incómodo de una posibilidad que es para todos: la discapacidad es una posibilidad de lo humano.
Seguramente también la persona con discapacidad puede percibirse incluso como una amenaza. En realidad, amenaza una visión incompleta, parcial, falsa, irreal… de lo humano. Una visión que elimina dimensiones percibidas como incómodas, ciertamente no deseables, pero también reales y posibles si es cierto que, incluso en términos numéricos, la población de personas con discapacidad constituye una parte importante de la humanidad. Lo humano es decididamente más complejo que una determinada y parcial visión monolítica e irreal.
El ser humano es constitutivamente deficiente, marcado por una serie de carencias. La antropología nos enseña que el hombre es un ser inacabado y, en comparación con los mamíferos superiores, condicionado por una serie de carencias tales que se puede decir que, en condiciones naturales, el hombre ya habría sido eliminado hace tiempo de la faz de la tierra.
Sí, existe una fragilidad constitutiva en el ser humano. El hombre es el ser nacido prematuramente, cuya maduración es mucho más lenta que la de los animales. Necesita un tiempo considerablemente largo para alcanzar la autonomía.
También está marcado por límites: la vida se encuentra comprendida entre esos confines que son el nacimiento y la muerte. Y la vida existe, incluso a nivel biológico, gracias a la muerte: solo lo que vive muere. Una flor de plástico no se marchita, pero ¿dónde está su vida? ¿Y su belleza?
El límite crea la forma. Sin límite hay caos y lo informe. La negación positiva es la función del límite, que da forma, y por tanto vida, a lo que limita. El límite es, pues, condición y posibilidad de la vida y de la relación. Pero incluso esta verdad elemental es reprimida por el prometeísmo del ego, por el delirio de omnipotencia que habita en la sociedad.
El hombre, en definitiva, es constitutivamente frágil. Las personas distinguimos entre lo caduco y lo frágil. Las cosas son caducas porque deben acabar; son frágiles porque pueden acabar en cualquier momento. La fragilidad lleva en sí misma la promesa de una amenaza que se cierne. Incluso lo que parece fuerte e indestructible tiene en realidad en sí mismo los gérmenes de la caducidad y de la futura ruptura.
Forman parte, por tanto, de la condición humana dimensiones como la dependencia, el cuidado, el devenir y lo imponderable. En este sentido, la discapacidad ilumina la complejidad de lo humano al llevar a cabo una labor de verdad sobre la propia condición humana.
Estas dimensiones de fragilidad y dependencia nos conciernen a todos, aunque puedan resultar más visibles en quienes tienen una discapacidad. Pero, en esto, la discapacidad abre los ojos a quienes, al no querer verla, se encierran en la ceguera y ya ni siquiera se ven a sí mismos.
Seguramente un reto pueda ser comprender la discapacidad… pero cada vez pienso, creo que con más verdad, que es precisamente la discapacidad las que nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos.

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