Formación sinodal en la sinodalidad
Si los laicos están llamados a compartir la responsabilidad de la dirección de las comunidades cristianas a nivel pastoral, organizativo, económico, …, ¿estamos seguros de que cuentan con todas las herramientas necesarias para hacerlo?
Y si los presbíteros están llamados a acoger en su ministerio de acompañamiento de las comunidades cristianas las competencias laicales, ¿estamos seguros de que son capaces de comprender su mundo y de acoger sus capacidades sin pedirles que adopten, como modelo de participación, el del presbítero?
Me parece poder decir que esta petición, con las correspondientes perplejidades, surge de años de experiencia de trabajo compartido, no siempre fácil: por un lado, los laicos con sus competencias adquiridas en el ámbito de los estudios, del trabajo y de la experiencia familiar; por otro, la formación teológica y pastoral del clero orientada al ministerio que están llamados a ejercer.
Los tiempos nos están obligando a revisar la idea de Iglesia que hemos tenido hasta ahora: todos los bautizados, conscientes de su identidad de cristianos, están llamados a asumir una forma diferente de estar en la Iglesia y de ser Iglesia.
Es necesario formarse en la sinodalidad: en pocas palabras, debemos aprender a coeducarnos en la vida cristiana, debemos aprender a constituir un «nosotros de los creyentes».
¿Cómo podríamos avanzar, si realmente nos comprometiéramos en un camino formativo?
El primer paso, en mi opinión, podría ser mirar a nuestro alrededor con realismo, sin caer en el pesimismo ni caer en la melancolía de los tiempos pasados. Hay una Iglesia que ya no existe: las iglesias abarrotadas, el número de niños inscritos en la catequesis, la disponibilidad generosa y gratuita de cientos de voluntarios… no son un objetivo al que apuntar para recuperar el terreno perdido. Son nuestro pasado, que estamos llamados a asumir para reformular el presente.
Quizá deberíamos esforzarnos más por «estudiar» lo que está sucediendo, por leer los documentos (al menos los más accesibles), por mantenernos informados de lo que ocurre en la Iglesia, por mirar a nuestro alrededor para comprender qué sucede.
Digo esto también porque a veces corremos el riesgo de permitirnos pensar que todo sigue como antes. Sería importante no dejarnos pillar desprevenidos cuando el cambio se ha manifestado con toda su evidencia. ¿No será éste precisamente el momento de estar atentos, de prepararnos, de imaginar el futuro?
Me doy cuenta de que no es una sugerencia muy sorprendente, pero me parece que la conciencia de lo que está sucediendo aún no está tan extendida. A veces escucho a personas que se sorprenden de que ya no haya mucha gente en la iglesia y que culpan de ello a la homilía del párroco… Bueno, probablemente ese ya no sea el quid de la cuestión.
Un segundo paso podría ser arriesgarnos un poco en los ensayos generales de la Iglesia del futuro (que es, en definitiva, el presente) y dar una oportunidad a algunas propuestas formativas, tanto de carácter académico, como de carácter más aplicable en lo inmediato, como itinerarios concebidos por laicos para laicos, …
Quizás sea realmente el momento de darnos cuenta de las oportunidades que se nos ofrecen, intentando confiar y encomendarnos a lo que el Espíritu, en este momento, está diciendo a las Iglesias. Al fin y al cabo, habrá una razón si, tras dos mil años de Iglesia, seguimos aquí, preocupados, decepcionados, enfadados, pero apasionados, hablando de ello.
El primer paso formativo debe ser, por tanto, cultural y
espiritual: salgamos de la lógica de los números como único criterio de
vitalidad; aceptemos que el contexto ha cambiado; intentemos superar el
clericalismo, por ambas partes, laicos y laicas y presbíteros.
¿Qué objetivos concretos podemos fijarnos, teniendo en cuenta la desorientación y la perplejidad en las que estamos inmersos en un periodo que nos parece incierto?
En primer lugar, se puede apuntar a un crecimiento/profundización común entre el clero, el laicado y los religiosos, tratando de vivir juntos, en la medida de lo posible, el proceso de cambio. No más caminos separados, sino momentos de crecimiento/profundización común entre el clero y el laicado.
La secularización afecta y, en consecuencia, disminuyen los creyentes practicantes. En unos años disminuirán también los simples creyentes; las vocaciones presbiterales (como las religiosas) ya han disminuido considerablemente.
Hay una llamada evidente a retomar toda la cuestión eclesial. Hay que volver a colaborar, aunque sea a costa de hacer concesiones. En el fondo, la exigencia formativa surge de esto: aprendamos a ser Iglesia de verdad, como en los orígenes.
Nos puede iluminar, precisamente en este sentido, el pasaje de Hechos de los Apóstoles 15, 22-31, en el que la Iglesia de Jerusalén es llamada a tomar una decisión sobre las obligaciones cultuales que deben imponerse a los nuevos creyentes procedentes de culturas no judías. Los apóstoles deciden juntos.
Llega entonces el momento de decidir y dejar claros los caminos concretos. Los hermanos de Jerusalén lo hacen, sometiendo ese resultado a una doble autoridad: “El Espíritu Santo y nosotros”. El primer responsable de las decisiones es el Espíritu Santo… ¡Y luego está el “nosotros” eclesial! Un nosotros variopinto, que no descuida ninguna voz, donde cada uno ejerce su propia “autoridad” (cf. Mc 13,34): laicos y ministros ordenados, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos. Con la íntima convicción de que la autoridad pertenece al Señor: «Se me ha dado toda autoridad… id», dirá el Resucitado a los suyos, enviándolos en misión (Mt 28,18). Todos siervos de la única Palabra, cada uno según el don de gracia recibido y custodiado. ¡Ningún poder que ejercer y repartir, sino una Palabra a la que servir!
Esta imagen nos ayuda a orientarnos en el ámbito de la formación, de la que todos sentimos la necesidad, aunque nos cueste comprender en qué dirección avanzar.
Los hermanos de Jerusalén, para tomar decisiones, se reúnen en asamblea e intentan caminar juntos de manera sinodal. Las diferencias entre ellos eran realmente enormes; sin embargo, logran constituir un «nosotros» eclesial que les permite tomar decisiones, iluminados por el Espíritu, tras muchos debates (e incluso enfrentamientos).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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