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viernes, 3 de abril de 2026

Y Dios se hizo silencio - “Todo está cumplido” -.

Y Dios se hizo silencio - Todo está cumplido - 

A medida que disminuye el prestigio del lenguaje, aumenta el del silencio. Las imágenes, las palabras y los sonidos distribuidos de forma global e instantánea generan una cacofonía - incluso en la Iglesia - en la que la distinción entre señal y ruido es cada vez menos relevante, hasta el punto de empujarnos a algunos de nosotros al mutismo. 

Al tráfico humano y al estruendo de las máquinas que hacen funcionar nuestra vida se ha sumado una cascada de información sonora que contamina nuestro paisaje acústico, incluidas redes sociales como TikTok que primero hablan y luego piden permiso. Ante todo esto, el silencio parece una reacción, una solución, tal vez una vía de escape. 

La aspiración al silencio es tan antigua como el lenguaje: a cada expresión audible le corresponde un impulso igual y contrario de taparse los oídos. 

Hay un silencio sagrado. Por ejemplo, en medio de cada inciso, de hecho, el canto gregoriano dejaba una pausa (media distinctio), diferente según la reverberación natural de cada iglesia, que permitía a los coristas tomar aliento: y mientras se respira el Espíritu Santo entra en los pulmones. 

En todo caso, un silencio puede ser inhumano o, por el contrario, puede responder a la más humana de las necesidades. 

La respuesta a la pregunta «¿qué es el silencio?» podría parecer obvia: «la ausencia de ruido o sonido»; sin embargo, se trata de una cuestión que encierra en sí misma numerosas y fascinantes reflexiones. 

Es verdad, creo, que el silencio siempre ha sido parte integrante de la creación. Y tantas veces, más de unos años a esta parte, suelo pensar no solamente en la necesidad sino, mejor aún, en la bendición del silencio. 

He leído que al ser humano (a diferencia de las plantas y los animales) no se nos ha permitido el acceso a los infrasonidos y los ultrasonidos, sino que solo somos capaces de percibir los sonidos comprendidos entre las 16 y las 20 000 oscilaciones por segundo. 

El ser humano es un individuo envuelto en el silencio. Hay motivos para considerar que el equilibrio entre la capacidad auditiva y la imposibilidad de oír ciertos sonidos es la base de nuestra salud y el bienestar. 

Los entendidos subrayan la importancia de la escucha desde la etapa prenatal, en la que el feto se concibe a sí mismo como un ser que dialoga con un mundo de sonidos que lo rodea, en particular cuando vive la experiencia del descubrimiento del latido cardíaco materno y de la felicidad que de ello se deriva al comprender que no está solo. 

El Sábado Santo es como ese espacio que quiere invitarnos a reconocer la experiencia de Dios no solo a través de la actitud racional e intelectual típica de nuestra concepción cristiana occidental, sino también a percibir a Dios como misterio, como una experiencia que nunca tiene fin, cuyos contornos se perfilan mejor cuando cada sonido y cada palabra se han perdido en la lejanía y el silencio se convierte en plenitud de lo indecible. 

Una vez que incluso la última palabra - “Todo está cumplido” - se ha apagado, ésta sigue resonando de alguna manera, precisamente como un silencio…, como una bienaventuranza. 

Y este silencio se prolonga en este día de Sábado Santo tras la crucifixión de Jesús y su sepultura. 

Una última palabra - “Todo está cumplido”- que queda suspendida ya en aquel silencio que todo lo abraza y envuelve en una eficacia liberadora, sanadora, terapéutica… salvadora porque es capaz de llenar el corazón de felicidad y de sentido, incluso cuando Dios ya guarda silencio. 

A lo largo de nuestra historia, el silencio ha quedado relegado exclusivamente a ser prácticamente una ausencia de palabra y de sonido. Toda la expresividad, la intensidad, la pureza y la espiritualidad se han atribuido, por definición, a la palabra y al sonido audible. 

Y, sin embargo, el Sábado Santo nos enseña que la máxima expresión de la espiritualidad se sitúa precisamente entre un sonido y otro, entre un acorde y el siguiente; en ese breve instante de respiro, casi exhalante, tanto Dios como nosotros somos impulsados y guiados hacia el Altísimo, como en una iniciación a lo Indecible. 

Se dice que si no existiera la oscuridad no apreciaríamos la luz, que el amor no sería tan hermoso sin la indiferencia, que la lluvia nos hace disfrutar plenamente del sol cuando vuelve a brillar. ¿Podemos comprender la belleza de la Palabra si esta no está impregnada de momentos de vacío? 

¿Qué sería el Evangelio sin el silencio? Quizás una cascada de sonidos ininterrumpidos que nos dejaría aturdidos, sin comprensión, sin puntos de apoyo, sin respiros, sin rumbo y sin un camino que seguir ni algo que decir. 

A menudo me he preguntado por qué no se enseña el silencio; tal vez sea tan obvio y dado por sentado que no tiene derecho a profundidad, atención ni reconocimiento. 

La pausa del silencio es un elemento al que pocos prestan atención; nos centramos en qué decir, en cómo decir, en cuándo decir, …, pero dar la importancia adecuada a la pausa del silencio es la única forma que Dios ha encontrado para enriquecer de sentido, respiro, carácter y énfasis la Palabra. 

El silencio del sepulcro durante el Sábado Santo es rico en contenido porque está cargado de los efectos del sonido anterior - “Todo está cumplido”- y, a su vez, carga de expectación el sonido siguiente - “¡No está aquí! ¡Ha resucitado!”-, ya que existe una maravillosa correlación entre todas las partes de esta pieza de salvación que es la crucifixión-sepultura-resurrección, por lo que ninguna parte tiene sentido completo si no es en relación con las demás. 

Hay un momento en el que el silencio se convierte en Palabra, la más elocuente (y, por lo tanto, convincente); es el momento en el que se ha alcanzado tal madurez que se es capaz de mirar más allá de las palabras, y se comprende que es precisamente la pausa del silencio la que es capaz de crear algo nuevo. 

La pausa del silencio, esa suspensión de toda palabra, dentro de esta historia de salvación no la interrumpe, sino que forma parte integrante de ella; es un vacío tan vital que, sin él, toda la estructura de esta historia se derrumbaría. 

Dios ha querido respirar, es decir, tomar aire con su silencio. Y precisamente con su silencio nos brinda la oportunidad de contemplar, de escuchar, …, de asimilar cordialmente la Palabra: nos da tiempo para comprender. 

Esta pausa del Sábado Santo es un silencio medido, un vacío expresivo. Dios nos prepara para su siguiente frase, la Palabra más bella, definitiva y plena, la de la Resurrección, la de la Vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 2 de abril de 2026

En la creación resuena el silencio de Dios.

En la creación resuena el silencio de Dios 

El gran sábado: el día de las mujeres, que, recogidas bajo sus velos, preparan aromas en secreto. Día de la Madre, dolorosa, fuerte, fiel, Virgen del silencio y de la paz misteriosa. Un día de fe contra toda evidencia, en el que esperamos contra toda esperanza. 

No, creer en la Pascua no es la verdadera fe: es demasiado bella en Pascua. La verdadera fe es el gran Viernes cuando Tú no estabas allí arriba y ni un eco respondiste al fuerte grito. 

Hoy la creación resuena con el silencio de Dios. En el silencio del sepulcro calla la voz de Dios que se ha hecho rostro en Jesús, calla el rostro bajo el sudario, el rostro que se ha hecho tierra del Edén, polvo antes de recibir el aliento de la vida, el rostro del que se extrae todo rostro, todo Adán anónimo e innumerable. 

Jesús es más Adán que Adán. El rostro hermoso del Tabor (Lc 9, 33), el rostro duro (Lc 9, 51), que se dirige hacia Jerusalén, se dirige ahora hacia el infierno. Los iconos orientales muestran a Jesús descendiendo al Seol, derribando sus puertas, llegando hasta Adán, levantándolo, tomándolo de la muñeca -donde se mide la vida- y arrastrándolo consigo. 

Y detrás de Adán se pone en marcha la inmensa caravana, la inmensa peregrinación de la humanidad hacia la vida. Jesús es más Adán: desciende allí donde todo hombre espera y muestra que en la raíz de todas las cosas no está la muerte, sino la vida. 

Y fuera del sepulcro es primavera. El inframundo indica también lo más profundo del hombre, el núcleo esencial, misterioso y original de cada criatura. La base de mis raíces es Cristo y sé que puedo encontrarlo en todo lo que hay de más humano en mí, allí donde soy yo mismo, allí donde el hombre es hombre, está Cristo presente. 

Entonces todo lo que el hombre hace con todo su corazón, con todo su ser, en libertad e incluso en dulce locura, lo acercará al absoluto de Dios. Porque Dios solo está ausente donde el corazón está ausente. "Lo divino brilla desde lo más profundo del ser" -Teilhard de Chardin-. 

El inframundo también indica las profundidades oscuras de la materia. Allí descendió Jesús para darle energía y un aliento ascendente hacia una vida más brillante. Jesús, sembrado en los surcos del mundo, ramificado en las arterias del cosmos, inunda de vida incluso los caminos de la muerte. 

Si empiezo a pensar que en lo más profundo de la materia y de mi carne, que en las partes oscuras de mi ser, en mis zonas de dureza y de disonancia, Jesús ha descendido para iluminarme, para transfigurarme, para resucitar en mí la imagen divina, entonces también yo puedo decir que en Pascua soy «luz de luz». 

En mí y en cada uno de vosotros, en el santo y en el pecador, en el rico y en el último inmigrante, en la víctima y hasta en el verdugo, en el torturado y en el torturador, está Jesús resucitado

Jesús no sólo resucitó una vez para siempre, sino que es el Resucitado para la eternidad, Él que desde lo más profundo de mi ser, desde lo más profundo de cada hombre, desde lo más profundo de la historia, es energía que asciende, vida que germina, piedra que rueda de la boca del corazón. 

Y salimos preparados para la primavera de la nueva vida, llevados hacia arriba por el Jesús resucitado. El inframundo indica también el subsuelo del futuro, donde la vida está hecha de brotes, que sólo mañana o pasado mañana darán frutos maduros, y yo estoy llamado a custodiar los brotes, allí donde el río nace con la primera gota de agua, la primavera con la primera flor, el amor con la primera mirada, llamado a velar por el futuro más allá de todo signo de muerte. 

Hoy es el día de la profecía en el que, como los profetas, como Abraham, como Moisés, como María, amamos la Palabra de Dios aún más que su realización. Hoy es el día en el que la Palabra desnuda respira, sin hablar, sin pronunciar, en atronado silencio, aún más verdaderamente que su realización. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En el silencio de la tumba en el que germina la Vida.

En el silencio de la tumba en el que germina la Vida

Escuchar el silencio mientras retumban los estruendos de la guerra puede parecer una paradoja, pero en realidad se convierte precisamente en el antídoto necesario para hacer frente a la trayectoria descontrolada de esta época dominada por el imperativo de la fuerza, por el delirio de omnipotencia.

 

El silencio hace sentir el impacto de la violencia mientras golpea y mata, hace sentir el dolor que el ruido oculta, hace sentir el llanto.

 

El silencio amordaza. El silencio quita la voz a las palabras que se densifican como nieblas.

 

El silencio nos hace quedarnos allí, en el umbral, mientras la tragedia se consume. Incluso la voz del profeta calla porque ya nadie escucha a quien dice la verdad cuando el engaño ciega y anestesia.

 

Y, sin embargo, el corazón siempre llama al despertar, no se cansa de hacer sentir su latido que transmite la vida. El corazón sabe, pero solo en el silencio podemos escuchar su voz.

 

Ser personas de paz mientras el conflicto se desata requiere silencio.


Escuchar el silencio activa los recursos interiores que ayudan a la rendición, hace retroceder ante la tentación de querer responder a la fuerza con la fuerza, de querer combatir la violencia con la violencia. Frena la espiral de una voluntad ciega que, como un huracán, atrae hacia su centro todas las energías para luego desatarse y devastar.

 

Dos son los caminos que tenemos ante nosotros: engaño, tinieblas, muerte, o verdad, luz, vida.

 

La rendición exige el abandono de aquellas fuerzas del ego anidadas en lo más profundo, cuyas raíces venenosas —querer, poder, tener— que fueron las tentaciones de Jesús en el desierto se ramifican en infinitos deseos y vicios, se insinúan de forma capilar y luego son difíciles de reconocer y erradicar. Solo la acción del Espíritu Santo puede desarraigarlas.

 

El desierto, el silencio, la soledad,…, la sepultura de la tumba constituyen, por tanto, las dimensiones necesarias para acelerar esta acción purificadora, para liberarnos de la adicción a la estructura perversa a la que, casi sin darnos cuenta, estamos sometidos.


La falsa conciencia que domina la Historia, en parte respaldada por el derecho de los fuertes y poco a poco legitimada por los poderosos, ha eliminado todo límite a las tendencias más desenfrenadas.

 

Lo que vemos, por tanto, en el escenario del mundo no es más que la representación de lo que se esconde en lo más profundo: miedo, decepción, sensación de fracaso, pero sobre todo vacío de amor. 


Donde impera el odio hay vacío de amor. Donde hay vacío de amor falta confianza en la vida, falta la fe.

 

El silencio del Sábado Santo nos enseña que el amor es la fuerza de cohesión que sostiene el universo; cuando falta el amor, todo se desintegra. Es urgente el retorno a la interioridad para que sea posible un despertar de las conciencias.

 

El Evangelio es poderoso por la potencia que le deriva de la gracia, de la acción creadora siempre en acto, generadora de belleza. Solo podemos vaciarnos para convertirnos en canales de la acción divina. Mirar más allá, contemplar, significa mantener la orientación hacia el Espíritu Santo que gobierna los mundos visibles e invisibles.

 

El amor puro nos sitúa en la órbita de la gracia, en la que lo poco, lo pequeño, lo desnudo, se dejan envolver dócilmente sin oponer resistencia.

 

La tierra no puede ser conquistada por la fuerza, nos es dada gratuitamente para ser custodiada y cultivada.


La bienaventuranza, que es la clave del Evangelio, es la plenitud de amor capaz de apagar todo deseo ávido de poder y de posesión. Se necesitan caminos interiores que favorezcan la evolución espiritual porque solo la ligereza de la gracia hace retroceder la gravedad de la fuerza.

 

Los tiempos serán largos, pero el proceso está en marcha porque, en todas partes, la verdadera diferenciación que está surgiendo es entre los poseedores de un arsenal y un poder de muerte y los hombres y mujeres en camino que aspiran al bien. Entre fundamentalismos arraigados en el pasado y la adhesión a esa germinación aún subterránea que impulsa hacia adelante.

 

La verdad, el amor y la paz constituyen los principios de una efervescencia viva que crea comunión, un cuerpo espiritual entre las diferentes pertenencias, y que se enfrenta y frena ese proceso de deshumanización que, con ciego empeño, intenta hacer retroceder.

 

La vida pertenece a lo eterno, está protegida y nunca podrá ser poseída ni aniquilada por el tiempo.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 31 de marzo de 2026

El Señor se rebajó y descendió.

El Señor se rebajó y descendió 

El Sábado Santo, o Gran Sábado, es el día “intermedio”, porque cae entre el día de la muerte de Jesús y el día de su resurrección. Es un día único en su ritmo litúrgico, un día de silencio y de espera, que no sólo es parte de la Semana Santa sino que se convierte en una hora, un tiempo, a veces una estación en la vida de un cristiano. 

Debemos confesar también que es un día incómodo, que parece vacío, y no es casualidad que hasta hace algunas décadas hubiera sido, por así decirlo, “robado”, “sustraído”, porque de alguna manera casi había sido expulsado de la propia liturgia. 

En primer lugar, escuchando las Sagradas Escrituras, el Sábado Santo aparece como el día en el que nada se dijo de Jesús, muerto y sepultado el día anterior, y poco se dijo de los demás, los discípulos y los protagonistas de su pasión y muerte. Parece un día que debe pasar rápido, pues las mujeres esperan el día siguiente para volver al sepulcro, los Sumos Sacerdotes piensan que nada puede pasar, ya que el sepulcro está custodiado por los soldados de Pilato, los discípulos, atenazados por el miedo, se quedan en casa, con las puertas cerradas. 

Sábado Santo, día en el que no ocurre nada, día de descanso de Dios, según la vida de fe judía, día en el que el cuerpo muerto de Jesús está en el sepulcro para reposar. Habiendo muerto la víspera, Jesús aparece muerto para siempre: ya no hay nada más que ver ni oír de Él… Su historia parece un fracaso y su comunidad está perdida y asustada. La evidencia es contundente: un cuerpo sin vida, cerrado con una gran piedra dentro de una tumba inaccesible. 

Un día tan vacío, marcado por la aporía, ¡parece el día más largo! Quisiéramos que terminara pronto, porque pone a prueba nuestra adhesión a las palabras en las que creímos, nuestra esperanza en un resultado de salvación y triunfo del bien sobre el mal. 

Y en cambio nos encontramos ante la muerte: la de Jesús, pero también nuestra muerte y la muerte de otros que amamos. Quisiéramos acortar ese día, quisiéramos borrarlo, y sin embargo, en el triduo salvífico, es un día intermedio necesario: se trata de comprender lo sucedido, de afrontar la realidad de la muerte como un fin que se impone inexorablemente, de ejercitarnos en la espera, superando constantemente las dudas mediante la adhesión a las palabras de Jesús. 

El Sábado Santo, la fe se ve obligada a luchar, a reconocer su propia debilidad, a vencer la nada, el vacío. Si el Sábado Santo testimonia que Jesús “profundizó”, nos exige a nosotros ir más profundamente, acoger la oscuridad que envuelve el enigma, que poco a poco, gracias a la fuerza del Espíritu de Dios que actúa en nosotros, puede transformarse en misterio. 

¡Sí, del enigma desesperante al misterio que revela el significado de todas las cosas y de todos los acontecimientos! No se puede vivir el Sábado Santo sin aceptar la “crisis de la palabra”, la experiencia de que las palabras no bastan y a veces deben dar paso al silencio, al “no saber qué decir ni cómo decir”. El escándalo de la cruz proyecta una sombra, y debemos aprender a permanecer en esa sombra. “Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”, canta el profeta en las Lamentaciones por la muerte del Mesías (3,26). 

Pero si bien es cierto que este silencio y esta espera nos aprietan el corazón, en lo más profundo de nuestro corazón seguimos creyendo que Jesucristo está siempre actuando y que precisamente cuando no vemos nada y solo notamos que “recessit Pastor noster” – “nuestro Pastor se ha ido” –, precisamente entonces Él, el Señor de vivos y muertos, ha descendido a los infiernos, a lo profundo no redimido del hombre, para traer esa salvación que nosotros no podemos darnos a nosotros mismos. 

Aquel Sábado Santo bajó al encuentro de todos los humanos ya muertos, pero aún hoy baja a nuestras profundidades no evangelizadas, habitadas por nuestras sombras y por la muerte, para hacer lo que nosotros no podemos hacer. 

Sí, en la vida espiritual tarde o temprano bajamos, pero al bajar encontramos a Jesús que nos ha precedido y nos espera con los brazos abiertos. Entonces termina nuestra espera, nuestro lamento se transforma en un canto nuevo, nuestro permanecer en las tierras de la muerte en una danza de alegría: Él, Jesús resucitado, enjugará las lágrimas de nuestros ojos y con su mano en las nuestras nos conducirá al Padre en el Reino eterno. 

Y el sepulcro, que al tercer día estará vacío, será elocuente: «¡No está aquí, ha resucitado de entre los muertos, como había dicho!». Así, después del Sábado Santo comienza ese día sin fin, sin ocaso: la Pascua de Jesús y nuestra Pascua, ¡una única Pascua! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 30 de marzo de 2026

En el principio es la palabra…, …en el comienzo es el silencio.

En el principio es la palabra… 

En muchas cosmogonías, la palabra es “origen”. La palabra está “en el origen”. 

En la narración del Evangelio según San Juan, Cristo es preexistente; más bien, es el “logos” por medio del cual y en el cual todo fue hecho (“πάντα δι’ αὐτοῦ ἐγένετο, καὶ χωρὶς αὐτοῦ ἐγένετο οὐδὲ ἕν”; Jn 1,3). 

Así en el Tanaj o Mikrá: con la “palabra” Elohim hace que todo exista (“εἶπεν ὁ θεός γενηθήτω φῶς καὶ ἐγένετο φῶς”; Gn 113). 

Según los Vedas y los Upanishads, el sonido "Ohm" es el origen de todo: en él todo existe, todo se origina y todo se entiende (cf. Māṇḍūkya Upaniṣad). 

En el Libro para salir de día (más correctamente “Principio de las fórmulas para salir de día”, más tarde conocido como “Libro de los muertos”), la tradición egipcia asigna a Rê (también conocido como Ra) la creación de sí mismo ya que él se dio los nombres que especifican su esencia y poder (Ra es Creador de sí mismo, es Mañana, es Alma…). 

En la antropología religiosa surge claramente que existe una estrecha relación entre palabra y divinidad. Así pues, si el hombre conoce el nombre de su Dios, lo posee, y al poseerlo, se posee a sí mismo y posee todas las cosas. 

…en el comienzo es el silencio 

El lenguaje, las palabras y las historias están estrechamente ligados a la capacidad simbólico-religiosa del hombre, así como a la civilización. Historia, palabra, culto y religiosidad se confunden. 

Pero en el acontecimiento pascual la palabra pronunciada permanece casi incomprensible (en la tarde de la última cena ¿qué podría significar “haced esto en memoria mía”?). 

La palabra del Resucitado sorprende y casi deja perplejo (“la paz esté con vosotros”). 

La palabra no pronunciada del segundo día del Triduo Pascual - la hora de la muerte y de la sepultura - arroja luz sobre lo que se ha dicho antes y lo que se dirá después. 

El acontecimiento sin palabras, el silencio radical, fuente de la «nada» (puesto que Cristo reduce todo a la nada; cf. 1 Co 1,28; 2,6; 15,24), comienza a «decirlo todo en sí», es más, a «recapitularlo todo» (cf. Ef 1,10). 

En el segundo día del Triduo Pascual, los cristianos recordamos que todo comienza desde el silencio profundo y original: el de la palabra-no-palabra. 

El silencio es lo que precede a la palabra, es lo que permite que el sonido, la palabra, sea tal. 

El silencio no es la ausencia de palabras. Es aquello que no se puede decir pero sin lo cual nada puede decirse. 

El «ser» inicial de Dios (antes de su «ex-istere»), así como su dolor, su sufrimiento, su radicalidad, no se pueden describir (y en este sentido son pre-existentes). 

El silencio es y permanece antes de toda palabra. 

Lo indecible sigue siendo indecible, es decir, no cerrado, sino en silencio. 

Y aun así, lleno de tensión, de fuerza, de energía, de ansiedad generativa. 

Desde este silencio se puede decir cada palabra porque toda palabra puede tener sentido cuando se pronuncia precedida del silencio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Sábado Santo de las mujeres.

El Sábado Santo de las mujeres 

El Sábado Santo es tradicionalmente el día del Gran Silencio. El drama ha tenido lugar, las pocas personas que lo amaron con un amor tan personal que no puede conmoverse ante las disputas teológicas surgidas en torno a su cuerpo vivo, se mueven en torno al cuerpo muerto de Jesús. 

Mujeres, en su mayoría, empezando por la Madre: después de haberla visto recoger el último aliento de su hijo al pie de la cruz, la identificamos en el centro del grupo de los Discípulos, encerrados en oración, en la habitación donde el Espíritu Santo está a punto de irrumpir (Hch 1,14). 

Sábado Santo, pues. José de Arimatea les ofreció hospitalidad en un sepulcro nuevo, «en el cual aún no habían puesto a nadie» (Lc 19, 41-42). El sepulcro está en medio de un jardín: el silencio de la muerte se acoge en el lugar de la creación de la vida (Génesis 2, 8,35). 

Las mujeres observan atentamente la tumba y regresan a casa para preparar aromas y aceites perfumados: las luces del Shabat, el día sagrado de descanso, han salido. El cuerpo de Jesús descansa finalmente. Después del sábado podrá ser cuidado con amor y honrado, acariciado y perfumado. 

Una mujer ya lo había hecho, ganándose la gratitud de Jesús al derramar ungüento precioso sobre su cuerpo. Jesús la había protegido del falso escándalo de un huésped hipócrita, que ni siquiera le había ofrecido agua para las manos, y de la falsa malicia de un discípulo, que exigía más atención para los pobres mientras él se embolsaba las ofrendas (Mt 26,6-13; cf. Jn 12,1-8). 

Pero el Sábado Santo también es el día de la indiferencia. El asunto de Jesús está resuelto, el complot de los duros ha tenido éxito, el pueblo no se ha rebelado. Es más, incluso se ha podido escribir una placa favorable a su condena. Los discípulos parecen dispersos, Pilato ha resuelto el problema, la oposición interna en el Sanedrín está silenciada. Cuando termine el Shabat, muchos ni siquiera volverán a los eventos. Jesús no encendió pasiones políticas explotables, su renovación religiosa no parece institucionalizable. Igual que hoy. La portada ya no es noticia: ahora hace historia. 

La floración de la semilla colocada en la tierra con el Crucificado aparecerá sólo más tarde. Y será un doble shock el que lo produzca. El primero será el advenimiento y el encuentro con el Resucitado: las mujeres primero, también esta vez. El segundo será el viento y el fuego del Espíritu: cuando los discípulos estén nuevamente con la Madre. 

Lo más probable es que el Sábado Santo parezca destinado a inaugurar, de una vez por todas y para siempre, la inscripción de las mujeres – sean madres o no – en el dispositivo testimonial del anuncio evangélico y en el anuncio de la fe cristiana. Jesús confía a los discípulos la profecía de su muerte redentora, pero es a las mujeres a quienes confía el secreto de su morir por amor y de su resurrección como amor. 

Me pregunto si podemos ser suficientemente fieles al cuerpo del Hijo –un cuerpo de palabras y de gestos, de curación y sanación, un cuerpo de hospitalidad y de amistad, un cuerpo de crucifixión y de resurrección– y al mismo tiempo mantener nuestra distancia equidistante de la tenacidad con la que las mujeres lo mantienen en el centro de su fe, sin dejarnos involucrar un milímetro por las disputas ideológicas y las pasiones opuestas que siguen compitiendo por los primeros puestos… 

Después de dos milenios de cristianismo, parece definitivamente claro que una Iglesia de discípulos, que no se recomponga en torno a la escena madre del cuerpo del Señor y de los afectos necesarios para revelar la verdad imprevisible e impensable del cuerpo de Dios, acabará careciendo de mucho más que de una costilla. 

En la situación actual, ya nadie duda de que el experimento del cristianismo occidental –el cristianismo de las naciones políticas y de las instituciones jurídicas, que ha generado una tradición cultural muy respetable– también ha agotado todas sus variantes posibles. Ha producido hechos de comunión supranacional de apreciable vitalidad, pero también ha acumulado divisiones antieclesiales de duradero obstáculo. Ambos fenómenos, en realidad, demuestran hoy que resisten “por encima de las cabezas” de los pueblos y de las culturas, más que “en los cuerpos” de hombres y mujeres reales. 

El ecumenismo formal queda dramáticamente por detrás de la comunión real. La Iglesia nació como una red familiar, fraterna y amigable de hombres y mujeres reales: y de ahí sacó su dolorosa y gozosa historia de difusión evangélica en el corazón de los imperios. 

Nuestro Sábado Santo es, hoy, un gran paso de purificación y desencanto. La fe ofrecida y pedida por el cuerpo del Señor, que no debe ser abandonada casualmente a la historia, como si no estuviera a la altura de la fe, que no puede ser utilizada políticamente, que no puede ser requisada fundamentalísticamente, acoge a Dios en las promesas afectivas de la vida real, disolviendo la magia supersticiosa de un mundo aparte. 

Las mujeres son sensibles a la mística del cuerpo del Señor, pero impermeables a la gnosis ideológica y teológica que cree poder sustituirlo por alguna metafísica de Dios, que luego debe aplicarse a toda costa a la historia real. 

Ser fiel al cuerpo del Señor, incluso cuando yace muerto bajo los golpes de la furia política y del despotismo religioso, es una cualidad que Jesús –contra toda previsibilidad cultural y sagrada– reconoció en las mujeres. 

Las mujeres no permanecen inertes, en el paso difícil y suspendido del Sábado Santo. Como si supieran –sin saberlo– que el cuerpo del Señor regresa junto al Espíritu que abre las puertas, inventa un lenguaje, reabre la hospitalidad de Dios a los hombres y mujeres duramente probados por las dificultades de la historia. 

¿Y nosotros? ¿No es tiempo de comenzar a recomponer lo que Dios ha unido alrededor del cuerpo del Señor? ¿Y que lo hemos mantenido separado e incluso oculto durante tanto tiempo? Si las Mujeres pueden soportar la muerte de Dios, los Discípulos encontrarán el coraje para seguir el soplo del Espíritu. Y Dios sabe que lo necesitamos ahora mismo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Señor desciende a los infiernos.

El Señor desciende a los infiernos 

Sábado Santo, el día después de la muerte, tiempo en el que ante los discípulos sólo existía el fin de la esperanza, una aporía, un vacío sobre el que se cernía el sinsentido, un dolor insoportable, la laceración de una separación definitiva, de una herida mortal: ¿Dónde está Dios? 

Ésta es la pregunta silenciosa del Sábado Santo. ¿Dónde está aquel Dios que intervino en el bautismo de Jesús, abriendo los cielos para decirle: «Tú eres mi Hijo, me alegro mucho de ti» (Mc 1,11)? ¿Dónde está aquel Dios que intervino en el alto monte, en la hora de la transfiguración con Moisés y Elías y exclamó: «¡He aquí a mi hijo amado!»? (Mc 9,7)? 

En la hora de la cruz Dios no intervino, hasta tal punto que Jesús se sintió abandonado por Él y gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34). 

He aquí que pasa un día entero y no hay intervención de Dios… Sin embargo, Dios no ha abandonado a Jesús: si el abandono parece ser la amarga verdad para los discípulos, en realidad Dios ya ha llamado a Jesús a sí, más aún, ya lo ha resucitado en su Espíritu Santo y Jesús vivo está en el infierno para anunciar también allí la liberación. 

“Descendió a los infiernos” confesamos en el Credo. Esto es lo que sucede en secreto el Sábado Santo: un día vacío, silencioso para los discípulos y para los hombres, pero un día en el que el Padre – que «siempre está obrando» (cf. Jn 5,17), como dijo Jesús – trae la salvación a los infiernos a través de Él. 

Como Jonás estuvo en el vientre del pez durante tres días y tres noches (cf. Mt 12,40), así también Jesús fue colocado desde la cruz en el sepulcro y, desde allí, descendió de nuevo a los infiernos, al seol donde habitan los muertos, el reino de la muerte. 

Un gran misterio, sobre el que la Iglesia hoy parece preferir permanecer en silencio, casi como si fuera afónica. Pero también los Padres de la Iglesia, y sobre todo la liturgia antigua, quisieron cantar esta “acción” de Jesús después de su muerte. 

En una homilía atribuida a Epifanio está escrito: «Hoy reina un gran silencio en la tierra: el Señor ha muerto en la carne y ha descendido para sacudir el reino del inframundo. Sale a buscar a Adán, el primer padre, como la oveja perdida. El Señor desciende y visita a los que yacen en la oscuridad y en la sombra de la muerte». 

Y un himno de Efrén el Sirio canta: «Quien dijo a Adán: “¿Dónde estás?”, descendió a los infiernos tras él, lo encontró, lo llamó y le dijo: “¡Ven, tú que eres a mi imagen y semejanza! ¡He descendido adonde estás para llevarte de vuelta a tu tierra prometida!”». 

Jesús, habiendo descendido a los infiernos con su muerte —una muerte que se convirtió en un ‘acto’, una muerte asumida y vivida—, destruyó la muerte misma en una lucha maravillosa, como también recuerda la liturgia siríaca: «Tú, Señor Jesús, luchaste con la muerte durante los tres días que permaneciste en el sepulcro, sembraste alegría y esperanza entre los que habitaban el inframundo». 

Así, el descenso a los infiernos se convierte en una extensión de la salvación a todo el cosmos, salvación del ser humano en su totalidad: Cristo desciende al corazón de la tierra, al corazón de la creación, a las zonas infernales que habitan en cada hombre. 

¿Qué pasa entonces con el infierno después de la “visita” del glorioso Cristo? Cirilo de Alejandría afirma que esta visita y estancia de Cristo en el infierno –de la que habla el apóstol Pedro: «muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu… fue y predicó la salvación a los espíritus que esperaban en prisión» (1 Pe 3,18-19) – significó el despojo del infierno: «Cristo despojó inmediatamente todo el infierno y abrió sus puertas impenetrables a los espíritus de los muertos, dejando allí solo al diablo». Por eso podemos preguntar ¿dónde, muerte, está tu victoria? 

El cristiano de hoy no debe olvidar este misterio del gran y santo Sabbath, verdadero preludio de la Pascua, pero también una lectura del descenso de Cristo a las regiones infernales que también habitan en todo cristiano, a pesar de su deseo de seguir a Jesús. 

¿Quién no reconoce la presencia de estos inframundos en su interior? Regiones no evangelizadas, territorios de incredulidad, lugares donde Dios no está presente y en los que cada uno de nosotros no puede hacer otra cosa que invocar la venida de Cristo para evangelizarlos, iluminarlos, transformarlos de regiones de muerte sometidas al poder de las sombras y tinieblas de la muerte en humus capaz de germinar vida en virtud de la gracia. 

Así el Sábado Santo es como el tiempo del embarazo, es un tiempo de crecimiento hacia el nacimiento, hacia el triunfo de la nueva vida: su silencio no es mutismo sino un tiempo lleno de energía y de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Sábado Santo que vence la historia.

El Sábado Santo que vence la historia 

El Viernes Santo termina así: en silencio. Un cuerpo envuelto en un sudario con el rostro ya amoratado. Esta miniatura —no menos que el Cristo de Holbein que hizo exclamar al príncipe Puchkin: «¿Qué belleza salvará al mundo?»— nos deja con la misma angustiante pregunta. 

Sí, ¿quién nos salvará si Aquel que creíamos que era el Mesías nos entrega a la soledad de un mundo que, en algunos aspectos, aún conserva los signos de una no redención, de una rebelión contra el bien y la verdad, pertinaz, obstinada y casi engreída en sus certezas? 

Así se presenta, para la mayoría, la Iglesia hoy: reducida, como estos pocos que quedan en el sepulcro. En esta hora de dolor, ni siquiera hay sombra de las multitudes que esperaban durante la multiplicación de los panes; tampoco hay sombra de los setenta y dos, de los doce, de aquellos primos que un día reivindicaron su parentesco. 

Nuestro artista ha querido poner a San Pedro, con la cabeza gacha, abatido por la traición recién consumada. Ya ni siquiera tiene la aureola, la perdió en la demoníaca refriega que se desató en la colina del Gólgota. 

A bien ver, a los ojos de los discípulos debía parecerles la ruina total. Si no hubiera estado la Madre para sostener, en medio de aquel silencio, la Madre y las otras Marías: María de Magdala, María de Cleofe, Salomé. En la hora del sepulcro, como en la hora del parto, son las mujeres las que resisten. 

Así, en este Sábado Santo, siento que debo rezar por ellas, por las mujeres de este siglo, por aquellas que deben ganar la batalla contra la destrucción de su dignidad, contra la mercantilización de su cuerpo, contra una cultura que las convierte en no dignas, como de segundo rango, contra… 

Si las mujeres no se mantienen firmes en este momento, ¿qué será de esta humanidad desolada y cansada? 

Es hermosa la miniatura que muestra a María perdiendo el velo azul, que se le cae. El azul es el Misterio, por lo que sin duda puede significar la desolación de la Madre ante la divinidad ultrajada de Jesús, pero el azul es también el color de la noche, de un cielo que se ha oscurecido y no puede ver a Dios. Sobre su cabeza ya brilla el amanecer de Pascua, Ella confía en el Señor. Se aferra a ese cuerpo como a un ancla de salvación. 

El sepulcro está ahí detrás, con sus fauces abiertas, mientras en el horizonte se alza la cruz con la escalera de la deposición, todo remite a la hora del dolor, pero la Madre besa a su Hijo como si acabara de salir de su seno con la vivacidad y la vida de un recién nacido. 

Captan mi mirada, asombrada por ese gesto maternal, de San José de Arimatea. Él también sostiene y retiene, casi, el cuerpo del Salvador. Una lectura contemplativa pide identificarse con uno de los personajes que aparecen en escena durante la Pasión. 

Me gusta cómo se presenta a San José de Arimatea: alguien que pide a Pilato el cuerpo de Jesús, alguien que se atreve. Alguien que acude al poderoso de turno y no se deja intimidar. Va y pide lo que la Iglesia tiene más querido: el cuerpo del Salvador. 

Así deberíamos ser nosotros: gente dispuesta a perderlo todo menos la Eucaristía de Jesús que fue la Eucaristía del dolor del mundo y del sufrimiento de la historia. 

Deberíamos consumir el umbral de la puerta de los poderosos de turno y conseguir que nos den el Cuerpo de Jesús en cada cuerpo humano sacrificado en no se sabe qué altares. 

Sí, rezo por las mujeres de mi tiempo, pero también por los hombres, por los que, como San José de Arimatea, se atreven, y por los que, como Nicodemo, no se atreven. Este Cuerpo los une, los hace hermanos. 

Este Cuerpo tiene un atractivo sin precedentes. A Él debemos aferrarnos. La Eucaristía de dolor y de sufrimiento, la Eucaristía de Pasión, es un silencio perpetuo lleno de vida en la historia de la humanidad. 

Un Sábado Santo sin fin que surca las tormentas de la historia. He aquí que, en las tormentas de la historia, en el Sábado Santo de la fe, podamos aferrarnos a una esperanza samaritana, a esta Eucaristía de dolor y de sufrimiento, con la certeza de que el verdugo no tenga la última palabra sobre el inocente, con la convicción de que si no todos seremos salvados no merece la pena ninguna salvación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios en el sepulcro… pero no para siempre.

Dios en el sepulcro… pero no para siempre 

A nosotros, que vivimos en el siglo XXI, el silencio que exige el Sábado Santo puede parecer una ocasión propicia: callar durante unas horas el ruido continuo y caótico del mundo, experimentando, sin embargo, también el silencio de Dios. 

El silencio de Dios es un horizonte en el que vivimos: si miramos a nuestro alrededor, en estos últimos años, es difícil negar que la Palabra tiene resonancia: otras son las palabras, los mensajes, las fuerzas que parecen dominar el mundo. 

Tener esperanza requiere valor en este Sábado Santo de la historia. 

Pero hay un paso más que dar, después de haber vivido en su totalidad el silencio del sábado, y es levantar la mirada hacia la noche que nos lleva al Domingo de Pascua. Somos hombres y mujeres del Sábado Santo, sin duda; pero la fe nos empuja a mirar hacia la noche que cierra un día y abre otro, muy diferente, en el que resuena una voz inesperada. 

Pero, hoy, ¿es creíble un anuncio de resurrección? Quizás nos sentimos muy parecidos a San Pablo en el Areópago de Atenas: cuando hablamos de resurrección, se hace el vacío. Los cristianos hemos sido muy buenos y muy ideólogos en dividirnos las vestiduras del Evangelio; pero ¿no nos hemos dado cuenta de que hemos fallado con demasiada frecuencia en vivir la Resurrección? 

El Dios en el que creemos se encarnó, murió y fue depositado en un sepulcro dentro de un jardín. Pero por fe, por pura (y difícil) fe, estamos llamados a confiar en una noche de Resurrección, una noche en la que Cristo resucitó. 

Hoy, en el año 2026, esto es poco creíble; pero no lo era menos hace siglos y siglos. Lo recuerda, precisamente, el relato de San Pablo ante los sabios de Atenas: «Ya te escucharemos otra vez sobre esto» (Hch 17, 32), dicen esos filósofos, dejándolo solo, a excepción de unos pocos, cuyos nombres el autor de los Hechos menciona en parte: Dionisio, Dámaso y muy pocos más. 

Entonces, vivir plenamente el Sábado Santo significa vivirlo esperando un Domingo en el que Dios irrumpe de manera inesperada; y lo que sucede es mucho más que la esperanza, ya que ninguno de los hombres y mujeres que seguían a Jesús podía realmente alimentarse de esa esperanza de resurrección. 

Después de la crucifixión había miedo, había decepción, había desconcierto, había aturdimiento; así, los dos discípulos de Emaús no ocultan los sentimientos que albergaban, hasta el anuncio de la Pascua. 

El sábado es apertura, es paso, entre la cruz y la tumba vacía; es paso entre la historia, la crónica, el hecho constatado por todos —un hombre condenado y ejecutado por un poder religioso y político, por una multitud empapada de crueldad— y el momento de la fe, el momento de la confianza, que no es racionalmente tangible. 

El sábado es ese paso, es ese puente: entre la historia y la fe, por lo tanto, es necesario un tiempo de silencio. 

Por lo tanto, no deberíamos tener tanta prisa por que pase el sábado del Dios sepultado: porque es rendición de cuentas y balance, es reflexión y pausa; para inclinarnos hacia la eternidad de un Resucitado, tensos entre el aquí y ahora y el mañana de Pascua, se nos da la oportunidad de detenernos, sin palabras, sin culto, sin gestos. Quedarnos quietos, dejar que Dios haga que en un sepulcro habite un jardín.

Preguntémonos por qué la credibilidad del anuncio de la resurrección es tan débil, tan frágil... Entonces, tal vez, descubriríamos que es el camino elegido precisamente por el Hijo: la fe se propone, no se impone. Se manifiesta y se esconde, se revela a unos pocos y luego desaparece. Supera las expectativas, enciende las esperanzas, pero luego se niega. 

Sobre todo, no se deja encontrar donde los discípulos lo buscan: una tumba vacía, un sepulcro. Él estará fuera, en el jardín; llegará a la estancia cerrada por el miedo generalizado; se acercará por un camino hacia Emaús; estará a la orilla del lago. El Resucitado nunca está donde lo buscan. 

Meister Eckhart lo había entendido bien: 

Las mujeres buscaban a nuestro Señor en el sepulcro. Entonces encontraron un ángel «cuyo aspecto era como un relámpago y sus vestiduras blancas como la nieve, y dijo a las mujeres»: «¿A quién buscáis? Buscáis a Jesús, el crucificado; no está aquí». De hecho, Dios no está en ningún lugar. Todas las criaturas están llenas de la mínima parte de Dios, y su grandeza no está en ningún lugar. [...]. Dios no está ni aquí ni allá, ni en el tiempo ni en el espacio. 

El sábado es también el paso de un intento de circunscribir a Dios —está en una tumba, está envuelto en un sudario, tenemos las coordenadas geográficas de su presencia y allí vamos a buscarlo— a la ruptura de toda cartografía religiosa: no podemos decir dónde no está presente Cristo, no podemos afirmar dónde está ciertamente ausente, porque él está también allí donde no se le espera. 

Y por eso nos ponemos en camino, por eso no se cierran tumbas, sino que se abren caminos. Así, tal vez, el anuncio de la resurrección —tan insólito, tan poco creíble— puede recuperar vida, ya que se une a la vida, que es siempre misteriosamente más grande que nuestros atlas religiosos. 

Fascinar a los demás con Jesús y su Evangelio no significa encerrar a Jesús en un sepulcro de códigos y definiciones, sino abrir caminos tras Él. 

Abrir caminos, abrir vidas: ¿no es esta la acción del Resucitado? Abrir sepulcros, abrir habitaciones cerradas, abrir corazones tristes, abrir nuevos caminos: somos discípulos de una Resurrección que abre, no de una cueva sellada. 

El Sábado Santo, día de vigilia, nos llama a permanecer en esta suspensión, entre aperturas y cierres, entre la muerte y la vida, entre el tiempo y la eternidad. Pero es un sábado que ya mira hacia el primer día de la semana, es un sábado que se cierra en una noche habitada por aromas de vida. 

Madre Teresa de Calcuta, en lo más profundo de su intenso drama del silencio de Dios vivido durante muchos años, sin renunciar nunca al valor de mirar hacia la resurrección, anotaba: «No os dejéis perturbar ni angustiar, sino creed en la alegría de la Resurrección. En todas nuestras vidas, como en la vida de Jesús, la Resurrección debe llegar, la alegría de la Pascua debe surgir». 

El deseo es habitar el silencio, para sentir en la noche la fuerza de una Resurrección, para escuchar y encontrar la vida discreta y sorprendente del Resucitado. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...