jueves, 2 de abril de 2026

En el silencio de la tumba en el que germina la Vida.

En el silencio de la tumba en el que germina la Vida

Escuchar el silencio mientras retumban los estruendos de la guerra puede parecer una paradoja, pero en realidad se convierte precisamente en el antídoto necesario para hacer frente a la trayectoria descontrolada de esta época dominada por el imperativo de la fuerza, por el delirio de omnipotencia.

 

El silencio hace sentir el impacto de la violencia mientras golpea y mata, hace sentir el dolor que el ruido oculta, hace sentir el llanto.

 

El silencio amordaza. El silencio quita la voz a las palabras que se densifican como nieblas.

 

El silencio nos hace quedarnos allí, en el umbral, mientras la tragedia se consume. Incluso la voz del profeta calla porque ya nadie escucha a quien dice la verdad cuando el engaño ciega y anestesia.

 

Y, sin embargo, el corazón siempre llama al despertar, no se cansa de hacer sentir su latido que transmite la vida. El corazón sabe, pero solo en el silencio podemos escuchar su voz.

 

Ser personas de paz mientras el conflicto se desata requiere silencio.


Escuchar el silencio activa los recursos interiores que ayudan a la rendición, hace retroceder ante la tentación de querer responder a la fuerza con la fuerza, de querer combatir la violencia con la violencia. Frena la espiral de una voluntad ciega que, como un huracán, atrae hacia su centro todas las energías para luego desatarse y devastar.

 

Dos son los caminos que tenemos ante nosotros: engaño, tinieblas, muerte, o verdad, luz, vida.

 

La rendición exige el abandono de aquellas fuerzas del ego anidadas en lo más profundo, cuyas raíces venenosas —querer, poder, tener— que fueron las tentaciones de Jesús en el desierto se ramifican en infinitos deseos y vicios, se insinúan de forma capilar y luego son difíciles de reconocer y erradicar. Solo la acción del Espíritu Santo puede desarraigarlas.

 

El desierto, el silencio, la soledad,…, la sepultura de la tumba constituyen, por tanto, las dimensiones necesarias para acelerar esta acción purificadora, para liberarnos de la adicción a la estructura perversa a la que, casi sin darnos cuenta, estamos sometidos.


La falsa conciencia que domina la Historia, en parte respaldada por el derecho de los fuertes y poco a poco legitimada por los poderosos, ha eliminado todo límite a las tendencias más desenfrenadas.

 

Lo que vemos, por tanto, en el escenario del mundo no es más que la representación de lo que se esconde en lo más profundo: miedo, decepción, sensación de fracaso, pero sobre todo vacío de amor. 


Donde impera el odio hay vacío de amor. Donde hay vacío de amor falta confianza en la vida, falta la fe.

 

El silencio del Sábado Santo nos enseña que el amor es la fuerza de cohesión que sostiene el universo; cuando falta el amor, todo se desintegra. Es urgente el retorno a la interioridad para que sea posible un despertar de las conciencias.

 

El Evangelio es poderoso por la potencia que le deriva de la gracia, de la acción creadora siempre en acto, generadora de belleza. Solo podemos vaciarnos para convertirnos en canales de la acción divina. Mirar más allá, contemplar, significa mantener la orientación hacia el Espíritu Santo que gobierna los mundos visibles e invisibles.

 

El amor puro nos sitúa en la órbita de la gracia, en la que lo poco, lo pequeño, lo desnudo, se dejan envolver dócilmente sin oponer resistencia.

 

La tierra no puede ser conquistada por la fuerza, nos es dada gratuitamente para ser custodiada y cultivada.


La bienaventuranza, que es la clave del Evangelio, es la plenitud de amor capaz de apagar todo deseo ávido de poder y de posesión. Se necesitan caminos interiores que favorezcan la evolución espiritual porque solo la ligereza de la gracia hace retroceder la gravedad de la fuerza.

 

Los tiempos serán largos, pero el proceso está en marcha porque, en todas partes, la verdadera diferenciación que está surgiendo es entre los poseedores de un arsenal y un poder de muerte y los hombres y mujeres en camino que aspiran al bien. Entre fundamentalismos arraigados en el pasado y la adhesión a esa germinación aún subterránea que impulsa hacia adelante.

 

La verdad, el amor y la paz constituyen los principios de una efervescencia viva que crea comunión, un cuerpo espiritual entre las diferentes pertenencias, y que se enfrenta y frena ese proceso de deshumanización que, con ciego empeño, intenta hacer retroceder.

 

La vida pertenece a lo eterno, está protegida y nunca podrá ser poseída ni aniquilada por el tiempo.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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