En el silencio de la tumba en el que germina la Vida
Escuchar el silencio
mientras retumban los estruendos de la guerra puede parecer una paradoja, pero en realidad se convierte precisamente en el
antídoto necesario para hacer frente a la trayectoria descontrolada de esta
época dominada por el imperativo de la fuerza, por el delirio de omnipotencia.
El silencio hace sentir el
impacto de la violencia mientras golpea y mata, hace sentir el dolor que el
ruido oculta, hace sentir el llanto.
El silencio amordaza. El silencio
quita la voz a las palabras que se
densifican como nieblas.
El silencio nos hace quedarnos allí, en el umbral,
mientras la tragedia se consume. Incluso la voz del profeta calla porque ya
nadie escucha a quien dice la verdad cuando el engaño ciega y anestesia.
Y, sin embargo, el corazón siempre llama al despertar,
no se cansa de hacer sentir su latido que transmite la vida. El corazón sabe,
pero solo en el silencio podemos escuchar su voz.
Ser personas de paz mientras el conflicto se desata
requiere silencio.
Escuchar el silencio activa los recursos interiores que ayudan a la rendición, hace retroceder ante la tentación de querer responder a la fuerza con la fuerza, de querer combatir la violencia con la violencia. Frena la espiral de una voluntad ciega que, como un huracán, atrae hacia su centro todas las energías para luego desatarse y devastar.
Dos son los caminos que tenemos ante nosotros: engaño,
tinieblas, muerte, o verdad, luz, vida.
La rendición exige el
abandono de aquellas fuerzas del ego anidadas en lo más profundo, cuyas raíces
venenosas —querer, poder, tener— que fueron las tentaciones de Jesús en el
desierto se ramifican en infinitos deseos y vicios, se insinúan de forma
capilar y luego son difíciles de reconocer y erradicar. Solo la acción del Espíritu Santo puede
desarraigarlas.
El desierto, el silencio, la soledad,…, la sepultura
de la tumba constituyen, por tanto, las dimensiones necesarias para acelerar
esta acción purificadora, para liberarnos de la adicción a la estructura perversa
a la que, casi sin darnos cuenta, estamos sometidos.
La falsa conciencia que domina la Historia, en parte respaldada por el derecho de los fuertes y poco a poco legitimada por los poderosos, ha eliminado todo límite a las tendencias más desenfrenadas.
Lo que vemos, por tanto, en el escenario del mundo no es más que la representación de lo que se esconde en lo más profundo: miedo, decepción, sensación de fracaso, pero sobre todo vacío de amor.
Donde impera el
odio hay vacío de amor. Donde hay vacío de amor falta confianza en la vida,
falta la fe.
El silencio del Sábado Santo nos enseña que el amor es
la fuerza de cohesión que sostiene el universo; cuando falta el amor, todo se
desintegra. Es urgente el retorno a la interioridad para que sea posible un
despertar de las conciencias.
El Evangelio es poderoso por la potencia que le deriva
de la gracia, de la acción creadora siempre en acto, generadora de belleza.
Solo podemos vaciarnos para convertirnos en canales de la acción divina. Mirar
más allá, contemplar, significa mantener la orientación hacia el Espíritu Santo
que gobierna los mundos visibles e invisibles.
El amor puro nos sitúa en la órbita de la gracia, en
la que lo poco, lo pequeño, lo desnudo, se dejan envolver dócilmente sin oponer
resistencia.
La tierra no puede ser
conquistada por la fuerza, nos es dada gratuitamente para ser custodiada y
cultivada.
La bienaventuranza, que es la clave del Evangelio, es la plenitud de amor capaz de apagar todo deseo ávido de poder y de posesión. Se necesitan caminos interiores que favorezcan la evolución espiritual porque solo la ligereza de la gracia hace retroceder la gravedad de la fuerza.
Los tiempos serán largos, pero el proceso está en
marcha porque, en todas partes, la verdadera diferenciación que está surgiendo
es entre los poseedores de un arsenal y un poder de muerte y los hombres y
mujeres en camino que aspiran al bien. Entre fundamentalismos arraigados en el
pasado y la adhesión a esa germinación aún subterránea que impulsa hacia
adelante.
La verdad, el amor y la paz constituyen los principios
de una efervescencia viva que crea comunión, un cuerpo espiritual entre las
diferentes pertenencias, y que se enfrenta y frena ese proceso de
deshumanización que, con ciego empeño, intenta hacer retroceder.
La vida pertenece a lo eterno, está protegida y nunca
podrá ser poseída ni aniquilada por el tiempo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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