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jueves, 17 de septiembre de 2026

Una mirada inocente.

Una mirada inocente 

Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos. 

Y buscará imágenes capaces de tranquilizarlo, superficies brillantes que le devuelvan, sin resistencia, la forma exacta de su deseo. 

No buscará lo que lo supera, sino lo que se le parece; no esperará una palabra inesperada, sino que exigirá un eco. 

Y llamará plenitud a esa prisión luminosa en la que todo confirma lo que él ya quiere ver. 

El ídolo no impone su presencia: la ofrece como una respuesta perfectamente calibrada. 

La mirada encuentra en él lo que buscaba y, al reconocerlo, se siente satisfecha. 

Ninguna distancia, ningún exceso, ningún misterio interrumpe la coincidencia entre el deseo y la imagen. 

El ídolo es un espejo complaciente: no revela el rostro del mundo, sino que devuelve al sujeto la figura ampliada de sus expectativas. Por eso seduce. 

No exige conversión, no hiere las certezas, no abre un camino; se limita a confirmar. 

Pero precisamente en la satisfacción se esconde el peligro. 

Cuando la mirada recibe inmediatamente lo que desea, deja de cuestionar lo que ve. La visión ya no es un encuentro, sino un consumo; ya no es apertura, sino posesión. 

La imagen se vuelve dócil, accesible, adaptada a la necesidad de quien mira. Y lo que parece libertad - poder ver siempre lo que se quiere - se transforma lentamente en la más sutil de las servidumbres: no ser ya capaz de ver otra cosa. 

El ídolo llena por completo el campo visual. No deja márgenes, no tolera periferias, no concede a la ausencia el derecho a expresarse. 

Todo debe estar presente, expuesto, nítido, disponible. 

La superficie se vuelve absoluta y la materialidad pretende ser la última palabra sobre lo real. 

En este reino de lo evidente, lo que no aparece parece no existir; lo que no seduce se descarta; lo que no produce satisfacción inmediata se juzga inútil. 

Así, la belleza, separada de la verdad, se convierte en anestesia. La estética ya no conduce más allá de la forma, sino que encierra la experiencia dentro de la propia forma. 

El sujeto contempla y se complace; admira y se siente reafirmado; acumula imágenes y cree haber ampliado el mundo, cuando en realidad solo ha multiplicado las paredes de su propia habitación. 

El ídolo no miente necesariamente en lo que muestra: miente porque hace creer que no hay nada más que ver. 

Ay de la sociedad que entrega a la imagen el poder de establecer lo que merece atención. Acabará venerando solo lo que brilla, escuchando solo lo que la halaga, reconociendo como verdadero solo lo que puede exhibirse. 

Los rostros se convertirán en escaparates, las palabras en adornos, los cuerpos en medidas de valor. 

Incluso el dolor deberá adoptar una forma atractiva para ser reconocido.

Y el hombre, rodeado de visiones, perderá la facultad de ver. 

Es necesario educar la mirada hacia el umbral, no hacia la saciedad. 

Hay que aprender a detenerse ante lo que no se deja consumir, a acoger la opacidad, la distancia, el silencio. 

Lo verdadero no siempre llena el campo visual: a veces lo interrumpe. No nos entrega lo que buscamos, sino que nos libera de la tiranía de buscar únicamente a nosotros mismos. 

Allí donde el ídolo se ofrece por completo, el misterio se retira; y precisamente al retirarse nos llama más allá de nuestra medida. 

Uno tiene que aprender, también, a vigilar su mirada. 

A no llamar «revelación» a toda imagen que nos satisfaga, ni «verdad» a toda forma que coincida con nuestro deseo. 

A dejar abierta una brecha en el horizonte, para que pueda llegar lo que no hemos previsto. 

Solo una mirada que no se sacia puede seguir esperando; solo una mirada que acepta no poseer puede reconocer; solo quien se atreva a atravesar la superficie descubrirá que lo real no está hecho para complacernos, sino para transformarnos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 15 de septiembre de 2026

Ahora no lo entiendes… lo entenderás más tarde - San Juan 13, 7 -.

Ahora no lo entiendes… lo entenderás más tarde - San Juan 13, 7 -

Hay un momento en la vida en el que las preguntas cambian.

 

Durante años me he preguntado, por ejemplo, en qué me convertiré, qué camino tomaré, qué conseguiré construir, qué metas alcanzaré…

 

Luego, casi sin darme cuenta, ha surgido otra pregunta. Más silenciosa. Más exigente.

 

¿Y después qué? ¿Qué quedará de mí?

 

No, no es una pregunta propia de la vejez.

 

No, no es nostalgia por lo perdido.

 

Creo que es una pregunta que pertenece a la madurez.

 

Porque uno se convierte de verdad en adulto el día en que su futuro deja de coincidir únicamente consigo mismo.


Hay una etapa de la existencia en la que comprendemos que el verbo más importante ya no es «tener», sino «dejar».

 

No «dejar» en el sentido de abandono, sino de herencia, legado,…, en el paso del testigo.

 

Cada encuentro, cada palabra, cada elección empieza poco a poco a juzgarse no por lo que produce en el momento, sino por lo que seguirá vivo cuando nosotros ya hayamos pasado página.

 

Es entonces cuando la vida cambia de verdad.

 

Deja de ser una carrera hacia algo y se convierte en una responsabilidad hacia alguien.

 

Hace una un tiempo he ido intentando ampliar el deseo.

 

He tratado de ir aprendiendo a detenerme, a mirar el mundo con ojos nuevos, a cuidar de lo que la vida me confía.

 

Intuyo que llegará un día en el que ese camino encuentre su destino natural.

 

¿Para quién he hecho todo lo que he hecho? ¿De qué sirve un deseo más grande si no genera vida también para los demás? ¿De qué sirve aprender a detenerme, si nadie encuentra descanso a mi lado? ¿De qué sirve una mirada capaz de maravillarse, si no ilumina también el camino de alguien? ¿De qué sirve custodiar, si lo que custodio muere conmigo?


Vivimos en una época que nos empuja continuamente a acumular.

 

Experiencias. Sensaciones. Éxitos. Seguridades. Incluso recuerdos.

 

Nos preocupamos mucho más por lo que poseemos que por lo que dejamos atrás.

 

Y, sin embargo, ninguna civilización ha sobrevivido gracias a quienes se lo guardan todo para sí mismos.

 

Las mejores épocas siempre han surgido de hombres y mujeres que han sabido legar algo a quienes venían después de ellos.

 

Un educador transmite saber. Una madre transmite confianza. Un padre transmite valor. Un artesano transmite arte y oficio. Un presbítero transmite esperanza. Un amigo transmite presencia…


La vida se llena no cuando se posee mucho, sino cuando empieza a generar algo más allá de sí misma.

 

La naturaleza lo ha contado así desde siempre con una sabiduría silenciosa.

 

La semilla no retiene su propia fuerza, sino que la entrega a la tierra.

 

La vid no se queda con los racimos para sí misma, sino que los ofrece.

 

El mar devuelve cada día lo que recibe de los ríos.

 

No, no lo había comenzado a entender hasta hace un tiempo… pero poco a poco se ha ido abriendo camino y se va haciendo luz también en este aprendizaje vital al que Jesús invitaba a Pedro y a sus discípulos en aquel ambiente ‘mágico’ de la Última Cena y ante aquel ‘extraño’ del lavatorio de los pies…

 

Hay tiempo para creer que entiende y hay tiempo para comenzar a entender de verdad… Lo entenderás más tarde, Joseba, a su momento.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 13 de septiembre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Desde el principio de su Evangelio, Lucas había mostrado que el Dios de Jesús da un giro radical a las perspectivas habituales: el poder, la riqueza, todo aquello que retiene y ata al hombre, todos esos bienes que hay que defender y que lo encierran en sí mismo, todo aquello que le impide liberarse y seguir adelante, todo debe ser trastocado. 

No se puede basar el propio futuro en una posesión que no ofrece garantías de perdurabilidad. 

La misericordia de Dios no está reservada únicamente para el fin de los tiempos. 

No tolera que la llaga permanezca abierta y sangre sin fin. 

Adopta formas históricas y se concreta en gestos que transforman el juego de las fuerzas. 

Los orgullosos, los que ostentan el poder y los ricos no tienen la última palabra, como siempre pretenden. 

Serán despojados del poder, serán desenmascarados en su orgullo y serán enviados de vuelta con las manos vacías. 

La forma de este cumplimiento tiene un estilo revolucionario. 

Tal afirmación podría resultar chocante allí donde priman el equilibrio y la prudencia, pero, en boca de María, adquiere una eficacia única. 

Y encuentra una perfecta sintonía con las palabras de Jesús, - que toma partido por Lázaro frente al rico glotón que sufre en el infierno -, que llama bienaventurados a los pobres, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los perseguidos y amenaza con terribles «¡Ay de vosotros!» a los ricos, a los saciados, a los que se deleitan en los placeres, a los aduladores. 

Jesús no trata de la misma manera a los pobres, a los enfermos, a los fariseos, a los publicanos y a Herodes. 

A los pobres los llama bienaventurados, a los fariseos, sepulcros blanqueados, a Herodes, el zorro, a los publicanos les muestra, como a Zaqueo, la iniquidad de su riqueza acumulada con fraude. 

Por eso, la liberación que Él desea para todos encuentra caminos diferentes debido a las distintas formas de opresión. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Las Bienaventuranzas no son un camino que solo puedan recorrer los superhombres o los campeones de la virtud. 

La gracia de la que habla San Pablo es sinónimo de «alegría». 

Dios mismo es gracia, fuente inagotable de amor para con nosotros: ¿cómo es posible que este Dios de amor quiera alimentar a sus hijos con leyes imposibles y duras como piedras? 

Jesús nos dice que, en lo más profundo de nuestro ser, somos amados por el Abba, somos dignos de ser amados por Él y que, ante todo, debemos aceptarnos a nosotros mismos con alegría. 

Las bienaventuranzas se vuelven totalmente sencillas y naturales cuando se comprende que Dios, el Abba, es bueno y está lleno de ternura, renunciando así a la idea de un Dios que nos espía o que nos acecha, tendiéndonos una trampa a cada pequeño paso en falso que damos. 

La primera comunidad de creyentes que se presenta en los primeros capítulos de los Hechos es la imagen real de la vida vivida según las bienaventuranzas: una comunidad de sencillos, de pobres, de personas que no se quedan con nada para sí mismas, que no buscan el poder, que comparten de buen grado, que están llenas de alegría. 

Con las bienaventuranzas, Dios quiere cuestionar la idea corriente de la felicidad. 

Sus palabras nos parecen lejanas, irreales, ajenas a nuestro mundo. ¡Y es cierto! 

Pero lo cierto es que nosotros, al igual que entonces, vivimos en un mundo al revés. 

Hoy, en nuestra época, este pasaje del Evangelio, a pesar de que parezca verdaderamente absurdo, resulta aún más claro: a nadie se le ocurre ser feliz y pobre a la vez, estar contento y afligido... 

¡Pero el verdadero problema es que hemos rebajado el listón! 

Intentamos estar un poco mejor, y nada más. 

«Bienaventuranza» es una palabra ajena a nuestro lenguaje y a nuestro vocabulario, porque es excesiva, demasiado plena; es tan intensa y fuerte que no cabe en nuestras expectativas. 

En cierto sentido, vivimos una vida cotidiana en la que las grandes satisfacciones son poco más que mediocres. 

La página del Evangelio nos remite a una dimensión de la vida infinitamente más amplia, más rica, más profunda. 

Diferente. 

Tiene el rostro tan humano de Jesús. 

Él es el hombre de las bienaventuranzas: el hombre manso y humilde de corazón, el hombre pobre de espíritu, artífice de la paz, el hombre apasionado y misericordioso, el hombre perseguido por causa de la justicia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Quis es? Ubi habitas? Quo vadis?

Quis es? Ubi habitas? Quo vadis? 

Hay un camino que nadie puede recorrer en nuestro lugar. 

Es el camino hacia el centro de la conciencia, hacia ese lugar secreto y luminoso en el que la persona deja de vivir solo en la superficie y empieza a preguntarse quién es realmente, de dónde viene y hacia qué plenitud está llamada. 

No se trata de un itinerario espectacular, ni de una conquista inmediata: es más bien una fidelidad cotidiana, humilde y paciente, hecha de escucha, silencio, discernimiento y valentía. 

La vida interior no crece por casualidad. Necesita ser cuidada como se cuida una llama frágil expuesta al viento. 

Cada día nos invaden ruidos, urgencias, miedos, deseos confusos y juicios precipitados. 

Si no aprendemos a escucharnos a nosotros mismos, corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por los acontecimientos sin comprender lo que ocurre en nuestro interior. 

El cuidado de la interioridad comienza, pues, con un acto sencillo y radical: detenerse. 

Detenerse para escuchar el corazón, para reconocer las propias contradicciones, para poner nombre a las heridas, para dejar aflorar aquello que a menudo preferiríamos ocultar. 

Mirar en nuestro interior no siempre es reconfortante. A veces, en lo más profundo, nos encontramos con zonas oscuras: egoísmos, resentimientos, miedos antiguos, fragilidades que nos asustan. 

Y, sin embargo, es precisamente ahí donde comienza la madurez espiritual. 

No se vuelve libre quien huye de sí mismo, sino quien acepta atravesar su propia verdad sin desesperarse. 

La conciencia se purifica cuando dejamos de fingir ante nosotros mismos y permitimos que la luz alcance también lo que ha permanecido oculto. 

Esta mirada sincera no humilla: libera. No destruye: recompone. No condena: abre la posibilidad de renacer. 

El trabajo sobre la conciencia nos devuelve una visión más verdadera de la vida. 

Cuando una persona empieza a conocerse a sí misma, ya no vive dispersa en mil imágenes de sí misma, ni prisionera de la mirada de los demás. Descubre poco a poco su propia esencia, el núcleo profundo del que surgen las decisiones más auténticas. 

De este centro interior surge una pregunta decisiva: ¿hacia dónde voy? 

Porque la vida no es solo una sucesión de días, sino vocación, dirección, llamada. 

Quien cuida de su alma aprende a leer su propia historia no como una suma de incidentes, sino como un camino impregnado de sentido. 

Solo quien ha comenzado a buscar con seriedad las respuestas a las grandes preguntas de la existencia puede acercarse a los demás con un amor no ingenuo, sino consciente. 

El encuentro con la propia fragilidad nos hace más sensibles ante la fragilidad ajena. Quien conoce sus propias heridas ya no necesita juzgar las de los demás; quien ha experimentado la necesidad de ser acogido comprende lo valioso que es ofrecer acogida. 

La ternura no es debilidad: es la fuerza apacible de quien sabe acercarse sin invadir, corregir sin herir, acompañar sin poseer. 

Cada persona con la que nos encontramos lleva consigo una historia que no conocemos por completo. 

Detrás de un rostro duro puede haber un dolor que nunca ha sido escuchado; detrás de una actitud agresiva puede esconderse un miedo antiguo; detrás de un cierre puede haber una herida que aún espera a alguien capaz de acercarse con respeto. 

Por eso, el juicio violento no cura: profundiza la distancia, reabre la herida, endurece el corazón. 

Lo que cura es el bálsamo de la ternura, el gesto que no grita, la palabra que no aplasta, la mirada que reconoce en el otro a un hermano, a una criatura que aún está en camino. 

El camino hacia la esencia, por tanto, no nos separa del mundo: nos hace más capaces de habitarlo. 

Cuanto más nos adentramos en la verdad de nosotros mismos, más nos abrimos a encontrarnos con el otro sin arrogancia. 

El cuidado de la conciencia genera una mirada apaciguada, capaz de dejar de lado el desprecio y optar por la compasión. 

De este trabajo oculto, cotidiano y fiel, nace una fraternidad auténtica: no basada en la ilusión de que nadie esté herido, sino en la certeza de que cada herida puede ser curada por la ternura, y de que cada corazón, si es acogido, aún puede abrirse a la luz. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 7 de septiembre de 2026

La muerte médicamente asistida.

La muerte médicamente asistida

En 1974 se firmó - con la firma también de premios Nobel como Jacques Monod - un llamamiento a favor de la eutanasia benéfica, que se publicó en la revista Humanist (vol. 34, n.º 4).

 

El llamamiento señalaba como «cruel y bárbaro» mantener con vida a una persona en contra de su voluntad cuando «la dignidad, la belleza y el sentido de la vida se han desvanecido y se ve afectada por un sufrimiento intolerable».

 

Para aquellos años, fue como lanzar una piedra gigantesca a un estanque en completa quietud.

 

Desde hace más de 50 años, los términos de la cuestión se han mantenido sustancialmente así, con un sinfín de argumentos a favor y en contra que, aún hoy, se entrecruzan.

 

Prueba de ello son los numerosos artículos publicados por las principales revistas médicas internacionales, las declaraciones públicas de políticos, las tomas de posición de personas influyentes en el ámbito científico o ético y, naturalmente, los documentos oficiales de la Iglesia Católica y de los Comités Nacionales de Bioética…

 

«¿Qué harías si pudieras decidir, al final de tu vida, exactamente dónde y cuándo debería producirse tu muerte? ¿Qué harías si, en lugar de morir solo y en plena noche, en una cama de hospital, pudieras estar en tu casa en el momento que tú eligieras? Podrías decidir quién debería estar en la habitación contigo, tomándote de la mano y abrazándote mientras dejas este mundo. ¿Y qué harías si un médico pudiera asegurarte que la muerte sería cómoda, pacífica y digna? ¿Qué harías si pudieras planificar una última conversación con cualquier persona a la que quisieras? Nunca más podrías volver a ver la muerte de otra manera» (Extraído de Stefanie Green, This is assisted dying (en castellano ‘Esto es la muerte asistida’), 2022).

 

Me parece que aquí se resume de manera gráficamente bastante clara cómo la muerte asistida se considera una opción que puede ofrecerse como muestra de compasión y humanidad, y a la que es muy difícil resistirse.

 

La muerte médicamente asistida significa, por tanto, permitir que los médicos y enfermeros ayuden a una persona que se encuentra al final de su vida, en determinadas circunstancias específicas, a elegir entre dos opciones posibles: la autoadministración por vía oral de medicamentos en dosis letales (suicidio asistido) o la administración de medicamentos directamente en vena por parte del médico o del enfermero.

 

La condición, similar y compartida por todas las legislaciones que la han introducid, es que exista una solicitud voluntaria por parte de una persona plenamente capaz de comprender y decidir, y, obviamente, sin ningún tipo de coacción; que haya un sufrimiento grave e intolerable, un deterioro irreversible y una muerte natural previsible.

 

Siempre en función de la legislación, se prevé una segunda evaluación independiente realizada por otro médico, un psicólogo y un médico especialista en cuidados paliativos, quien informa sobre la posibilidad de recibir una asistencia adecuada en un hospicio.

 

Todo el procedimiento debe estar debidamente documentado y evaluado por un juez para que pueda considerarse un acto médico despenalizado, tal y como prevén las leyes vigentes en el Estado.

 

La eutanasia, la muerte médicamente asistida y la propia expresión «ley sobre el final de la vida» no suponen en absoluto que sean simplemente «lo mismo», sino que encierran en su esencia un profundo cambio cultural sobre cómo, en su conjunto, damos sentido a la vida en momentos de grave sufrimiento cuando nos acercamos a la muerte.


Desde la percepción instintiva y censurable de la eutanasia como supresión de la vida (en pocas palabras, considerada un homicidio) hasta la ayuda médica, tan esperada por algunos, para una muerte rápida, digna y serena.

 

La oferta de la muerte asistida se ha ido convirtiendo en una realidad y muchos de nosotros tendremos que enfrentarnos a esta posibilidad.

 

Decir «» o «no» creo que podría convertirse en nuestro desafío existencial más personal, y conviene no esperar demasiado para buscar en lo más profundo de nuestra vida las razones de la decisión que tomaremos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 4 de septiembre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!

El deseo de felicidad es común a todos los seres humanos que vienen al mundo.

 

Todos buscamos - desde que nacemos - una vida buena, bella, sana, serena, segura...

 

Es una vocación divina y es la respuesta a su llamada para participar en su vida, con vistas a la plenitud de la alegría.

 

El Evangelio nos revela el camino que podemos seguir.

 

La «Buena Noticia» de Jesús nos dice que la felicidad es posible, no es en absoluto una ilusión.

 

La vida bella es algo fascinante, satisfactorio, pleno.

 

Es una Buena Noticia porque cambia la vida: de hecho, cuando Dios entra en nuestra vida, ya no somos los mismos que antes, porque Él siempre obra algo extraordinario.

 

La «Buena Noticia» es Él mismo, Él es el Reino de Dios que viene, Él es el Evangelio, el Camino, la Verdad y la Vida.

 

Dios se ha hecho amigo de los hombres para dialogar con nosotros de igual a igual.

 

En el discurso programático - llamado «del monte» porque fue proclamado en las laderas de una montaña-, Jesús expone las líneas fundamentales de su ministerio pastoral.

 

La tradición antigua ha concebido este texto como una antología de las enseñanzas fundamentales del Maestro.

 

La felicidad es posible porque Dios está aquí y se nos ofrece.


Este mensaje se repite varias veces, con distintos matices, imágenes diversas y aplicaciones particulares, todas ellas variaciones sobre un único tema.

 

Estas «bienaventuranzas» - que ocupan el centro de la predicación de Jesús y son, por así decirlo, su alma - dibujan su rostro: ¡son como un espléndido y completo autorretrato suyo!

 

En estas frases encontramos el anuncio de lo que Dios hace por nosotros y se pide una elección específica y consecuente por parte de todos sus discípulos.

 

Evidentemente, también esta, como toda elección, implica renuncias: quien elige de otra manera no puede tenerlo a Él.

 

Cada expresión aquí contenida comprende tres elementos: la fórmula exclamativa, la condición de vida que precisa una actitud y la causa.

 

El elemento fundamental de cada bienaventuranza no es la condición, sino la causa.

 

Dios adopta a los hombres como hijos. La bienaventuranza es una consecuencia.

 

De hecho, «convertirnos en hijos adoptivos» es el anuncio de Jesús.

 

Aquí se pasa del «debemos» (obligatoriedad) al «podemos» (oportunidad): de hecho, no son preceptos morales disfrazados.

 

La felicidad es un regalo: puesto que hemos recibido la adopción filial que nos hace semejantes al Padre, podemos ser como Él.

 

¡Ahí reside toda la belleza de las bienaventuranzas!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!

En la Sagrada Escritura, el número siete refleja la plenitud, el infinito, es un número perfecto.

 

El ocho es siete más uno, es decir, un «más» de plenitud.

 

A los ojos de Dios, el ocho es gracia que no cabe en sí misma, que se desborda.

 

Las ocho bienaventuranzas son el desbordamiento de felicidad del alma en Dios.

 

No hay nada que empañe la luz, la presencia de Dios en nosotros, ese fuego que arde sin verse.

 

Al hablar de las bienaventuranzas, nadie pretende dar recetas para ser feliz.

 

No es posible concebir la felicidad como algo externo, fuera de nosotros.

 

De hecho, estos caminos no son caminos que se vean.

 

La realidad que me rodea, las situaciones externas que vivo, las relaciones que establezco… pueden llevarme a una interiorización de lo que soy, cómo soy y adónde pretendo llegar.

 

Estamos en camino...


Este itinerario será sin duda uno de los más complejos. Puede ser que hasta difíciles.

 

Porque, cuando buscamos la verdad dentro de nosotros mismos, estamos como ante un espejo que refleja no solo nuestra imagen física, sino todo lo que somos interiormente.

 

Y no siempre es fácil mirarnos y, sobre todo, aceptarnos.

 

¿Quién es plenamente bienaventurado?

 

Jesús habla de ocho bienaventuranzas, pero podrían ser quince, veinte; no importa el número, no se trata de una cifra concreta.

 

Es verdaderamente bienaventurado quien ve la vida como algo más.

 

Bienaventurado es quien no solo vive momentos de felicidad, sino que recorre su camino existencial con una paz interior tal que le permite dominar cualquier situación extrema.

 

Bienaventurados son aquellos que están iluminados por la fe en algo y, ante esa creencia, ante esa confianza, se entregan por completo.

 

Bienaventurado quien ha construido su casa sobre la roca: no importa lo que venga, vientos, tormentas, terremotos, huracanes... los cimientos de esa casa permanecen firmes.

 

Por el contrario, cuando edificamos nuestra estructura interior, forjamos nuestro ser guiados por la vanidad, la prisa, la prepotencia, la arrogancia, cuando creemos ser el centro del universo y nos coronamos señores de nosotros mismos, entonces nuestra casa está construida sobre la arena… al más mínimo soplo, somos como polvo levantado por el viento.

 

Para ser felices basta con escuchar y poner en práctica la palabra de Jesús.

 

Jesús afirma que bienaventurados son los que viven en la pobreza, el dolor, la mansedumbre, los que tienen sed de justicia, los que son misericordiosos, los que buscan la paz, los que son puros de corazón y los que son perseguidos por causa del Reino de Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Sed lo que sois.

Sed lo que sois

«Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo».

 

Este es un decreto eterno. Un indicativo absoluto. Una Verdad que no admite réplicas, no tolera cambios de opinión, no concede espacio a la reticencia del corazón humano. Es así y punto.

 

El que tenga oídos para oír, que oiga: vuestra esencia no depende de vuestros méritos, no se sustenta en vuestras frágiles cualidades, ni en vuestras virtudes fluctuantes. Brota únicamente de la fuerza de la Palabra que os llama.

 

Es el soplo de Jesús el que nos constituye discípulos y discípulas, imprimiendo en nuestro ser un sello indeleble. No hay vacilación en esta palabra, no hay lugar para el aplazamiento, no hay refugio en lo posible.

 

Jesús no dice: «podríais ser», «quizá os convirtáis», «si queréis, seréis». Dice: «sois». El indicativo del Evangelio recae sobre la vida como una sentencia de verdad y, al mismo tiempo, como una llamada irrevocable.

 

Es una palabra que no se limita a describir, sino que crea; no solo constata, sino que genera.

 

Quien escucha esta voz no recibe una simple tarea: recibe una nueva identidad.


En una época que ama los matices, los términos medios, las pertenencias intermitentes, Jesús habla con la claridad del fuego. Él arranca al discípulo de la ambigüedad y lo sitúa en el corazón de la historia como signo.

 

No basa el discipulado en las capacidades personales, en la fuerza moral ni en la excelencia de cada uno.

 

La raíz de todo no es el mérito humano, sino el poder de la Palabra que llama. Es la Palabra la que consagra una vida, es la Palabra la que hace fecunda una fragilidad, es la Palabra la que transforma a hombres y mujeres comunes en presencia viva del Reino.

 

Se impone una acción oculta, un camino de humildad que se consume en el secreto. El discípulo no busca el aplauso de las plazas, no ansía los focos del mundo.

 

Nuestro estilo de vida debe fundirse en el tejido cotidiano de la humanidad.

 

Caminaremos entre los hombres, haremos lo mismo que todos, trabajaremos bajo el mismo sol. Pero lo haremos todo de una manera radicalmente diferente.

 

Habitaremos el mundo con la lógica disruptiva del Evangelio. Así como la sal se disuelve para dar sabor, así nosotros nos perderemos en el servicio, venciendo la corrupción del mal con la fuerza de la gratuidad.

 

De este ocultamiento brotará el prodigio. Este estilo de vida renovado, esta fidelidad silenciosa, se convertirá en la Luz del mundo.

 

No una luz que ciega, sino una evidencia tan clara y resplandeciente que resulta indudable.

 

Ella rasgará las tinieblas de esta generación. Será un faro de justicia y de verdad que pondrá al descubierto, sin necesidad de condenas verbales, la falsedad de quienes eligen la muerte.

 

Quien vive en la injusticia temblará ante la claridad de nuestra vida; quien camina en la mentira será iluminado por nuestra coherencia.

 

Convertíos, pues, a vuestra verdadera identidad nos diría Jesús. Dejad de esconderos tras la excusa de vuestra debilidad. La Palabra ya os ha transformado. Sed lo que sois: el sabor de la tierra, la luz de las naciones.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...