domingo, 13 de septiembre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Las Bienaventuranzas no son un camino que solo puedan recorrer los superhombres o los campeones de la virtud. 

La gracia de la que habla San Pablo es sinónimo de «alegría». 

Dios mismo es gracia, fuente inagotable de amor para con nosotros: ¿cómo es posible que este Dios de amor quiera alimentar a sus hijos con leyes imposibles y duras como piedras? 

Jesús nos dice que, en lo más profundo de nuestro ser, somos amados por el Abba, somos dignos de ser amados por Él y que, ante todo, debemos aceptarnos a nosotros mismos con alegría. 

Las bienaventuranzas se vuelven totalmente sencillas y naturales cuando se comprende que Dios, el Abba, es bueno y está lleno de ternura, renunciando así a la idea de un Dios que nos espía o que nos acecha, tendiéndonos una trampa a cada pequeño paso en falso que damos. 

La primera comunidad de creyentes que se presenta en los primeros capítulos de los Hechos es la imagen real de la vida vivida según las bienaventuranzas: una comunidad de sencillos, de pobres, de personas que no se quedan con nada para sí mismas, que no buscan el poder, que comparten de buen grado, que están llenas de alegría. 

Con las bienaventuranzas, Dios quiere cuestionar la idea corriente de la felicidad. 

Sus palabras nos parecen lejanas, irreales, ajenas a nuestro mundo. ¡Y es cierto! 

Pero lo cierto es que nosotros, al igual que entonces, vivimos en un mundo al revés. 

Hoy, en nuestra época, este pasaje del Evangelio, a pesar de que parezca verdaderamente absurdo, resulta aún más claro: a nadie se le ocurre ser feliz y pobre a la vez, estar contento y afligido... 

¡Pero el verdadero problema es que hemos rebajado el listón! 

Intentamos estar un poco mejor, y nada más. 

«Bienaventuranza» es una palabra ajena a nuestro lenguaje y a nuestro vocabulario, porque es excesiva, demasiado plena; es tan intensa y fuerte que no cabe en nuestras expectativas. 

En cierto sentido, vivimos una vida cotidiana en la que las grandes satisfacciones son poco más que mediocres. 

La página del Evangelio nos remite a una dimensión de la vida infinitamente más amplia, más rica, más profunda. 

Diferente. 

Tiene el rostro tan humano de Jesús. 

Él es el hombre de las bienaventuranzas: el hombre manso y humilde de corazón, el hombre pobre de espíritu, artífice de la paz, el hombre apasionado y misericordioso, el hombre perseguido por causa de la justicia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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