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domingo, 23 de agosto de 2026

Más profetismo… y menos gestión - o más profetas del Misterio y menos gestores de lo sagrado -.

Más profetismo… y menos gestión - o más profetas del Misterio y menos gestores de lo sagrado - 

Vamos a comenzar con la audición de una canción de aquel cantautor místico que fue Ricardo Cantalapiedra: https://www.youtube.com/watch?v=md__fKfewDU 

No significa, ante todo, alzar la voz por encima del ruido del mundo, ni ocupar el escenario de la historia como agitadores de palabras o intérpretes superficiales de los acontecimientos. 

El profeta no nace de la actualidad, sino del Misterio. Proviene de una profundidad que le precede, de una relación silenciosa y ardiente con aquello que no se deja poseer, pero que posee la conciencia de quien se deja alcanzar. 

El profeta es aquel que ha sido capturado por el Misterio, invadido en el corazón, herido en la conciencia, transformado en la mirada. 

No hay profecía sin esta captura interior. Antes de ser palabra dirigida a los demás, la profecía es fuego guardado en el interior; antes de convertirse en denuncia, es escucha; antes de hacerse gesto público, es obediencia a una luz que penetra, posee, purifica, inquieta y consuela. 

El profeta no habla porque posea una estrategia, sino porque está poseído por una verdad que lo supera. No lee la historia con los instrumentos del cálculo, sino con ojos clarificados por una relación profunda con el Misterio. 

Por eso el profeta es un hombre y una mujer de visión. Ve lejos no porque huya del presente, sino porque lo atraviesa hasta su núcleo oculto. Ve más allá de los acontecimientos, más allá de las apariencias, más allá de los relatos construidos por los poderosos, porque interpreta la realidad partiendo de esa profundidad donde el Misterio revela lo que la mera materialidad de las cosas no logra penetrar. 

Allí donde muchos solo ven escombros, el profeta divisa semillas; allí donde muchos se rinden ante la violencia, él custodia lo imposible de la paz; allí donde muchos justifican la mentira como una necesidad, él invoca la justicia como el aliento mismo de lo humano. 

Hoy, el profeta ve caminos de paz allí donde la historia parece entregada a la locura de las guerras. Ve senderos ocultos entre las ruinas creadas por hombres sin escrúpulos, incapaces de reconocer la dignidad inviolable de cada persona. 

El profeta no se deja hipnotizar por la lógica de las armas, ni por la retórica de los vencedores, ni por la brutalidad de quienes sacrifican a los pueblos en el altar de su propio poder. Sabe que la guerra nace siempre de un corazón ya devastado, de un interior que ha perdido de vista el rostro del otro y ha reducido la vida a un territorio que conquistar, a un cuerpo que dominar, a una voz que silenciar. 

El profeta ve justicia incluso cuando la corrupción se extiende como una niebla tóxica sobre las instituciones, las relaciones y los deseos. Ve la justicia no como una idea abstracta, sino como un hambre grabada en las conciencias, como un gemido que surge de los pobres, de los excluidos, de los heridos de la historia. 

Y reconoce que la sed de poder es a menudo señal de un vacío interior: un abismo enmascarado por el éxito, una soledad disfrazada de dominio, una miseria del alma cubierta por la ostentación del egoísmo. 

En aquellos que construyen su propia grandeza pisoteando a los demás, el profeta no ve solo culpas que denunciar, sino un vacío abismal que desenmascarar. Ve a hombres y mujeres devorados por una carencia que ningún poder puede colmar, por un hambre que ninguna posesión puede saciar. 

Y ve también las huellas que deja ese vacío: heridas en las personas con las que se cruza, injusticias arraigadas en los pueblos, miedos transmitidos de generación en generación, desiertos interiores sembrados a lo largo del camino. 

Y, sin embargo, el profeta no es un hombre ni una mujer de la desesperación. Precisamente porque conoce el Misterio, sabe que ningún abismo es más profundo que el amor gratuito que puede alcanzarlo. 

Y sabe que la única fuerza capaz de colmar el abismo del egoísmo no es un nuevo dominio, no es una venganza, no es una violencia contraria, sino el amor desinteresado que el Misterio derrama en las conciencias sedientas de justicia. 

Es un amor que no compra, no posee, no humilla; un amor que libera, levanta, recompone, abre futuro. 

Ser profetas hoy significa, por tanto, habitar el mundo sin pertenecer a sus idolatrías. 

Significa estar dentro de la historia con ojos purificados por el Misterio, con manos dispuestas a la paz, con palabras capaces de herir la mentira y sanar la vida. 

Significa no resignarse a la guerra cuando todos la llaman inevitable, no doblegarse ante la corrupción cuando todos la llaman realismo, no adorar el poder cuando todos lo confunden con la fuerza. 

El profeta es centinela de lo posible de Dios en lo imposible de los hombres y las mujeres. 

Es memoria viva que recuerda a la tierra su vocación a la fraternidad. 

Es herida abierta en el cuerpo de una sociedad que querría anestesiar la conciencia. 

Es voz que nace del silencio, fuego que nace de la escucha, esperanza que nace del amor. 

Y cuando todo parece perdido, el profeta sigue viendo: ve paz donde reina la violencia, ve justicia donde domina la corrupción, ve amor donde el egoísmo ha cavado abismos. 

Porque el profeta no solo mira lo que es: mira lo que el Misterio, aún hoy, puede hacer surgir en la conciencia de la humanidad. 

¿Qué significa ser profeta hoy en día? Tal vez nos acerque a la respuesta de esa pregunta aquella otra canción del que cantó al Profeta de Galilea: https://www.youtube.com/watch?v=Uf0PWAxy2dc 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF 

Posdata: Sirva esta reflexión en reconocimiento y agradecimiento de Don Faustino Vilabrille y de todos aquellos que han hecho de la profecía del Reino su condición natural de ser y de actuar. De ellos se puede decir aquello de “fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe” (Hebreos 13, 7).

domingo, 31 de agosto de 2025

No retirarse sino permanecer, un gesto profético en tiempos de guerra.

No retirarse sino permanecer, un gesto profético en tiempos de guerra

Son tiempos violentos. No es solo el número insoportable de guerras que ensangrientan el mundo. Es la sensación de que la violencia, de una o de otra intensidad, se ha convertido en la norma de las relaciones sociales. 

La política habla con el lenguaje de las armas. Las relaciones internacionales se determinan con misiles y drones. Mientras que en casi todas partes crecen la polarización, la ira y la agresividad. 

En la segunda mitad del siglo pasado creíamos que el mundo podía ser gobernado por instituciones comunes, por el derecho internacional, por el frágil equilibrio de la diplomacia. Hoy esa esperanza parece haberse desvanecido.

El politólogo ruso Aleksandr Barishov lo ha puesto recientemente por escrito: «Ya hay que reconocer que el derecho internacional está desmantelado: lo único que funciona es el derecho de la fuerza». Como si fuera lo más natural del mundo. 

Los tratados, las convenciones, las resoluciones de las Naciones Unidas, la diplomacia: todo parece destinado a palidecer ante el crudo discurso de la fuerza. Para decidir ya no se necesitan reglas compartidas, sino la determinación de imponer el propio poder: militar, económico, tecnológico. A pesar de todos los avances tecnológicos y culturales, la humanidad parece retroceder a una época primitiva. 

Cada día parece ir a peor. Putin, mientras discute la paz con Trump, sigue lanzando misiles sobre las ciudades ucranianas. Netanyahu, sin hacer caso a los numerosos llamamientos, continúa con la horrible labor de destrucción de Gaza, reducida a un montón de escombros. 

En el punto en el que nos encontramos, ya no se trata de establecer quién tiene razón y quién no. El problema es que se superan todos los límites. Ya no hay distinción entre combatientes e inocentes, objetivos militares y población civil, adultos y niños. La crueldad se practica a la luz del sol, casi se exhibe. Y lo que triunfa es la superación de todos los límites. Todo parece estar permitido. El código bélico se ha convertido en parte del lenguaje cotidiano. Con evidentes efectos de deshumanización: el enemigo siempre queda reducido a menos que un ser humano. 

En medio de toda esta oscuridad, un rayo de luz llega desde Jerusalén. La decisión del patriarca latino, Pizzaballa, y del ortodoxo griego, Teófilo, de no abandonar Gaza a pesar de que Israel ha anunciado la ocupación de toda la Franja introduce un elemento disruptivo con respecto a la lógica bélica. 

Al negarse a abandonar sus comunidades, los dos patriarcas lanzan una provocación profética: permanecer allí donde la vida está herida. No para alimentar el conflicto, sino para custodiar una presencia diferente. Permanecer, cuando todo empuja a huir. Permanecer, cuando el cálculo sugeriría protegerse. 

Permanecer, para decir que no todo se reduce a la lógica de las armas. Se trata de una elección que tiene un gran valor político y humano porque dice que, más allá de lo que repiten sin cesar los tambores de la propaganda, siempre hay otra posibilidad. No estamos condenados a vivir solo bajo la ley de la fuerza.

Ponerse en medio. No para permanecer neutrales, para no ver o no elegir. Sino para negarse a ser capturados por la espiral de violencia contra violencia. 

Ponerse en medio es afirmar que, más allá de las razones y las injusticias, hay algo que está por encima. Algo común a todos los seres humanos: la dignidad de cada vida. La posibilidad del diálogo y la necesidad de escuchar para favorecer cualquier iniciativa de encuentro que frene el odio. 

Esta lógica opuesta a la violencia no es una huida de la realidad. Es la única alternativa realista al desastre. Porque la fuerza puede ganar una batalla, pero nunca construye la paz. Solo el reconocimiento del otro, de sus razones, puede abrir un futuro diferente. 

La lógica de ponerse en medio indica un camino concreto. En lugar de alimentar el odio y la agresividad, siempre existe la posibilidad de crear lugares de encuentro, reconstruir la confianza mutua, educar para reconocer que la vida del otro vale tanto como la nuestra. 

Si la violencia nos arrastra hacia el cierre, la sospecha, la oposición, la elección de ponerse en medio nos recuerda que todavía existe un terreno común. Frágil, sin duda. Pero real. Vivimos en una época de violencia, y sería ingenuo negarlo. Pero precisamente por eso, hay que valorar y multiplicar cada gesto que rompa la lógica de la fuerza. 

La decisión de los dos patriarcas cristianos es un gran gesto confesional que dice mucho de lo que los cristianos pueden hacer juntos, es un acto concreto que demuestra que es posible otra forma de estar en el conflicto. 

Ponerse en medio hoy es un reto urgente. No para ocultar las diferencias, sino para afirmar que, por encima de ellas, existe la pertenencia común a la humanidad. Solo desde aquí puede partir la política. Solo desde aquí se puede esperar un futuro que no esté condenado a la barbarie. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 10 de abril de 2025

Institución y profecía para qué modelo de Iglesia.

Institución y profecía para qué modelo de Iglesia 

¡Son palabras de primera magnitud! Si se quisieran conciliar teórica o teológicamente, como me sentiría inclinado a hacer según mi mentalidad, sería un rompecabezas: se podría volver a «Carisma y poder» de Leonardo Boff. Pero estamos en el ámbito y la perspectiva del Concilio Vaticano II, y se requiere una lectura histórica y «pastoral» del problema. 

Y entonces, decir «institución» nos hace pensar inmediatamente en una iglesia neoconstantiniana, post-tridentina, latina, europea, occidental, romana…, en el sentido de que todo se resuelve positivamente en ministerio y magisterio, y negativamente en oficialidad, poder, «jerarquización» o «papolatría», en clericalismo. 

Decir «profecía», en este contexto, remite a aquel que se presentó al mundo con el nombre de Juan, para asumir, con el nombre, la tarea de aquel que fue más que un profeta: preparar al Señor un pueblo bien dispuesto. ¡Estamos en otro lado! No es que entonces no hubiera profetas, pero eran «profetas de desgracia». 

Entre Pío XII y Juan XXIII hay una diferencia de 5 años: en realidad hay un cambio de época y lo que estaba latente desde hace tiempo en la base, madura en una nueva temporada: los fermentos presentes en una estructura eclesiástica verticalista, incluso en sus expresiones laicales, tendrán como fruto el n. 12 de la Lumen Gentium, donde se valoran el sensus fidei y el munus profético del Pueblo de Dios. 

Este paso de una forma de «iglesia-institución» a la de «iglesia-profecía» es, en principio, algo adquirido, pero no se puede dar por sentado en un plano de hecho: no fue indoloro en la época del Concilio y ahora está lejos de ser pacífico y completo. 

Para poder llevarlo a término históricamente, es necesario comprender cómo se generó y cómo se desarrolló, o incluso cómo se interrumpió. Hay que remontarse a la génesis del Concilio Vaticano II, «gracia de Dios y don del Espíritu Santo» (Sínodo de los Obispos 1985), «un acontecimiento providencial» (Novo Millennio Adveniente, n.º 18). Por lo tanto, no estamos ante una decisión administrativa o iniciativa diplomática, sino ante un acontecimiento carismático. 

He aquí, pues, la biografía y el carisma de Juan XXIII, que encuentran su salida en la inspiración repentina que le lleva a pronunciar —«ciertamente temblando un poco de emoción, pero al mismo tiempo con humilde resolución de propósito»— el nombre y la propuesta de un Concilio Ecuménico para la Iglesia universal. Este sigue siendo el momento más significativo y decisivo. 

Luego están el mensaje radiofónico del 11 de septiembre de 1962 y el discurso de apertura del Concilio Vaticano II el 11 de octubre: no son discursos de celebración, sino que ya entran en materia y son orientativos del futuro Concilio, cuando la preocupación institucional y la inspiración profética entren en conflicto. 

Pero las indicaciones de Juan XXIII son muy claras: «Estamos, pues, con la gracia de Dios, en el punto justo». Las proféticas palabras de Jesús, pronunciadas en vista de la consumación final de los siglos, alientan las buenas y generosas disposiciones de los hombres, en particular en algunas horas históricas de la Iglesia, abiertas a un nuevo impulso de elevación hacia las cimas más altas: «Levantad la cabeza, porque vuestra liberación está cerca» (Lc 21,20). Ya están aquí los muchos motivos que luego volverán a aparecer en los documentos conciliares, en los que se reactiva la tensión escatológica de la historia de la salvación. 

Pero entrando aún más en detalle, el discurso de apertura traza el mapa del Concilio Vaticano II, bajo el signo de la urgencia de una «inculturación del credo de la Iglesia» en el discernimiento de los signos de los tiempos y según un magisterio de carácter predominantemente pastoral. De inmediato surge un proyecto de Iglesia suspendida entre la novedad del Evangelio y la novedad de la historia, como nos hacen comprender las palabras dictadas por Juan XXIII diez días antes de su muerte: «No es el Evangelio el que cambia, sino nosotros los que empezamos a comprenderlo mejor». 

Pero, ¿cómo se percibe esta perspectiva histórica y dinámica en los trabajos del Concilio y con qué resultados los atraviesa, y cómo sale de ellos? Como un verdadero y largo trabajo de parto. Ahora bien, si hay un documento que ha tenido un camino accidentado y es el parto más emblemático del Concilio Vaticano II, este es la constitución Dei Verbum: su propia historia de redacción es como el hilo conductor del nudo institución-profecía: basta recordar el debate de las dos fuentes de la revelación. 

También en este caso, fue Juan XXIII quien evitó que no solo el documento, sino todo el Concilio abortara, acogiendo la voluntad de una mayoría inferior a los 2/3 requeridos, cuando se trataba de decidir si continuar o no en la línea doctrinal-dogmática o dar un giro bíblico de actualización a los trabajos del Concilio. Este giro tomará una dirección más específicamente eclesiológica con Pablo VI, pero esto no impedirá que la Dei Verbum vea la luz in extremis y represente la balanza y el terreno quizás aún inexplorado de todo el Concilio Vaticano II. 

Siguiendo siempre con las insinuaciones, se puede plantear la hipótesis de que la Dei Verbum es el eje central y la clave interpretativa de todo el Concilio, que no quiso ser eclesiocéntrico, pero que luego se aplanó en cuestiones eclesiológicas. A esta hipótesis de trabajo le sigue otra: ¿antes o junto a un modelo de iglesia de signo institucional expresado por las Constituciones Lumen Gentium y Gaudium et Spes, es posible extraer un modelo de Iglesia en términos proféticos a partir precisamente de la Dei Verbum? 

En otras palabras, antes de encerrar la Palabra de Dios en la Iglesia, tal vez sea el caso de volver a situar a la Iglesia dentro del misterio de la revelación o en la historia de la salvación: una Iglesia totalmente «bajo la Palabra de Dios». 

Esta diversidad de enfoques se percibe al comparar el n.º 1 tanto de la LG como de la DV: por un lado, se define formalmente a la Iglesia como «sacramento, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano», y por otro, se da una descripción viva de ella, y se dice que se presenta «en escucha religiosa de la palabra de Dios» y en estado de anuncio para servir a la comunión recibida, «para que, por el anuncio de la salvación, el mundo entero, escuchando, crea, creyendo, espere, esperando, ame». 

La de Dei Verbum es más que nunca una Iglesia en acto y en diálogo con Dios y con el mundo: es menos que nunca un estado, una jerarquía, una ordenación jurídica, ni solo magisterio, ministerio u organización. Es sacramento, pero en cuanto Palabra de Dios hecha carne: lo más imprevisible y frágil que puede haber. No es una sustancia o un sujeto preexistente en sí mismo, sino una relación sustancial o constitutiva, una «persona mística»: no el poder de la sangre o la voluntad del hombre, sino la potencia de Dios para la salvación de todo aquel que cree. 

En realidad, en el n.º 1 de Dei Verbum también se dice que esta Iglesia, «siguiendo las huellas de los Concilios de Trento y Vaticano I, pretende proponer la doctrina genuina sobre la divina Revelación y su transmisión». Pero tal vez precisamente aquí, aunque admitiendo un compromiso, tengamos el caso más evidente de lo que Juan XXIII esperaba del Concilio cuando dijo: «En la actualidad, en cambio, es necesario que en nuestros tiempos toda la enseñanza cristiana sea sometida por todos a un nuevo examen, con ánimo sereno y tranquilo, sin quitar nada, en esa forma cuidadosa de pensar y formular las palabras que destaca sobre todo en las actas de los Concilios de Trento y Vaticano I; Es necesario que la misma doctrina sea examinada más ampliamente y más a fondo y que las almas estén más plenamente imbuidas e informadas de ella, como desean ardientemente todos los sinceros defensores de la verdad cristiana, católica y apostólica; es necesario que esta doctrina cierta e inmutable, a la que se debe prestar una fiel aceptación, sea profundizada y expuesta según lo que exigen nuestros tiempos». 

Una Iglesia, por tanto, que se inscribe en la «economía de la revelación» (n.º 2) y que, en el Verbo eterno que ilumina a todos los hombres, se convierte en «economía cristiana» o cristocéntrica (n.º 4), preparada y anunciada proféticamente por la «economía de la salvación» (n.º 14) y por la «economía del Antiguo Testamento» (n.º 15). 

Esta nueva economía se inaugura en el momento en que «Cristo Señor ordenó a los apóstoles que el Evangelio fuera predicado a todos como fuente de toda verdad saludable y de toda regla moral, comunicándoles así los dones divinos». Se nos dice que esta misión se lleva a cabo en este orden: «en la predicación oral, con los ejemplos y las instituciones» (n. 7). 

Si además de las modalidades nos fijamos en los contenidos, se dice que todo esto «contribuye a la conducta santa del pueblo de Dios y al incremento del fe; así la Iglesia en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree <...> a lo largo de los siglos tiende incesantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios <...> cuyos tesoros se transmiten a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y que ora» (n. 8). Por lo tanto, «el Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando sólo lo que ha sido transmitido, ya que, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, escucha piadosamente, custodia santamente y expone fielmente esa palabra, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone creer como revelado por Dios» (n. 10). 

Sin poder profundizar y yendo directamente al capítulo VI de la DV, en el que se examina la relación entre la Sagrada Escritura y la vida de la Iglesia, las Sagradas Escrituras se consideran «la regla suprema de la propia fe» (n. 21), de la misma manera que la Eucaristía expresa su misterio central: gozan de la misma veneración que el Cuerpo de Cristo. 

Ciertamente, si esto hubiera sido cierto en la historia y en la espiritualidad con la misma importancia, ¡quizás ya tendríamos una iglesia profética y menos sacramentalizada y ritualizada! En cualquier caso, la Iglesia que cree y que reza no deja de «alimentarse del pan de vida de la mesa tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, y de dárselo a los fieles» (n.º 21). En este sentido, para llegar a un equilibrio, es necesario un cambio de rumbo inicial, de lo contrario, se seguirá vertiendo vino nuevo en odres viejos. 

Se trata de encontrar un nuevo equilibrio de mentalidad y de práctica, y eso es lo que parece desear la exhortación final de la Constitución conciliar: «Así como la vida de la Iglesia se incrementa con la asidua participación en el misterio eucarístico, así también es lícito esperar un nuevo impulso para la vida espiritual de la creciente veneración de la palabra de Dios, que «permanece para siempre» (Is 40,8; cf. 1 Pe 1,23-25)» (n. 26). 

Emaús es reconocer al Resucitado al «partir el pan», pero solo pudiendo decir: «¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32). 

Hay una palabra que parece ritual, pero que es la más comprometida: «para la Iglesia de hoy». Se nos remite al motivo mismo del Concilio, que no habría sido necesario «para entablar discusiones» doctrinales, sino que se quiso para dar a la doctrina de siempre «aquella forma de exposición que más se corresponda con el magisterio, cuya naturaleza es predominantemente pastoral». 

Inmediatamente viene a la mente lo que se llamará «principio pastoral» y también la palabra clave que ha caracterizado a todo el Concilio Vaticano II: «aggiornamento» (actualización). Y uno se pregunta inmediatamente: ¿qué ha pasado, en el lenguaje y en los hechos? 

Esta palabra programática nos dice claramente que una imagen de Iglesia profética ad extra, en interfaz con el mundo, debería haberse convertido en primaria en comparación con la ad intra y autorreferencial, de carácter institucional. 

Intuimos este perfil profético de la Iglesia en sus rasgos y tal vez sea el que está presente en nuestras expectativas y en nuestros sueños: «la Jerusalén de arriba, que es libre, es nuestra madre» (Gálatas 4,26). Quizás ya se refleje en nuestros rostros. Pero es bueno tratar de deshacer los nudos que impiden y retrasan su nacimiento como iglesia en construcción, en camino, del «todavía no», del futuro, de los pueblos: una Iglesia que desarrolle no solo la dimensión sacerdotal y real del Pueblo de Dios, sino que ponga en primer plano la dimensión profética: Iglesia del Evangelio, y cuando se habla de Evangelio se habla del Reino de Dios que viene, pero en el plano de las relaciones humanas y personales; Iglesia de la Palabra que es «Palabra de la cruz» porque «nosotros, en cambio, nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra» (Hechos 6,24); Iglesia del Espíritu, que siente su voz, aunque no sepa de dónde viene ni adónde puede llevar, a la verdad completa. 

Un primer nudo que hay que desatar está en la compleja historia postconciliar, que se ha liquidado con demasiada facilidad, pero que hay que examinar y repensar. El laborioso debate que se había desarrollado «in capite» en el Concilio no ha pasado «in membris»: en un primer momento, a muchos les pareció que todo se había hecho en sentido profético, hasta conformarse con reformas superficiales; ahora, por el contrario, parece que todo se ha hecho en sentido doctrinal, por lo que la hermenéutica del Concilio es «quaestio soluta» y está cerrada. Por eso es necesario encontrar otro enfoque y adoptar otra estrategia para reabrir el diálogo en todos los aspectos. 

Esto en retrospectiva; pero un enfoque y una estrategia diferentes son necesarios sobre todo en perspectiva, para relanzar y reorientar el debate sobre las cuestiones fundamentales, resueltas o no resueltas entonces, adoptando sin embargo el método inaugurado por Juan XXIII, al que hay que «dar gran importancia y, si es necesario, aplicarlo con paciencia». Es el otro nudo que hay que desatar: ¿cómo dar cuerpo a una forma de ser Iglesia que vive aquí y allá en la conciencia de muchos y en experiencias evangélicas difundidas, pero que no se impone como un nuevo rostro de la Iglesia de Dios? 

«Lejos de ser minimalista, esta presencia evangélica y apostólica (parusía) corresponde muy bien a un profundo cambio de la figura misma de la Iglesia. Su forma político-integralista —la Iglesia definida como «sociedad perfecta» o jerárquica, fundada en un derecho divino que regula su dogma, su vida sacramental, sus instituciones, sus prácticas y sus preceptos— ha perdido gran parte de su plausibilidad. Hoy en día, el «programa institucional» que ella supo inventar a principios del segundo milenio y transmitir a la cultura europea, enseñándole a transformar los valores y principios en acción y subjetividad a través de un trabajo profesional específico y organizado, se agota: esto provoca el declive de todas las instituciones destinadas a socializar a los individuos en un universo definido de principios y valores. La Iglesia y su pastoral están involucradas en esta dinámica de descomposición. Pero al mismo tiempo está surgiendo otra figura de la Iglesia: no una figura mítica de los orígenes, sino una Iglesia naciente» (Cristoph Theobald, Dei Verbum, Después de cuarenta años). 

La controvertida historia conciliaria de la Dei Verbum es también emblemática en este sentido y creo que para salir del actual punto muerto es necesario adoptar y desarrollar lo que se denomina el «principio pastoral», es decir, la orientación y el destino de un Concilio tal y como fue concebido por Juan XXIII. Cristopher Theobald lo formula en estos términos: «No hay anuncio del Evangelio de Dios sin hacerse cargo del destinatario; y, para precisar el papel de este último, hay que añadir que lo que se trata en el anuncio ya está operativo en él, ya que puede adherirse a él con plena libertad». 

Si la Dei Verbum, manzana de la discordia, no pudo en su momento estructurar plenamente y dar un sello unitario a todo el Concilio, ¿puede convertirse ahora en la matriz de una Iglesia profética? Si nuestra respuesta es «sí», la empresa está toda por delante de nosotros y requiere la sencillez de las palomas y la astucia de las serpientes. No bastan proclamas o tomas de posición, sino que se necesita «un corazón bueno y perfecto» (Lc 8,14) que dé fruto con perseverancia. 

A este respecto, solo algunas consideraciones y sugerencias: 

a) tomar prestada esta fecunda hipótesis interpretativa: la que, contrariamente a lo que se piensa, reconoce en el Concilio Vaticano II dos concilios distintos, cada uno con sus protagonistas y con su coherencia interna. Y, por lo tanto, mantener abierta y viva una tensión dialéctica inevitable entre institución y profecía. 

b) no pretender que la Iglesia pueda ser siempre y únicamente profética, sino comprometerse personalmente a hacerla existir como tal, a darle vida y cuerpo, recordando que nadie es profeta en su propia casa. Hacemos bien en esperar de nuestros Obispos un ejemplo de profecía, un susurro de Evangelio, un destello estival de coherencia de fe y credibilidad, pero hay que tener cuidado con un eclesiocentrismo de retorno o de reflejo. Una «Iglesia profética» no tiene límites institucionales, ¡si acaso incluye a la institución! 

c) favorecer la recepción político-cultural del Concilio Vaticano II y que encuentra precisamente en Dei Verbum su clave interpretativa en perspectiva histórica, interreligiosa, ecuménica y eclesial. Practicar la distinción entre movimientos históricos e ideologías, según Pacem in terris. Y es aquí donde habría que incluir un discurso sobre la laicidad. 

Esta empresa y este compromiso deberían llevarnos a hacer del Vaticano II una nueva o diferente tradición de la Iglesia y a asegurarle con el tiempo el rostro de la profecía para el mundo, así como los Concilios de Trento y del Vaticano I le garantizaron una estructura institucional interna, contrarreformista y antimodernista. 

Si queremos hacer un deseo o una oración es que alguien, alzando los ojos al cielo y suspirando, pronuncie sobre su Iglesia un gran «Effatà». «¡Ábrete!». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ausencia de profecía.

Ausencia de profecía 

«No se puede hablar de Dios permaneciendo iguales», observó con agudeza el actor Roberto Benigni al comentar en televisión los Diez Mandamientos: «Los ídolos adormecen —añadió—, mientras que lo Divino inquieta, te pide que cambies, que te renueves siempre; Dios es un himno a la vida, quiere entrar no en nuestra mente, sino en nuestros corazones».

 

Me gusta pensar en el profeta como en aquel que, habitado por Dios, vive continuamente en su presencia. ¡Hacerse morada de Dios! Es un largo camino interior que recorrer hasta que salga el sol, atravesando la noche. Caminar por los senderos de Dios es abrazar su lógica. Esto es consecuencia de estar sintonizados con la decisión de Dios de caminar con nosotros.

 

Sintonizar nuestro reloj espiritual y existencial con la zona horaria del Espíritu Santo que nos lleva al encuentro con Jesús. Hacerle espacio en los caminos de nuestra vida significa hacer retroceder ciertas pretensiones nuestras; es hacerle plantar su tienda en medio de nuestros proyectos; es dejarse perturbar por una presencia que cambia radicalmente las cosas. Entonces, y solo entonces, seremos verdaderos profetas.

 

Entonces, ¿cuándo nos convertimos realmente en «profetas, hijos de profetas»? ¿Cuáles son los signos de esta pertenencia?

 

Estamos llamados a ir más allá de la actitud de emoción y asombro para verificar, en la vida cotidiana, el grado de acogida que realmente se reserva al Verbo de Dios, a su Palabra. La respuesta solo puede venir de nuestra vida, en la medida en que construye relaciones leales y verdaderas, y genera -con palabras responsables y gestos concretos- condiciones de reconciliación y paz, devuelve la esperanza acercándose a las condiciones de los hermanos, especialmente de los más pobres.

 

Un motivo de confianza y un nuevo impulso -en esta dirección- podría ser escuchar los signos de los tiempos y discernir propuestas concretas e iluminadas sobre el camino a seguir para dar nueva vitalidad al testimonio profético, a partir de un nuevo humanismo que, en Jesús de Nazaret, responde mejor a las necesidades de nuestro tiempo.

 

Son cinco los caminos que, tomados de Evangelii gaudium, podrían inspirar a la Iglesia. Todos ellos unidos bajo la cifra de la profecía, en la que todos los cristianos nos sintamos llamados a ofrecer luz en un tiempo como el actual, fuertemente marcado por tantos temores y oscuridades.

 

Si nos tomamos en serio el estilo que inequívocamente se desprende de las palabras del Papa Francisco, no podemos evitar constatar que, a menudo, todo lo que finalmente hemos... iluminado... acaba resplandeciendo de tragedia. La tragedia de una existencia llamada a profetizar y que, en cambio, corre el riesgo de no hablar más; una existencia muda en la que la profecía carece de «ejercicio».

 

He aquí, pues, la necesidad de una profecía capaz de transformar la historia, de abrirse a una visión elevada, espiritual, que no quiere decir desencarnada, sino capaz de unir el cielo con la tierra. La tarea de la profecía no es prescribir comportamientos, sino mostrar la grandeza de la vocación de seguir a Jesús; la conducta del discípulo de Jesús, de hecho, no es la sumisión a preceptos, sino la explicitación del don recibido.

 

Por eso la profecía encuentra su síntesis en la caridad, de la cual se derivan exigencias concretas y específicas. Solo haciendo de la caridad el parámetro y la meta final, es posible orientar el camino hacia la meta alta de la bienaventuranza evangélica y no hacia la baja de una justicia solo formal. La caridad debe dar fruto: no puede reducirse a una emoción, a un sentimiento, sino que se traduce en gestos concretos por la vida y el bien del mundo. El camino del profeta, de hecho, está siempre dentro de la historia y en un contexto de pueblo.

 

El Evangelio nos da una indicación tan clara que parece rozar la banalidad cuando afirma que la caridad no se demuestra, la caridad se vive; y precisamente porque se vive, la caridad no se demuestra, sino que se muestra.

 

El auténtico gusto por las cosas no se demuestra, se realiza. La luz no se demuestra, la luz se enciende y por eso mismo se hace visible. Cuando no existe esta capacidad de mostrar el verdadero sabor de la realidad, viviéndola de manera evidente y perceptible, recurrimos a otras herramientas: la argumentación, la demostración, la organización.

 

¿Quieres dar a conocer a Dios? No hables de Dios, no argumentes sobre Él, no demuestres nada; haz algo concreto; pero que sea tan hermoso, tan sensato y sabroso... que, quien te encuentre, diga espontáneamente: ¡pero es realmente hermoso lo que haces y vives! ¿Quién te inspira? ¿En nombre de quién lo haces? ¡Así es como Dios quiere ser presentado y testimoniado!

 

Con la misma fuerza y evidencia de la luz; con el mismo sabor fuerte de la sal: a través de elecciones y gestos concretos, que dan gusto y contagian el sentido de vivir. De esta manera, el propio sentir y pensar se armoniza con el ritmo sensible y pensante de Dios, para convertirse en una llama que arde, ilumina y calienta.

 

Si nuestras opciones de vida y misión no van en esta dirección, corren el riesgo de ser una forma de ocultar el único procedimiento que el Evangelio prefiere: el de la evidencia, el de la atracción; que significa tomar decisiones y realizar gestos que hagan evidentemente sabroso el vivir con Cristo.

 

Esta es la tarea del profeta: hacer ver a Jesús; hacerlo transparente a través de las palabras y la vida. No dar visibilidad a uno mismo. Ni siquiera a la Iglesia.

 

Siempre me llama la atención el relato evangélico de aquellos que piden ver a Jesús, a quienes Jesús no hace nada para atraerlos, no se activa para hacer atractivo su mensaje: no rebaja sus exigencias, sino que va al corazón de su persona y de su misión: «Si alguno quiere servirme...» (Jn 12, 26).

 

En el fondo, deja claro que solo se puede ver, solo se puede experimentar a Él, cuando se está dispuesto a recorrer su mismo camino, que es el de la caridad llevada hasta la cruz. A quien quiere conocerlo, Jesús le indica el renunciar a sí mismo, a los propios proyectos llevados adelante sin tener en cuenta las circunstancias y a los demás; propone la confianza incondicional en el Padre.

 

Cuánta tristeza se difunde en cambio si quien proclama amor y dedicación al Señor Jesús termina reclamando atención y gratitud para sí mismo... Hay que recordar siempre que, quien no muere, se queda solo...


Hay una especie de autorreferencialidad y de esquizofrenia existencial, diría el Papa Francisco, que lleva a vivir una doble vida, fruto de la hipocresía típica de la mediocridad de la vida y de la progresiva vacuidad espiritual.

 

Creo que la Iglesia está llamada a vivir el camino de la vida entregándose, ofreciéndose siempre de nuevo, con generosidad, convencida de que si espera ser rica antes de ser donante, morirá de infinita pobreza aun en medio de tanto esplendor y gloria institucionales

 P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 10 de enero de 2025

La defensa de la vida como acto profético y samaritano.

La defensa de la vida como acto profético y samaritano 

Para quien esté acostumbrado a leer con atención los diversos artículos que se vierten a diario en las redes sociales, no puede dejar de darse cuenta de la violencia rampante que está marcando nuestra forma de vivir, escribir y estar en el mundo: ¡siempre se está contra alguien! 

Este se ha convertido en el talante de los diversos expertos que a diario confunden su arrebato instintivo con la verdad que hay que imponer a los demás sin mediación racional. También en nuestra Iglesia. 

También en la comunidad eclesial hay muestras de un imperialismo ‘gerocrático’ eclesiástico, nunca del todo adormecido, consolidado en algunas personas, estructuras, dinámicas,…, que, sintiéndose directamente investidos por el Espíritu, deben defender la verdadera doctrina contra la falsa doctrina encarnada necesariamente por falsos cristianos.  Más enemigos, más conflictos (de diversa intensidad), más divisiones. Parece que al menos así... nos sentimos vivos.

¿Quién está en lo verdadero y quién en lo falso? 

Es la confusión que experimentamos porque somos esclavos de un sistema binario: verdad y mentira, santos y pecadores, bienaventurados y condenados, que no acoge el esfuerzo de buscar y encarnar una verdad que respete la libertad del hombre, su tiempo y su historia. La libertad también es natural. 

El reto hoy no es reafirmar la doctrina tradicional conocida e indiscutida -aunque siempre sea practicada y vivida por un número menor de bautizados-, ni tampoco actualizarla

La tarea es eminentemente profética, partiendo de la historia, de situaciones confusas e intrincadas, tratando de interceptar al hombre allí donde está para hacer resplandecer la imagen del Hijo que está en todo hombre y en toda vida. 

Sí, del pasado sólo tomamos lo que nos interesa, pero hemos olvidado la antigua lección que considera la vida como un valor pre-moral o no-moral, es decir, que es anterior a cualquier formulación moral y ética, y que las formulaciones normativas sobre el valor de toda vida humana deben plantearse en términos positivos hacia la vida, no en términos negativos; deben fundamentarse en el valor absoluto de la persona y de su libertad. 

La opción por la vida va mucho más allá de la simple defensa del comienzo y de la muerte natural: exige la promoción y el desarrollo de todas sus cualidades para humanizarla al máximo. El problema de la defensa de la vida se sitúa también en el medio, es decir, en ese lapso de tiempo que va desde la fecha del nacimiento hasta la fecha de la muerte. 

La primera tarea del profeta -de Isaías a Qohèlet- fue librar el campo de la idea errónea de Dios como poder supremo, ávido de sacrificios, que actúa dentro de la lógica contable del dar y el tener. Las ofrendas al templo y su comercio, los sacrificios, son el camino equivocado estigmatizado y denunciado por Jesús. 

El camino correcto es, en cambio, otro: el de la justicia y la acción en favor de los pobres, el de preocuparse y caminar juntos, incluso el de comer juntos, el del Buen Samaritano, para retomar un modo de hacer querido por Jesús en los Evangelios

Y hoy, entre una confrontación y otra, entre un conflicto y otro,..., acostumbrados a la 'violencia' de cualquier intensidad y a la muerte de los indefensos, este camino podría ser un grito profético. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de enero de 2025

Adviento: profecía y política.

Adviento: profecía y política 

En los tiempos que corren. Después del cierre triunfal del siglo XX y después de la tan esperada, por todos, venganza contra los grandes relatos que habían cometido el pecado del siglo XX de movilizar a las masas en torno a las utopías del principio-esperanza, ¿qué nos queda? ¿Qué idioma hablamos? ¿Y cómo es que no aparece la palabra “esperanza”? 

No hay universo de sentido si no se utilizan las palabras de todos. Ahora bien: primero, del universo del sentido común, que tantas veces realmente nos da igual. Segundo, las palabras que usa todo el mundo acaban por no decir nada. Creo que el pensamiento, la política, debería proponerse la tarea de dictar, en tiempos de conformismo cultural generalizado, una agenda diferente, contracultural, alternativa. 

La profecía no es un pre-decir, ni siquiera es un pre-ver. El profeta no ve el futuro, ve el presente. Ve en el presente lo que otros no ven y dice sobre el presente lo que otros no quieren oír. Hay que verlo, hacerlo oír. Y a veces es necesario gritar entre la multitud o hablar en el desierto

Así, los profetas mayores del Antiguo Testamento, desde Samuel hasta Isaías, pasando por Ezequiel y Daniel, con la culminación de Jeremías, y los profetas menores, desde Oseas hasta Malaquías. En el medio está el acontecimiento trágico, el exilio y la caída de Jerusalén, en el que "el pueblo testarudo" no quiere tomar nota, ni antes ni después, de lo sucedido. 

El profeta dice la irrupción del acontecimiento. La palabra y la visión son las armas de la profecía: la palabra que estremece, la visión que desgarra. “He aquí: Yo he puesto mis palabras en tu boca - dice el Señor a Jeremías -. Ten cuidado, que hoy te establezco sobre naciones y sobre reinos, para desarraigar y derribar, para derribar y destruir, para edificar y plantar” (Jr 1, 9-10). 

La profecía es un pensamiento fuerte en tiempos recios. Se dice que la profecía judía exorciza su poder explosivo. Pero la profecía cristiana no es diferente, en la denuncia mediante gestos, en la violencia mediante palabras, en el drama mediante la visión. 

A menos que queramos reducir el cristianismo a la papilla del corazón de las homilías dominicales en las iglesias católicas. Y no se trata sólo del cristianismo primitivo, desde Juan Bautista hasta Jesús. También está la secuela, desde hombres y mujeres cristianos. ¿Es cierto o no que el Segundo Testamento, el Nuevo, termina con un texto llamado Apocalipsis? 

Y aquí está lo esencial. 

El profeta se expone y se atreve a enfrentarse cara a cara con la historia de su tiempo. La profecía no es una utopía. No es la prefiguración de la isla feliz que no existe, del no-lugar que hay que anhelar, que es como la Salvación final que hay que esperar, tal vez del imparable progreso humano. 

Siempre se encontrará al reformador más encadenado abierto a los sueños de utopía. El utópico, de hecho, es apreciado. Al profeta, en cambio, nadie le escucha. Porque hace un discurso de verdad sobre el aquí y el ahora. Cuenta mientras tanto, crudamente, cómo es el mundo. Y el acontecimiento que irrumpe, él no lo predica, lo provoca. La historia en la que vive no lo acepta, lo fuerza en la dirección opuesta a aquella en la que va espontáneamente. 

En el «debe suceder» reside toda la fuerza de su palabra. No es mesianismo. O mejor dicho, no lo es, si se prefiere la fe en la espera de Eso, o de Quién, vendrá o volverá un día. Lo es, si interviene, en medio de la acción, un punto de discontinuidad, un acto de ruptura, un salto de época. Si se da una respuesta política a la pregunta apocalíptica. Nada que ver, eso sí, con el catastrofismo. En realidad, y bien miradas las cosas, que todo siga como está, eso es la catástrofe. 

La profecía es relato de libertad. Libertad frente al propio tiempo y frente a los que mandan. Los gobernantes no necesitan profetas. La profecía ni nace ni se acostumbra a vivir en palacio. Tampoco en el tempo. Palacio y templo tienen, para el servicio, a sus funcionarios, técnicos del hacer y comunicadores del decir. Los peores: los que tienen rostro humano. 

Son los oprimidos los que necesitan la acción profética y la palabra profética. Profecía es hablar en nombre de una parte, de una parte del mundo, para que se reconozca, tome fuerza de sí misma y se levante contra. 

Ojo: esto no es una forma de entretenimiento para el alma inquieta de figuras extravagantes. ¿Qué explica que se hable políticamente de profecía? Y es que hace falta otro lenguaje. Si todos seguimos hablando el lenguaje de los amos, como está ocurriendo dramáticamente, la cosa ya se ha ido al vacío, ya se ha difuminado en la nada, la perspectiva ya está cerrada. 

El problema hoy, práctico y teórico, es cómo salir de la gran larga historia del movimiento humano, hacia adelante, sin retroceder, como también dramáticamente está ocurriendo aquí y ahora. 

Lo que se necesita es una ruptura del lenguaje y un desplazamiento del horizonte. Esta mezcla de lo religioso con lo político es sólo un ejemplo. El otro ejemplo es el discurso proféticamente inefable. 

La profecía existe para aventurarse en este terreno de lo inaudito, para alumbrar una realidad alternativa, otro nuevo nacimiento, mientras que la política y la religión oficiales permanecen sordas. Y hasta que la profecía no abra brecha, siempre caeremos derrotados, siempre perderemos vencidos y resignados. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...