martes, 7 de enero de 2025

Adviento: profecía y política.

Adviento: profecía y política 

En los tiempos que corren. Después del cierre triunfal del siglo XX y después de la tan esperada, por todos, venganza contra los grandes relatos que habían cometido el pecado del siglo XX de movilizar a las masas en torno a las utopías del principio-esperanza, ¿qué nos queda? ¿Qué idioma hablamos? ¿Y cómo es que no aparece la palabra “esperanza”? 

No hay universo de sentido si no se utilizan las palabras de todos. Ahora bien: primero, del universo del sentido común, que tantas veces realmente nos da igual. Segundo, las palabras que usa todo el mundo acaban por no decir nada. Creo que el pensamiento, la política, debería proponerse la tarea de dictar, en tiempos de conformismo cultural generalizado, una agenda diferente, contracultural, alternativa. 

La profecía no es un pre-decir, ni siquiera es un pre-ver. El profeta no ve el futuro, ve el presente. Ve en el presente lo que otros no ven y dice sobre el presente lo que otros no quieren oír. Hay que verlo, hacerlo oír. Y a veces es necesario gritar entre la multitud o hablar en el desierto

Así, los profetas mayores del Antiguo Testamento, desde Samuel hasta Isaías, pasando por Ezequiel y Daniel, con la culminación de Jeremías, y los profetas menores, desde Oseas hasta Malaquías. En el medio está el acontecimiento trágico, el exilio y la caída de Jerusalén, en el que "el pueblo testarudo" no quiere tomar nota, ni antes ni después, de lo sucedido. 

El profeta dice la irrupción del acontecimiento. La palabra y la visión son las armas de la profecía: la palabra que estremece, la visión que desgarra. “He aquí: Yo he puesto mis palabras en tu boca - dice el Señor a Jeremías -. Ten cuidado, que hoy te establezco sobre naciones y sobre reinos, para desarraigar y derribar, para derribar y destruir, para edificar y plantar” (Jr 1, 9-10). 

La profecía es un pensamiento fuerte en tiempos recios. Se dice que la profecía judía exorciza su poder explosivo. Pero la profecía cristiana no es diferente, en la denuncia mediante gestos, en la violencia mediante palabras, en el drama mediante la visión. 

A menos que queramos reducir el cristianismo a la papilla del corazón de las homilías dominicales en las iglesias católicas. Y no se trata sólo del cristianismo primitivo, desde Juan Bautista hasta Jesús. También está la secuela, desde hombres y mujeres cristianos. ¿Es cierto o no que el Segundo Testamento, el Nuevo, termina con un texto llamado Apocalipsis? 

Y aquí está lo esencial. 

El profeta se expone y se atreve a enfrentarse cara a cara con la historia de su tiempo. La profecía no es una utopía. No es la prefiguración de la isla feliz que no existe, del no-lugar que hay que anhelar, que es como la Salvación final que hay que esperar, tal vez del imparable progreso humano. 

Siempre se encontrará al reformador más encadenado abierto a los sueños de utopía. El utópico, de hecho, es apreciado. Al profeta, en cambio, nadie le escucha. Porque hace un discurso de verdad sobre el aquí y el ahora. Cuenta mientras tanto, crudamente, cómo es el mundo. Y el acontecimiento que irrumpe, él no lo predica, lo provoca. La historia en la que vive no lo acepta, lo fuerza en la dirección opuesta a aquella en la que va espontáneamente. 

En el «debe suceder» reside toda la fuerza de su palabra. No es mesianismo. O mejor dicho, no lo es, si se prefiere la fe en la espera de Eso, o de Quién, vendrá o volverá un día. Lo es, si interviene, en medio de la acción, un punto de discontinuidad, un acto de ruptura, un salto de época. Si se da una respuesta política a la pregunta apocalíptica. Nada que ver, eso sí, con el catastrofismo. En realidad, y bien miradas las cosas, que todo siga como está, eso es la catástrofe. 

La profecía es relato de libertad. Libertad frente al propio tiempo y frente a los que mandan. Los gobernantes no necesitan profetas. La profecía ni nace ni se acostumbra a vivir en palacio. Tampoco en el tempo. Palacio y templo tienen, para el servicio, a sus funcionarios, técnicos del hacer y comunicadores del decir. Los peores: los que tienen rostro humano. 

Son los oprimidos los que necesitan la acción profética y la palabra profética. Profecía es hablar en nombre de una parte, de una parte del mundo, para que se reconozca, tome fuerza de sí misma y se levante contra. 

Ojo: esto no es una forma de entretenimiento para el alma inquieta de figuras extravagantes. ¿Qué explica que se hable políticamente de profecía? Y es que hace falta otro lenguaje. Si todos seguimos hablando el lenguaje de los amos, como está ocurriendo dramáticamente, la cosa ya se ha ido al vacío, ya se ha difuminado en la nada, la perspectiva ya está cerrada. 

El problema hoy, práctico y teórico, es cómo salir de la gran larga historia del movimiento humano, hacia adelante, sin retroceder, como también dramáticamente está ocurriendo aquí y ahora. 

Lo que se necesita es una ruptura del lenguaje y un desplazamiento del horizonte. Esta mezcla de lo religioso con lo político es sólo un ejemplo. El otro ejemplo es el discurso proféticamente inefable. 

La profecía existe para aventurarse en este terreno de lo inaudito, para alumbrar una realidad alternativa, otro nuevo nacimiento, mientras que la política y la religión oficiales permanecen sordas. Y hasta que la profecía no abra brecha, siempre caeremos derrotados, siempre perderemos vencidos y resignados. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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