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miércoles, 23 de julio de 2025

Aprender a custodiar.

Aprender a custodiar 

Somos débiles. La primera forma de sabiduría es aceptar nuestra debilidad, inseguros en tiempos inciertos. La compasión genera fraternidad y respeto hacia los demás. Pero se necesita tiempo y paciencia. 

En tiempos marcados por la indiferencia, hay que aprender a custodiar. Porque la indiferencia puede nacer del cansancio que se siente cuando uno se encuentra incómodo, cuando no se sabe inmediatamente cómo proceder. Es más fácil delegar, posponer, ahuyentar el pensamiento. La indiferencia es una respuesta superficial, pero siempre natural e instintiva, en un mundo hecho de incertidumbre. Y el nuestro es un tiempo incierto. 

Saber acoger la incertidumbre 

En cambio, hay que redescubrir nuestra capacidad de permanecer en esa incomodidad (¡que es real!), y así aprender a custodiar, porque descuidar esta pequeña fuerza corre el riesgo de provocar el marchitamiento del alma. La indiferencia hacia los demás pronto se convierte en indiferencia hacia lo más profundo de uno mismo. Qué fácil es perderse... 

Por lo tanto, es necesario ir más allá de lo superficial, ir a lo profundo. Sin engañarnos de que esto signifique borrar la incertidumbre. Significa más bien aceptarla, porque se comprende que incluso en ella se puede poner un poco de orden y claridad, y que a veces es bueno que haya incertidumbre, que puede ser una apertura a lo nuevo, a lo desconocido, al futuro. 

Profundizar es un acto que comienza por uno mismo: ¿cómo no ser indiferente? En primer lugar, haciendo espacio en nosotros para esa incomodidad. 

Hay que saber vaciarse para poder hacer espacio al otro y al mundo, para recibirlo y acogerlo tal como es, con su capacidad de florecer y con sus heridas. 

Este es un primer aspecto de lo que significa en profundidad custodiar: acoger. 

Acoger las desgracias y las heridas del mundo no es fácil: custodiar significa también guardar en uno mismo el sufrimiento, el propio sufrimiento. Reconocerlo como necesario, no huir de él. Mirarse en lo más profundo y vaciarse, aceptar el vacío y la incertidumbre. Se necesita tiempo. 

La fraternidad brota de la compasión 

Custodiar significa, pues, acoger la propia vulnerabilidad. Significa proteger, velar, guardar en uno mismo al tiempo que uno se expone. 

De hecho, es la percepción de nuestra vulnerabilidad la que nos guía y nos orienta hacia el cuidado mutuo: la fraternidad brota fácilmente de la compasión por una desgracia. 

Por lo tanto, se da por sentado que ser vulnerable y frágil es una condición necesaria para poder ser realmente custodios. De hecho, el filósofo Emmanuel Lévinas afirmaba que «solo un yo vulnerable puede cuidar del prójimo». Y cuidar pasa necesariamente por acoger. 

Todos llamados a reconocernos dependientes 

Para custodiar hay que acoger, prestar atención, respetar, vaciarse, saber ser vulnerable. Pero ¿quién está llamado a custodiar? 

¡Todos! Precisamente porque la vida del otro depende de lo que yo decida hacer o no hacer, soy su guardián. Y viceversa, el otro es el mío. Custodiar significa reconocer una dependencia recíproca, alimentada por un precioso sentimiento de deuda que crece en cada uno desde la infancia. 

Por lo tanto, aprender a custodiar significa también aprender a reconocer y reconocerse: custodiar es un acto que tiene su origen en el reconocimiento de que somos ante todo vida común. 

El sentimiento que nos lleva hacia el otro no se refiere entonces a la generosidad que proviene de la abundancia, es un acto que se realiza porque se considera normal, una consecuencia obvia del reconocerse. Y se hace también porque al reconocerse vulnerables se comprende que proteger la fragilidad ajena beneficia la propia protección, que solo así es posible no interrumpir la vigilancia hacia lo más profundo de uno mismo. 

Responsables hacia todos 

Sentir en lo más profundo que la propia vida está estrechamente ligada y entrelazada con la de los demás genera una responsabilidad espontánea hacia los demás y hacia el mundo. La exposición común a la desgracia provoca reconocimiento y corresponsabilidad. 

Y así, custodiar significa también ser responsable, custodiar exige también una cierta forma de actuar: no se limita uno a desear al otro lo que se desea para uno mismo, sino que se intenta también que eso suceda. 

Una responsabilidad que también es hacia uno mismo, que nos lleva a prestarnos atención, a acoger al otro en nosotros sin sustituirlo. Custodiar es velar y vigilar, es un movimiento hacia el otro que no se sustituye a él, que lo reconoce como protagonista. Que sabe que, aunque se le haya confiado su vida, siempre está en sus manos. 

Presentes en la herida del otro 

Cuidar es estar presente en la herida del otro, es dar testimonio de la posibilidad de atravesarla y dejarse atravesar por ella, con la esperanza de ayudar al otro a levantarse después de haber tropezado, para que pueda caminar hacia sí mismo. Es un camino del que se espera no volver a formar parte en el futuro, o al menos de forma diferente. 

Para custodiar se necesita tiempo, pero también se necesita espacio. Tanto el espacio acogedor que hay en cada uno de nosotros como la distancia de quien ha encontrado un renovado valor para tomar sus propias decisiones, siempre inciertas. Ser custodios significa haber sido un apoyo para alguien que ahora siente que puede volver a atreverse. 

Acoger al otro y al mundo tal y como es significa también dejarlo ser. Y, a veces, esa custodia se hace desde lejos, y otras desde la proximidad más cercana. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 21 de enero de 2025

El valor de escuchar: acoger el silencio del otro.

El valor de escuchar: acoger el silencio del otro  

Quisiera proponer para ello un relato evangélico de referencia: Marcos 10, 46-52.  

Entonces vinieron a Jericó; y al salir de Jericó él y sus discípulos y una gran multitud, Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando. Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama. Él entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús. Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista. Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino”.  

En cuanto al texto del icono evangélico elegido, Marcos nos describe este cuadro en el que aparece el ciego Bartimeo, que se convierte en paradigma de la figura de todo discípulo de Jesús 

Bartimeo es ciego. Como resultado, es un hombre dependiente de la mirada de los demás. Tengamos presente que en el tiempo de Jesús toda enfermedad, especialmente una enfermedad particularmente incapacitante, era considerada una especie de maldición divina: tú has pecado, tus familiares han pecado, por eso el Todopoderoso te ha castigado.  

Abro un paréntesis: ¿cuánto de esta mentalidad sigue viva en nuestra conciencia cuando la vida nos presenta dramas inexplicables e inaceptables? ¿Cuántas veces, ante un duelo inesperado, repentino y desgarrador, o ante una enfermedad incurable, nos hemos encontrado pensando: Señor, ¿por qué a mí? ¿Qué hice mal para merecer esto?  

No es éste el aspecto, por importante y significativo que sea, que me interesa ahora en esta reflexión. Dirijo mi mirada a la acción de Jesús que: llama a Bartimeo, le hace una pregunta, cura al ciego 

Jesús, nos dice Marcos, “llama”. Me atrevo a pensar que en primer lugar, detrás de ese “llamado”, Jesús preguntaba por aquella persona que “gritaba”, intentando hacerse oír, llamando la atención.  

Cuando una persona se siente mal, muchas veces intenta hacerse oír, “gritar” su enojo por la situación que está viviendo. Eres ciego, dependes completamente de los demás: si los demás no te “ven”, si eres invisible a sus ojos, ¿qué te queda? La voz, el grito de dolor como última arma para decir que tú también estás aquí, que existes, que estás ahí en ese camino donde cada día esperas con la esperanza de que alguien se fije en ti.  

Jesús hace esto: se da cuenta, escucha y no deja caer en el vacío el grito de aquel hombre que molestaba a todos.  

Abro un paréntesis: ¿por qué en nuestras comunidades el grito de los pobres es cada vez más una perturbación, una interrupción de nuestra vida tranquila que fluye entre las Santas Misas, los Rosarios, las celebraciones litúrgicas, las catequesis, etc., pero parece ser sorda al grito del “Bartimeo” o del “Lázaro” o del… que está de pie en nuestras calles?  

Jesús “llama”: acepta el desafío de escuchar, el desafío de detenerse, de detener los propios proyectos para entrar en la ceguera de aquel hombre. ¿Cómo? De un modo tan sencillo como provocador: delante de un ciego plantea una pregunta que podría parecer fuera de lugar.  

¿Qué quieres que haga por ti?” ¿Pero cómo? Jesús, ¿no lo ves? Tienes delante de ti un hombre ciego que te pide ayuda, ¿qué crees que quiere de ti? Pero este modo de hacer las cosas de Jesús es una provocación para nosotros.  

Jesús lleva al hombre a reconocer su propia necesidad, a purificar, si podemos decirlo así, sus propios deseos y a centrar su atención, es oportuno decirlo, en lo que considera verdaderamente necesario para su vida 

En la dinámica de nuestro servicio evangelizador, misionero, pastoral, …, esto es esencial: educar en el discernimiento, en la escucha profunda, en el “llamado”, es decir, en dar un nombre, en no limitarnos a considerar como un “problema”, una “situación” que encontramos delante, sino más bien en abrir ese espacio relacional que permita a la persona ser ella misma y encontrar el camino hacia una vida más digna y humana 

Aprendamos a “llamar” a las personas, a hacerlas sentir en el centro de nuestra atención, a llevarlas al corazón de nuestra existencia comunicándoles que son importantes, que son un don que nos permite crecer junto a ellas. Esto, por cierto, es lo que ninguna Inteligencia Artificial puede lograr.  

En segundo lugar, Jesús enseña a la persona a discernir y encontrar por sí misma el camino para renacer: “Ve, tu fe te ha salvado”. En este caso significa haber adquirido una nueva manera de vivir, de percibir y experimentar la propia existencia. “Y enseguida vio y lo seguía por el camino”.  

La vida de Bartimeo no es una condena a permanecer sentado al borde del camino, sino a recorrerlo como hombre libre, ya no dependiente de los demás. Del “sentirse llamado” camina y avanza hacia el redescubrimiento de la propia libertad digna. Esto es lo que propone Jesús a quienes realizan su servicio escuchando a la gente.  

En la escucha pastoral, la importancia de escuchar profundamente es crucial. Este tipo de escucha va más allá de simplemente oír palabras: se trata de acoger el silencio, de dar espacio a lo que el otro no dice sino que comunica a través de lo no dicho 

Así como Jesús se detuvo a escuchar al ciego Bartimeo, tú también estás invitado a detenerte y prestar toda tu atención a la persona que te habla. Esta práctica crea un ambiente seguro, donde las personas pueden sentirse comprendidas y aceptadas, permitiéndoles liberar cargas que quizás han estado cargando en silencio durante mucho tiempo.  

Para ti que ahora me estás leyendo esta reflexión, cuando escuches a alguien, sumérgete completamente en lo que está sucediendo. Escucha no sólo con tus oídos sino con todo tu ser. Demuestra a la persona que habla que estás ahí al 100%, listo para entender no sólo las palabras dichas sino también los silencios entre ellas 

No se me escapa, al contrario, que buena parte de nuestra pastoral cristiana eclesial, necesita precisamente esto:  

1.- Proporcionar un espacio de escucha para aquellos que están en crisis, ya sea personal o espiritual.  

2.- Ayudar a redescubrir y potenciar los recursos internos, reconectando el yo con la propia espiritualidad, el propio proceso de su fe, ...  

3.- Ofrecer apoyo para encontrar significado y esperanza en los desafíos de la vida cotidiana.  

4.- Promover procesos de reconciliación y perdón, esenciales para la sanación interior.  

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de enero de 2025

Aprended de mí a acompañar.

Aprended de mí a acompañar 

A través de estas notas quiero proponer el episodio conocido como «Los discípulos de Emaús» imaginándolo como una sesión de acompañamiento en la que Jesús es el acompañante y los discípulos los acompañados. 

En varios aspectos no lo es, ya que el evangelista Lucas no lo ha escrito con ese propósito. En cambio, Jesús lleva a cabo una relación de acompañamiento que, a través de las tres etapas, permitirá a los dos discípulos alcanzar su meta; por eso, también podemos llamarlo «perfecto». Aquí trataré de destacar tanto los momentos en los que Jesús no actuó como acompañante como aquellos en los que sí lo hizo. 

«Y he aquí que aquel mismo día dos de ellos se dirigían a una aldea situada a unos once kilómetros de Jerusalén, llamada Emaús, y conversaban sobre todo lo que había sucedido. Mientras hablaban y discutían juntos, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos. Pero sus ojos eran incapaces de reconocerle». 

Estos dos discípulos de Jesús, de los que sólo conocemos el nombre de uno de ellos, Cleofás, se alejan de Jerusalén, donde su maestro fue crucificado. Según los exegetas, esta partida se hace con el cuerpo y con el corazón: es demasiado doloroso lo que han presenciado. Viven un momento de gran tristeza: «se detuvieron con el rostro triste», de cólera: «hablaban y discutían», probablemente acusándose mutuamente de la responsabilidad de no haber estado cerca del maestro, de no haber podido defenderlo, y del miedo a ser también detenidos y asesinados por los romanos. 

«Jesús mismo se acercó y caminó con ellos». 

Jesús, como buen acompañante, opta por caminar al paso de los dos discípulos, por dejar el espacio necesario para que la relación se abra, se oriente y madure con el tiempo. De inmediato surgen dos actitudes de las más importantes actitudes que tiene el acompañamiento: acogida y alianza.  

Jesús no tiene prisa por sacar conclusiones, por llegar a una solución, ni por convencer a los discípulos de que vuelvan a Jerusalén para anunciarles que ha resucitado. Camina con ellos sin juzgar su decisión de ir a Emaús. El «caminar con» contempla un clima de confianza y alianza en el que la aceptación del otro es incondicional «sin peros». Por tanto, tenemos una posición relacional simétrica en la que yo estoy bien y tú estás bien. 

Fase exploratoria 

Y les dijo: «¿Qué es esta conversación que hacéis entre vosotros por el camino?». Se detuvieron, con el rostro triste; y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: «¿Eres tú solo tan forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí en estos días?». Él preguntó: «¿Qué?». Ellos le respondieron: «Todo lo referente a Jesús de Nazaret, que fue un poderoso profeta de obra y de palabra, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte y luego lo crucificaron». 

Aquí entramos en la primera fase del acompañamiento: la fase exploratoria. 

Jesús escucha (otra actitud fundamental del acompañamiento) la situación vivida por los dos acompañados. Cleofás es invitado a decir el desaliento y la irritación relacionados con la muerte del maestro, es decir, a explicitar el bagaje de experiencias que da un cierto tono emocional al diálogo con el misterioso caminante, que parece tener la única culpa de no haber participado en la misma experiencia nostálgica de los interlocutores: «Sólo tú eres tan extraño...». 

Jesús escucha activamente, interesado en la historia. No interrumpe. Podría haber cortado el discurso diciendo: «¡Sí, sé lo que estáis pensando, sé lo que queréis contarme!», o: «¿¡De verdad queréis contarme lo que le pasó a Jesús de Nazaret?». En cambio, les escucha e incluso les interroga para que hablen, para que digan hasta el fondo de su corazón lo que les preocupa. Jesús se pone en la posición socrática del «sé que no sé» y hace una pregunta justa, es decir, que no pretende indagar en el mundo del otro, sólo quiere decirle y darle su disposición a escuchar si quiere ir más allá, abrirse más. 

A través de la pregunta: «¿Qué?» Jesús activa así un proceso de toma de conciencia y de reflexión por parte de los discípulos. 

A diferencia de una narración realizada en una sesión de acompañamiento -en la que el protagonista de la historia debe ser el acompañante y el acompañado-, aquí el foco se centra en «Todo lo que hace referencia a Jesús Nazareno». Este es un elemento importante. De hecho, se trata de una narración fenoménica (en la que se relatan acontecimientos y personas: quién era Jesús, qué le hicieron los sumos sacerdotes, qué dijeron las mujeres), estructurada y emotiva (está la «emoción» y el «shock» de los discípulos). El aspecto personal está oculto aunque quizá presente implícitamente. 

«Esperábamos que fuera él quien liberara a Israel; con todo, han pasado tres días desde que sucedieron estas cosas». 

Hasta ahora, en la narración de los discípulos se escucha lo que se podrías llamar el presente percibido (que no termina aquí).En este versículo, sin embargo, emerge el futuro deseado: «Esperábamos que fuera él quien librara a Israel».  En el fondo, es el tema del acompañamiento. Si se quisiera forzar un poco esta narración, se podría imaginar que el objetivo de la sesión (explícitamente no enunciado) puede entenderse en el verso siguiente, en el que Cleofás y su compañero concluyen su narración: 

«Pero unas mujeres nuestras nos han escandalizado; fueron al sepulcro por la mañana y no encontraron su cuerpo, y vinieron y nos dijeron que también ellas habían tenido una visión de ángeles, que afirmaban que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron». 

Si Jesús hubiera preguntado en este punto: «De todo lo que me habéis dicho, ¿qué es lo que más os interesa en la práctica?», los discípulos habrían respondido con toda probabilidad: «Saber si lo que han dicho las mujeres es verdad. Saber si Jesús está vivo, y si no lo está -como sería razonable pensar- dónde han puesto el cadáver, puesto que ya no se puede encontrar». Y Jesús podría haber continuado: «Pero durante este tramo de camino que hemos recorrido juntos (tiempo de acompañamiento) ¿cómo puedo ayudaros a verificar si Jesús está vivo?» Este objetivo del tiempo de acompañamiento también sería fácilmente explicitable en cuanto es: 

Específico: Tener elementos que poner en marcha para saber qué pasó con el cuerpo de Jesús;

Mensurable: Jesús podría preguntar cuántos criterios creen que son suficientes para alcanzar su objetivo;

Actuable: Pensar qué pruebas buscar para responder a su pregunta;

Relevante: Si se cumple el objetivo de la sesión, puede que tengan las herramientas para encontrar a Jesús. Si resulta que las mujeres tenían razón, que ha resucitado de verdad, la vida de los discípulos cambiaría radicalmente. Sería mucho más que el que «esperaban que fuera el que liberara a Israel» (pero también mucho menos... ¡ya que no lo hizo!).

Temporal: el tiempo que se tarda en llegar a Emaús. 

Fase de elaboración 

«Y les dijo: ‘¡Necios y tardos de corazón para creer en la palabra de los profetas! ¿No era necesario que el Cristo soportara estos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y empezando por Moisés y todos los profetas, les explicó en todas las Escrituras lo que se refería a él’». 

Hasta ahora, Jesús ha permanecido en silencio (otra cualidad importante para un acompañante), pero ahora es el momento de pasar a la fase de procesamiento, en la que el acompañante ayuda al acompañado a dar pasos, a activar una movilidad hacia el objetivo del itinerario. 

Al principio, Jesús no actúa como un buen acompañante: reprender al acompañado («¡Necios y tardos de corazón para creer en la palabra de los profetas!») no es la mejor práctica en un acompañamiento. Si Jesús hubiera dicho de manera más impersonal: 'He oído que en las Sagradas Escrituras parece mencionarse a un personaje muy parecido a este Jesús del que me habéis hablado', habría insertado un importante elemento de reflexión para los discípulos, indirectamente y sin humillarlos. 

«Cuando estaban cerca de la aldea a la que se dirigían, hizo como si tuviera que alejarse. Pero ellos insistieron: ‘Quédate con nosotros porque está atardeciendo y el día ya declina’. Entró para quedarse con ellos». 

Aquí Jesús se muestra como un buen acompañante: al fingir que quiere continuar el viaje, deja que los acompañados sean los protagonistas de la escena. No se impone. Es importante garantizar la autonomía y la libertad del acompañado. 

«Cuando estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron». 

Aquí se produce un cambio de perspectiva: ya no estamos fuera (en el camino), sino dentro (alrededor de una mesa). Se puede ver este momento como una dinámica propuesta por el acompañante. Jesús representa una escena que los discípulos ya habían vivido durante la Última Cena. En este momento, después de la enésima movilidad («se les abrieron los ojos»), fueron más allá del supuesto objetivo del encuentro: no sólo tenían los criterios para comprender si Jesús había resucitado de verdad, sino que tenían la prueba cierta porque «lo reconocieron». 

A mí me gusta subrayar que esta nueva toma de conciencia no se produjo por el hecho de que Jesús mismo se hubiera declarado. El movimiento de «abrir los ojos» lo hicieron los discípulos. Estimuló sus potencialidades que derivaban de su conocimiento de la Palabra de Dios y de haber estado con el Señor, hasta el punto de reconocer sus gestos en la mesa. 

«Pero desapareció de su vista. Y se decían unos a otros: «¿No ardía nuestro corazón en nuestros pechos mientras nos hablaba por el camino, cuando nos explicaba las Escrituras?». 

Aunque habrá un momento en que el acompañante dejará al acompañado, esto debe ser al final del itinerario del acompañamiento, mientras que aquí Jesús desaparece antes de la última etapa, la de la ejecución. 

Etapa de ejecución 

«Partieron sin demora y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, que decían: 'Verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón'. Entonces contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan». 

Así se llega a la última fase de la sesión del acompañamiento. En la parte ejecutiva ya no está presente Jesús como acompañante sino que son los dos discípulos acompañados los que deciden por sí mismos qué hacer y adónde ir. 

Al principio de la historia, se alejaban (quizá incluso «huían») de Jerusalén con el dolor de la muerte del Maestro, con el corazón «destrozado» por lo que habían dicho las mujeres. Quizá hasta el objetivo de su interés y preguntas podría haber sido tener el criterio de averiguar qué había sucedido con el cuerpo de Jesús. Al final de este encuentro de acompañamiento, los discípulos regresaron «sin demora» a Jerusalén y ya no necesitaban saber si el Señor estaba vivo. Ellos mismos tuvieron la prueba de ello y se convirtieron en testigos directos de Su resurrección. 

En una Iglesia que quiere recuperar “itinerarios”, es decir, “pensar en los procesos a través de los cuales la Iglesia cambia los caminos que debemos seguir” (https://www.religiondigital.org/luis_miguel_modino-_misionero_en_brasil/Itinerarios-Pensar-procesos-Iglesia-caminos_7_2714498539.html) creo que se puede profundizar en la clave bíblica en general y evangélica en particular del “acompañamiento” o, si se prefiere, de la “compañía”. 

Pensando en una Iglesia no tanto ni principalmente docente cuya tarea sería afirmar la verdad (a menudo en detrimento de la caridad) y que está ligada a un ejercicio no sinodal del poder y de la autoridad (y que quisiéramos superar), preferiría una Iglesia que mostrara más y mejor la cercanía, el compartir, la jovialidad, el hacer camino, el estar juntos. 

Estar uno al lado del otro, caminar uno al lado del otro, es precisamente lo que hace Jesús en Lucas 24 con respecto a los discípulos de Emaús. El término “compañía” me evoca el apoyo, o más bien el ponerse al lado, o más bien la ayuda en pie de igualdad -recordemos a Eva desde el «flanco» de Adán- no asimétrico y, en cualquier caso, siempre y sólo temporalmente: hasta que el acompañado, digno del adulto que está ya preparado para ser, puede emprender su propio itinerario. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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