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sábado, 28 de marzo de 2026

Entrar en el misterio de la muerte y de la vida - contemplación del Crucificado -.

Entrar en el misterio de la muerte y de la vida - contemplación del Crucificado -

Vamos a comenzar esta contemplación con un ejercicio de audición de la mano de Johan Sebastian Bach (son apenas 2 minutos y 45 segundos): https://www.youtube.com/watch?v=GKrTxYDaq-8


En el fondo, la oscuridad lo domina todo. Avanza, cada vez más densa, hasta envolverlo todo en una sombra angustiosa y sin sentido. Poco importa si en el centro de la escena se recorta el Calvario, con tres cruces clavadas en el suelo, llenas de sangre, o si se suceden imágenes que, como titulares de telediarios, desde todas partes del mundo hablan de guerras, hambre, desequilibrios, destrucción: sobre el fondo y en el corazón de quien asiste se cierne la misma oscuridad.

 

El relato de la Pasión, que el Evangelio del Domingo de Ramos nos presenta cada año en su totalidad, narra lo que le sucedió a un hombre hace dos mil años —un hombre al que los cristianos se empeñan en llamar Dios—, pero en esa historia podemos encontrar el tormento de la humanidad de todos los tiempos: discusiones interminables sobre quién es el más grande, la incomprensión por parte de las personas más cercanas y de confianza, la traición de un amigo, gestos de amor vaciados de sentido y transformados en su contrario, la soledad, el abandono… ¿Cuántos viven todo esto a diario?


Una detención clandestina, no por una culpa concreta, sino porque molestaba, al poner en tela de juicio el orden y el poder vigentes; un juicio farsa, con cargos inventados, destinados a justificar una condena predeterminada; una multitud llamada a expresarse, condicionada con métodos subrepticios para que se pliegue a la voluntad de unos pocos; un magistrado que, en lugar de hacer justicia, condena al inocente y pone en libertad al culpable; un poder que elige lo que le conviene en lugar de lo que es justo, que prefiere una noticia falsa premiada por las encuestas a una verdad impopular; personas ridiculizadas, burladas, insultadas, objeto de una violencia gratuita y cruel, golpeadas, violadas, asesinadas sin piedad, sin remordimiento, sin ninguna compasión. ¿En cuántas partes del mundo se repite todo esto cada día?

 

Y luego está esa palabra, Dios. El gran ausente, tanto en el Evangelio de la Pasión como en nuestro mundo. Jesús reza, grita, implora, con tanta intensidad que suda sangre. Pero Dios no responde. La injusticia, la violencia, la muerte que atraviesa Jesús tienen lugar en el silencio más absoluto de Dios. Ese Dios en el que Jesús siempre ha confiado, como un Hijo en su Padre, pero que en el momento de mayor necesidad no está. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», grita Jesús un instante antes de morir, en los Evangelios de Marcos y Mateo. Solo Lucas intenta aliviar el escándalo de un Mesías que muere gritando contra Dios, poniendo en boca de Jesús las palabras de una confianza extrema: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». ¿Cuántos de nosotros, en el sufrimiento, hemos clamado a Dios y no hemos obtenido respuesta? ¿Cuántos, cada día, experimentamos la ausencia de Dios, nos sentimos abandonados por Él?


Ante la cruz, ante la escena del Calvario, todos —escribas, fariseos, discípulos, apóstoles— coinciden en una cosa: allí no había ningún Dios. La misma percepción que tenemos nosotros cada día al hojear un periódico o ver un telediario. El escándalo que vivió quien estaba bajo la cruz es el mismo que sentimos al observar el mal que marca la historia. El escándalo de un Mesías y de un mundo que parecen abandonados por Dios.

 

Hay muchas formas en las que los cristianos han intentado aliviar el peso de este escándalo. Considerándolo parte de un proyecto divino, de un mecanismo que se alimenta del sufrimiento, a través del cual Dios salvaría a la humanidad: pero ¿qué Dios es ese que pide dolor y sangre inocente como precio de la salvación?

 

O pasando inmediatamente a la página siguiente del Evangelio, dando poca importancia a la cruz, poniendo enseguida el acento en la Resurrección: una visión que lleva a considerar la realidad del mundo y de la historia únicamente como un momento de paso, una prueba con vistas a la vida futura.


Si la cruz nos deja perplejos, basta con leer el capítulo siguiente para encontrar un final feliz; si el mundo está marcado por el mal, la solución es salir del mundo, permanecer puros ante la podredumbre de la historia, separando a los buenos de los malos, a los elegidos de los condenados, a la espera de ser recompensados en el más allá. ¿Pero no es esto exactamente lo contrario de lo que Jesucristo hizo y enseñó?

 

Ante el escándalo de la cruz y del mal en la historia, los intentos de reubicar a Dios para salvarlo de esta absurdidad se revelan inmediatamente como forzamientos poco creíbles. Pero lo que los apóstoles comprendieron de manera escandalosa tras la Resurrección es que Dios estaba en esa cruz.

 

No es que Dios utilizara la cruz para sus propios fines, ni que Dios estuviera en un lugar distinto, en un más allá diferente al de esa cruz. Dios estaba en esa cruz, al igual que está presente en la historia de hoy y de cualquier otra época. Y en esa cruz, como en nuestro mundo, Dios es amor que no tiene fin.


La cruz, como nos confirma el gesto de la Eucaristía, es elegida por Jesús como lugar del amor. No como lugar del sacrificio —la idea del sacrificio (palabra que no aparece, y no por casualidad, en los relatos de la pasión) responde a la lógica utilitarista de quien busca ganarse el favor de Dios: yo te ofrezco algo y tú me das algo a cambio—, sino como lugar del don.

 

Jesús, tras haber sufrido todo tipo de traición e injusticia, en la cruz se entrega a sí mismo gritando a Judas, a Pedro, a Caifás, a Pilato: ¡yo sigo amándote! Esta es la respuesta de Dios al mal: ante nuestra historia, marcada por el odio y el sufrimiento, tanto a la víctima más inocente como al verdugo más despiadado, a toda la humanidad, Dios repite: ¡yo sigo amándote!

 

No hay sufrimiento, dolor, traición, abandono por parte de Dios y de los hombres que exista fuera del abrazo de Dios, «ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potencias, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios» (Rom 8,38-39).

 

Esta es la salvación que Jesús ofrece desde la cruz. Parafraseando una famosa expresión de Santa Teresa de Lisieux, Jesús nos entrega a un Dios que, en el corazón del mundo y de la historia, elige ser el amor.

 

¿Es poco? ¿Hubiéramos preferido un Dios que, si se le reza como es debido, intervenga mágicamente eliminando el dolor y el sufrimiento de nuestra vida? ¿Es decepcionante este Dios que deja todo tal como está, sin hacer distinciones entre buenos y malos, entre justos y malvados? ¿Que ama y nada más?


Sí, en el fondo domina la oscuridad. Avanza, cada vez más densa, hasta llenarlo todo de una sombra angustiosa y sin sentido. Pero en medio de esta oscuridad el rostro del Crucificado nos recuerda que todo lo que nos sucede a nosotros y en la historia va acompañado de la mirada de amor de un Dios que no abandona. Y el amor recibido podemos, a nuestra vez, regalarlo. Contribuyendo así a escribir un futuro de esperanza.

 

Te invito a entrar en Jerusalén, es decir, en el Misterio. Y hacerlo acompañando a quien ha sido intérprete y revelador de ese Misterio: Jesús de Nazaret. 

Este Domingo de Ramos, que precede a la Semana Santa, leemos el extenso relato de los últimos días de Jesús. Son los días más intensos y representativos de su vida. En estos días, Jesús lleva a cabo su misión de contar con su vida el amor de Dios… 

Muchos personajes pueblan este relato y se mueven en torno a Jesús, arrestado, juzgado y condenado… 

Yo también estoy ahí, como creyente que no puedo sentir esto como una historia que «había una vez… y ahora ya no», sino que para mí es una historia que me involucra hoy y siempre… 

1.- Yo soy un apóstol. Jesús me llama a preparar y vivir su última cena para luego continuarla incluso cuando Él ya no esté. Pero luego me olvido de que es la cena del amor y del compartir, y me pierdo discutiendo cuánto valgo, en la búsqueda continua de ser el primero, el más grande… Pero Jesús me recuerda que el verdadero poder es servir, y la verdadera grandeza es hacerme pequeño entre los pequeños, pobre entre los pobres. 

2.- Soy Pedro. Tengo ganas de creer y de permanecer fiel a la promesa que le hice a Jesús. Pero basta con la acusación de una simple sirvienta para hacerme prisionero del miedo. Basta poco y me olvido de que Jesús me necesita. Pero Él, con su mirada, me llena los ojos de lágrimas, y mi rostro endurecido se derrite en la profunda emoción del perdón. 

3.- Soy Judas. Con un beso entrego a Jesús. Traiciono su confianza, y en el momento en que estoy más cerca de Él con el cuerpo, estoy muy lejos de él con el corazón… ¿Queda aún espacio para el perdón para mí? 

4.- Soy Pilato. Y aunque intento liberar a Jesús porque algo me dice que es inocente…, me dejo condicionar por el mundo. Ya no escucho a la conciencia (que es el verdadero lugar del encuentro con Dios), sino que solo escucho lo que viene de fuera de mí, de la gente, del poder, de los prejuicios… 

5.- Soy uno más entre la multitud que grita «¡Crucifícalo, crucifícalo!», mientras que unos días antes estaba allí aclamándolo cuando entraba en Jerusalén para pedirle una curación y un milagro. ¡Qué rápido cambio de opinión! ¡Qué fácil me dejo influir por la mentalidad común y por el «se dice que…». Pero Jesús en la cruz, en lugar de maldecirme, dirá: «Padre, perdónalo, porque no sabe lo que hace…». 

6.- Soy el Cireneo. Tomado por casualidad y sin previo aviso, ayudo a Jesús a llevar su cruz, que por un pequeño tramo se convierte en mía. Aprendo a estar siempre disponible, cada vez que algún desamparado necesita un apoyo, aunque sea momentáneo. No le resuelvo el problema, pero al menos le hago sentir una cercanía amistosa… 

7.- Soy el buen ladrón, crucificado junto a Jesús. Siento que este desdichado está ahí por mí y yo con Él. Hay dolor en mi carne, pero paz en el corazón y en la mente. El dolor no vence, aunque sea grande. Y el paraíso está cerca de mí… 

8.- Soy la mujer que, junto con las otras mujeres, observa desde lejos lo que ocurre en el Gólgota. Al día siguiente iré al sepulcro para los ritos de la muerte porque Jesús ha muerto y con él su Reino… 

9.- Soy… ¿Quién soy yo? 

Pero me espera una sorpresa, una novedad está preparada para mí y para todos los demás que, a su manera, se han cruzado con el Señor en su vida y en su muerte… 

¿Seré capaz de sorprenderme de nuevo en esta Pascua? 

¿Será para mí solo la celebración de una historia muerta en el pasado? 

¿Seré capaz de aceptar de Jesús la invitación a entrar una vez y por la puerta estrecha de la cruz más en su historia de salvación? 

Y así finalizamos esta contemplación con otro ejercicio de audición de la mano del mismo Johan Sebastian Bach (son apenas 3 minutos y 9 segundos). Cierra si quieres los ojos y abre tu mente y tu corazón para contemplar: https://www.youtube.com/watch?v=JU-MsV1kF7c

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 8 de marzo de 2026

¿Quién es Éste? - San Mateo 26,14-27,66 -.

¿Quién es Éste? - San Mateo 26,14-27,66 -

La obediencia a Dios permite al Siervo y a Jesús soportar la dolorosa sumisión a los hombres y a su violencia. La fe del Siervo Jesús se manifiesta así como fidelidad radical a Dios y solidaridad con los hombres, que redime el mal con el bien.

 

El relato de Mateo es ante todo cristológico: Jesús está en el centro de la narración como figura hierática que domina los acontecimientos con la autoridad del Señor.

 

El Jesús de la Pasión de Mateo se parece más al Cristo majestuoso de los mosaicos bizantinos que al Jesús kenótico de la narración de Marcos. Él domina los acontecimientos.

 

Jesús sabe lo que le espera y lo dice: a la luz de este conocimiento, se relativizan los esfuerzos de Judas y las conspiraciones de sus adversarios para arrestarlo. En verdad, lo que se cumple en la Pasión es el designio de Dios manifestado en las Escrituras: la correspondencia entre detalles incluso banales y textos bíblicos se convierte para Mateo en una ocasión para mostrar que la Pasión tiene un fundamento meta-histórico, es el cumplimiento dramático de la historia de Dios con la humanidad.

 

La autoridad incomparable de Jesús se debe a su conocimiento y aceptación de la voluntad divina, en otras palabras, a su obediencia a las Escrituras. Siempre atento al cumplimiento de las Escrituras, Mateo lo está aún más en el relato culminante del evangelio.

 

El señorío que Jesús muestra (en particular con las palabras con las que interviene para dar sentido a los acontecimientos, para amonestar y corregir) va  acompañado de su obediencia: Él es el Siervo del Señor, el Justo, es decir, Aquel que no persigue su propia voluntad, sino que cumple la del Padre. Jesús es el Hijo de Dios, expresión que no indica una identidad de naturaleza, sino una comunión total de voluntad y acción.

 

La dirección precisa que Jesús mantiene, con resolución, en su existencia y en su vocación, se expresa en el texto evangélico a través del control absoluto de los acontecimientos, enviando a los discípulos de dos en dos, dándoles indicaciones claras y previendo lo que sucedería.

 

Pero Jesús prevé acontecimientos banales, que no parecen tener valor histórico o espiritual. Parece que Jesús quiere que las cosas sucedan así, que monte un burro manso, que luego devolverá a su dueño, para narrar y marcar con el ritmo del mulo el camino de Dios al encuentro del hombre.

 

La reacción de desconocimiento e incomprensión de la ciudad ante este Rey que, solo por su actuar, contradice las características de un rey de la época, es significativa de una posibilidad permanente para el cristiano y para la Iglesia: sentirlo como extraño a sí mismo, el Jesús revelado por los Evangelios, el Jesús pobre, el Jesús manso, el Jesús que no se impone. En definitiva, el Jesús que elige como medio de transporte no un caballo, sino un burro.

 

Ese «¿Quién es este?» de la ciudad incrédula debe imponer al cristiano y a la Iglesia otra pregunta: «¿Quién soy yo?», «¿Qué imagen del Señor guía mi fe cristiana?».


Es a la luz de la mansedumbre de ese «Mesías», de la pobreza de ese Rey, de la exclusión de Aquél que vino, que los cristianos y las Iglesias están llamados a verificar su fe. La paradoja tiene la función de revelación, pero puede convertirse en obstáculo.

 

Mateo subraya, más que los otros Evangelistas, la presencia de una multitud numerosa a la entrada de Jesús en Jerusalén: «Una gran multitud...»; «Y todos...». Una gran cantidad de gente que precede y sigue a Jesús, participación popular, confesión de fe, invocaciones litúrgicas, gestos de tributo a Aquél que entra en Jerusalén.

 

Parecen escenas de un evento coronado por el éxito. Pero en medio de todo este alboroto, la presencia silenciosa de Jesús. Se impone una pregunta: ¿comprende la multitud lo que está sucediendo? ¿Comprende lo que es verdaderamente importante comprender? ¿Comprende a Jesús y su actuar paradójico?

 

La escena posterior de la misma multitud que pide a Pilato que libere a Barrabás, condenando a Jesús, sugiere una respuesta negativa a la pregunta. Desde siempre, la fe cristiana ha exigido calidad (es decir, profundidad, interioridad, seriedad, libertad, valentía, coherencia...), no cantidad. El problema es la tierra buena, no toda la tierra ni cada tierra.

 

La Pasión de Mateo tiene incluso una dimensión eclesial que se trasluce en una presentación de los hechos iluminados por la fe en el Resucitado: esta Pasión es un relato destinado a una asamblea de creyentes.

 

La comunidad a la que se dirige el Evangelio de Mateo, necesitada de ser fortalecida en la fe y animada en las hostilidades, aparece, en su pobreza y pequeñez, como destinataria de ese Reino de Dios que es un tema fundamental del primer evangelio.

 

Comunidad ya abierta a los no judíos, ve en la intervención divina (en sueños) a la esposa de Pilato, una pagana, un antecedente de la apertura universalista que caracterizará a la comunidad cristiana.

 

La Pasión de Jesús es también un juicio sobre Israel, sobre todo sobre sus líderes religiosos, los sacerdotes y los ancianos: la expresión en boca de todo el pueblo, presente solo en Mateo, «su sangre (caiga) sobre nosotros y sobre nuestros hijos», no es una fórmula de maldición.

 

La expresión «sobre nuestros hijos» es una amplificación retórica que no puede significar en absoluto una maldición que se perpetúe en la historia sobre el pueblo de Israel: Mateo no está tan interesado en identificar quién es más culpable de la muerte de Jesús, sino en mostrar que Jesús es el único Justo.

 

Por último, la muerte de Jesús en la cruz es narrada por Mateo de manera teológica, no cronológica: los signos teofánicos que la acompañan (terremoto, apertura de los sepulcros, resurrección de los muertos, su entrada en la ciudad santa, etc.) anticipan lo que sucederá al final del mundo.

 

Así, Mateo dice que la muerte de Jesús constituye el acontecimiento culminante y decisivo de la historia: es ya la culminación de la historia. Este texto, exclusivo de Mateo, habla de la resurrección de Jesús en el mismo momento de su muerte, y muestra que la narración de la pasión es revelación de un misterio, el misterio de la historia de la salvación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ejercicio de contemplación de la Pasión - San Mateo 26,14-27,66 -.

Ejercicio de contemplación de la Pasión - San Mateo 26,14-27,66 -

Judas se detiene. Deja de insistir, deja de conspirar, deja de vender y provocar, deja de besar, deja de traicionar. Finalmente se detiene. Se detiene y renuncia a todo, incluso a su condición de traidor, le lanza las monedas hasta agotarse en un campo de sangre, y luego se deja llevar por el peso de su propio cuerpo, colgado como un fruto sin recoger, un cadáver devorado por el pico rapaz de tormentos afilados. Se agota en su último aliento. Y finalmente se detiene.

 

Los discípulos también dejan de hacer preguntas, dejan de preguntarse cuál es el lugar elegido por el Maestro para comer la Pascua, dejan de molestarlo y de prometer lo imposible, incluso dejan de rezar, dejan la vida durmiéndose, mientras Él reza, en el huerto de los Olivos.

 

Deja de hablar por parábolas, deja de hacer milagros, deja de intentar hacerse entender. Solo dejarse masticar y comer. Una última resistencia en Getsemaní, el último coletazo de la vida que no quiere dejar de vivir, de la nostalgia de las amistades humanas, del intento de creer que uno puede hacerse entender sin entregar su vida en sacrificio. Luego se detiene, incluso Jesús se detiene, y se pone en Sus manos. Todo está consumado.

 

Pedro deja de expresar lo que cree ser, deja de creer en su propia fe, deja de creer en sus propias fuerzas. Se observará desde lejos, avergonzado, descubierto por el canto de un gallo, bautizado por lágrimas amargas, dejará algún día de prometer amor y finalmente se dejará llevar, llevado a donde nunca habría elegido ir, en manos de otros, pero sin estar finalmente a merced de sí mismo.

 

Una vez cesada la violencia, una funda oculta la hoja, pero en el suelo queda la oreja sangrante. La oreja sangrará para siempre, símbolo de aquellas personas que sabrán dejarse traspasar por la Palabra, que es tortura de espada que desuella y apuñala. La escucha será hemorrágica y viva, agotadora, o no será. Ninguna sutura posible, para inaugurar la sospecha hacia los comentaristas inmaculados del Verbo.

 

Dejados los palos, dejadas las espadas, dejados los denarios, dejado el cáliz de la alianza (vaciado hasta la última gota), jugadas para siempre todas las cartas, última mano, toca decidir dejarse atrapar.

 

Delirio de soldados y reyes, los caballos relinchan a los pies del Gólgota, el que lleva las cuentas aún no logra entender quién es el vencedor, crucificado en la palma del tramposo, Jesús no deja nada tras de sí.



Todo está redimido. La mesa queda vacía, nada sobre la mesa de la última cena, nada más allá de la piedra barrida por la luz frente al sepulcro, la apuesta divina no se ha ahorrado nada, ya se ha apostado todo, incluso el hijo. Perder y dejar. Y aún así, quien lleva la cuenta no entiende quién es el verdadero ganador de este derroche de amor.

 

Entonces Jesús también deposita la palabra, deja el verbo, crucifica cada sílaba, silencia el alfabeto, realiza en su cuerpo la profecía, a su alrededor el poder multiplica las palabras, Caifás le ruega que se haga creíble, Pilato teme la impotencia de su propio poder, la esposa del gobernador informa a su marido de una pesadilla.

 

Alguien se lava las manos para dejar de ejercer el poder, pero el silencio de Jesús ya había inutilizado al verdugo, como ya es inútil cualquier torturador, el Silencio ya se custodia en Otro Lugar.

 

Barrabás mira con asombro su nueva libertad y tal vez no la cree, y ciertamente no la entiende, pero podría empezar a aprender de ese hombre que la única manera de vencer al poder es permanecer indemne. Y que la verdadera libertad tiene las manos atadas y el rostro hinchado y sufre injusticias.

 

Luego se hizo la oscuridad, sobre la burla de los soldados y sus dolorosas máscaras de muerte, luego se hizo la oscuridad porque también el sol dejó de iluminar, dejó de hacerlo sin previo aviso, desarmó la luz, cerró el párpado del cielo, el silencio se tragó el delirio de los derrotados que ya habían olvidado los milagros y los panes multiplicados y los ciegos devueltos a la luz y los leprosos devueltos a esta humanidad ingrata y las entradas triunfales en la ciudad santa, olvidado también eso, como si nunca hubiera existido. Olvidado el Mesías.

 

Entonces el velo del Templo se rasgó, un desgarro, dejando de separar, como aguas rotas para dar a luz lo que ya parecía un desecho de hombre. Sacrificado. Y, sin embargo, increíblemente triunfante. Lo sancionaron (y lo harán para siempre) los cuerpos de los santos que salieron de los sepulcros para rendir homenaje a la carne del amor divino. Para quienes logran sentir aquí y ahora el paso de los muertos, el aliento de los resucitados.

 

Las mujeres no cesaron, ellas no, nunca abandonan, no dejaron de estar, José dejó de fingir que no lo amaba y el cuerpo de Jesús se convirtió en semilla, en el silencio de un sábado cargado de vida como el otoño. Depuesto, se dejó recoger, la vida finalmente fue devuelta a la eternidad, el inocente entró en el paraíso.

 

El poder intentó ponerse en guardia. Preparó las defensas. Pero los desarmados, los entregados, los depositados en la tumba ya habían ganado. Y seguirán ganando, primicias recogidas de esos sepulcros inútilmente defendidos por un poder que ya no asusta a nadie más que a sí mismo. Los depositados en los sepulcros resucitarán a la eternidad aunque los poderosos sigan trazando pesadillas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

A través de la Cruz - San Mateo 26,14-27,66 -.

A través de la Cruz - San Mateo 26,14-27,66 - 

Por eso hemos llegado hasta aquí. 

Por eso hemos seguido al Nazareno en el desierto y en el Tabor. Por eso nos hemos identificado con la sed de la samaritana, con la ceguera del mendigo de Siloé, con la profunda angustia de las hermanas Marta y María por la muerte de Lázaro. 

Por eso. Por estar aquí, un poco apartados, un poco agobiados. Como siempre estamos en nuestra caótica vida. 

Ajetreo al que ha tratado de poner freno este tiempo de verdad y esencialidad. 

Nos mezclamos entre la multitud, lo vemos bajar de Betania, entre los olivos, cruzar el torrente Cedrón. Monta un pequeño burro, al que ha pedido que desaten para llevarlo a él. 

Desátame también a mí, Señor, úsame si lo necesitas, solo soy un pobre asno al que tú conviertes en corcel. Desátame de todo vínculo de muerte y oscuridad que me impide descubrirme amado. 

He aquí que desciende por el empinado camino de herradura, seguido y precedido por niños que ríen y corren como locos. Algunos adultos toman ramas de olivo y las agitan delante de Él. 

¡Hosanna! Grita alguien. 

¡Hosanna! Responden otros. Los discípulos sonríen. El Maestro sonríe. 

No están los sumos sacerdotes, ni los fariseos. Ningún escriba, ni doctor de la Ley. 

Ningún sabio. Ningún erudito. 

Jesús sonríe. Y nosotros con Él, caminando por su camino. 

Hosanna, manso Mesías. Hosanna, Rey que no te tomas demasiado en serio tu realeza. 

Hosanna, Dios que aceptas entrar en nuestras vidas. Hosanna, Dios que estás a punto de morir. 

Hosanna, mi rey, mi esperanza, mi certeza. 

Hosanna, mi Todo. 

La medida 

Esta es la medida, la señal, la cima. 

La culminación de ese camino que desde Nazaret le ha llevado hasta aquí. Un camino que, desde la multitud aplaudiendo, ha acabado chocando contra la dureza del poder religioso que no cede, que no se conmueve, que no se convierte. 

Galilea está lejos. Los amigos están lejos. 

Los pocos que quedan aquí no cuentan para nada. Los que aún lo siguen no saben lo que está en juego. 

Mejor que muera uno por todos, había sentenciado el Sumo Sacerdote. 

Mejor acabar con este profeta improvisado, descarriado e inquieto, que ver a Roma retomar el bastón. 

¡Necio Caifás! Jesús morirá de verdad por todos. Por ti. Por mí. 

Jesús hizo lo que pudo. Habló, amó, sanó, compartió. 

Y convirtió, abrazó, sonrió. 

¿Qué más puede dar para convencernos de Él y de Dios? 

Solo una cosa. Hacer ganar a sus adversarios. 

Morir. 

Para hacernos superar el miedo a la muerte. Para hacernos entrar en una nueva dimensión, temerosos creyentes sacudidos por una epidemia, cañas agrietadas y llamas titilantes que somos. 

Es Él quien lo toma todo en sus manos. Él quien anima, salva, sacude. Se entrega. 

Otra cosa 

Una cosa es predicar, otra cosa es colgar de una cruz. 

Una cosa es convencer o fundar una religión, otra cosa es permanecer colgado hasta exhalar el último aliento. 

Jesús está dispuesto a morir para mostrar la verdad de sus gestos. Morir para mostrar a cada hombre quién es realmente Dios. 

Su amor nos salva, no su dolor. Un amor que se manifiesta, que desnuda, que sacude y sorprende. 

La cruz se convierte, entonces, en el último sí dicho al Padre. Y al hombre. 

El último intento, cargado y fecundo, de manifestar a Dios. 

¿Lo entenderá el hombre? ¿Lo entenderemos nosotros? 

Sincrónicos 

Hora tras hora, esta semana, seguiremos la última semana del Maestro. 

Poniéndonos a su lado, junto a Él, sin hacer ruido. 

Silenciosos, reflexivos, asombrados, aturdidos, conmovidos. 

Conscientes de que todos podemos volver a ponernos en juego, reapropiarnos del cristianismo como discipulado, como experiencia que conduce a Dios. 

La Iglesia que construiremos, la Iglesia sinodal, parte de la experiencia del mismo Cristo que llena los corazones. 

Una Pascua de renacimiento. Inesperada, fuerte, desestabilizadora. 

Para decir que la Iglesia está viva. Pero solo si la mantenemos viva. Solo si sabemos leer la Palabra, meditarla, escrutarla. 

Y rezar. 

Pasión 

No nos acercamos a la cruz para estimular nuestras emociones y justificar los dolores que, por el contrario, Dios nos pide que superemos. No lo hacemos para proyectar sobre el Crucificado nuestras frustraciones, que adquieren dignidad si se comparten con Dios. 

No ofendamos la cruz de Cristo pensando que también nosotros somos cireneos solo porque afrontamos algunas dificultades inevitables. 

Permanezcamos al pie de la cruz para aprender a amar. 

Y para huir del dolor inútil. 

Y para dejarnos convertir por el espectáculo de un Dios que muere por amor. 

Feliz Semana Santa. 

Tan intensa. Tan verdadera. 

Dejémonos encontrar por este Amor desarmado. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El amante y el abismo - San Mateo 26,14-27,66 -.

El amante y el abismo - San Mateo 26,14-27,66 - 

La tierra entera resuena con un grito: un grito de nostalgia. Es la profunda melancolía del paraíso perdido, del Dios perdido, del amor y la paz perdidos. 

La tierra, con sus cardos y sus espinas, con sus prímulas y sus árboles de hoja perenne y sus estrellas y, de vez en cuando, su ternura, pero solo de vez en cuando y de forma furtiva. Y su crueldad a menudo, demasiado a menudo, y sus lágrimas y sus sollozos. 

Y un día Dios ya no lo soportó más. Dios ya no pudo contenerse. Entonces tomó la semilla de Adán y se puso a gritar junto a sus hijos el mismo grito de nostalgia, arraigado en la angustia, arraigado en la sangre y en el amor, y se encarnó. 

Y subió a la cruz. Solo para estar conmigo y como yo. Solo para que yo pueda estar con él y como él. Estar en la cruz es lo que Dios debe en su amor al hombre que está en la cruz. 

El amor conoce muchos deberes, pero el primero de ellos es estar con el amado. Solo un Dios sube a la cruz y entra en la muerte porque en la muerte entra cada uno de sus amados. 

Y cualquier otro gesto nos habría confirmado en una falsa idea de Dios. Solo la cruz elimina toda duda. Cualquier hombre, cualquier rey, si pudiera, bajaría de la cruz. Solo un Dios no baja de la madera. 

La cruz es el abismo donde Dios se convierte en amante, génesis perfecta de Dios entre los hombres. Esto dicen las primeras palabras pronunciadas sobre el mundo después de la muerte de Jesús: verdaderamente este era el Hijo de Dios. 

El acto de fe nace de la cruz: no, creer en Pascua no es fe verdadera: ¡es demasiado hermoso en Pascua! La verdadera fe es el Viernes Santo cuando Dios estaba allí arriba. Cuando ni un eco responde a su grito. La esencia del cristianismo es la contemplación del rostro de Dios crucificado (Carlo Maria Martini). 

Entramos, con esta semana, en los días de nuestro destino, los días de la «venganza de Dios»: cuando Dios se venga de toda la lejanía, de toda la indiferencia, de toda la separación, inventando la cruz que eleva la tierra, que baja el cielo, que reúne los cuatro horizontes, cruce de todos nuestros caminos dispersos. 

Los brazos de Jesús, clavados y extendidos en un abrazo que ya no puede renegarse, son las puertas del Edén abiertas para siempre, son el corazón dilatado hasta desgarrarse mucho antes del golpe de lanza, son la acogida de toda criatura, la alianza con todo lo que vive: la génesis del hombre en Dios. 

Porque el amado nace de las heridas del corazón de quien lo ama. El hombre nace del corazón traspasado de su Creador. Y comprende que la vida no es posesión ni robo, sino don de sí mismo; que Dios y la vida son don recíproco de sí mismos. 

Entonces la cruz es verdaderamente la gloria de Dios, la hora gloriosa de la vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

Desde su grito comienza la nueva creación - San Mateo 26,14-27,66 -.

Desde su grito comienza la nueva creación - San Mateo 26,14-27,66 - 

El corazón del Evangelio es el relato de este largo dolor. La «buena nueva» narra en realidad una muerte, el sufrimiento de un Dios apasionado. San Pablo centra todo su anuncio en esta paradoja: «No quiero saber nada más que a Cristo y a este crucificado». 

Solo arrodillado ante la cruz puedo decir quién es Dios. «¿Quién decís que soy yo?». Tú eres un amor crucificado. 

La cruz es el abismo donde Dios se revela como amante. En la cruz, el mal alcanza su máxima intensidad: consigue matar al autor de la vida. Precisamente en ese acontecimiento, Dios se expresa totalmente: en él se precipita todo el mal del mundo, ese mal que solo se vence llevándolo. Y Dios se entrega al mal que lo crucifica, a nosotros que lo crucificamos. 

El mal supremo toca el fondo sin fondo del abismo de Dios, que revela su gloria: no se salva a sí mismo, sino que da su vida. Nuestro Dios es diferente, es el Dios que entra en la tragedia en la que está clavada cada una de sus criaturas, es amor que se sumerge en la oscuridad y en el grito de nuestra muerte, que vence muriendo. 

Incluso el sol del mediodía parece rebelarse, la oscuridad se traga la luz, es la creación que vuelve al caos primigenio, a un «en el principio» del que Dios saca un mundo nuevo. El grito alto de Jesús que muere es la voz poderosa del Verbo creador, que llama al sol desde el seno de la noche; es el llanto poderoso y victorioso del hombre que nace. Cuando Jesús muere, se abre otra creación. 

El Evangelio cuenta que el sol, la tierra, las rocas, el templo, los sepulcros, los muertos y los vivos, todo se estremece y se pone en tela de juicio. San Mateo sabe que esta es la hora que conmueve las profundidades de la historia y del cosmos. En ese momento terminaba un mundo y nacía otro. La cumbre de la historia. 

«Baja de la cruz», gritaban. Pero si baja, vuelve a ganar la lógica del mundo antiguo, la de quienes razonan en términos de poder. Si baja, es solo un Señor omnipotente. 

En cambio, Él es otra cosa, es un Amor omnipotente. Que solo puede lo que el amor puede. 

Solo nuestro Dios no baja del madero. Se entrega a la Noche, se abandona al Otro por los demás. Representándonos a todos en nuestros abandonos, en nuestras noches, en nuestras desolaciones. 

Cada grito nuestro, cada abandono, puede parecer una derrota. Pero si se grita al Padre, tiene el poder, sin que sepamos cómo, de hacer temblar la piedra de cada uno de nuestros sepulcros. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...