Desde su grito comienza la nueva creación - San Mateo 26,14-27,66 -
El corazón del Evangelio es el relato de este largo dolor. La «buena nueva» narra en realidad una muerte, el sufrimiento de un Dios apasionado. San Pablo centra todo su anuncio en esta paradoja: «No quiero saber nada más que a Cristo y a este crucificado».
Solo arrodillado ante la cruz puedo decir quién es Dios. «¿Quién decís que soy yo?». Tú eres un amor crucificado.
La cruz es el abismo donde Dios se revela como amante. En la cruz, el mal alcanza su máxima intensidad: consigue matar al autor de la vida. Precisamente en ese acontecimiento, Dios se expresa totalmente: en él se precipita todo el mal del mundo, ese mal que solo se vence llevándolo. Y Dios se entrega al mal que lo crucifica, a nosotros que lo crucificamos.
El mal supremo toca el fondo sin fondo del abismo de Dios, que revela su gloria: no se salva a sí mismo, sino que da su vida. Nuestro Dios es diferente, es el Dios que entra en la tragedia en la que está clavada cada una de sus criaturas, es amor que se sumerge en la oscuridad y en el grito de nuestra muerte, que vence muriendo.
Incluso el sol del mediodía parece rebelarse, la oscuridad se traga la luz, es la creación que vuelve al caos primigenio, a un «en el principio» del que Dios saca un mundo nuevo. El grito alto de Jesús que muere es la voz poderosa del Verbo creador, que llama al sol desde el seno de la noche; es el llanto poderoso y victorioso del hombre que nace. Cuando Jesús muere, se abre otra creación.
El Evangelio cuenta que el sol, la tierra, las rocas, el templo, los sepulcros, los muertos y los vivos, todo se estremece y se pone en tela de juicio. San Mateo sabe que esta es la hora que conmueve las profundidades de la historia y del cosmos. En ese momento terminaba un mundo y nacía otro. La cumbre de la historia.
«Baja de la cruz», gritaban. Pero si baja, vuelve a ganar la lógica del mundo antiguo, la de quienes razonan en términos de poder. Si baja, es solo un Señor omnipotente.
En cambio, Él es otra cosa, es un Amor omnipotente. Que solo puede lo que el amor puede.
Solo nuestro Dios no baja del madero. Se entrega a la Noche, se abandona al Otro por los demás. Representándonos a todos en nuestros abandonos, en nuestras noches, en nuestras desolaciones.
Cada grito nuestro, cada abandono, puede parecer una derrota. Pero si se grita al Padre, tiene el poder, sin que sepamos cómo, de hacer temblar la piedra de cada uno de nuestros sepulcros.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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