domingo, 8 de marzo de 2026

Jesús muere por amor al hombre - San Mateo 26,14-27,66 -.

Jesús muere por amor al hombre - San Mateo 26,14-27,66 - 

Esta semana, la Iglesia se reúne dos veces para leer la Pasión de Cristo, el sufrimiento de un Dios apasionado. 

Es la lectura más hermosa y majestuosa que se puede hacer, donde todo gira en torno a las dos cosas que tocan la fibra sensible de toda vida: el amor y el dolor, el lenguaje universal del hombre. 

El primero en comprenderlo, en el Calvario, no fue un discípulo, sino un extraño. A la muerte de Jesús, de hecho, el primer acto de fe es el de un lejano centurión pagano: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». 

No desde un sepulcro que se abre, no desde el resplandor de la luz, de días nuevos, de un sol nunca visto, no, sino ante y dentro de la oscuridad del viernes, viéndolo en la cruz, en el patíbulo, en el trono de la infamia, un gusano al viento, este soldado experto en la muerte dice: era hijo de Dios. 

Morir así es una revelación. Morir de amor es cosa de Dios. Nuestro Dios es diferente. 

¿Por qué subió a la cruz? Para estar conmigo y como yo. Para que yo pueda estar con Él y como Él. 

Estar en la cruz es lo que Dios, en su amor, le debe al hombre que está en la cruz. El amor conoce muchos deberes, pero el primero de ellos es estar junto al amado, como una madre cuando su hijo está enfermo... y quisiera tomar sobre sí el mal de su hijo, enfermarse ella para curar a su hijo. 

Dios entra en la muerte porque allí va cada uno de sus hijos. Para sacarlo de allí, llevarlo arriba, con Él. La cruz es el abismo donde Dios se convierte en amante. 

Es algo que nos aturde: un Dios que nos ha lavado los pies y no le ha bastado, que ha dado su cuerpo para comer y no le ha bastado. Lo veo colgado, desnudo y deshonrado, y tengo que apartar la mirada. Luego vuelvo a girar la cabeza y miro la cruz y veo a alguien con los brazos abiertos que me grita: te amo. ¿A mí? Sangra y grita, o tal vez lo susurra, para no ser invasivo: te amo. 

Había allí muchas mujeres que observaban desde lejos. Pequeño rebaño consternado y valiente: la Iglesia nace de la contemplación del rostro de Dios crucificado - Carlo Maria Martini -, la Iglesia nace en esas mujeres, que tienen hacia Jesús la misma mirada de amor y dolor que Dios tiene hacia el mundo. Las primeras «piedras vivas» son mujeres. 

Para convertirnos en Iglesia, también nosotros debemos detenernos con estas mujeres junto a las infinitas cruces del mundo, donde Jesús sigue hoy crucificado en sus hermanos, despreciado, humillado, rechazado, naufragado. 

Con Santa María y las mujeres sentimos como nuestra la pasión de cada hijo del hombre: el mundo es todo una colina de cruces. Permanezcamos junto a ellos, para llevarles consuelo, esperanza, pan, humanidad, vida. Solo así sentiremos en Pascua que «nuestra vida rueda armoniosamente en la mano de Dios» - Etty Illesum -. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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