Corrupción
Los medios de
comunicación nos actualizan día tras día sobre los episodios de corrupción que
nos llaman la atención: un saqueo imparable de los asuntos públicos, que
suscita también indignación e ira.
Regularmente se invocan, de un lado o del
otro del espectro social y político, las "manos limpias" para luego
pillar a los mismos moralizadores, más pronto que tarde, con sus manos en la
misma masa.
Cada vez nos
escandalizamos como si fuera la primera vez, pero la corrupción y su uso
instrumental ciertamente no son nada nuevo. Al comentar sobre Tito Livio,
Maquiavelo ya explicó con qué facilidad los seres humanos pueden corromperse,
incluso si son buenos y bien educados, porque siempre están dispuestos a
"utilizar la malignidad de su alma siempre que tengan la
oportunidad".
Todos decimos ser enemigos
jurados de la corrupción, del soborno, de..., especialmente si los criminales o presuntos son
nuestros adversarios políticos. Pero no podemos erradicarlo... Y quizá bastante sea hacer frente para limitar sus daños.
Tal vez nos cuesta entender la corrupción. Me explico. Si la abordamos sólo desde un
punto de vista legal o moral utilizamos las herramientas equivocadas. Para
comprender la corrupción, su distribución geográfica y su percepción, es
necesario integrar otros conocimientos, especialmente históricos y
sociológicos.
Podemos incluso
recordar prácticas que la modernidad debería haber superado y que se fundamentaban
en un horizonte social que no se basaba en "derechos" sino en
"privilegios": una visión que resurge cuando hoy hablamos de
"casta".
En la antigua Roma, el clientelismo identificaba relaciones
informales de poder basadas en el intercambio de recursos entre individuos o
grupos de diferente estatus. El 'patrón' aprovechaba sus medios para
ganar influencia o autoridad, y otorgaba beneficios a los 'clientes'.
El evergetismo identifica otra práctica muy
extendida en la antigüedad grecorromana, cuando algunos individuos,
"gracias a sus donaciones, contribuían a la ciudad o a la organización de
grandes fiestas públicas", como indicaba Aristóteles. Para este filósofo la munificencia era un valor eminente, una virtud social, que requería sin embargo
la capacidad de evaluar con precisión un gasto considerable, y en cierto
sentido siempre excesivo, pero sin que llegara a ser desproporcionado.
El Antiguo Régimen
practicaba la venalidad de los cargos públicos: el soberano vendía partes de su
poder a un funcionario que pagaba una licencia, tanto por motivos de lucro
(esto servía para amortizar el precio de compra del cargo), como por motivos
simbólicos y personales de prestigio.
La corrupción y la
extorsión son posibles gracias a la combinación de órdenes que deberían seguir
siendo distintos: público y privado, individuo y función.
Hoy nos inspira la
presunción de igualdad de derechos entre ciudadanos conscientes y responsables,
que reconocen la igualdad mutua y actúan de forma autónoma. Pero la realidad
sigue basándose en relaciones sociales desequilibradas y el libre albedrío de
los ciudadanos, como lo demuestran los hechos, no es tan libre. Lo que inspira
estos comportamientos es también la racionalidad económica, es decir, la fuerza
impulsora del liberalismo individualista dominante hoy.
Pero ciertamente es
un problema.
Tal vez el posible antídoto contra la corrupción pasa por la
recuperación de las "virtudes cívicas". Pero en una sociedad abierta, basada en el principio del
pluralismo de valores, no es posible imponer un código ético a toda la
sociedad, ni siquiera a su clase dominante.
También porque hoy
la política se encuentra atrapada en un doble vínculo. Por un lado, los
conflictos de intereses se han vuelto endémicos en nuestra sociedad e
inevitablemente involucran también a la política.
Por otro lado, la política se
ha vaciado de sentido e ideales..., después de que las ideologías hayan sido
arrolladas por la lógica capitalista y el predominio de la ciencia y la
tecnología. Habiendo perdido su "vocación" y sus ideales, la política
queda reducida a una función técnica y se convierte en pura mediación entre
intereses, pasiones y demandas en conflicto.
En una sociedad
cada vez más compleja e interconectada, los límites entre comportamientos y
funciones se han vuelto cada vez más borrosos, en todos los sectores. Hay un
continuo que va desde la defensa de los intereses legítimos hasta el lobby y la
corrupción, desde los conflictos de intereses hasta la extorsión (incluso sin
que un euro cambie de manos), desde las recomendaciones de clientelismo hasta
el intercambio de votos y hasta la gestión de los paquetes de votos.
Y la
cuestión no concierne sólo a la política: las fronteras entre información y
publicidad editorial son problemáticas (pasando por las limitaciones
determinadas por la propiedad de los medios de comunicación), entre la
remuneración de los directivos (pagada con las acciones de la empresa que
gestionan) y el uso de información privilegiada en bolsa, entre las
campañas humanitario-ambientales y el marketing de empresas que quieren renovar
su logotipo, entre los objetos de películas y los programas de televisión, la
colocación de productos y la publicidad oculta.
Un primer antídoto
es obviamente la transparencia: no es casualidad que el sitio que documenta
periódicamente las tendencias de la corrupción a nivel mundial desde hace años
se llame ‘Transparencia Internacional’. También sería útil disponer de
información correcta y no escandalosa. Pero eso sería para otra reflexión.
Los códigos de
ética cada vez más extendidos parecen menos eficaces, como los que imponen las
multinacionales depredadoras a empleados y proveedores que obviamente ni
siquiera pueden discutirlos.
Estos documentos suspendidos entre la ley y la moral son poco más que nada,
como el clientelismo con el que los ultra ricos que explotan sin piedad a los
trabajadores y los recursos del planeta lavan sus conciencias.
Ante episodios de corrupción como... cada uno que ponga los ejemplos de un ando político o del otro... a mí al menos me surge la nostalgia por términos obsoletos como los
que se recuerda en la arqueología política: dignidad, prestigio, decoro,
conveniencia, honor, probidad, ética, coherencia...
En esa arqueología
política recuerdo y apunto un concepto: la honestidad.
Yo creo que los filósofos han
escrito poco sobre el concepto de honestidad y sobre la idea de honestidad
como virtud.
Al menos desde un punto de vista etimológico, existe un estrecho
vínculo entre "honestidad" y "honor".
Honestus, nos enseña Cicerón, es alguien digno de honor. Ya en
Cicerón y en los autores latinos, el término revela una ambigüedad intrínseca,
destinada a ser una polivalencia estructural.
Por un lado, honestum traduce del griego kalon, es decir, belleza moral, y como
tal no representa una virtud en particular sino el conjunto de virtudes o la
virtud misma. Por otra parte, el homo honestus
denota al honorable, es decir, a alguien que, teniendo un cargo público y
actuando adecuadamente para él, goza de respeto y buena reputación.
Los dos
aspectos -que incluso podrían aludir a una cualidad interna y externa, a lo
individual y a lo social- no están necesariamente en contraste: el honesto, el
virtuoso, es honrado por los hombres virtuosos, mejor aún si es su igual.
Hay que esperar a
la modernidad para que el término "honesto" se imponga, especialmente
en su acepción comercial. Hoy, en el sentido común, y en plena coherencia con la
idea del mundo-como-mercado, honesto es aquel que no roba ni estafa, alguien
que no toma dinero ajeno.
Para llegar al
fondo de la polisemia del término "honestidad" se podría recurrir,
entre otras cosas, al análisis de algunos pares conceptuales de importancia
decisiva. Entre ellos se encuentra este par de oposición: honestidad y corrupción.
El significado de honestidad tiene su polo negativo en la conocida
costumbre de la corrupción o el robo, a menudo público, administrativo o en
definitiva político. Con raíces en el latín cum-rumpo,
la palabra corrupción en realidad significa decadencia, descomposición,
putrefacción… Todo lo contrario a la incorruptibilidad y a la integridad que se
suponen más afines o, mejor aún, propias de la honestidad.
En los corruptos
que son sobre todo aquellos que se dejen comprar, la deshonestidad es una
integridad que se ha visto quebrantada, violada. Y el honesto, en este sentido, sería la persona recta.
Y es
que incluso en otro sentido, como en el caso del honest inglés, es él quien dice la verdad, la persona sincera quien
recibe la aprobación de sus amigos. O es la persona digna de confianza.
Podríamos decir entonces que la persona honesta es la recta y la correcta… Lo que está en las antípodas de la corrupción.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF