¿Quién es Jesús? - San Mateo 16, 13-20 -
El Evangelio según San Mateo llega a un punto de
inflexión en la vida de Jesús: ahora los discípulos, tras haberle seguido,
escuchado y observado como Maestro, y venerado como profeta, llegan a
comprender, por gracia, que su identidad va más allá de su comprensión y de su
experiencia humana.
Jesús, de hecho, tiene un vínculo único con Dios, que le
ha enviado al mundo: es el Hijo de Dios. Precisamente a partir de ese momento,
Jesús revela a los discípulos la necesidad de su pasión, muerte y resurrección,
y lo hace de manera continua durante el viaje que tiene como destino Jerusalén
(cf. Mt 16,21; 17,22; 20,17-19), la ciudad santa que mata a los profetas (cf.
Mt 23,37).
El relato es denso, fruto del testimonio sobre el
acontecimiento, pero también de la meditación de la Iglesia de San Mateo, que
profundiza cada vez más en el misterio de Jesús.
Jesús se dirige con los discípulos a los territorios de
Cesarea, la ciudad fundada treinta años antes por el tetrarca Felipe, hijo de
Herodes el Grande, a los pies del monte Hermón. Y precisamente allí, donde se
venera a César como divino, precisamente en una ciudad construida en su honor,
surge la ocasión para plantearse la pregunta sobre Jesús: ¿quién es
realmente Jesús?
Es Él mismo quien plantea esta pregunta a sus discípulos:
«¿Y vosotros, quién decís que es el Hijo del hombre?»
A Jesús le gustaba llamarse a sí mismo «Hijo del hombre», una
expresión oscura y tal vez incluso ambigua para los oídos de los judíos, una
expresión que indicaba a un hombre terrenal, hijo del hombre, y al mismo tiempo
a alguien que venía de Dios.
Los discípulos cuentan que la gente piensa que Jesús es
un profeta, uno de los grandes profetas presentes en la memoria colectiva de
Israel: tal vez Elías, a quien se esperaba; tal vez Juan el Bautista, asesinado
por Herodes pero resucitado (cf. Mt 14,1-12); o tal vez Jeremías, ya que, al
igual que él (cf. Jer 7), Jesús pronunciaba palabras contra el templo de
Jerusalén.
Entonces Jesús pregunta directamente a los discípulos: «Pero
vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
En realidad, poco antes, al final de la travesía nocturna
y tempestuosa por el lago de Galilea, cuando Jesús se había dirigido hacia
ellos caminando sobre las aguas, los discípulos habían confesado: «¡Verdaderamente
Tú eres el Hijo de Dios!» (Mt 14,33). Pero ahora la respuesta la da
Simón Pedro, el discípulo llamado en primer lugar (cf. Mt 4,18-19).
La pregunta de Jesús no pretendía en absoluto obtener
como respuesta una fórmula doctrinal, ni mucho menos dogmática, sino que pedía
a los discípulos que manifestaran su relación con Jesús, su implicación en su
vida, la confianza que depositaban en su Rabí.
¿Quién es Jesús? es una
pregunta que debemos hacernos y volver a hacernos con el paso de los días.
Porque nuestra adhesión a Jesús depende precisamente de lo que vivimos en el
conocimiento de su persona.
«¿Quién es Jesús para mí?», es la pregunta
incesante del cristiano, que procura no convertir a Jesús en el producto de sus
deseos o de sus proyecciones, sino acoger el conocimiento de Él que nos da Dios
mismo, contemplando el Evangelio y escuchando al Espíritu Santo. Nuestra fe
siempre será parcial y frágil, pero si es una «fe» que «nace
de la escucha» (Rom 10,17), es fe verdadera, no una ilusión ni una
ideología.
Según San Mateo, aquí los discípulos permanecen en
silencio, y solo Pedro proclama, con una respuesta personal: «Tú eres el
Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Él afirma que Jesús no es solo un Maestro, ni solo un
profeta, sino que es el Hijo de Dios, en una relación muy intensa con Dios, que
podemos expresar con la metáfora padre-hijo. En Jesús hay mucho más que un
hombre llamado por Dios como profeta: hay el misterio de aquel a quien la
Iglesia, al profundizar en su fe, llamará Señor (Kýrios), llamará
Dios (Theós).
Es cierto que en hebreo la expresión «hijo de Dios» era
un título aplicado al Mesías, el Ungido del Señor y al pueblo de Israel pero
aquí Pedro confiesa claramente en Jesús la singularidad del Hijo de Dios vivo.
Y cabe señalar que, si en San Marcos y en San Lucas Pedro
expresa la fe de todo el grupo de discípulos (cf. Mc 8,29; Lc 9,20), aquí, en
cambio, habla en su propio nombre, y por eso la respuesta de Jesús se dirige
solo a él: «Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque ni la
carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos».
Aquel que se llamaba Simón, el pescador de Galilea, hijo
de Jonás, es definido por Jesús como «bienaventurado», no por sí
mismo, sino por la revelación gratuita que el Padre le ha hecho. Si Simón
proclama esta confesión de fe, es por revelación de Dios, no como fruto de
razonamientos y experiencias humanas (carne y sangre). Por la voluntad amorosa
de Dios, Pedro ha tenido acceso a dicha revelación, y por eso Jesús, al
constatar la acción del Padre, lo define como bienaventurado.
De hecho Jesús ya lo había dicho: «Nadie conoce al
Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo» (cf. Mt
11,27), y aquí no hace más que reiterarlo, al discernir que, a través de Pedro,
es el propio Padre quien ha hablado.
Precisamente en obediencia a esa revelación, Jesús
continúa, declarando a Simón: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré
mi Iglesia».
Jesús está construyendo la Iglesia, y sin duda será Él «la
piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios»
(1 P 2,4), pero en esta construcción Pedro es la primera piedra.
Para llevar a cabo una construcción es necesario que haya
alguien capaz de ser la primera piedra, y Pedro demuestra serlo; por eso Jesús
le cambia el nombre de Simón por Kefâs, Pedro (cf. Jn 1,42).
Así, por gracia, participará de la firmeza de la Roca que
es Dios (cf. Sal 18,3.32; 19,15; 28,1, etc.), firmeza en la confesión de la fe,
aunque subjetivamente pueda fallar en su seguimiento, caer en el pecado y
manifestarse con sus debilidades y sus comportamientos contradictorios.
La bienaventuranza de Jesús no constituye a Pedro en la
santidad moral, sino en la firmeza de la fe confesada. ¿Y no serán precisamente
la fragilidad y la debilidad en su seguimiento de Jesús las que permitirán a
Pedro, autoridad suprema entre los Doce, ser experto en la misericordia del
Señor?
Pedro sabe que ha experimentado en sí mismo la
misericordia del Señor, que ha conocido verdaderamente al Señor, y por eso
puede anunciarlo y dar testimonio de él de manera creíble. Pedro ha recibido
por gracia el don del discernimiento, ha visto claramente quién era Jesús, y
por eso puede ser la primera piedra, aquella que marca la solidez de toda la
construcción, un hombre capaz de fortalecer y confirmar a los hermanos, también
porque, a su vez, es sostenido y confirmado por la oración de Jesús (cf. Lc 22,32).
En este pasaje aparece la palabra «Iglesia»,
que solo volverá a aparecer una vez más en todos los Evangelios, de nuevo en San
Mateo (cf. Mt 18,17). Iglesia, ekklesía, significa asamblea de los
llamados (ek-kletoí): este es el nombre que los helenocristianos dieron
a sus comunidades, también para diferenciarse de la sinagoga (asamblea) de los
judíos no cristianos.
Esta Iglesia tiene a Jesús como edificador —«Yo
edificaré mi Iglesia»— y le pertenece para siempre: nunca será ni de
Pedro ni de otros, sino propiedad del Señor (Kýrios). En esta
edificación de Cristo, Pedro será en la tierra el administrador, aquel que abre
y cierra con las llaves que le ha confiado el propio Cristo: se trata de
imágenes semíticas que significan que Pedro estará facultado para interpretar
la Ley y a los Profetas, como testigo y siervo de Jesucristo.
Se trata de un gran don de Jesús a los discípulos: Pedro,
el humilde pescador de Galilea, que recibió una revelación de parte de Dios y
la confesó. Es innegable que aquí Pedro recibe un primado, el del hombre del
principio, el primero llamado, el «primero» en la comunidad (cf.
Mt 10,2), el hombre capaz de ser la primera piedra en la edificación de la
comunidad cristiana (cf. Is 28,14-18).
Podríamos decir que aquel día, en Cesarea, se esbozó la
Iglesia y se colocó su primera piedra. Luego, a lo largo de la historia,
seguirá su curso, enfrentándose a contradicciones, enemistades y persecuciones;
pero, aun en su pobreza y en la fragilidad de sus miembros, débiles y
pecadores, completará su camino hacia el Reino, porque la voluntad del Señor y
su promesa nunca fallarán, y ni siquiera el poder de la muerte logrará
vencerla, ni aniquilar el «pequeño rebaño» (Lc 12,32) del Señor.
Un rebaño que es pequeño, sí, pero que tiene como pastor
a Jesús resucitado y como recinto una Iglesia cuya primera piedra, por voluntad
del Señor, permanece firme.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF