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sábado, 22 de agosto de 2026

¿Quién es la llave del Reino? - San Mateo 16, 13-20 -.

¿Quién es la llave del Reino? - San Mateo 16, 13-20 -

Lo sabemos, pero conviene recordarlo: un relato nunca es objetivo. 

Todo el mundo lo dice, aunque a menudo no nos detenemos lo suficiente para darle importancia: quien quisiera hacer un relato preciso y detallado de algo que ha sucedido, incluso con toda la buena voluntad del mundo, no podría pretender ofrecer la única versión veraz y cierta de lo ocurrido. De hecho, su relato seguirá siendo siempre un testimonio desde su propio punto de vista, que, por lo tanto, puede acentuar un aspecto y pasar por alto otro. 

Todo esto resulta aún más evidente si tenemos un texto como este relato evangélico, que no pretende ser una crónica histórica y objetiva, ni mucho menos. 

San Juan, al igual que los demás, nos lo dice claramente: el evangelio quiere suscitar la fe, le interesa que el oyente crea que Jesús es el Cristo. 

Y cada Evangelio tiene esta preocupación dirigida a un público concreto, y por eso utiliza un lenguaje diferente en cada caso, porque convencer a un judío no es lo mismo que convencer a un pagano. Se necesitan medios, estrategias y lenguajes diferentes. 

Esta introducción puede ser necesaria para leer e interpretar este pasaje evangélico. 

En la llamada «confesión de Cesarea», Jesús plantea la pregunta decisiva: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?», a lo que Pedro responde prontamente: «Tú eres el Cristo». 

Esto es lo que nos cuentan todos los sinópticos. 

Pero San Mateo, porque escribe desde su propio punto de vista, quiere dar el reconocimiento que merece a la hermosa respuesta de Pedro y, por eso, introduce una especie de «investidura» de Pedro como roca sobre la que la comunidad puede crecer. 

En sí misma, esta inserción resulta casi irónica. Al final del pasaje, de hecho, se dice: «Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo». En definitiva, parece que las palabras de Jesús dirigidas a Pedro cayeron en saco roto… 

Este hecho quizá nos lleva a una reflexión, tal vez trivial pero que creo importante: justamente más delante de este relato evangélico leemos que la verdadera prueba de valía no es dar la «respuesta exacta», sino saber asumir su peso, ser conscientes de qué Cristo es Jesús. 

El verdadero corazón de la Iglesia, pues, es la confesión de Pedro, no Pedro. 

Durante siglos se ha construido una teología en torno a estos versículos, sintiendo quizá la necesidad de encontrar un centro de gravedad, un punto firme en torno al cual construir la Iglesia. 

Por desgracia, nos hemos olvidado de que el verdadero centro, el verdadero punto de referencia estaba unos versículos antes: no en Pedro, sino en sus palabras, en su fe en el Hijo de Dios. 

Porque este es el único fundamento que cada uno debe reconocer para poder salvarse. 

Recordemos el final, el famoso secreto mesiánico. Este es el misterio que no hay que desvelar, porque la fe no debe imponerse, sino que debe ser atestiguada y acogida libremente por cada uno. 

Por eso, tal vez, Jesús no dice que no se le diga a nadie que Pedro es la piedra, porque no es eso lo que hay que reconocer y, aunque se proclame, se defienda o se anuncie, no es eso lo que mantiene unida a la Iglesia. 

La roca de la Iglesia, la llave del Reino, es aquel o aquella que, iluminado por el Padre, confiesa: «No yo, sino Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El peso de las llaves del Reino - San Mateo 16, 13-20 -.

El peso de las llaves del Reino - San Mateo 16, 13-20 - 

El Evangelio nos ofrece una imagen sencilla y muy poderosa: una llave. 

Me viene a la mente Las llaves de casa que narra el reencuentro, tras años de separación, entre un padre y su hijo discapacitado. El viaje abre mucho más que un camino: abre una relación. Porque las llaves más difíciles de encontrar no son las que abren una casa. Son las que abren a una persona. 

Las llevamos en el bolsillo cada día sin pensar en ello. Hasta que un día las perdemos. Y entonces no solo tememos una puerta cerrada. Tememos haber perdido una orientación, un sentido de pertenencia, el camino a casa. 

Recibir una llave es uno de los gestos más profundos de la vida. Significa: esta casa también es tuya. Entregar una llave significa depositar confianza. Por eso perderla nos inquieta tanto. 

Quizá por eso, en la Biblia, las llaves se convierten en símbolo de responsabilidad y custodia. 

Cada umbral exige a alguien capaz de abrir sin poseer. 

«Te quitaré el cargo, te derribaré de tu puesto». Isaías cuenta que Dios le quita las llaves a Sebna y se las confía a Eliaquim: «Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David». ¿Por qué? Porque Sebna había olvidado que la casa no era suya. Había convertido un servicio en una posesión. 

Llama la atención un detalle: la llave se coloca sobre el hombro, no en la mano. Las llaves pesan. Toda autoridad es una carga que hay que llevar, no un privilegio que ejercer. Las llaves siempre pertenecen a la casa. Nunca al guardián. 

Antes de entregar las llaves a Pedro, Jesús le hace una pregunta: «¿Quién decís que soy yo?» Las llaves surgen de una relación. Pedro no recibe un poder. Recibe una confianza. No es el mejor. Vacilará. Tendrá miedo. Negará a Jesús. Y es precisamente a él a quien Jesús confía el Reino. Porque ha aprendido que nadie se salva por sí solo. 

Con demasiada frecuencia nos hemos imaginado las llaves de Pedro como un símbolo de dominio. Jesús piensa lo contrario. Quien recibe las llaves no se convierte en dueño de la puerta. Se convierte en guardián de un umbral. No decide quién entra. Anuncia que la puerta ya está abierta. 

La Iglesia es fiel a su Señor no cuando multiplica las cerraduras, sino cuando abre posibilidades de encuentro. 

Las llaves existen para abrir. Toda esclavitud nace, en cambio, cuando alguien quita a otros las llaves de su propia vida. Las llaves de la libertad. Del trabajo. De la dignidad. Del futuro. 

Y ocurre en toda situación en la que una persona ya no puede decidir sobre su propia vida. 

Pero existen, además, llaves invisibles. Son las de la atención, los deseos y la información. Cuando unos pocos concentran datos y poder, corremos el riesgo de entregar también las llaves de nuestro interior. Por eso las mismas tecnologías capaces de crear conexiones pueden alimentar nuevas formas de esclavitud y de dominio. 

Dios confía llaves. Los ídolos construyen cerraduras. El Reino devuelve a las personas la libertad de habitar su propia conciencia. Porque ningún ser humano es una propiedad. Cada persona es un umbral sagrado ante el cual incluso Dios se detiene y llama. 

Quizá las llaves del Reino no sirvan para decidir quién entra y quién se queda fuera. Sirven para abrir. Una casa. Una relación. Una herida. Un futuro. Un corazón. Una ciudad. «He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). 

El Evangelio, de principio a fin, nos habla de un Dios que no deja de llamar a la puerta. Con infinita paciencia. Hasta que alguien encuentra el valor para abrir. Y descubre que la casa siempre había estado allí. Con la puerta de par en par. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La respuesta verdadera (no necesariamente la exacta) - San Mateo 16, 13-20 -.

La respuesta verdadera (no necesariamente la exacta) - San Mateo 16, 13-20 - 


Me imagino a los discípulos: si algún día alguno de ellos no dudará en reclamar un sitio en primera fila pidiendo sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda en el Reino, me imagino cómo se habrán peleado por llevarse el trofeo de la respuesta correcta: «Elías. Juan el Bautista. Uno de los antiguos profetas».
 

En el grupo, ya se sabe, siempre hay alguien que tiene que salir ganando y, si para ello consigue incluso ridiculizar al compañero que, hasta ahora, bueno, no es que haya quedado precisamente bien parado, tanto mejor. 

Pedro —¡pobre Pedro!— se quedaba en un rincón. 

Había encajado varios golpes: había querido caminar sobre el agua y nada, se había visto sumergido por las olas; pensaba que había sido cortés en el Tabor con lo de las tiendas y, en cambio, «no sabía lo que decía»; creía haber sido bastante generoso al proponer perdonar hasta siete veces y, como respuesta, vio cómo se multiplicaba por diez lo que estaba en juego; sabía que era uno de los pescadores más expertos y, en cambio, tuvo que aprender que se puede pescar incluso cuando todo indicaría que no vale la pena, y eso se lo enseñó alguien que sabía de palabras, pero desde luego no de peces. 

Y dentro de poco, por si fuera poco, comprobará de primera mano la inconsistencia de sus promesas de pescador. Tenía motivos de sobra para quedarse tranquilito al fondo, detrás de todos. Que hagan lo que quieran, que esta vez sean ellos quienes se expongan… 

«Pero vosotros…». 

Mientras se trataba de repetir lo que había oído decir, no había ningún problema. De repente, sin embargo, el foco se había centrado precisamente en él: «Pero vosotros…», es decir, «Pero tú…». «¿Quién soy yo para ti?». 

Le tiemblan las piernas, probablemente; la voz le falla, tal vez, pero el corazón está seguro: «Tú lo eres todo para mí. Eres aquel que nunca habría imaginado que me elegiría precisamente a mí. Eres el Cristo». 

Quién sabe, quizá esta vez los compañeros hubieran querido tomarse la última revancha ridiculizando la respuesta de Pedro. Quizá estaban listos para echarse unas buenas risas, seguros como estaban de que no acertaría. Y, en cambio, esta vez son ellos los que se encuentran acorralados. 

«Tú eres Pedro…». 

Quién sabe cómo habrán sonado solemnes estas palabras que ningún cálculo humano habría podido imaginar jamás. 

A Pedro, que se había convertido en el último por las tantas meteduras de pata que había cometido, se le reconoce como el único que se había dejado instruir por el propio Padre. 

En los distintos ámbitos de la vida pueden valer los consejos y, a veces, incluso copiar. No así en la fe: cada uno da su respuesta por sí mismo y, desde luego, no por lo que ha oído decir. 

Y, por lo general, se da cuando menos te lo esperas. La pregunta de examen, de hecho, siempre llega el día del desmentido y del fracaso, cuando, tal vez, te encontrarías menos preparado. 

Le sucedió tanto a Pedro como a Pablo. 

¿No es cierto que son precisamente esos momentos los que más revelan lo más auténtico que llevamos en el corazón? 

Hay situaciones que valen toda una vida porque nos permiten expresar las razones mismas de vivir. 

«Bienaventurado eres, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos». 

Son los acontecimientos de la vida y nuestra forma de afrontarlos los que revelan hasta qué punto estamos permitiendo que el propio Padre nos instruya con su gracia. 

La respuesta verdadera —no la exacta— surge solo cuando, una vez dejados a un lado los libros, dejas que la vida hable. 

Cuando leemos este relato evangélico podemos hacer un sencillo ejercicio: intentemos contar qué nos pasó cuando le conocimos a Jesús y le re-conocimos como Señor de nuestra vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


miércoles, 12 de agosto de 2026

El paso de una fe infantil a una fe adulta - San Mateo 16, 13-20 -.

El paso de una fe infantil a una fe adulta - San Mateo 16, 13-20 - 

Quizá esta página deba abordarse avanzando con calma y más allá de la superficie de las palabras, intentando adentrarse en lo más profundo de los surcos abiertos por las preguntas. 

Y sin detenerse, porque lo descrito no es una pregunta estéril de un Mesías curioso, sino un rastro valiente, un itinerario, una trayectoria posible. Para cada discípulo. 

«¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» 

Porque es normal que nuestra fe, cuando da sus primeros pasos, se apoye en el credo de las personas a las que hemos amado. No es cierto que no importe: daba seguridad saber que personas queridas, estimadas y de confianza habían elegido el Evangelio como horizonte de sentido. Tranquilizaba y, a menudo, bastaba. 

Nos sentíamos pequeños ante las preguntas y, desde luego, no estábamos a la altura de poner en duda lo que otros, más sabios que nosotros, creían. Ante la primera duda, basta con pensar en la fe de las personas de las que estábamos aprendiendo a vivir. A quienes queríamos parecernos. ¿Qué dice la gente que nos rodea? Era una confianza depositada más en ellos que en los contenidos de la fe. 


Respondieron: «Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas»
 

Los discípulos tienen excelentes referencias, de eso no hay duda. O bien saben seleccionar bien y recogen lo mejor del repertorio. Quizá aprender la fe sea, ante todo, seleccionar a los testigos, elegir a los que parecen más fiables. 

Pero las respuestas de los demás, precisamente porque son de otros, aunque sean buenas, aunque sean tranquilizadoras, no pueden bastar. Son respuestas ya cerradas, de vidas que ya han llegado a su plenitud, de profetas que escandalizaron y que fueron condenados pero que luego recibieron la corona de gloria. 

Son, como todas las respuestas, centradas en el final. A Jesús le encantan las preguntas. Y en el camino de la fe es precisamente la pregunta la que ayuda a avanzar. 


«Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
 

Esta es la pregunta radical para el discípulo, esta es la línea divisoria entre una fe infantil y una fe adulta. 

Y claro, aquí también se corre el riesgo de ahogarse. Pero no existe itinerario de fe sin riesgo de perderse. 

Cuando llegamos a sentir que la relación con lo Infinito se vuelve seria, cuando llegamos a sentirnos interpelados, cuando sentimos que ya no podemos fingir. Y ya no hay nada ni nadie a quien recurrir. Y no podemos refugiarnos en la fe de otros. Y luego está ese «pero» que es una espada, una provocación, una ruptura.

«Pero» ¿qué digo yo de Ti? No solo con palabras, no tanto con palabras, ¿qué digo de Aquel a quien nombro cada día, de aquel a quien tengo la suerte de haber convertido en «vocación, sentido, razón»? 

«Pero», ¿sigues siendo Tú el hilo conductor que une mis intentos de llevar una vida buena? 

Porque quizá todo esté aquí. En ese «pero». Que, además, marca una distancia entre mí y cualquier otra interpretación de Él. En ese «pero» me encuentro realmente a «mí mismo», encuentro todos los intentos de cada persona que trata, a menudo con esfuerzo, de responder de manera personal a la llamada de Dios en su propia historia. Sin respuestas prefabricadas, sin tener que imitar la fe de otros. Sin miedo a la duda ni a las preguntas. Una fe adulta. 


«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo»
 

«Vivo»: Pedro no es que adivine la única respuesta posible, sino que simplemente no se equivoca en el final, que es perfecto, porque está abierto. «Vivo»: su respuesta no cierra, sino que devuelve a la vida. Hijo de ese Dios que se revela de manera muy personal en la vida de cada ser vivo. 

Si digo que la respuesta es «vivo», no estoy fijando la mirada en el rostro de Dios, sino que estoy diciendo que, mientras haya vida, siempre habrá un crecimiento, un camino, una traición, un replanteamiento, un perdón; habrá cambios. 

Cristo es el Hijo del Dios que vive y crece en medio de nuestros cambios. La vida es algo que nunca se puede detener ni fijar. El Dios que elige aliarse con la vida es un rostro en constante mutación. 

Jesús dice que es el Padre que está en los cielos quien ha revelado esta visión a Pedro, no la sangre, ni la carne, ni la mera repetición de lo existente, sino una enorme capacidad para escuchar y sentirse parte de la revelación del misterio de la vida. 

Pedro experimenta lo que es escuchar a este Dios que pide vida para poder manifestarse. Y no es casualidad que aquí Pedro sea el rostro cristalino del amor; unas líneas más adelante lo estropeará todo, luego se recuperará, después traicionará, llorará… y finalmente confesará su amor. 

He aquí al Hijo del Viviente contándose a sí mismo en medio de las contradicciones, incluso contradictorias, de toda vida. La fe consiste en acoger esa complejidad. 

Para comprender que somos seres reveladores, que hemos nacido para esto. Cuando creemos, cuando dejamos que la vida nos atraviese, nos convertimos en revelación del Amor. Como si lográramos rasgar el velo de la costumbre que nos hace razonar únicamente a través de nexo entre causas y efectos. Somos seres reveladores cuando permitimos que el Cielo se cuente aquí, en la tierra. Como cuando una nube susurra desde el corazón de una piedra. 

La única primacía del hombre es la de ser pontífice, es decir, puente entre la tierra y el cielo, y viceversa. Revelador. A veces, incluso algún Papa ha sido pontífice, es decir, puente. Al menos por un instante, como todos nosotros. 

Somos fragmentos de experiencias en las que la Vida ya no repite el credo de otros, no se acomoda en torno a respuestas fáciles, sino que se atreve a mostrar la gratuidad del Amor en el discurrir de los acontecimientos. 

El rostro de Dios es el del Hijo del Hombre que ama, Hijo del Dios Vivo en las historias miserables y espléndidas de los hombres. Hijo del cielo que convierte lo humano en reflejo del infinito. 

Tal vez sea mejor guardar silencio. Nos hemos expuesto demasiado. Se corre el riesgo de perderse. Jesís «ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo». 

Llega el momento de la desorientación, como la de cuando Pedro piensa en voz alta (y pretende corregir al Maestro) que el amor, ese vínculo entre el cielo y la tierra, es algo tierno y gozoso, fácil y sencillo. Pero no es así. 

Tiene la forma de la cruz. El amor tiene la forma de la cruz. Que une la tierra y el cielo, al hombre y a Dios. Nunca dejaremos de aprenderlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Quién es Jesús? - San Mateo 16, 13-20 -.

¿Quién es Jesús? - San Mateo 16, 13-20 - 

El Evangelio según San Mateo llega a un punto de inflexión en la vida de Jesús: ahora los discípulos, tras haberle seguido, escuchado y observado como Maestro, y venerado como profeta, llegan a comprender, por gracia, que su identidad va más allá de su comprensión y de su experiencia humana. 

Jesús, de hecho, tiene un vínculo único con Dios, que le ha enviado al mundo: es el Hijo de Dios. Precisamente a partir de ese momento, Jesús revela a los discípulos la necesidad de su pasión, muerte y resurrección, y lo hace de manera continua durante el viaje que tiene como destino Jerusalén (cf. Mt 16,21; 17,22; 20,17-19), la ciudad santa que mata a los profetas (cf. Mt 23,37). 

El relato es denso, fruto del testimonio sobre el acontecimiento, pero también de la meditación de la Iglesia de San Mateo, que profundiza cada vez más en el misterio de Jesús. 

Jesús se dirige con los discípulos a los territorios de Cesarea, la ciudad fundada treinta años antes por el tetrarca Felipe, hijo de Herodes el Grande, a los pies del monte Hermón. Y precisamente allí, donde se venera a César como divino, precisamente en una ciudad construida en su honor, surge la ocasión para plantearse la pregunta sobre Jesús: ¿quién es realmente Jesús? 

Es Él mismo quien plantea esta pregunta a sus discípulos: «¿Y vosotros, quién decís que es el Hijo del hombre?» A Jesús le gustaba llamarse a sí mismo «Hijo del hombre», una expresión oscura y tal vez incluso ambigua para los oídos de los judíos, una expresión que indicaba a un hombre terrenal, hijo del hombre, y al mismo tiempo a alguien que venía de Dios. 

Los discípulos cuentan que la gente piensa que Jesús es un profeta, uno de los grandes profetas presentes en la memoria colectiva de Israel: tal vez Elías, a quien se esperaba; tal vez Juan el Bautista, asesinado por Herodes pero resucitado (cf. Mt 14,1-12); o tal vez Jeremías, ya que, al igual que él (cf. Jer 7), Jesús pronunciaba palabras contra el templo de Jerusalén. 

Entonces Jesús pregunta directamente a los discípulos: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?» 

En realidad, poco antes, al final de la travesía nocturna y tempestuosa por el lago de Galilea, cuando Jesús se había dirigido hacia ellos caminando sobre las aguas, los discípulos habían confesado: «¡Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios!» (Mt 14,33). Pero ahora la respuesta la da Simón Pedro, el discípulo llamado en primer lugar (cf. Mt 4,18-19). 

La pregunta de Jesús no pretendía en absoluto obtener como respuesta una fórmula doctrinal, ni mucho menos dogmática, sino que pedía a los discípulos que manifestaran su relación con Jesús, su implicación en su vida, la confianza que depositaban en su Rabí. 

¿Quién es Jesús? es una pregunta que debemos hacernos y volver a hacernos con el paso de los días. Porque nuestra adhesión a Jesús depende precisamente de lo que vivimos en el conocimiento de su persona. 

«¿Quién es Jesús para mí?», es la pregunta incesante del cristiano, que procura no convertir a Jesús en el producto de sus deseos o de sus proyecciones, sino acoger el conocimiento de Él que nos da Dios mismo, contemplando el Evangelio y escuchando al Espíritu Santo. Nuestra fe siempre será parcial y frágil, pero si es una «fe» que «nace de la escucha» (Rom 10,17), es fe verdadera, no una ilusión ni una ideología. 

Según San Mateo, aquí los discípulos permanecen en silencio, y solo Pedro proclama, con una respuesta personal: «Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo». 

Él afirma que Jesús no es solo un Maestro, ni solo un profeta, sino que es el Hijo de Dios, en una relación muy intensa con Dios, que podemos expresar con la metáfora padre-hijo. En Jesús hay mucho más que un hombre llamado por Dios como profeta: hay el misterio de aquel a quien la Iglesia, al profundizar en su fe, llamará Señor (Kýrios), llamará Dios (Theós). 

Es cierto que en hebreo la expresión «hijo de Dios» era un título aplicado al Mesías, el Ungido del Señor y al pueblo de Israel pero aquí Pedro confiesa claramente en Jesús la singularidad del Hijo de Dios vivo. 

Y cabe señalar que, si en San Marcos y en San Lucas Pedro expresa la fe de todo el grupo de discípulos (cf. Mc 8,29; Lc 9,20), aquí, en cambio, habla en su propio nombre, y por eso la respuesta de Jesús se dirige solo a él: «Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos». 

Aquel que se llamaba Simón, el pescador de Galilea, hijo de Jonás, es definido por Jesús como «bienaventurado», no por sí mismo, sino por la revelación gratuita que el Padre le ha hecho. Si Simón proclama esta confesión de fe, es por revelación de Dios, no como fruto de razonamientos y experiencias humanas (carne y sangre). Por la voluntad amorosa de Dios, Pedro ha tenido acceso a dicha revelación, y por eso Jesús, al constatar la acción del Padre, lo define como bienaventurado. 

De hecho Jesús ya lo había dicho: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo» (cf. Mt 11,27), y aquí no hace más que reiterarlo, al discernir que, a través de Pedro, es el propio Padre quien ha hablado. 

Precisamente en obediencia a esa revelación, Jesús continúa, declarando a Simón: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». 

Jesús está construyendo la Iglesia, y sin duda será Él «la piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios» (1 P 2,4), pero en esta construcción Pedro es la primera piedra. 

Para llevar a cabo una construcción es necesario que haya alguien capaz de ser la primera piedra, y Pedro demuestra serlo; por eso Jesús le cambia el nombre de Simón por Kefâs, Pedro (cf. Jn 1,42). 

Así, por gracia, participará de la firmeza de la Roca que es Dios (cf. Sal 18,3.32; 19,15; 28,1, etc.), firmeza en la confesión de la fe, aunque subjetivamente pueda fallar en su seguimiento, caer en el pecado y manifestarse con sus debilidades y sus comportamientos contradictorios. 

La bienaventuranza de Jesús no constituye a Pedro en la santidad moral, sino en la firmeza de la fe confesada. ¿Y no serán precisamente la fragilidad y la debilidad en su seguimiento de Jesús las que permitirán a Pedro, autoridad suprema entre los Doce, ser experto en la misericordia del Señor? 

Pedro sabe que ha experimentado en sí mismo la misericordia del Señor, que ha conocido verdaderamente al Señor, y por eso puede anunciarlo y dar testimonio de él de manera creíble. Pedro ha recibido por gracia el don del discernimiento, ha visto claramente quién era Jesús, y por eso puede ser la primera piedra, aquella que marca la solidez de toda la construcción, un hombre capaz de fortalecer y confirmar a los hermanos, también porque, a su vez, es sostenido y confirmado por la oración de Jesús (cf. Lc 22,32). 

En este pasaje aparece la palabra «Iglesia», que solo volverá a aparecer una vez más en todos los Evangelios, de nuevo en San Mateo (cf. Mt 18,17). Iglesia, ekklesía, significa asamblea de los llamados (ek-kletoí): este es el nombre que los helenocristianos dieron a sus comunidades, también para diferenciarse de la sinagoga (asamblea) de los judíos no cristianos. 

Esta Iglesia tiene a Jesús como edificador —«Yo edificaré mi Iglesia»— y le pertenece para siempre: nunca será ni de Pedro ni de otros, sino propiedad del Señor (Kýrios). En esta edificación de Cristo, Pedro será en la tierra el administrador, aquel que abre y cierra con las llaves que le ha confiado el propio Cristo: se trata de imágenes semíticas que significan que Pedro estará facultado para interpretar la Ley y a los Profetas, como testigo y siervo de Jesucristo. 

Se trata de un gran don de Jesús a los discípulos: Pedro, el humilde pescador de Galilea, que recibió una revelación de parte de Dios y la confesó. Es innegable que aquí Pedro recibe un primado, el del hombre del principio, el primero llamado, el «primero» en la comunidad (cf. Mt 10,2), el hombre capaz de ser la primera piedra en la edificación de la comunidad cristiana (cf. Is 28,14-18). 

Podríamos decir que aquel día, en Cesarea, se esbozó la Iglesia y se colocó su primera piedra. Luego, a lo largo de la historia, seguirá su curso, enfrentándose a contradicciones, enemistades y persecuciones; pero, aun en su pobreza y en la fragilidad de sus miembros, débiles y pecadores, completará su camino hacia el Reino, porque la voluntad del Señor y su promesa nunca fallarán, y ni siquiera el poder de la muerte logrará vencerla, ni aniquilar el «pequeño rebaño» (Lc 12,32) del Señor. 

Un rebaño que es pequeño, sí, pero que tiene como pastor a Jesús resucitado y como recinto una Iglesia cuya primera piedra, por voluntad del Señor, permanece firme. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Jesús se hizo pregunta - San Mateo 16, 13-20 -.

Jesús se hizo pregunta - San Mateo 16, 13-20 - 

San Mateo sitúa el episodio evangélico de la «confesión de Pedro» en los alrededores de Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la tierra de Israel, en las laderas del monte Hermón, allí donde nace el Jordán, cerca de esa ciudad cuyo propio nombre lleva las huellas de sus orígenes romanos y de su nobleza imperial. 

Y es precisamente allí donde tiene lugar la confesión que proclama a Jesús como Mesías. Es interesante señalar que nos encontramos muy lejos de Jerusalén, prácticamente en el vértice geográfico —pero también simbólico— opuesto al lugar donde se encuentra la «ciudad santa». 

Es en esta zona excéntrica, periférica y paganizada donde resuena la confesión mesiánica de Pedro. De hecho, el viaje que llevó a Jesús a Genesaret (14,34), luego hacia las cercanías de Tiro y Sidón (15,21), después a lo largo del mar de Galilea (15,29) y a la región de Magadan (15,39), llega a su última etapa. 

Inmediatamente después, el camino de Jesús tomará una dirección completamente diferente, dirigiéndose hacia Jerusalén: «Desde entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén» (Mt 16,21). 

En Cesarea de Filipo, Jesús interroga a sus discípulos. Y los interroga en dos ocasiones. Primero de manera indirecta, luego de forma directa o, podríamos decir, sin escapatoria. 

Tras una primera pregunta genérica sobre quién dice la gente que es el Hijo del hombre —una pregunta que, por tanto, no les interpela personalmente y no implica demasiado a sus discípulos—, llega una de la que no pueden eludir: «¿Y vosotros, quién decís que soy yo?» 

Es más, el texto contiene un matiz adversativo: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Lo que quiere decir que, según Jesús, su condición de discípulos debía de haberles llevado a un conocimiento diferente y más profundo de Él, más allá de las habladurías y las opiniones de la gente. 

No solo eso: en la primera pregunta, Jesús indaga sobre la identidad del Hijo del Hombre, quizá el título mesiánico más elevado pero en la segunda pasa directamente al «yo» y la pregunta se vuelve personal, apremiante, incluso dolorosa. Vosotros que habéis vivido conmigo, vosotros que habéis escuchado de cerca mis palabras, vosotros que habéis compartido conmigo un tramo de vida y de camino existencial, vosotros, ¿quién decís que soy yo? 

Jesús se plantea una pregunta para sus discípulos. Y Jesús llega a nosotros como una pregunta. Él mismo es la pregunta que nos inquieta, que nos sacude, que no pide ser eludida con una respuesta ilusoriamente exhaustiva, sino replanteada cada día y en cada etapa de la vida. 

Incluso para el creyente, Jesús no es ante todo y únicamente una respuesta, o la respuesta, sino una pregunta, la pregunta. 

Y precisamente este carácter interpelante de Jesús es vital. Ciertamente, como una espina clavada en la carne. Jesús es una pregunta a la que no es nada fácil responder. Como se desprende también de nuestro texto. 

Si a la primera pregunta de Jesús le sigue una respuesta colectiva, de todos los discípulos: «Dijeron» (Mt 16,14), a la segunda, que también va dirigida a todos ellos, responde uno solo, Pedro. 

Esta pregunta hace huir a muchos, deja mudos a muchos, opera una selección radical: esta pregunta pone a prueba a los discípulos, quienes, antes de huir en el momento de la pasión, ya ahora se desvanecen, incapaces de decir nada. Excepto Pedro. 

Pero, ante todo, los discípulos repasan las identificaciones de Jesús que circulaban entonces entre la gente. Un rasgo común a las distintas identificaciones es el carácter profético que se atribuía a Jesús. 

En primer lugar, Juan el Bautista. También a Elías. Solo en San Mateo se encuentra la referencia a Jeremías. Para otros, por último, Jesús es simplemente un profeta, un profeta como cualquier otro. Pero todas estas palabras se quedan en lo superficial, y el propio Jesús no se conforma con ellas. Sobre todo le interesa saber qué han comprendido de él sus discípulos. 

A la segunda pregunta de Jesús responde Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Pedro retoma la confesión de los discípulos que estaban en la barca: «De verdad que eres el Hijo de Dios» (Mt 14,33); antepone a ello la confesión mesiánica: «Tú eres el Cristo», y añade el adjetivo «vivo». 

Pedro retoma del Antiguo Testamento la expresión que define al Dios de Israel como el «Dios vivo» (cf. Dt 5,26; Os 2,1) y, al unificar la confesión mesiánica y el reconocimiento de la divinidad, compone un título único, típicamente cristiano, en el que destaca la centralidad de Jesús como manifestación de la plenitud de la vida que viene de Dios. 

Pedro reconoce en Jesús a Aquel que da vida a Dios en su existencia. Pedro, la piedra que se hundía en las aguas del mar de Galilea, lastrada por la poca fe y las dudas sobre quién era realmente Jesús («Si eres tú»: Mt 14,28), se convierte ahora en piedra viva (cf. 1 P 2,5) gracias a la fe, y a una fe que es por gracia, por revelación, como el propio Jesús le declarará (Mt 16,17). 

Del «Si eres tú» al «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» se produce un paso que no se debe a una evolución de la inteligencia, sino al don de Dios. De hecho, Jesús responde a Pedro proclamando su bienaventuranza como depositario de una revelación venida de lo alto. Jesús reconoce que Pedro se ha convertido en receptáculo de la revelación de Dios. 

La confesión de Pedro está marcada por la gratuidad, no por el mérito. Y el hecho de que Jesús llame a Pedro con la expresión aramea que contiene el patronímico, «Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17), y luego utilice la fórmula hebrea «carne y sangre», indica que esta revelación se ha depositado sobre la debilidad humana de Pedro, sobre su humanidad frágil y pobre. 

Como destinatario de la revelación divina, Pedro es uno de los pequeños destinatarios de la benevolencia y el agrado divinos. La bienaventuranza dirigida a Pedro se hace eco de la alabanza que Jesús dirige al Padre «porque ha ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las ha revelado a los pequeños» (cf. Mt 11,25). 

Esta proclamación dirigida a Pedro constituye la base de la afirmación relativa a la Iglesia (Mt 16,18). La Iglesia nace de la gracia y del don de Dios. Una gracia y un don que Pedro ha experimentado en primera persona. 

La firmeza de Pedro va acompañada de la conciencia de su fragilidad y debilidad, que ciertamente no le son ajenas, como se verá en el desarrollo posterior del relato evangélico: la última mención de Pedro en el primer evangelio nos lo muestra entre lágrimas tras su triple negación (Mt 26,75). Pedro, a quien aquí se le concede (en sentido etimológico) una bienaventuranza dirigida nominalmente a él, ya no será mencionado por Mateo en los relatos de las apariciones del Resucitado. 

La figura de Pedro permanece con toda su ambivalencia, que lleva a Jesús a declararlo roca y piedra de tropiezo, destinatario de la revelación del Padre y de Satanás (Mt 16,23). 

Jesús habla de las llaves del Reino entregadas a Pedro y de su poder para desatar y atar (Mt 16,19). Estas palabras señalan a Jesús como Aquel que determina los criterios de la acción eclesial. 

Las «llaves» simbolizan la autoridad (cf. Is 22,22). Jesús es el Señor y las posee, y las entrega a quien lo reconoce, confiándole así la autoridad para enseñar de acuerdo con su palabra. Si los fariseos se llevaron la llave del conocimiento, impidiendo la entrada en el Reino a quienes hubieran querido entrar en él (cf. Lc 11,52), las llaves del Reino que Jesús entrega son esenciales para que todos los pueblos entren en el Reino: «Id y haced discípulos a todas las naciones… enseñándoles a observar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19). 

El poder de las llaves va acompañado, además, del poder de desatar y atar, es decir, de prohibir o permitir, en el ámbito disciplinario y doctrinal. Y se convierte, en particular, en el ámbito eclesial, en el poder de perdonar los pecados, verdadero poder que da testimonio del poder de la resurrección y del Espíritu Santo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Del “Tú eres el Cristo” al “Tú eres Pedro” - San Mateo 16, 13-20 -.

Del “Tú eres el Cristo” al “Tú eres Pedro” - San Mateo 16, 13-20 - 

La pregunta que hoy resuena para nosotros. Es Jesús quien se la dirige a los suyos, a los discípulos de entonces y a los oyentes de todos los tiempos. Nosotros incluidos. 

En el relato evangélico, Pedro es el primero en dejarse alcanzar por Jesús, quien una vez más sale al encuentro de cada uno de nosotros como pregunta y nos llama a nuestra vocación más profunda: ser nosotros mismos. La vocación no es algo lejano ni reservado a unos pocos: ¡es reconocer que estamos llamados a la vida! 

Pedro, al reconocer a Jesús —como «Cristo», «Hijo del Dios vivo»—, revela la bienaventuranza de estar en relación con Dios Padre. Pedro capta y muestra la presencia cálida y estable del Padre, como un hogar al que volver. Por eso, de Jesús puede llegar a Pedro la plenitud de su identidad. Pedro reconoce a Jesús como el Cristo y así recibe su ser Pedro. «Tú eres el Cristo», «tú eres Pedro».

Del reconocimiento de Jesús brota para Pedro el sentido de su nombre, su misión. Pedro se hace capaz de llevar su nombre, de recibir su explicación, de saborear su esencia. Parece que Jesús inventa este nombre para Simón —que se convierte en Simón Pedro— para llevarlo a reflexionar, para confiarle la capacidad y, al mismo tiempo, la tarea de ser su nombre, de vivir de una fe sólida para y en la Iglesia, la Iglesia que es y sigue siendo la Iglesia de Cristo. «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». 

Al «tú eres» de Pedro a Jesús le corresponde el «tú eres» de Jesús, que no solo revela, sino que confía una tarea: ser plenamente uno mismo, es decir, ser a imagen de Dios: ser piedra y custodiar las llaves. Ser piedra, firmeza en el Señor. Custodiar las llaves, paso o frontera, límite y, al mismo tiempo, nexo. 

Ser piedra y custodiar las llaves, entre la debilidad y la Gracia. La Iglesia es una casa construida sobre la roca y, sin embargo, se apoya en la fragilidad de los hombres. Iglesia, roca frágil, vulnerable. Iglesia que interpela a cada uno a dejarse conformar y confirmar por la roca que es Jesús, roca que es Dios mismo. Dejar que las fragilidades, manifiestas u ocultas, insalvables o pasajeras, puedan ser moldeadas por la presencia del Hijo, amasadas con su firmeza. 

¿Y quién estoy llamado a ser en verdad? ¿Cómo se cumple la plenitud de mi nombre? 

El nombre encierra mi identidad, formada por mi historia, que no he elegido pero que estoy llamado a asumir y a ampliar; formada por mi presente, por lo que experimento y siento, desde las entrañas hasta la cabeza y el corazón; formada por mi búsqueda, mi deseo, mis sueños, mi anhelo de un mañana que tenga el sabor de la belleza, del amor recibido y regalado, en un círculo que nutre la vida desde lo más profundo. 

Sí, porque mi identidad se forja en el encuentro con el otro, con los demás, cercanos y lejanos. Con el otro que nos hace vivir o que nos parece que empequeñece nuestra vida, el otro en cuya mirada podemos reconocer quiénes somos: es la mirada del otro, que nos reconoce tal y como somos, la que nos hace vivir. 

El otro puede ser quien nos ha engendrado, quien es nuestro hermano o hermana, quien es nuestro amigo o enemigo, quien nos ama y nos hace descubrir que también nosotros podemos amar. 

 El otro es también el Otro, a quien buscamos o del que no sabemos nada, ese rostro de Dios que se revela en Jesucristo, que nos devuelve nuestra identidad de «hijos de Dios», amados y llamados a amar. 

Llamados quizá como Simón-Pedro, el testarudo que se convierte en roca, «piedra viva» (cf. 1 P 2,5) al servicio de la Comunidad del Señor. 

Quizá como Saulo de Tarso-Pablo, que, al igual que Pedro, vivió la experiencia de recibir un nombre nuevo, de volver a acogerse a sí mismo porque fue acogido por un encuentro grabado en la memoria del corazón. 

Ser reconocido es propio de quien es amado, de quien, ante todo, se deja alcanzar incluso por preguntas que pueden incomodar, se deja amar y llamar por su nombre, se deja acoger cada día en un camino de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...