miércoles, 12 de agosto de 2026

Del “Tú eres el Cristo” al “Tú eres Pedro” - San Mateo 16, 13-20 -.

Del “Tú eres el Cristo” al “Tú eres Pedro” - San Mateo 16, 13-20 - 

La pregunta que hoy resuena para nosotros. Es Jesús quien se la dirige a los suyos, a los discípulos de entonces y a los oyentes de todos los tiempos. Nosotros incluidos. 

En el relato evangélico, Pedro es el primero en dejarse alcanzar por Jesús, quien una vez más sale al encuentro de cada uno de nosotros como pregunta y nos llama a nuestra vocación más profunda: ser nosotros mismos. La vocación no es algo lejano ni reservado a unos pocos: ¡es reconocer que estamos llamados a la vida! 

Pedro, al reconocer a Jesús —como «Cristo», «Hijo del Dios vivo»—, revela la bienaventuranza de estar en relación con Dios Padre. Pedro capta y muestra la presencia cálida y estable del Padre, como un hogar al que volver. Por eso, de Jesús puede llegar a Pedro la plenitud de su identidad. Pedro reconoce a Jesús como el Cristo y así recibe su ser Pedro. «Tú eres el Cristo», «tú eres Pedro».

Del reconocimiento de Jesús brota para Pedro el sentido de su nombre, su misión. Pedro se hace capaz de llevar su nombre, de recibir su explicación, de saborear su esencia. Parece que Jesús inventa este nombre para Simón —que se convierte en Simón Pedro— para llevarlo a reflexionar, para confiarle la capacidad y, al mismo tiempo, la tarea de ser su nombre, de vivir de una fe sólida para y en la Iglesia, la Iglesia que es y sigue siendo la Iglesia de Cristo. «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». 

Al «tú eres» de Pedro a Jesús le corresponde el «tú eres» de Jesús, que no solo revela, sino que confía una tarea: ser plenamente uno mismo, es decir, ser a imagen de Dios: ser piedra y custodiar las llaves. Ser piedra, firmeza en el Señor. Custodiar las llaves, paso o frontera, límite y, al mismo tiempo, nexo. 

Ser piedra y custodiar las llaves, entre la debilidad y la Gracia. La Iglesia es una casa construida sobre la roca y, sin embargo, se apoya en la fragilidad de los hombres. Iglesia, roca frágil, vulnerable. Iglesia que interpela a cada uno a dejarse conformar y confirmar por la roca que es Jesús, roca que es Dios mismo. Dejar que las fragilidades, manifiestas u ocultas, insalvables o pasajeras, puedan ser moldeadas por la presencia del Hijo, amasadas con su firmeza. 

¿Y quién estoy llamado a ser en verdad? ¿Cómo se cumple la plenitud de mi nombre? 

El nombre encierra mi identidad, formada por mi historia, que no he elegido pero que estoy llamado a asumir y a ampliar; formada por mi presente, por lo que experimento y siento, desde las entrañas hasta la cabeza y el corazón; formada por mi búsqueda, mi deseo, mis sueños, mi anhelo de un mañana que tenga el sabor de la belleza, del amor recibido y regalado, en un círculo que nutre la vida desde lo más profundo. 

Sí, porque mi identidad se forja en el encuentro con el otro, con los demás, cercanos y lejanos. Con el otro que nos hace vivir o que nos parece que empequeñece nuestra vida, el otro en cuya mirada podemos reconocer quiénes somos: es la mirada del otro, que nos reconoce tal y como somos, la que nos hace vivir. 

El otro puede ser quien nos ha engendrado, quien es nuestro hermano o hermana, quien es nuestro amigo o enemigo, quien nos ama y nos hace descubrir que también nosotros podemos amar. 

 El otro es también el Otro, a quien buscamos o del que no sabemos nada, ese rostro de Dios que se revela en Jesucristo, que nos devuelve nuestra identidad de «hijos de Dios», amados y llamados a amar. 

Llamados quizá como Simón-Pedro, el testarudo que se convierte en roca, «piedra viva» (cf. 1 P 2,5) al servicio de la Comunidad del Señor. 

Quizá como Saulo de Tarso-Pablo, que, al igual que Pedro, vivió la experiencia de recibir un nombre nuevo, de volver a acogerse a sí mismo porque fue acogido por un encuentro grabado en la memoria del corazón. 

Ser reconocido es propio de quien es amado, de quien, ante todo, se deja alcanzar incluso por preguntas que pueden incomodar, se deja amar y llamar por su nombre, se deja acoger cada día en un camino de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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