miércoles, 12 de agosto de 2026

La pregunta de la fe - San Mateo 16, 13-20 -.

La pregunta de la fe - San Mateo 16, 13-20 - 

Ha llegado la hora. 

Es hora de tomar las riendas de nuestra vida. Es hora de mirarnos al espejo. Es hora de dejarnos mirar. No por la mirada despiadada y crítica de los demás, sino por la mirada sincera y amorosa de Dios. 

Es hora de preguntarnos quiénes somos realmente. 

No quiénes creemos que somos ni cómo nos ven los demás. 

Sino cómo somos realmente, sin exaltarnos ni desanimarnos. 

Y, en este momento, las personas que nos quieren nos ayudan, se nos revelan tal y como son. 

No aquellas que se acercan a nosotros y nos encasillan en un papel. 

No aquellas que, cegadas por la envidia o la malicia, solo ven lo malo en los demás. 

Sino, más bien, aquellas con las que nos relacionamos, a las que queremos, que nos quieren. Y que, a menudo, se hacen una idea de nosotros más convincente y precisa de la que nosotros mismos somos capaces de tener. 

Así ocurrió también con Jesús, que se descubre a sí mismo como Cristo. 

Y con Simón, que se descubre a sí mismo como la roca. 

 

 

Aquí está de nuevo, esta página tan densa, cáustica, verdadera, deslumbrante. 

Han pasado dos años desde que el Maestro los reunió a orillas del lago. Lo han seguido, acogido, escuchado, interrogado. 

Ahora Jesús les pide que pongan las cartas sobre la mesa. 

Que digan lo que realmente piensan de Él. 

Que no se hagan los devotos, sino que abran su corazón a la verdad. 

Para pasar del se dice al te digo. 

Y nos lo pide también a nosotros. 

 

 

¿No es sorprendente? ¿No es increíble que todavía se hable de un judío marginal que vivió hace dos mil años y que millones de hombres y mujeres, cada semana, se reúnan (más o menos, cada vez menos) para escuchar sus palabras, y que otros, incluso, lleguen a morir en su nombre? 

Damos por sentado que Jesús forma parte de nuestro horizonte. Que esté ahí. Que exista el cristianismo. Que forme parte del paisaje inmutable de las cosas. 

Pero no es así. No es seguro que su presencia perdure para siempre. 

«¿Qué dice la gente de mí?», pregunta el Señor. 

Todavía se habla de Jesús, a pesar de todo. 

Y lo que se dice de Él, a grandes rasgos, es lo que relatan los Apóstoles. 

Es un gran hombre, un profeta, un innovador, un idealista… 

Salvo raras excepciones, se insiste en hablar bien de Jesús, en defenderlo. 

En amarlo. Incluso quienes no se profesan discípulos suyos. 

Por su vida, su coherencia, su fuerza interior, su espiritualidad. 

Luego, claro, los cristianos son harina de otro costal…

 

 

 

Somos cristianos, supongo. O nos gustaría serlo. O somos buscadores de Dios. 

Sea como sea, frecuentamos a ese Rabí. Le escuchamos. Le seguimos. 

Y, en cierto momento, si tenemos el valor de dejarnos interrogar, es precisamente el Señor quien nos pide que cambiemos de nivel, que nos atrevamos, que nos pongamos a prueba. 

No importa lo que los demás digan de Él. 

A Él le importa lo que yo piense. Precisamente yo. 

Podemos pasar toda la vida yendo a Misa y rezando el Santo Rosario (o haciendo procesiones, o ayunos y abstinencias, o exposiciones del Santísimo, o…). Sin dejarnos nunca sacudir, conmover, cuestionar. 

Porque una cosa es decir que se es creyente, y otra muy distinta es creer. 

Otra cosa es hablar de mujeres y hombres, de afectos y conquistas. Y otra muy distinta es enamorarse. 

¿Quién es Jesús para mí? Hoy, ahora. Aquí. 

Ten cuidado de no responder a la ligera. Regálate diez minutos de seriedad. 

Déjate llevar.

 

 

 

«¿Quién soy yo para ti?» 

Simón, el pescador, se atreve, toma partido. 

Jesús es un hombre lleno de encanto y misterio. 

Más aún. Es un profeta. 

Más aún. Es el Mesías. 

Es fácil decirlo para nosotros, que sabemos cómo acabó la historia. Pero para quienes estaban allí con él, con el carpintero de Nazaret, es una afirmación desconcertante. Jesús no era un hombre culto, ni tampoco religioso. Y tampoco era muy devoto, ya que se permitía interpretar libremente la Ley (reduciéndola a lo esencial, en realidad). 

Para Simón, decir que Jesús es el Cristo es dar un salto de fe. 

Y Jesús le devuelve el favor. 

Simón le dice a Jesús: «Tú eres el Cristo», lo que significa: «Tú eres el Mesías que esperábamos», una profesión de fe hermosa, sincera y, sin duda, audaz. 

Pedro, al reconocer en el carpintero al enviado de Dios, da un salto cualitativo decisivo en su historia, un reconocimiento que le cambiará la vida. 

Jesús le responde: «Tú eres Pedro». 

Simón no sabe que es Pedro. Sabe que es testarudo e impetuoso. Pero, al reconocer en Jesús al Cristo, descubre su nuevo rostro, una dimensión que le era desconocida, y que le llevará a garantizar la firmeza de la fe de sus hermanos. 

Pedro revela que Jesús es el Cristo; Jesús revela a Simón que él es Pedro. Un intercambio de cortesías. 

Cuando nos acercamos al misterio de Dios, descubrimos nuestro rostro; cuando nos acercamos a la Verdad de Dios, recibimos a cambio la verdad sobre nosotros mismos. 

Confesar la identidad de Cristo nos devuelve nuestra identidad más profunda. 

El Dios de Jesús no es un rival de mi humanidad. 

Si queréis descubrir quiénes sois realmente, mirad en el espejo de la mirada de Dios. 

Una mirada amable, amorosa, que ama. 

¿Y si esta fuera la clave que da un giro a nuestra vida? 

¿Dejar de perseguir nuestros sueños, de huir de nuestras pesadillas, para descubrir que en Dios, somos?

 

 

 

Marcos, evangelista y discípulo de Pedro, no menciona la famosa frase sobre el encargo confiado a Pedro. 

Mateo sí. Y también Lucas, que, además, es discípulo del «rival» Pablo. Y también los discípulos de Juan, que añaden un capítulo al Evangelio para subrayar la importancia de Pedro. 

Que tiene una tarea: ser signo de unidad de la Iglesia multiforme. Y custodiar el depósito de la fe. Esto es lo que debe hacer un Papa. Me guste o me disguste. Garantizar que lo que estoy escribiendo tiene que ver con la fe de los primeros discípulos. 

Estamos llamados a abrir de par en par, a abrir nuestros corazones a la verdad de Dios, a conducir a quienes buscan hacia la plenitud. No somos la aduana de Dios, sino los guías hacia la luz que hemos recibido. 

Así descubrimos quiénes somos: portadores de alegría. 

Porque somos amados, y amamos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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