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martes, 1 de septiembre de 2026

¿Qué conversión?

¿Qué conversión?


Estamos inmersos en una época de miradas bajas, en la que el ojo de la carne se engaña creyendo haberlo visto todo porque ha medido, pesado y tocado la materia.

 

Pero el sentido profundo de la vida yace más allá de lo que la mano agarra y la mirada agota; es un horizonte que solo se deja entrever a quien se atreve a traspasar el velo de la carne.

 

La profundidad del Mensaje no se revela a quien permanece prisionero de los sentidos.

 

Hay un susurro que sacude los cimientos del ser, un eco que atraviesa los siglos, una propuesta que el Misterio ha lanzado como una semilla al viento, pero que solo un terreno transformado puede acoger.

 

La llamada es para quienes tienen oídos interiores, para quienes no se conforman con el pan que sacia el estómago, sino que anhelan el alimento que libera el alma.

 

No nos engañemos pensando que la visión es un esfuerzo de la voluntad.


Ni el hombre ni la mujer escalan la montaña del Espíritu solo con sus propias fuerzas; son guiados. Es un rapto dulce, una atracción profunda hacia otra dimensión, como el río que se rinde dócilmente a la corriente del Espíritu.

 

Pero si el viento sopla donde quiere, nuestra tarea es preparar la casa: limpiar el terreno; arrancar las zarzas del egoísmo y del orgullo que ahogan toda novedad; arreglar los senderos, ordenar nuestra vida cotidiana para que el Espíritu no encuentre obstáculos en el camino; hacer espacio, porque solo en el vacío de un corazón purificado el Misterio puede finalmente encontrar morada.

 

No hay tiempo que perder: el trabajo silencioso, a menudo invisible a los ojos del mundo, es el que prepara el milagro del florecimiento interior.

 

Llegará el día, tan repentino como un rayo y tan silencioso como el amanecer, en el que se nos caerán las escamas de los ojos. En ese momento, ya no veremos solo la crónica, sino la historia.

 

Y reconoceremos la Presencia que palpita en el corazón de los acontecimientos, la forma sutil y poderosa en que el Misterio actúa entre los pliegues del tiempo.

 

Creer no es un asentimiento intelectual, sino un cambio radical de mentalidad, es metanoia.

 

Es el paso de la oscuridad de la separación a la luz de la conexión. De espectadores ciegos nos convertimos en actores conscientes de la historia sagrada que se despliega.


Quien reconoce el Misterio ha captado por fin el sentido último del universo.

 

Verá lo que el hombre ciego ignora: todo está interconectado.

 

No hay hilos aislados en el tejido de la creación.

 

En esta nueva conciencia, las barreras que hoy os dividen - naciones, lenguas, miedos - se derrumbarán como muros de arena azotados por el mar.

 

Quien ve con los ojos del Espíritu no puede sino colaborar en la construcción de un reino de paz y justicia, porque reconoce en el otro la misma vida que emana del Único.

 

No esperemos a mañana. La labor de purificación comienza en el silencio de este instante.

 

Preparemos el camino, porque la vida está manifestando su gloria, y solo quien haya cambiado su mirada podrá heredar su plenitud.

 

Y recordemos que el futuro se construye en el presente, y el presente es el lugar donde el Misterio se ofrece a quien tiene el corazón despierto y las manos abiertas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 31 de agosto de 2026

El corazón que ha cambiado de centro.

El corazón que ha cambiado de centro

La noche tiene una forma propia de poner las cosas al descubierto.

 

Cuando el ruido del día se desvanece y las voces se apagan, queda más claro aquello que, durante las horas de luz, a menudo intentamos ocultar: la necesidad de ser vistos, reconocidos, preferidos.

 

En el silencio, el alma descubre que lleva en su interior una pregunta antigua, casi infantil, pero tenaz: ¿cuánto valgo? ¿Soy suficiente? ¿Soy más grande que alguien?

 

Es como si, en lo más profundo de nosotros, siempre hubiera una cuestión de grandeza que nos inquieta, una medida invisible con la que comparamos nuestra vida con la de los demás.

 

Muchas de nuestras dificultades surgen precisamente de esta medida.

 

No nos basta con vivir: queremos destacar. No nos basta con ser amados: queremos ser los preferidos. No nos basta con caminar: queremos estar un peldaño más arriba.

 

El instinto de supervivencia, que custodia la vida y la defiende, puede transformarse fácilmente en orgullo, y el orgullo, a su vez, busca signos de superioridad, diferencias, distancias.

 

Nos tranquiliza pensar que estamos por delante, que somos más capaces, más justos, más importantes. Pero esta tranquilidad es frágil, porque depende de la mirada de los demás, del aplauso que llega o que falta, de la comparación que hoy nos exalta y mañana nos hiere.



En esta oscuridad interior, la propuesta de Jesús se presenta como una luz diferente, no deslumbrante, pero profunda.

 

Él no alimenta nuestra ansia de grandeza; no nos invita a ganar la carrera del mundo, ni a conquistar el primer puesto con medios más refinados.

 

Al contrario, nos señala un camino que parece casi imposible: salir de la voluntad de superioridad para desear el último lugar, la pequeñez, incluso esa forma de insignificancia que libera de la necesidad de tener que demostrar continuamente algo.

 

La conversión, pues, no consiste solo en corregir algún comportamiento exterior, sino en cambiar el centro del corazón: dejar de buscarnos a nosotros mismos por encima de los demás y aprender a estar con los demás, junto a los demás, bajo el peso de los demás cuando hay que servirles.

 

El Reino de los Cielos es, pues, la perspectiva invertida con respecto al reino del mundo. El mundo llama «grandes» a quienes ocupan espacio, a quienes imponen su voz, a quienes ascienden aplastando, a quienes se labran un nombre incluso a costa de humillar a quienes se quedan atrás.

 

A menudo, la grandeza mundana está llena de sí misma: necesita mostrarse, hacerse valer, acumular consenso, defenderse de cualquier sombra.

 

Pero en el Reino de Dios los grandes son los pequeños; son aquellos que ya no necesitan engrandecer su propia imagen porque han descubierto una dignidad más profunda, recibida y no conquistada. Su grandeza no depende de la opinión de los demás, sino del amor que sienten en el alma, de la silenciosa certeza de ser hijos e hijas del Misterio.



Por eso es difícil salir de la lógica del mundo. Significa caminar en contra de la mayoría, atravesar la noche del propio ego, renunciar a la luz artificial de la aprobación para buscar una luz más interior y más verdadera.

 

Nadie puede hacerlo solo.

 

Necesitamos una guía, alguien que ya haya elegido el camino del servicio, de la humildad, de la misericordia; alguien que se haya hecho pequeño no para menospreciarse, sino porque ha encontrado en el amor la medida auténtica de la vida.

 

Jesús es esa guía: no domina, sino que acompaña; no humilla, sino que levanta; no pide que nos hagamos invisibles para anularnos, sino que nos liberemos del ídolo de la visibilidad.

 

En la noche, entonces, la pequeñez ya no es una derrota. Se convierte en el lugar donde el alma respira sin tener que competir. Se convierte en un espacio de igualdad, de escucha, de compasión.

 

Quien acepta el último lugar, no por obligación, sino por amor, descubre una libertad que los poderosos desconocen: la libertad de no tener que parecer más grande de lo que es.

 

Y quizá precisamente allí, en el punto más bajo, donde el mundo no mira ni aplaude, comienza a brillar la verdadera grandeza: la humilde, la oculta, la mansa, que no aplasta a nadie, sino que ilumina lentamente todo lo que encuentra.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Vino nuevo en odres nuevos.

Vino nuevo en odres nuevos

Hay una hora de la noche en la que todo parece callarse, y precisamente entonces lo que habita en lo más profundo comienza a hablar.

 

Las luces se atenúan, los ruidos se desvanecen, las palabras pronunciadas durante el día pierden su peso aparente, y solo queda una pregunta esencial: ¿en qué me estoy convirtiendo?

 

Es en este espacio silencioso, frágil y verdadero donde la propuesta de Jesús se presenta no como un adorno religioso que añadir a la vida, sino como un principio nuevo, capaz de cuestionar la forma misma de nuestra manera de pensar, desear, elegir y amar.

 

Desde el momento en que una persona se adhiere a la propuesta de Jesús, no entra en un territorio ya consumado, ni recibe una respuesta mágica que la sustraiga del esfuerzo de la historia. Comienza, más bien, un camino lento, progresivo y constante: un trabajo interior que se asemeja a la noche que prepara el amanecer sin poder forzarlo.

 

El cambio evangélico no se produce con violencia, no borra lo humano, no exige resultados inmediatos.

 

Por el contrario, se adentra en los recovecos de la mentalidad, allí donde se han sedimentado antiguos miedos, instintos de defensa, hábitos de dominio y formas de juzgar a los demás y a uno mismo.


Es imposible comprender la novedad del Evangelio sin aceptar ser transformados. No basta con admirar a Jesús, citar sus palabras, defender su nombre o conservar sus imágenes.

 

Su propuesta exige cambiar de perspectiva, porque se encuentra en las antípodas del estilo de vida cotidiano modelado según el instinto de supervivencia. Este instinto, cuando se convierte en cultura, genera relaciones de desigualdad: enseña a imponerse, a competir, a defenderse del otro como si fuera una amenaza, a medir el valor de las personas según la fuerza, el éxito, la utilidad y el mérito reconocido por los más fuertes.

 

En la noche de la conciencia, sin embargo, estas lógicas revelan su pobreza.

 

La agresividad, incluso cuando se la denomina determinación, deja tras de sí heridas.

 

La meritocracia, cuando se convierte en criterio absoluto, olvida los distintos puntos de partida, las fragilidades heredadas, las exclusiones invisibles.

 

La desigualdad, cuando se justifica como orden natural de las cosas, apaga lentamente la fraternidad.


El Evangelio interviene precisamente aquí, como una luz discreta que no ciega, sino que revela: nos recuerda que nadie ha nacido para ser un desecho, nadie puede reducirse a su propia productividad, nadie puede ser medido únicamente por lo que posee o realiza.

 

La propuesta de Jesús nos lleva de vuelta al origen: todos somos hijos e hijas de ese Misterio de bondad y justicia que cada uno, de alguna manera, percibe en su interior.

 

Antes que cualquier papel, antes que cualquier pertenencia, antes que cualquier diferencia social, cultural o religiosa, existe una dignidad común que nos precede.

 

Hemos nacido para amar, para vivir en armonía y en paz, para compartir lo que tenemos, para ponernos al servicio de nuestros hermanos y hermanas más débiles.

 

Hemos nacido no para defender privilegios, sino para custodiar la vida; no para multiplicar enemigos, sino para abrir caminos de reconciliación; no para habitar el mundo como propietarios asustados, sino como custodios responsables.

 

Pero esta verdad, tan sencilla como el pan y tan profunda como la oscuridad que precede al amanecer, cuesta que encuentre un hogar en nosotros.



Siglos y milenios de culturas basadas en la fuerza, en la jerarquía, en el miedo al otro y en la acumulación han moldeado nuestro imaginario. Nos han enseñado que la paz es debilidad, que el perdón es ingenuidad, que el servicio es inferioridad, que la no violencia es imposible.

 

Por eso, acoger el Evangelio no es solo un acto de devoción: es una lucha espiritual y cultural, un éxodo, un desmantelamiento paciente de lo que hemos asimilado desde los primeros días de la infancia.

 

Se necesita valor para adentrarse en los rincones más oscuros del propio corazón y reconocer las estructuras internas que nos mantienen prisioneros: la necesidad de tener razón, el miedo a perder terreno, la tentación de sentirnos superiores, la costumbre de juzgar a quienes no lo consiguen, el deseo de seguridad construido sobre la exclusión de alguien.

 

Este proceso de desmantelamiento no es una destrucción estéril, sino una liberación. Es como abrir las ventanas de una casa que ha permanecido cerrada durante demasiado tiempo: al principio entra aire frío, se levanta polvo, se descubren grietas; luego, poco a poco, la casa vuelve a respirar.

 

No es casualidad que Jesús exprese este camino con la imagen del vino nuevo en odres nuevos.

 

En los relatos evangélicos, esta expresión indica que la novedad que Él trae no puede contenerse en formas antiguas sin desgarrarlas. El vino nuevo fermenta, se mueve, presiona, vive: necesita recipientes capaces de dilatarse.


Así es el Evangelio.

 

No puede verterse en mentalidades rígidas, en corazones endurecidos, en estructuras construidas para conservar privilegios. Si se reduce a un parche sobre un vestido raído, el desgarro se agrava. Si se le encierra en odres viejos, se pierden tanto el vino como los odres.

 

Convertirse en odres nuevos significa, pues, dejarse capacitar para la novedad.

 

Significa aceptar que el Evangelio no se limite a confirmar lo que ya somos, sino que nos lleve más allá.

 

Significa pasar de la supervivencia a la comunión, de la posesión al compartir, de la competencia al cuidado, del miedo a la confianza, de la violencia a la paz.

 

Es un paso nocturno, porque a menudo ocurre sin alboroto, en el secreto de las decisiones cotidianas: cuando renunciamos a una palabra que hiere, cuando elegimos escuchar a quienes no tienen voz, cuando compartimos en lugar de retener, cuando reconocemos en lo frágil no una carga, sino una revelación.


La noche no es solo el lugar de la oscuridad: es también el seno de las transformaciones invisibles.

 

La semilla germina en la oscuridad de la tierra, la respiración se hace más profunda durante el sueño, las estrellas aparecen cuando el sol se retira.

 

Así obra en nosotros el camino evangélico: no siempre lo vemos, no siempre sabemos nombrarlo, pero algo se mueve.

 

Una dureza se resquebraja, un miedo pierde fuerza, un gesto de paz se hace posible. Y entonces comprendemos que la conversión no es un deber impuesto desde fuera, sino el retorno a nuestra verdad más originaria: hemos sido creados para amar.


Acoger a Jesús, pues, significa dejarse educar por esta luz nocturna que no humilla, sino que libera; que no condena, sino que llama; que no impone desde arriba, sino que despierta desde lo más profundo.

 

El mundo nuevo no nace de hombres y mujeres perfectos, sino de personas dispuestas a dejarse transformar.

 

Nace de quienes aceptan no ser ya un odre viejo, endurecido por el miedo y la costumbre, sino piel nueva, elástica, abierta a la fermentación del amor.

 

Nace de quienes creen que la paz no es un sueño ingenuo, sino el proyecto inscrito en la creación; que la justicia no es una utopía lejana, sino una responsabilidad cotidiana; que la fraternidad no es un sentimiento ocasional, sino la verdadera forma de lo humano.

 

Y cuando la noche parece larga, cuando las culturas de la violencia parecen invencibles y el corazón vuelve a buscar refugio en los viejos mecanismos de defensa, el Evangelio sigue susurrando su promesa: el vino nuevo no ha dejado de fermentar.

 

La novedad de Dios sigue obrando, silenciosa y obstinada, en la historia y en nuestro interior. Solo pide odres nuevos: mentes desarmadas, manos abiertas, corazones capaces de acoger la justicia sin miedo.

 

Entonces, incluso la noche se convierte en espera, y la espera se convierte en camino hacia un amanecer.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 26 de agosto de 2026

Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -.

Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -

«Hijo, hoy ve a trabajar a la viña»

 

¿Llegará ese día, Señor? Ese en el que pueda sentarme en tus rodillas, ese en el que el silencio sea mi Belén. Y juntos contemplaremos esa parte de mí que no entendía, que se rebelaba, ¿contra qué?, ahora ya no lo sé. «No me apetece», decía yo, y tú: silencio.

 

Quizá habría bastado con poco: una palabra más tuya, un intento de convencerme, el agradable aroma del vino compartido, una caricia, pero Tú no decías nada, dejabas tu invitación en el aire, y yo, en mi interior, me dedicaba a escenificar hipotéticas revoluciones interiores.

 

¿Llegará ese día, Señor? Apoyaré mi cabeza en tu pecho y será como sonreír ante mi agitación, ante mi incapacidad para comprender que soy menos que un soplo en la Creación. «No tengo ganas», gritaba, no tengo ganas de Ti, del mundo ni de la vida; ya no tengo ganas de tu viña, de tu rostro, de tus órdenes; ya no tengo ganas, y quizá ya ni siquiera tenga ganas de mí mismo. Pero ¿cómo has podido soportar, Señor, mi infantilismo?

 

¿Llegará ese día, Señor? Me quedaré a tus pies, sin molestar, me bastará con estar ahí; contemplaremos desde lejos aquellos días patéticos, aquellos en los que te dije que sí, una promesa solemne, tal vez para convencerme a mí mismo, pero para no ir, en realidad, a tu viña.

Tú lo viste, tú lo sabías, quién sabe si sufriste, y sin embargo no dijiste nada, ¿por qué no me reprochaste? Me lo preguntaba. ¿Por qué me dejaste tranquilo en esa mentira tan banal? Bastaba con venir a buscarme, bastaba con ponerme frente a mis responsabilidades, a mi bajeza. ¿Por qué no viniste a castigar mi desobediencia, por qué no me mostraste tu ira? A mí no me importaba nada tu viña, yo te quería a ti, ¿lo entiendes? Y, en cambio, nada: silencio.


 

Quién sabe si llegará ese día en el que yo, apoyado en tus labios, al sentir que me llamas «hijo», me avergonzaré, por fin, de esa parte de mí arrogante, presuntuosa, estúpida y banal que carecía de sentido de la medida, que se creía el centro del mundo, que se creía con derechos, que pretendía pedir cuentas de las lógicas del mundo.

 

Quién sabe si llegará ese día en el que yo estaré, arraigado como un castaño, dando frutos y llorando por aquel yo que no sabía sentirte como un padre amoroso y tierno.

 

Quién sabe cuándo llegará de verdad ese día, aquel sin fin, en el que finalmente me sumergiré en el jardín perfumado de tu corazón y yo contigo, yo en ti, juntos, dulcemente, susurraremos: «hijo». Y nos derretiremos en un llanto compartido.

 

Será el día en que todo vuelva a casa: cada padre se encontrará con sus hijos. Será el día sin atardecer en el que ya no habrá ayer ni mañana, sino solo «hoy», un hoy luminoso en el que todo encontrará su lugar.

 

Quién sabe cuándo llegará ese día en el que por fin comprenderé que la invitación a ir a trabajar a la viña no era más que la única posibilidad de encontrarme contigo, juntos, que la viña era un espacio de identidad, era sentirme sarmiento, y vid, y raíz, y fruto, y vino: todo. De ser tú y tú en mí. No había nacido más que para liberarme de mi orgullo, de mi estúpida vanidad.

 

Llegará ese día, Señor, llegará, ¿verdad? Cuando convierta definitivamente mi voluntad en la tuya.

 

Mientras tanto, te lo ruego, espérame, ten paciencia, soporta mi miedo a perderme, ayúdame a vencer mi orgullo, ayúdame a desaparecer, a dejarlo todo, para morar por fin en Ti.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino - San Mateo 21, 28-32 -.

No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino - San Mateo 21, 28-32 -

Jesús concluyó su viaje hacia Jerusalén, la ciudad santa en la que entró aclamado como Mesías, hijo de David, por los discípulos que le acompañaban y por las multitudes; expulsó del Templo a quienes impedían que fuera una casa de oración y, simbólicamente, secó la higuera que no daba frutos (cf. Mt 21,1-22).

 

Estas acciones provocan una profunda indignación por parte de las autoridades religiosas legítimas pero perversas, «los sacerdotes y los ancianos», que intervienen públicamente preguntándole a Jesús con qué autoridad realiza esos gestos provocadores.

 

Pero Jesús no responde; al contrario, les plantea una pregunta sobre la misión de Juan el Bautista: ¿una misión querida por Dios o una misión que Juan se había inventado por su cuenta?

 

Pero esta pregunta no recibe respuesta (cf. Mt 21,23-27), por lo que Jesús les cuenta tres parábolas: la de los dos hijos, la de los labradores asesinos y la de los invitados al banquete nupcial (cf. Mt 21,28-22,14).

 

De hecho, son tres parábolas con las que intenta provocar un arrepentimiento en aquellos adversarios suyos que, poco después, se convertirán en sus acusadores y verdugos.

 

Para Jesús, las parábolas son precisamente un instrumento para hacer que cambien de opinión y de actitud aquellos a quienes van dirigidas. Pero aquí ocurrirá exactamente lo contrario. En lugar de reflexionar y convertirse, los sacerdotes y los ancianos se indignarán aún más y, al comprender que esos relatos se dirigen precisamente a ellos, endurecerán aún más su corazón, aumentando su oposición y su odio hacia Jesús.



«¿Qué os parece?», una introducción que es una invitación a reflexionar y a discernir, porque al final habrá otra pregunta de Jesús, que exigirá una respuesta clara y decisiva. «Un hombre tenía dos hijos. Acercándose al primero, le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar a la viña”. Y él respondió: “No me apetece”. Pero luego, arrepentido, fue». La respuesta inicial es irreverente, marcada por una desobediencia consciente. Pero este hijo que se atreve a resistirse a la petición del padre y le niega la obediencia, más tarde cambia de idea, se replantea su opinión y va a trabajar a la viña. Así demuestra que se ha arrepentido: al reflexionar, ha cambiado de opinión, y la falta de ganas se ha transformado para él en una obediencia posible.

 

A continuación entra en escena el segundo hijo. El padre se dirige a él de la misma manera que al otro, y la respuesta que obtiene es positiva: «¡Sí, Señor (Kýrios)!», pero luego este no va. Nos encontramos ante un hijo respetuoso con el padre, que incluso lo llama «Señor». Es respetuoso quizá por miedo, porque es incapaz de decirle que no a su padre. O bien es respetuoso porque está imbuido de formalismo: le dice que sí al padre, tal y como exigen la ley y la costumbre, pero luego no cumple su voluntad. Quizá piensa que el padre no se dará cuenta de que no ha puesto en práctica lo que dijo…

 

No conocemos los motivos por los que no acata la invitación: lo cierto es que la voluntad del padre no se cumple. Este segundo hijo se conforma con hacer una declaración verbal acorde con el deseo del padre y no percibe su propia incoherencia: como un ciego que no ve, no se ve a sí mismo…

 

Es evidente que lo que ocurre en esta parábola sucedía en tiempos de Jesús, entre los creyentes judíos, pero sigue ocurriendo hoy en día en las comunidades de los discípulos, en la Iglesia.

 

Siempre ha habido, hay y habrá quienes digan: «¡Señor! ¡Señor!», lo invocan y a menudo tienen su nombre en la boca, pero luego no hacen la voluntad de su Padre que está en los cielos (cf. Mt 7,21).

 

Las palabras de Jesús pretenden desenmascarar a estos creyentes que confían en su asistencia a las asambleas donde resuena la palabra del Señor, que participan en las comidas con el Señor, comiendo y bebiendo en su mesa (cf. Mt 7,22-23; Lc 13,25-27), pero que, en realidad, no son discípulos que sigan concretamente a Jesús, en un intento por ajustar su vida a la suya. ¡Militantes, sin duda, pero sin ser discípulos!


 

Gracias a esta parábola, se nos invita a discernir en nuestro presente a aquellos que, de hecho, sin saberlo, se identifican con el primer o el segundo hijo: hombres religiosos que alardean de su pertenencia confesional y hablan, hablan…; dicen «» a la voluntad de Dios, pero a diario no la llevan a cabo, porque para ellos es más importante aparentar que ser y actuar.

 

Por otro lado, están aquellos que parecen decir constantemente «no» a Dios porque no se muestran religiosos, porque no proclaman su pertenencia religiosa, pero que, en cambio, la viven en el anonimato, en la vida cotidiana, cumpliendo la voluntad del Señor sin nombrarlo y, a veces, sin conocerlo. Personas totalmente anónimas para nosotros, pero que simplemente «practican la justicia, aman la misericordia y caminan humildemente con Dios» (cf. Mi 6,8).

 

He aquí, pues, puntualmente, al final de la parábola, la pregunta de Jesús: «¿Cuál de los dos hijos ha cumplido la voluntad del padre?», a la que sigue la previsible respuesta de los sacerdotes y los ancianos: «¡El primero!».

 

Entonces Jesús les invita a sacar las consecuencias, comentando: «En verdad os digo: “¡Los pecadores manifiestos y las prostitutas os adelantan en el reino de Dios!”».


 

Palabras de Jesús duras como piedras, porque constituyen el juicio pronunciado sobre estos oyentes. ¿Pero por qué? ¿No es esto paradójico? Y, sin embargo, así es, porque aquellos que públicamente parecen pecadores y son considerados como tales por todos, son presa de la vergüenza y sienten en su interior el deseo, más o menos atendido, de cambiar de vida: desean salir de su vida de pecado, que los demás desprecian y condenan.

 

Los hombres religiosos, en cambio (en este caso, los sacerdotes y los ancianos, interlocutores de Jesús), que parecen observantes pero tienen pecados ocultos, dado que todos los veneran y todos los miran por su estatus, no quieren en absoluto cambiar de vida.

 

Unos, pues, están abiertos a una invitación a la conversión, mientras que los otros se sienten bien tal y como están y piensan que no necesitan conversión alguna: de ahí surge su hipocresía, su rigidez, su costumbre de juzgar y espiar a los demás, sin cuestionarse nunca a sí mismos; siempre están dispuestos a absolverse, porque a los ojos de la gente resultan justos e incluso ejemplares…

 

Y así, Jesús señala que, cuando vino Juan el Bautista a pedir la conversión, los pecadores públicos respondieron de forma concreta a la invitación y se convirtieron, mientras que los sacerdotes y las autoridades religiosas, a pesar de haberlo visto, no cambiaron nada de su comportamiento para adherirse a su mensaje.

 

Con esta parábola, Jesús nos interroga, pues, a cada uno de nosotros, si queremos escucharle. Y cada uno de nosotros, cuanto más reconocido sea por su profesión de fe, más debe preguntarse: ¿le dice «sí» a Dios solo con palabras, o lleva a cabo, sin alarde ni ostentación, con humildad, su voluntad?

 

En definitiva, «en el último día, el día del juicio» —como reza una afirmación tradicionalmente atribuida a San Agustín, que deberíamos tener mucho más presente— «muchos que se creían dentro serán hallados fuera, mientras que muchos que pensaban estar fuera serán hallados dentro del Reino de los Cielos».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Crea en mí, Señor, un corazón contrito - San Mateo 21, 28-32 -.

Crea en mí, Señor, un corazón contrito - San Mateo 21, 28-32 -

En el Templo de Jerusalén, Jesús se ve rodeado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, quienes detestan a este rabino y profeta procedente de Galilea, que presenta una imagen de Dios tan ajena a sus conceptos.

 

Por eso lo ponen a prueba, preguntándole con qué autoridad enseña y realiza curaciones. Jesús, en respuesta, les pregunta si el bautismo de Juan procedía del cielo o de los hombres; y ante su silencio embarazoso, concluye: «Ni yo os diré con qué autoridad actúo» (Mt 21,27).

 

En ese momento pronuncia la primera de tres parábolas centradas en el rechazo que los líderes religiosos de Israel oponen a aquellos a quienes Dios ha enviado para anunciar su salvación.

 

Un hombre tiene dos hijos: le pide al primero que vaya a trabajar a la viña y este, tras haber accedido de palabra, no hace lo que dijo; el otro responde que no, pero luego, arrepentido, va a trabajar.

 

Es el segundo el que ha cumplido la voluntad del padre, admiten los interlocutores de Jesús. Y Él comenta: «Los publicanos y las prostitutas os preceden en el reino de Dios. Juan vino a vosotros por el camino de la justicia y no le creísteis; los publicanos y las prostitutas, en cambio, sí le creyeron. Vosotros, por el contrario, aunque habéis visto estas cosas, ni siquiera os habéis arrepentido para creerle».

 

Con estas palabras, Jesús establece una estrecha relación entre su misión y la de Juan, su maestro y precursor: rechazar a uno es rechazar también al otro (cf. Mt 11,16-19).

 

Además, revela que solo puede acoger la salvación quien esté dispuesto a volver a Dios, arrepintiéndose del mal hecho y abandonando sus caminos de pecado. En este sentido, merece la pena analizar más a fondo el significado de la paradójica afirmación: «Los publicanos y las prostitutas os preceden en el Reino», dirigida por Jesús a los hombres religiosos de su tiempo y, con ellos, a cada uno de nosotros.

 

Jesús sabía bien que todos los hombres son pecadores, si es cierto que el justo peca siete veces al día (cf. Pr 24,16): pero ¿cuál es el motivo de su preferencia por la compañía de los pecadores públicos, reconocidos como tales por los hombres?

 

Quien peca en secreto nunca se ve impulsado a la conversión por una reprimenda que le llegue de otros, porque sigue siendo estimado por lo que de su persona se muestra al exterior: esta es la enfermedad de la mayoría de las personas, entre las que destacan las devotas, que desprecian a los demás considerándolos sumidos en el pecado, mientras dan gracias a Dios por su supuesta justicia (cf. Lc 18,9-14).

 

En cambio, quien es un pecador público se encuentra constantemente expuesto a la censura ajena y, de este modo, se ve impulsado a un deseo de cambio: en el arrepentimiento que nace de un «corazón contrito» (Sal 34,19), puede volverse sensible a la presencia de Dios, ese Dios que no quiere la muerte del pecador, sino más bien que se convierta y viva (cf. Ez 18,23).

 

Es precisamente en virtud de esta conciencia por lo que a Jesús le gustaba sentarse a la mesa con los pecadores manifiestos, compartir con ellos este gesto de comunión extrema. Su comportamiento revela el corazón de Dios, muestra la actitud de Dios hacia el pecador, y por eso es cuestionado por los religiosos, que primero intentan escandalizar a sus discípulos:

 

«¿Por qué come y bebe vuestro maestro con los publicanos y los pecadores?» (Mt 9,11), y luego lo acusan directamente: «He aquí a un glotón y a un borracho, amigo de los publicanos y de los pecadores» (Mt 11,19).

 

Pero la amistad de Jesús hacia las personas menos valoradas dentro de la sociedad, su cordial simpatía por las prostitutas y los pecadores, hace caso omiso del desprecio de quienes se sienten mejores que los pecadores manifiestos, simplemente porque no quieren o no saben reconocerse como pecadores como ellos…

 

Sí, el verdadero milagro —mayor que resucitar a los muertos, decía Isaac el Sirio— consiste en reconocerse pecadores: ¡nosotros somos los publicanos, nosotros somos las prostitutas!

 

Es realmente un esfuerzo vano el que se hace para ocultar a los demás el propio pecado: bastaría con reconocerlo conscientemente para descubrir que Dios ya está ahí y solo nos pide que aceptemos que Él lo cubra con su misericordia inagotable.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Obras son amores y no buenas razones - San Mateo 21, 28-32 -.

Obras son amores y no buenas razones - San Mateo 21, 28-32 -

En el capítulo 21 de su Evangelio, San Mateo muestra cómo el enfrentamiento entre Jesús y las autoridades judías se vuelve cada vez más tenso y se agrava.

 

En concreto, tras una discusión con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo sobre su autoridad (Mt 21,23-27), Jesús pronuncia tres parábolas centradas todas ellas en el rechazo, por parte de los líderes de Israel, de la oferta de salvación.

 

En su conjunto, estas parábolas trazan una síntesis de la historia de la salvación, mostrando que, ante los distintos enviados por Dios (Juan el Bautista: Mt 21,28-32; los profetas del Antiguo Testamento y el Hijo: Mt 21,33-46; los profetas del Nuevo Testamento y los misioneros cristianos: Mt 22,1-14), siempre ha habido una reacción idéntica de rechazo.

 

En particular, Jesús vincula estrechamente su autoridad a la de Juan el Bautista y condena el rechazo a «creer en» Juan (Mt 21,25.32) por parte de las autoridades judías, considerándolo un factor que les impide llegar al pleno reconocimiento de su propia persona y de su ministerio.

 

De hecho, tanto Juan como Jesús son enviados por Dios. Aunque de formas diferentes, ambos narran la acción de Dios, pero ambos se han encontrado con una oposición y un rechazo similares: «Vino Juan, que no come ni bebe, y dicen: “Está poseído por un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “He aquí a un glotón y a un borracho, amigo de publicanos y pecadores”» (Mt 11,18-19).

 

Y es precisamente justo después de negarse a responder a quienes le preguntaban sobre su autoridad —y que, a su vez, no habían querido responder a su pregunta sobre la autoridad del Bautista (Mt 21,27)—, cuando Jesús dirige a sus interlocutores la parábola de los dos hijos enviados a la viña.

 

El texto evangélico se compone de la parábola propiamente dicha y de una aplicación. Ambas partes se introducen con una pregunta: «¿Qué os parece?»; «¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?».


 

La pregunta, frecuente en el discurso de Jesús, se presenta como una invocación y como una oferta. Invocación y oferta de verdad, de implicación, de relación auténtica. En el centro de ambas preguntas se encuentra la parábola: la primera pide atención y la segunda, que se adopte una postura.

 

Así, la propia parábola se presenta como una pregunta que actúa como un tercero entre Jesús y sus interlocutores y trata de conducirlos a la verdad de manera respetuosa y delicada.

 

La parábola se convierte en un relato que habla de Juan el Bautista («Juan vino a vosotros…») tanto en referencia a las prostitutas y los publicanos que le creyeron («los publicanos y las prostitutas…») como a sus interlocutores que no le creyeron («vosotros, en cambio…»).

 

La inversión descrita en la parábola —por la cual quien respondió que sí a la orden del padre en realidad no le obedece y quien respondió que no, al final sí le obedece— se convierte en un espejo de la situación existencial de los marginados y los pecadores públicos que adelantan, «preceden» en el Reino a aquellos que parecían los obedientes y los fieles. Es decir, aquellos que, según todo indicaba, habían respondido que sí a la voluntad de Dios Padre.

 

La parábola trata de dos hijos a los que el padre pide que vayan a trabajar a la viña. Uno responde que no, pero luego, arrepentido, va; el otro responde que sí, pero luego no va. Ambos se contradicen a sí mismos.

 

Es interesante el comportamiento de quien responde que sí. Responde llamando a su padre «Señor»: ¿se dirige a un padre o a un amo? ¿Está respondiendo con libertad o bajo la lógica opresiva del deber? ¿Acaso imagina que el padre se siente halagado al ser llamado amo, señor? De palabra, se muestra «como es debido», pero sus actos se revelarán muy alejados de sus palabras.

 

Existe un decir «Señor, Señor» que queda desmentido por una práctica en la que no se cumple la voluntad de Dios (Mt 7,21). El criterio de verdad de la palabra es el hacer, la práctica. De hecho, hay un uso de la palabra que se ve contradicho por prácticas y comportamientos contrarios, o que se convierte en una cortina de humo que distorsiona la realidad y engaña tanto a uno mismo como a los demás.


 

Por un lado, a menudo confundimos el «hablar de» con el «tener experiencia de», pero aún más grave es el comportamiento de quien no vive de la realidad, sino de sus palabras sobre la realidad, de su reinterpretación de la realidad y de su remodelación a su antojo.

 

El «» que el hijo dice al padre corre el riesgo de convertirse en la realidad en la que cree el propio hijo. Quien dice que sí y luego no actúa, es quien reduce su obediencia a Dios a un mero acto verbal: la apariencia queda a salvo, su imagen queda a salvo, pero su corazón está lejos de Dios.

 

¿Cuál es la diferencia con el otro hijo que dice «no» y luego obedece? Este dice lo que siente, quizá de forma irreflexiva, pero habla con sinceridad, expresando lo que siente y lo que le pone en conflicto con el padre. Precisamente, se expone a un conflicto con el padre, con una persona ajena a él, y esto le lleva a tomar conciencia de su conflicto interior y a cambiar de opinión. Algo que no ocurre en quien responde «» y que complace al otro, se acomoda al otro, no se expone conflictivamente al otro y puede evitar mirar la tentación de la desobediencia que también habita en él.

 

Para Mateo resulta evidente que quienes viven en el «» son los religiosos (sacerdotes y ancianos del pueblo: Mt 21,23), que pueden no sentirse necesitados de conversión porque ya están «en orden», a diferencia de quienes, en cambio, viven en el «no», como los publicanos y las prostitutas, y que pueden hacer espacio al Evangelio y entrar en el Reino.

 

Pero pueden abrirle un espacio, como señala Mateo, a través del arrepentimiento. El primer hijo, el que respondió impulsivamente que no, después «se arrepintió» (Mt 21,29); en cambio, a los sacerdotes y a los ancianos Jesús les dice: «ni siquiera os habéis arrepentido» (Mt 21,32) para creer en Juan.

 

El arrepentimiento afirma que creer implica a veces cambiar de opinión. La obediencia a la palabra y a la voluntad de Dios pasa también por desmentir la propia palabra y la propia voluntad.

 

De hecho, la fe no nos pide que no nos equivoquemos ni que no pequemos, sino que reconozcamos el error y confesemos el pecado.


 

En ese «cambiar de opinión» hay un diálogo interior, hay una toma de conciencia de la realidad, hay la audacia de mirarse a uno mismo a la cara, de atreverse a verse tal y como se es, un paso previo esencial para actuar de forma responsable. En definitiva, hay un inicio del movimiento hacia la responsabilidad, hay el comienzo de la decisión de pasar de la irresponsabilidad a la responsabilidad.

 

En este sentido, lejos de ser un signo de debilidad, el arrepentimiento es un signo de valentía y de fuerza. Por muy raro e impopular que sea, incluso en la Iglesia, el gesto de quien reconoce haber errado, de quien admite haber adoptado posturas que han resultado poco conformes al Evangelio y cambia su postura tratando de ser más fiel al Evangelio, es un signo de grandeza humana y espiritual.

 

El arrepentimiento es, además, una prueba de libertad: libertad respecto a uno mismo y a la potentísima tiranía del yo narcisista. El arrepentimiento afirma que incluso el malvado puede cambiar: el pecado no es una potencia metafísica que aplasta al hombre y que tiene sobre él la última palabra.

 

En el arrepentimiento, todo ser humano vuelve a encontrar el camino recto y «vuelve» a sí mismo y a Dios al mismo tiempo. Acto de libertad, el arrepentimiento es también un acto de liberación. El malvado que cambia de conducta «se da vida a sí mismo» demostrando que no es esclavo de sus comportamientos anteriores.

 

Debemos reconocer que, en el cristianismo, el arrepentimiento es el camino principal para acceder a la voluntad de Dios.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...