miércoles, 26 de agosto de 2026

No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino - San Mateo 21, 28-32 -.

No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino - San Mateo 21, 28-32 -

 

Jesús concluyó su viaje hacia Jerusalén, la ciudad santa en la que entró aclamado como Mesías, hijo de David, por los discípulos que le acompañaban y por las multitudes; expulsó del Templo a quienes impedían que fuera una casa de oración y, simbólicamente, secó la higuera que no daba frutos (cf. Mt 21,1-22).

 

Estas acciones provocan una profunda indignación por parte de las autoridades religiosas legítimas pero perversas, «los sacerdotes y los ancianos», que intervienen públicamente preguntándole a Jesús con qué autoridad realiza esos gestos provocadores.

 

Pero Jesús no responde; al contrario, les plantea una pregunta sobre la misión de Juan el Bautista: ¿una misión querida por Dios o una misión que Juan se había inventado por su cuenta?

 

Pero esta pregunta no recibe respuesta (cf. Mt 21,23-27), por lo que Jesús les cuenta tres parábolas: la de los dos hijos, la de los labradores asesinos y la de los invitados al banquete nupcial (cf. Mt 21,28-22,14).

 

De hecho, son tres parábolas con las que intenta provocar un arrepentimiento en aquellos adversarios suyos que, poco después, se convertirán en sus acusadores y verdugos.

 

Para Jesús, las parábolas son precisamente un instrumento para hacer que cambien de opinión y de actitud aquellos a quienes van dirigidas. Pero aquí ocurrirá exactamente lo contrario. En lugar de reflexionar y convertirse, los sacerdotes y los ancianos se indignarán aún más y, al comprender que esos relatos se dirigen precisamente a ellos, endurecerán aún más su corazón, aumentando su oposición y su odio hacia Jesús.

 

«¿Qué os parece?», una introducción que es una invitación a reflexionar y a discernir, porque al final habrá otra pregunta de Jesús, que exigirá una respuesta clara y decisiva. «Un hombre tenía dos hijos. Acercándose al primero, le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar a la viña”. Y él respondió: “No me apetece”. Pero luego, arrepentido, fue». La respuesta inicial es irreverente, marcada por una desobediencia consciente. Pero este hijo que se atreve a resistirse a la petición del padre y le niega la obediencia, más tarde cambia de idea, se replantea su opinión y va a trabajar a la viña. Así demuestra que se ha arrepentido: al reflexionar, ha cambiado de opinión, y la falta de ganas se ha transformado para él en una obediencia posible.

 

A continuación entra en escena el segundo hijo. El padre se dirige a él de la misma manera que al otro, y la respuesta que obtiene es positiva: «¡Sí, Señor (Kýrios)!», pero luego este no va. Nos encontramos ante un hijo respetuoso con el padre, que incluso lo llama «Señor». Es respetuoso quizá por miedo, porque es incapaz de decirle que no a su padre. O bien es respetuoso porque está imbuido de formalismo: le dice que sí al padre, tal y como exigen la ley y la costumbre, pero luego no cumple su voluntad. Quizá piensa que el padre no se dará cuenta de que no ha puesto en práctica lo que dijo…

 

No conocemos los motivos por los que no acata la invitación: lo cierto es que la voluntad del padre no se cumple. Este segundo hijo se conforma con hacer una declaración verbal acorde con el deseo del padre y no percibe su propia incoherencia: como un ciego que no ve, no se ve a sí mismo…

 

Es evidente que lo que ocurre en esta parábola sucedía en tiempos de Jesús, entre los creyentes judíos, pero sigue ocurriendo hoy en día en las comunidades de los discípulos, en la Iglesia.

 

Siempre ha habido, hay y habrá quienes digan: «¡Señor! ¡Señor!», lo invocan y a menudo tienen su nombre en la boca, pero luego no hacen la voluntad de su Padre que está en los cielos (cf. Mt 7,21).

 

Las palabras de Jesús pretenden desenmascarar a estos creyentes que confían en su asistencia a las asambleas donde resuena la palabra del Señor, que participan en las comidas con el Señor, comiendo y bebiendo en su mesa (cf. Mt 7,22-23; Lc 13,25-27), pero que, en realidad, no son discípulos que sigan concretamente a Jesús, en un intento por ajustar su vida a la suya. ¡Militantes, sin duda, pero sin ser discípulos!

 

Gracias a esta parábola, se nos invita a discernir en nuestro presente a aquellos que, de hecho, sin saberlo, se identifican con el primer o el segundo hijo: hombres religiosos que alardean de su pertenencia confesional y hablan, hablan…; dicen «» a la voluntad de Dios, pero a diario no la llevan a cabo, porque para ellos es más importante aparentar que ser y actuar.

 

Por otro lado, están aquellos que parecen decir constantemente «no» a Dios porque no se muestran religiosos, porque no proclaman su pertenencia religiosa, pero que, en cambio, la viven en el anonimato, en la vida cotidiana, cumpliendo la voluntad del Señor sin nombrarlo y, a veces, sin conocerlo. Personas totalmente anónimas para nosotros, pero que simplemente «practican la justicia, aman la misericordia y caminan humildemente con Dios» (cf. Mi 6,8).

 

He aquí, pues, puntualmente, al final de la parábola, la pregunta de Jesús: «¿Cuál de los dos hijos ha cumplido la voluntad del padre?», a la que sigue la previsible respuesta de los sacerdotes y los ancianos: «¡El primero!».

 

Entonces Jesús les invita a sacar las consecuencias, comentando: «En verdad os digo: “¡Los pecadores manifiestos y las prostitutas os adelantan en el reino de Dios!”».

 

Palabras de Jesús duras como piedras, porque constituyen el juicio pronunciado sobre estos oyentes. ¿Pero por qué? ¿No es esto paradójico? Y, sin embargo, así es, porque aquellos que públicamente parecen pecadores y son considerados como tales por todos, son presa de la vergüenza y sienten en su interior el deseo, más o menos atendido, de cambiar de vida: desean salir de su vida de pecado, que los demás desprecian y condenan.

 

Los hombres religiosos, en cambio (en este caso, los sacerdotes y los ancianos, interlocutores de Jesús), que parecen observantes pero tienen pecados ocultos, dado que todos los veneran y todos los miran por su estatus, no quieren en absoluto cambiar de vida.

 

Unos, pues, están abiertos a una invitación a la conversión, mientras que los otros se sienten bien tal y como están y piensan que no necesitan conversión alguna: de ahí surge su hipocresía, su rigidez, su costumbre de juzgar y espiar a los demás, sin cuestionarse nunca a sí mismos; siempre están dispuestos a absolverse, porque a los ojos de la gente resultan justos e incluso ejemplares…

 

Y así, Jesús señala que, cuando vino Juan el Bautista a pedir la conversión, los pecadores públicos respondieron de forma concreta a la invitación y se convirtieron, mientras que los sacerdotes y las autoridades religiosas, a pesar de haberlo visto, no cambiaron nada de su comportamiento para adherirse a su mensaje.

 

Con esta parábola, Jesús nos interroga, pues, a cada uno de nosotros, si queremos escucharle. Y cada uno de nosotros, cuanto más reconocido sea por su profesión de fe, más debe preguntarse: ¿le dice «sí» a Dios solo con palabras, o lleva a cabo, sin alarde ni ostentación, con humildad, su voluntad?

 

En definitiva, «en el último día, el día del juicio» —como reza una afirmación tradicionalmente atribuida a San Agustín, que deberíamos tener mucho más presente— «muchos que se creían dentro serán hallados fuera, mientras que muchos que pensaban estar fuera serán hallados dentro del Reino de los Cielos».

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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