No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino - San Mateo 21, 28-32 -
Jesús concluyó su viaje hacia Jerusalén, la ciudad
santa en la que entró aclamado como Mesías, hijo de David, por los discípulos
que le acompañaban y por las multitudes; expulsó del Templo a quienes impedían
que fuera una casa de oración y, simbólicamente, secó la higuera que no daba frutos
(cf. Mt 21,1-22).
Estas acciones provocan una profunda indignación por
parte de las autoridades religiosas legítimas pero perversas, «los
sacerdotes y los ancianos», que intervienen públicamente preguntándole
a Jesús con qué autoridad realiza esos gestos provocadores.
Pero Jesús no responde; al contrario, les plantea una
pregunta sobre la misión de Juan el Bautista: ¿una misión querida por Dios o
una misión que Juan se había inventado por su cuenta?
Pero esta pregunta no recibe respuesta (cf. Mt
21,23-27), por lo que Jesús les cuenta tres parábolas: la de los dos hijos, la
de los labradores asesinos y la de los invitados al banquete nupcial (cf. Mt
21,28-22,14).
De hecho, son tres parábolas con las que intenta
provocar un arrepentimiento en aquellos adversarios suyos que, poco después, se
convertirán en sus acusadores y verdugos.
Para Jesús, las parábolas son precisamente un
instrumento para hacer que cambien de opinión y de actitud aquellos a quienes
van dirigidas. Pero aquí ocurrirá exactamente lo contrario. En lugar de
reflexionar y convertirse, los sacerdotes y los ancianos se indignarán aún más
y, al comprender que esos relatos se dirigen precisamente a ellos, endurecerán
aún más su corazón, aumentando su oposición y su odio hacia Jesús.
«¿Qué os parece?», una introducción
que es una invitación a reflexionar y a discernir, porque al final habrá otra
pregunta de Jesús, que exigirá una respuesta clara y decisiva. «Un
hombre tenía dos hijos. Acercándose al primero, le dijo: “Hijo, ve hoy a
trabajar a la viña”. Y él respondió: “No me apetece”. Pero luego, arrepentido,
fue». La respuesta inicial es irreverente, marcada por una
desobediencia consciente. Pero este hijo que se atreve a resistirse a la
petición del padre y le niega la obediencia, más tarde cambia de idea, se
replantea su opinión y va a trabajar a la viña. Así demuestra que se ha
arrepentido: al reflexionar, ha cambiado de opinión, y la falta de ganas se ha
transformado para él en una obediencia posible.
A continuación entra en escena el segundo hijo. El
padre se dirige a él de la misma manera que al otro, y la respuesta que obtiene
es positiva: «¡Sí, Señor (Kýrios)!»,
pero luego este no va. Nos encontramos ante un hijo respetuoso con el padre,
que incluso lo llama «Señor». Es respetuoso quizá por
miedo, porque es incapaz de decirle que no a su padre. O bien es respetuoso
porque está imbuido de formalismo: le dice que sí al padre, tal y como exigen
la ley y la costumbre, pero luego no cumple su voluntad. Quizá piensa que el
padre no se dará cuenta de que no ha puesto en práctica lo que dijo…
No conocemos los motivos por los que no acata la invitación:
lo cierto es que la voluntad del padre no se cumple. Este segundo hijo se
conforma con hacer una declaración verbal acorde con el deseo del padre y no
percibe su propia incoherencia: como un ciego que no ve, no se ve a sí mismo…
Es evidente que lo que ocurre en esta parábola sucedía
en tiempos de Jesús, entre los creyentes judíos, pero sigue ocurriendo hoy en
día en las comunidades de los discípulos, en la Iglesia.
Siempre ha habido, hay y habrá quienes digan: «¡Señor!
¡Señor!», lo invocan y a menudo tienen su nombre en la boca, pero luego
no hacen la voluntad de su Padre que está en los cielos (cf. Mt 7,21).
Las palabras de Jesús pretenden desenmascarar a estos
creyentes que confían en su asistencia a las asambleas donde resuena la palabra
del Señor, que participan en las comidas con el Señor, comiendo y bebiendo en
su mesa (cf. Mt 7,22-23; Lc 13,25-27), pero que, en realidad, no son discípulos
que sigan concretamente a Jesús, en un intento por ajustar su vida a la suya.
¡Militantes, sin duda, pero sin ser discípulos!
Gracias a esta parábola, se nos invita a discernir en
nuestro presente a aquellos que, de hecho, sin saberlo, se identifican con el
primer o el segundo hijo: hombres religiosos que alardean de su pertenencia
confesional y hablan, hablan…; dicen «sí» a la voluntad de Dios, pero a
diario no la llevan a cabo, porque para ellos es más importante aparentar que
ser y actuar.
Por otro lado, están aquellos que parecen decir
constantemente «no» a Dios porque no se muestran religiosos, porque no proclaman
su pertenencia religiosa, pero que, en cambio, la viven en el anonimato, en la
vida cotidiana, cumpliendo la voluntad del Señor sin nombrarlo y, a veces, sin
conocerlo. Personas totalmente anónimas para nosotros, pero que simplemente «practican
la justicia, aman la misericordia y caminan humildemente con Dios» (cf.
Mi 6,8).
He aquí, pues, puntualmente, al final de la parábola,
la pregunta de Jesús: «¿Cuál de los dos hijos ha cumplido la
voluntad del padre?», a la que sigue la previsible respuesta de los
sacerdotes y los ancianos: «¡El primero!».
Entonces Jesús les invita a sacar las consecuencias,
comentando: «En verdad os digo: “¡Los pecadores manifiestos y las prostitutas os
adelantan en el reino de Dios!”».
Palabras de Jesús duras como piedras, porque
constituyen el juicio pronunciado sobre estos oyentes. ¿Pero por qué? ¿No es
esto paradójico? Y, sin embargo, así es, porque aquellos que públicamente
parecen pecadores y son considerados como tales por todos, son presa de la
vergüenza y sienten en su interior el deseo, más o menos atendido, de cambiar
de vida: desean salir de su vida de pecado, que los demás desprecian y
condenan.
Los hombres religiosos, en cambio (en este caso, los
sacerdotes y los ancianos, interlocutores de Jesús), que parecen observantes
pero tienen pecados ocultos, dado que todos los veneran y todos los miran por
su estatus, no quieren en
absoluto cambiar de vida.
Unos, pues, están abiertos a una invitación a la
conversión, mientras que los otros se sienten bien tal y como están y piensan
que no necesitan conversión alguna: de ahí surge su hipocresía, su rigidez, su
costumbre de juzgar y espiar a los demás, sin cuestionarse nunca a sí mismos;
siempre están dispuestos a absolverse, porque a los ojos de la gente resultan
justos e incluso ejemplares…
Y así, Jesús señala que, cuando vino Juan el Bautista
a pedir la conversión, los pecadores públicos respondieron de forma concreta a
la invitación y se convirtieron, mientras que los sacerdotes y las autoridades
religiosas, a pesar de haberlo visto, no cambiaron nada de su comportamiento
para adherirse a su mensaje.
Con esta parábola, Jesús nos interroga, pues, a cada
uno de nosotros, si queremos escucharle. Y cada uno de nosotros, cuanto más
reconocido sea por su profesión de fe, más debe preguntarse: ¿le
dice «sí» a Dios solo con palabras, o lleva a cabo, sin alarde ni ostentación,
con humildad, su voluntad?
En definitiva, «en el último día, el día del juicio»
—como reza una afirmación tradicionalmente atribuida a San Agustín, que
deberíamos tener mucho más presente— «muchos que se creían dentro serán hallados
fuera, mientras que muchos que pensaban estar fuera serán hallados dentro del
Reino de los Cielos».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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