Crea en mí, Señor, un corazón contrito - San Mateo 21, 28-32 -
En el Templo de Jerusalén, Jesús se ve rodeado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, quienes detestan a este rabino y profeta procedente de Galilea, que presenta una imagen de Dios tan ajena a sus conceptos.
Por eso lo ponen a prueba, preguntándole con qué
autoridad enseña y realiza curaciones. Jesús, en respuesta, les pregunta si el
bautismo de Juan procedía del cielo o de los hombres; y ante su silencio
embarazoso, concluye: «Ni yo os diré con qué autoridad actúo»
(Mt 21,27).
En ese momento pronuncia la primera de tres parábolas
centradas en el rechazo que los líderes religiosos de Israel oponen a aquellos
a quienes Dios ha enviado para anunciar su salvación.
Un hombre tiene dos hijos: le pide al primero que vaya
a trabajar a la viña y este, tras haber accedido de palabra, no hace lo que
dijo; el otro responde que no, pero luego, arrepentido, va a trabajar.
Es el segundo el que ha cumplido la voluntad del
padre, admiten los interlocutores de Jesús. Y Él comenta: «Los publicanos y las prostitutas
os preceden en el reino de Dios. Juan vino a vosotros por el camino de la
justicia y no le creísteis; los publicanos y las prostitutas, en cambio, sí le
creyeron. Vosotros, por el contrario, aunque habéis visto estas cosas, ni
siquiera os habéis arrepentido para creerle».
Con estas palabras, Jesús establece una estrecha
relación entre su misión y la de Juan, su maestro y precursor: rechazar a uno
es rechazar también al otro (cf. Mt 11,16-19).
Además, revela que solo puede acoger la salvación
quien esté dispuesto a volver a Dios, arrepintiéndose del mal hecho y
abandonando sus caminos de pecado. En este sentido, merece la pena analizar más
a fondo el significado de la paradójica afirmación: «Los publicanos y las prostitutas
os preceden en el Reino», dirigida por Jesús a los hombres religiosos
de su tiempo y, con ellos, a cada uno de nosotros.
Jesús sabía bien que todos los hombres son pecadores,
si es cierto que el justo peca siete veces al día (cf. Pr 24,16): pero ¿cuál es
el motivo de su preferencia por la compañía de los pecadores públicos,
reconocidos como tales por los hombres?
Quien peca en secreto nunca se ve impulsado a la
conversión por una reprimenda que le llegue de otros, porque sigue siendo
estimado por lo que de su persona se muestra al exterior: esta es la enfermedad
de la mayoría de las personas, entre las que destacan las devotas, que
desprecian a los demás considerándolos sumidos en el pecado, mientras dan
gracias a Dios por su supuesta justicia (cf. Lc 18,9-14).
En cambio, quien es un pecador público se encuentra
constantemente expuesto a la censura ajena y, de este modo, se ve impulsado a
un deseo de cambio: en el arrepentimiento que nace de un «corazón contrito» (Sal
34,19), puede volverse sensible a la presencia de Dios, ese Dios que no quiere
la muerte del pecador, sino más bien que se convierta y viva (cf. Ez 18,23).
Es precisamente en virtud de esta conciencia por lo
que a Jesús le gustaba sentarse a la mesa con los pecadores manifiestos,
compartir con ellos este gesto de comunión extrema. Su comportamiento revela el
corazón de Dios, muestra la actitud de Dios hacia el pecador, y por eso es
cuestionado por los religiosos, que primero intentan escandalizar a sus discípulos:
«¿Por qué come y bebe vuestro maestro con los
publicanos y los pecadores?» (Mt 9,11), y luego lo acusan directamente:
«He
aquí a un glotón y a un borracho, amigo de los publicanos y de los pecadores»
(Mt 11,19).
Pero la amistad de Jesús hacia las personas menos
valoradas dentro de la sociedad, su cordial simpatía por las prostitutas y los
pecadores, hace caso omiso del desprecio de quienes se sienten mejores que los
pecadores manifiestos, simplemente porque no quieren o no saben reconocerse como
pecadores como ellos…
Sí, el verdadero milagro —mayor que resucitar a los
muertos, decía Isaac el Sirio— consiste en reconocerse pecadores: ¡nosotros
somos los publicanos, nosotros somos las prostitutas!
Es realmente un esfuerzo vano el que se hace para ocultar
a los demás el propio pecado: bastaría con reconocerlo conscientemente para
descubrir que Dios ya está ahí y solo nos pide que aceptemos que Él lo cubra
con su misericordia inagotable.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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